~ I ~
La obscuridad
envolvía las calles de Ulvyria, imperial ciudad regida por Aglae, la Octava
Emperatriz Asyndane, hija de Mizarión.
El cielo nublado
exhalaba melancolía, el viento aullante en los altos ventanales contaba historias
de tormenta, Mal la pasarían los desposeídos que habitaban los sórdidos
callejones de ladrones y fumaderos semi clandestinos, la siniestra sombra
engendrada por las luces.
Pocos son los que
osan caminar aquellas soledades por la noche, las sombras opresivas eran el
hogar de incontables asesinos y guerrilleros subversivos que buscaban derrocar
a la gran Aglae.
La opinión de los
arribistas era clara, Aglae había traído la desgracia a los imperios Asyndane
al declarar la guerra a la siniestra Átropos, una guerra que crecía día con día
y que se cebaba sobre los más desprotegidos...
Por tal motivo, la
guardia de Aglae consistía en un grupo selecto, no de Asyndanes, sino de la
raza Mannenskyn, la actual raza humana.
Si bien, los
Mannenskyn no poseían la longevidad, juventud, poder, talle y porte Asyndane,
sí eran guerreros temibles y estrategas astutos, debido a su obvia desventaja
ante las Asyndane que, además de ser sabias, también poseían el donde usar la
elevada magia Asyndane.
Los Mannenskyn más
habilidosos lograban llegar a dominar hechizos y transmutar objetos y sublimar
elementos, pero jamás, un Mannenskyn había sido temido en verdad por las
soberbias hijas del Emperador.
Hasta la llegada de
Anarkuz de Ulvyria, el azote de las Asyndane.
Anarkuz era un joven
de mirada triste de un azul delicado y profundo, sus rasgos eran tan andróginos
que muchas lo creían Asyndane, pero su estatura menor a la media Asyndane, sus
rubios cabellos eran delicadas espigas de trigo. Y su carácter siempre era
callado.
Había sido
abandonado cuando pequeño por un padre que había muerto en las campañas contra
las Logressyans, titánicas hijas y esclavas guerreras de Átropos.
Aglae tomó al
pequeño a su cuidado, pues, conociendo la habilidad nata del padre, supuso que
el pequeño sería un bravo guerrero.
Desde luego acertó.
A los quince años y
tras ser instruido en artes y ciencias Asyndane, Anarkuz entró al ejército de
Ulvyria, valiente como todo guerrero y perspicaz como un vidente alcanzó el
grado máximo en pocos años, al final, a los diecinueve pasó a formar parte de
la guardia personal de la monarca.
Ahí, al servicio de
su longeva y siempre joven señora, conoció a la flor más delicada de todo el
jardín Asyndane...
Euríd, descendiente
directa de Aglae, una preciosa deidad de diecisiete inviernos en la cual,
belleza y sabiduría se conjugaban con encanto.
La sangre de Eurid
reunía tanto la ilustre casta de Aglae y la de su hermana Idunn, emperatriz de
Liriél, por tanto su semblante era sublime, Aglae la amaba con el alma, era
todo un placer para la emperatriz verla, lánguida y etérea como una ensoñación,
oírla hablar con aquél timbre celestial.
Jamás Aglae había
amado tanto a alguien como a su descendiente.
Anarkuz contemplaba desde las sombras aquél
hermoso rayo de sol, aquellos lejanos e idílicos días antes de vestir la
armadura negra de los Zarkayden.
La orden de los mensajeros. Los portadores de
la daga, una ancestral orden Mannenskyn que se remontaba a la era de Mizarión.
Mientras atraviesa las calles, vestido de pies
a cabeza de negro, Anarkuz recuerda los rostros de aquellos que envió al reino
tenebroso de los muertos.
Rostros sorprendidos y pálidos, llenos de
terror y espanto.
Los Zarkayden lo habían elegido de entre las
filas Mannenskyn y, tras aprobar el entrenamiento exhaustivo y secreto, vistió
el negro sayal de la orden negra.
Aglae había conocido y guerreado junto al
padre de Anarkuz, la emperatriz, tras salir victoriosa en una guerra años atrás
contra una raza extinta, le prometió a Oneim, padre de Anarkuz, la mano de su
más querida descendiente para el vástago que el bravo guerrero engendrase.
Pero Aglae jamás imaginó, ni en sus sueños más
sublimes, que su descendiente sería tan preciosa, una Asyndane tan sublime que
casi eclipsaba la imagen de Idunn.
Y el
joven Anarkuz era un guerrero feroz y un Zarkayden excelso.
Entonces la señora de Ulvyria entró en
conflicto contra una de las naciones de Thyrania, el ejército unificado de
Ulvyria y Liriél se movilizó y los Zarkayden salieron de su sueño de paz.
El joven fue llamado entonces junto a dos de
sus hermanos y al frente, el supremo gran Maestre, Johmoz.
~ Estos tres... - dijo con voz de trueno la
Emperatriz. - Son tus mejores Zarkayden... ¿Cuál de ellos es el mejor?
El gran maestre por un instante meditó la
respuesta.
~ Ninguno es superior en nuestra hermandad,
pero hay grados, y los tres están en uno muy alto... Ninguno es superior.
~ Esa respuesta es inaceptable, tiene que
haber de éstos tres, uno superior a los otros.
~ Mi respuesta puede ser inaceptable, pero, mi
señora, no hay otra respuesta más que esa.
~ Necesito que asesinen a alguien...
~ Ordénalo y te obedecerán por igual.
~ Muy bien, Maestre Johmoz. - dijo Aglae con
un brillo astuto mirando a Anarkuz. - Entonces... Atáquense unos a otros, el
que sobreviva será el emisario de los muertos.
Los tres Zarkayden levantaron la vista, antes
de que Anarkuz hiciera nada, uno de sus hermanos, Palroz, se lanzó con el feroz
puñal curvo zarkaydiano contra Ekrión, el tercer Zarkayden.
Palroz asestó una puñalada contra la base de
la nuca de Ekrión,
Aglae sonrió, Palroz media dos cabezas encima
de Anarkuz, supo que aquél guerrero jamás cruzaría su línea de sangre con la
Asyndane.
Pero la sonrisa de Aglae se desvaneció rápido,
Ekrión habíale encajado su puñal en el mentón de Palroz, el gigante giró los
ojos hacia atrás y cayó de espaldas. Ekrión cayó hacia el frente en medio de un
charco de sangre.
Anarkuz seguía arrodillado con solemnidad ante
Aglae.
~ He ahí a tu mejor guerrero, mi señora.
~ ¿Mi mejor soldado? - dijo airada Aglae. -
¿Un niño que se queda de rodillas aguardando el golpe que lo decapitará mi
mejor soldado? - Exclamó con ira Nacida de la frustración.
Pero Johmoz era viejo y sabio, preguntó con
firmeza.
~ Anarkuz, hijo mío, ¿Por qué no participaste
en la batalla contra tus hermanos? ¿Tanto es tu amor por la orden? ¿Tanta es tu
devoción a tus hermanos?
~ Gran Maestro, Padre guerrero, mi amor por la
orden es incalculable en días de la eternidad, y por mis hermanos daría la vida
con gusto...
~ ¡Eso fue entonces!
~ Sin embargo, mi señora, yo habría asesinado
a mis dos hermanos sin dudar, pero usted no nos dio permiso para ponernos en
pie, no levantó el veto de usar armas en su presencia y jamás declinó la ley
que prohibía el derramamiento de sangre en el palacio... - Prosiguió imperturbablemente
Anarkuz, su voz era clara y tranquila como el agua de un estanque. - Soy un
Zarkayden, un devorador de carroña, como nos llama el resto de la compañía, las
sombras, los espías, los asesinos, pero también soy un siervo fiel suyo, mi
amor y devoción por usted y por no infringir sus leyes sagradas me impiden dar
un paso sin que me lo permita usted...
Aglae sintió una mezcla extraña de admiración
y frustración. Ciertamente había salido vivo por aquella devoción, los otros
dos, cegados por el anhelo de poder, habían pasado por alto todo, ahora habían
muerto, Anarkuz seguía vivo gracias a esa dedicación y a ese amor que le
profesaba.
~ Retírense ambos... - dijo calmadamente. - Y
joven Anarkuz...
El joven levantó la cabeza, los ojos azules
del hermoso efebo y su larga cabellera aleonada rubia le daban tanto la
apariencia de una Asyndane que Aglae no pudo evitar ruborizarse.
~ Ven mañana para recibir mis instrucciones,
pásate por la armería y después ven al salón. Ven preparado, mañana comenzarás
a devorar cadáveres.
Anarkuz inclinó con gratitud su aurea cabeza.
~ II ~
Sopla un viento frío en Ulvyria, la lluvia
reciente ha dejado un aire fresco y húmedo, la negra capa del Zarkayden
personal de la Emperatriz brilla húmeda con la lluvia reciente, un sombrero de
ala ancha ensombrece el rostro, sólo brillan dos albas esmeraldas del azul más
puro en aquella negrura las botas provistas de garras resonaban metálicamente
en las calles.
Anarkuz llegó, temprano a recibir
instrucciones, el sol aún no comenzaba a salir, en la calle todo era sombras.
Fue recibido en el salón, esperó durante
varios minutos, hasta que la gran emperatriz apareció envuelta en una regia
bata color carmesí con diseños de Eromian, llevaba el largo cabello ligeramente
sujeto, despedía un brillo extraño.
~ ¿Pasaste por la armería?
~ Sí, mi señora, pasé por ahí y me entregaron,
a parte de mi equipo, un objeto un tanto insólito para un simple soldado con
voto de pobreza e igualdad...
~ No es para ti, debes dejarlo en las manos
del senator Kirahf, a éstas horas debe estar saliendo rumbo a los baños del
senado. Date prisa...
Anarkuz levantó la vista. El senator Kirahf
era el más querido de los jefes superiores, era un rechoncho estadista
antibélico que estimaba que la guerra acarrearía la ruina monetaria y moral
para Ulvyria.
Anarkuz no era idiota, sabía que muchos jefes
militares se oponían al decreto de paz que el bonachón senator intentaba pasar,
la razón era clara, sin guerra no hace falta gastar de más en un ejército.
Pero, Aglae era una emperatriz, ella podía
imponer su voluntad si se lo proponía, algo había detrás.
~ ¿Qué esperas, hiena? - espetó furibunda al
ver la cara de Anarkuz.
El joven se levantó y saltó por la ventana.
Aglae sonrió, el día anterior había recibido
la visita de Idunn, su amada hermana, no era raro que la emperatriz de Liriél
pernoctara con la de Ulvyria, de hecho, su extraña relación era la causa de que
Liriél y Ulvyria fueran ciudades tan similares y se acoplasen tan
estratégicamente, mercantil y militarmente, cuando iban a la guerra, lo hacían
juntas, y las Asyndane de Liriél, tenían parentela con las de Ulvyria y
viceversa.
Aquella endogámica sociedad iba cerrándose
tanto, que pocos, muy pocos Mannenskyn lograban ascender a algún puesto alto en
la milicia, algún oficio bien remunerado o al simple efecto de dedicarse al
arte.
La víspera había sido una de esas ocasiones en
las que Idunn la había visitado para reforzar los lazos de unidad con ella.
Esto era la felicidad para Aglae, pero cada
rayo de sol trae la sombra.
Alra de Liriél había acompañado a Idunn como
su guardia personal.
La emperatriz había apretado los puños
sonriendo con amable deleite mientras Alra le leía a Idunn la última de sus
creaciones líricas.
Cuando se hubo ido, Aglae tuvo que escuchar
durante varios minutos las alabanzas y parabienes que su amada hacía de la
capitana y de sus idas y vueltas al frente de la coalición de Ulvyria - Liriél.
Esa noche Aglae había tomado la feroz
determinación de quitar de en medio a Alra. Tras dejar a su amada dormida y exhausta
en su lecho, la emperatriz había salido para ordenar a Johmoz que enviase a su
más hábil ladrón al hospedaje de los comandantes Liriélicos. Le ordenó robar un
objeto que Idunn le había obsequiado a la comandante.
Y ahora, Anarkuz, el molesto Zarkayden iba a
una misión donde no sólo mataría al gordo y estorboso forúnculo antibelicista
de Kirahf.
El curioso sendero de lo inevitable, el
prometido de su descendiente encargándose de una probable amante de su Idunn.
Aglae se levantó, el recordar estas cosas la
enardecía, regresó a su cámara y subió junto a la sublime Idunn aún adormecida,
con toda la suavidad del mundo, Aglae la besó.
~ III ~
Anarkuz se encontró con el alegre senator
caminando por las calles acompañado por sus guardias personales, seis en total
formando un cuadro alrededor del político.
El joven iba cubierto por harapos de pies a
cabeza, se tendió en una esquina y extendió un brazo.
El senator, en un gesto teatral, se acercó al
tendido, creyéndolo vagabundo o enfermo, se acercó para darle alguna moneda.
Kirahf se inclinó extendiendo una reluciente
moneda de oro hacia la mano que se le tendía.
El gesto sonriente y benévolo se congestionó
con un golpe, un quejido emergió de la garganta del senator.
La moneda cayó y cuando esta hubo tintineado
contra el suelo marmoleo, ya Anarkuz había rebanado el cuello de tres guardias.
Los tres restantes trataron de atravesarlo con
las alabardas del cuerpo de guardia de Kirahf.
Uno de ellos tiró un lanzazo furioso que el
joven esquivó, la punta engarzada chocó con la pared deslizándose por la
inercia.
El Zarkayden tomó al guardia y lo tiró ante
los otros dos.
Las puntas de las alabardas de los dos
restantes atravesaron el cuerpo de su compañero, incrédulos miraron a Anarkuz
que saltó sobre ellos lanzándoles dos puñales, uno a cada cuello.
Anarkuz miró a Kirahf y a sus seis guardias
tendidos, colocó en las puntas de las alabardas un objeto dorado con una
cadena finísima y resplandeciente.
~ ¡Asesino! - escuchó un grito.
Anarkuz se giró, ante sí estaba Alra de
Liriél, Anarkuz la conocía, la había visto varias veces acompañando a la
Emperatriz Idunn mientras él vigilaba desde las sombras a su señora Aglae.
La guerrera le lanzó un tajo directo que le
rasgó el pañuelo que le cubría el rostro tirándole el sombrero de ala ancha.
Anarkuz no lo podía creer, jamás nadie había
sido tan rápido como para sorprenderlo, no comprendió por qué Aglae la quería
inculpar... Era una guerrera feroz y temible.
Pero él también lo era.
El Zarkayden en segundos sacó dos dagas más de
sus negros ropajes holgados, Alra tiró un mandoble y los metales chocaron con
violencia.
El cabello de Anarkuz volaba feroz y libre de
la prisión del negro sombrero, sus harapos vibraban a cada mandoble de la
guerrera, pero no cedía un paso, aguantaba.
Anarkuz le lanzó un cuchillo al hombro a Alra,
ésta de un mandoble lo desvió, pero Anarkuz habíase lanzado contra Alra como un
ariete.
La guerrera apenas y esquivó el puñal que
buscaba su hígado, un largo y sangrante arañazo comenzó a supurar su sangre,
Anarkuz se revolvió con los ojos chispeantes y el rostro de una estatua
esculpida en roca, pero cuando terminó de girarse para tirar la siguiente
puñalada, la espada de Alra le pasó zumbando por un lado, la guerrera había
tratado de atravesarle la cabeza a través del ojo derecho, el joven sintió la
mordida del metal en toda su mejilla.
Anarkuz no había notado que Alra había
levantado el puñal que le había lanzado, apenas y hubo girado el rostro, el
puñal en manos de Alra dibujó una línea vertical en su ojo izquierdo.
Anarkuz lanzó un juramento al sentir cómo una
línea larga y ardiente se dibujada con su ojo como centro.
Anarkuz se lanzó al frente y tacleó a Alra,
abrió el ojo izquierdo y notó que solo su piel había sido afectada, miró a su
costado y vio que Alra se lanzaba contra él.
Anarkuz, fúrico, tomó la alabarda del soldado
empalado y la giró contra la comandante Asyndane.
Pero de manera sorprendente, Alra paró la hoja
con las manos desnudas.
El joven, azorado, trató de jalar hacia sí la
hoja, pero Alra, sonriendo de manera lúgubre, tiró hacia sí.
La rodilla de la Asyndane buscó impactarle el
vientre.
Anarkuz se sacudió de la alabarda y de un
salto Salió disparado hacia las calles. Alra quedó con la alabarda en las
manos.
Varios senator iban camino a los baños cuando
encontraron a la guerrera descompuesta, sangrante y con la alabarda en las
manos con los cadáveres de Kirahf y sus seis alabarderos a sus pies...
Anarkuz escondido tras un pilar calles abajo
se revisó la herida izquierda, el ojo le ardía y la sangre le había entrado, a
la vez que su mejilla derecha le ardía y sangraba, sin embargo sonreía, sonreía
descompuestamente por haber sobrevivido a un enfrentamiento Asyndane
~ IV ~
Johmoz entró con Anarkuz a las estancias de
los Zarkayden, ahí, el joven, sangrante y sonriente fue cosido de sus heridas
por uno de los hermanos, eran sus primeras cicatrices guerreras.
Pero antes de que Anarkuz pudiera disfrutar de
los enhorabuenas, la Emperatriz entró a las estancias.
~ No te ordené matar a Alra de Liriél... - dijo
sepulcralmente. - No debiste atacarla.
~ Mi señora, lo inevitable quiso que Alra
pasase en el momento justo en el que cumplía su justo mandato, me atacó y así
fui herido...
~ También la heriste...
~ Recibí la encomienda de defender mi vida o
prescindir de ella en caso de que mi objetivo se viese descubierto, defendí mi
vida y si con ello la he ofendido, me pongo en sus manos.
~ Está bien, tuviste suerte de que ella haya
sido inculpada del asesinato de los lanceros y de Kirahf... Que terminen de
coserte ésas heridas y alístate, acompañarás a los que la llevan a Thyrania.
~ ¿Ha sido condenada? - Preguntó Johmoz.
~ No había nada que dudar, empuñaba una
alabarda, había varios puñales y Alra es buena lanzando el puñal, no hubo
necesidad de juicio, saldrá mañana hacia Thyrania como ofrenda de disculpas
para mi hermana Átropos por la expedición a L'Ar...
Aglae sonrió, sabía que Átropos acabaría no
sólo con Alra, sino con los guardias y hasta con Anarkuz si lo descubría.
~ Por tu servicio puedes pasar la tarde con Eurid
en el jardín interno del palacio, pero no abuses de mi benevolencia, Zarkayden,
recuerda, cinco años serás mi asesino si quieres desposar a mi Eurid...
~ Soy honrado mil veces por su bondad, mi
señora... - dijo el enamorado joven cayendo de hinojos y perdiendo la
compostura por primera vez.
Aglae sonreía divertida, el pobre chico ni se
imaginaba lo que iba a ocurrirle.
~ Si Alra escapa, debes asesinarla de
inmediato y regresar con una prueba de que ha muerto...
~ ¿La cabeza bastará, diosa mía?
~ La cabeza bastará... Joven Anarkuz.
Anarkuz sonrió maniáticamente feliz, aunque
conteniéndose, agradeció que su señora no viera ese gesto que, sabía, era una
auténtica imagen de la muerte... Ojos desorbitados con sus azules aguas
reducidas a un punto y los labios contraídos dolorosamente de manera improbable
en un rostro tan atractivo, Anarkuz solía ser siempre frío, pero cada muerte
que lo acercaba a Eurid lo volvía loca y alarmantemente feliz, la euforia que
lo envolvía era insana, sus noches se tornaban rojas y muertos plagaban sus
pesadillas con voces roncas y salvajes.
~ V ~
La tarde llegó, Anarkuz iba arreglado
excelsamente con una elegante armadura en plata y cobalto del ejercito
Ulvyrico, Eurid no sabía que su prometido pertenecía a la innoble orden negra
de los devoradores de cadáveres, los Zarkayden.
Para el joven no era una vergüenza decirse
Zarkayden, pero, en vista de que había sido prometido con la bella Eurid antes
de nacer, sólo serviría durante unos años, durante los cuales, la joven sólo
sabría que su amado pertenecía al ejercito como un gran dirigente.
~ Luz de estío... - murmuró embelesado el
joven al ver a su musa inspiradora aparecer acompañada de varias damas de la
corte para acompañarlas.
El jardín no era extenso pero sí hermoso y
agradablemente sombreado.
Mientras el Zarkayden conversaba sonriente y
pleno de felicidad, mientras escuchaba las tímidas frases y veía los ojos
llorosos de su prometida al ver su hermoso rostro marcado y él, siempre
sonriente, le hablaba acerca de lo que una cicatriz es para un guerrero, en las
mazmorras, los ojos llorosos de Alra pugnaban por contener el llanto al recibir
el beso siempre doloroso del látigo.
Siete latigazos, uno por vida.
Encadenada a un obelisco escarlata, la
Asyndane apretó los dientes mientras escuchaba el chillido seseante de su carne
al ser besada por el hierro al rojo vivo que la marcaba como asesina y
proscrita.
~ Mañana saldré a una campaña de escolta... -
confió el orgulloso joven a su preciosa novia.
~ ¿Y a quién escoltarás? - preguntó preocupada
la chica.
Alra casi perdía el sentido, jadeaba boqueando
con desesperación cuando, desde el elevado trono, Aglae, que junto a Idunn
presenciaban el tormento de Alra, dictó su sentencia final.
~ Asesina, yo Aglae Asyndane, Quinta Hija de
Mizarión de Lauressia te sentencio al exilio a Thyrania donde serás vendida
como esclava, con el dinero que por ti se obtenga, se pagarán los funerales de
los ilustres ciudadanos cuyas vidas segaste.
~ A una noble de Liriél. - contó orgulloso y
sonriente.
~ VI ~
~ ¿Me he perdido? - preguntó incrédulo a los
árboles colosales que lo rodeaban.
El joven Zarkayden había seguido con buen paso
la comitiva de esclavistas que iba de Ulvyria a Thyrania por la cadena de
Bar-Zagok, los valles elevados, pero al salir al bosque de Tanuma, el terreno
se volvió casi un pantanal, el joven se vio obligado entonces a moverse por
sobre las ramas de los nebulosos árboles, durante las primeras horas había
seguido bien, pero en las primeras horas del ocaso, la niebla comenzó a brotar como
un fantasma blanco que todo lo cubría.
Se balanceó tratando no perderlos hasta que la
blancura opalescente le cubrió por
completo los ojos.
Y ahora se había perdido, bajo del árbol en el
que descansaba para notar que el suelo era inusualmente rocoso para ser bosque.
Recordó que Tanuma había crecido en un terreno
volcánico, miró los árboles y estos parecían clavarse profundamente entre las
rocas de lava.
No había tiempo para maravillarse ante el
prodigio, debía encontrar la comitiva, y de prisa.
Caminó entre la bruma hasta que llegó a una
casa de manufactura Mannenskyn, el Zarkayden instintivamente se sintió
amenazado, portaba su negro uniforme y su sombrero de ala ancha, sabía que su
imagen no sería bien recibida, pero daba igual, podría obtener alguna información
acerca del camino hacia Thyrania e interceptar a la compañía.
La puerta estaba abierta y Anarkuz sacó dos
dagas largas y delgadas de duro metal de N'org, la tierra de los Wyrfinds, al
ver los arañazos largos y supurantes en negra pestilencia que tenía la puerta y
el postigo.
Entró con cuidado y caminó por un largo
pasillo, la penumbra del atardecer cubría de claroscuros la estancia, Anarkuz
rebuscó a través de estancias destrozadas de muebles revueltos.
Hasta que llegó a una habitación el triple de
grande que las demás que mostraba un desgajamiento alarmante en una de sus
paredes, Anarkuz preparó una tea improvisada con una pata de silla rota y
varios jirones de ropa vieja.
Alzó la antorcha e iluminó una escena
terrible, desperdigados por el suelo había varios bultos grotescos, pálidos y
bulbosos, el joven los miró con reservada curiosidad.
Anarkuz comprendió que si se quedaba en esa
casa a mitad del bosque, sosteniendo retadoramente una antorcha hacia la
obscuridad, podía darse por muerto.
Se introdujo en el estrecho pasillo y decidió
pernoctar, no deseaba vérselas con nada que pudiera hacerle algo tan terrible a
un ser vivo.
Porque los bultos habían sido seres vivos,
pese a estar grotescamente hinchados y mostrar el rostro estirado en una mueca
escalofriante de risa infinita en color cera, pese a que las cabezas parecieran
más fungosas que carnosas.
Y algo los había dejado así, eran seis en
total, dos adultos y cuatro vástagos que oscilarían entre la pubertad y la
infancia.
Los pensamientos de Anarkuz iban
ensombreciéndose en medio de la obscuridad de la caída de la noche.
Maldijo su suerte, estaba a punto de ponerse a
meditar acerca de cómo habría ocurrido aquello cuando escuchó el salvaje
galope.
Anarkuz escuchó lo que parecía ser un enorme
galope, de una estampida que iba creciendo hasta hacerse ensordecedora y
estremecer la claustrofóbica casa destrozada.
Anarkuz subió al techo de doble agua de la
casa, había apagado la antorcha e intentaba aprovechar al máximo la luz de la
luna.
Por entre los arboles imponentes corría un
horror terrible y extraño, miles de pezuñas de cabras o toros corrían
despavoridamente, pero las miríadas de patas pertenecían a un sólo ser... Un
ente más allá de la descripción, un árbol coronado de serpientes, tentáculos
crinoideos y largos culminados por raros hongos blancos con motas rojas que se
sacudían enloquecidos.
La infernal carrera de aquél ser estremeció al
Zarkayden, Anarkuz jamás había visto un árbol corriendo salvajemente amén de
miríadas de patas cabrunas.
El joven no pudo apreciar cabeza u ojos
visibles, aquél ente debía tener algún tipo de sentido que le permitía surcar
veloz y sin detenerse por entre los árboles sin chocar con uno.
Otra cosa que notó fue que el ser podía
moverse con facilidad en cualquier dirección sin tener que girar su
mastodóntico tamaño.
Y entonces, se detuvo, Anarkuz pensó en Eurid
y en que quizás el ente lo habría visto, el joven no sabía lo que el ser podría
ser capaz de hacerle, pero tampoco quería averiguarlo, el cuerpo entero de la
entidad emanaba un aura salvaje así como un olor pútrido que alcanzó a
percibir.
Uno de los largos tentáculos se lanzó hacia el
interior de la casa, Anarkuz sacó sus dos dagas dispuesto a vender su
existencia lo más cara que pudiera.
Pero no era a él al que buscaba aquél ente, el
tentáculo destrozó la puerta por la que él había escudriñado la escena de la
estancia, unos berridos estridentes asaltaron la marejada de estruendos que la
criatura hacía, un bulto que Anarkuz notó, era un Mannenskyn se debatía lastimosamente
en uno de los tentáculos que lo apresaba atrayéndolo al pesadillesco exterior.
Anarkuz identificó los ropajes y el idioma del
infeliz.
Móreano, de las tierras de Mórea al oriente,
el pobre diablo trataba de atacar los tentáculos que la criatura le lanzaba
para someterlo con una larga cimitarra.
Pero a todas luces era claro que la ancha y
curva hoja le estaba dando dificultades.
El ente lanzó varios tentáculos en diferentes
direcciones y al poco el Móreano estaba sujeto de muñecas y tobillos y colgaba
en X a merced de la criatura.
Anarkuz sabía que debía huir en ese instante
en que el ser estaba tan entretenido, pero por algún extraño sentido de la
curiosidad decidió ver aquello hasta su bizarro final.
~ ¡¡¡Adyaon!!! - gritó enloquecido el cautivo
en su lengua.
Anarkuz conocía la lengua y entendió el
mensaje: "Ahora".
De inmediato varias flechas ardientes le
llovieron al ser desde lo alto de los árboles.
Pero aún sin el efecto deseado.
El ser le abrió la boca con fuerza brutal al
Móreano y a continuación le atascó las abiertas mandíbulas con aquél extraño y
albino hongo moteado.
El desdichado lanzó un alarido atragantado
mientras otro tentáculo le metía otro hasta la garganta.
El guerrero estaba empalideciendo y sus
músculos faciales se le contraían cada vez más, Anarkuz dedujo que aquél hongo
indudablemente era de los más venenosos y amargos que existieran.
La cimitarra cayó de las manos crispadas del
guerrero, un quinto y sexto bocado le fueron empujados con violencia hasta la
garganta, pero para entonces el Móreano había dejado de luchar y patalear, se
había quedado inquietantemente tranquilo. Un último bocado le fue empujado por
otro tentáculo y Anarkuz supo que había sufrido el mismo destino que los
desdichados de la planta baja.
La criatura entonces dejó de embutir sus
asquerosos retoños en los intestinos del Móreano y lo lanzó con violencia y
desenfado.
Anarkuz sintió que un frío de muerte lo
atravesaba, el ser le había lanzado directamente al guerrero envenenado dándole
a entender que sabía dónde estaba.
La escena era dantesca en su horror colosal.
El ser enorme se acercaba a la casa sacudiendo
Sus tentáculos que ardían con furia devorados por las llamas de las
flechas que seguían lloviéndole.
Las miríadas de patas cabrunas emitían un
zumbido aterrador.
Entonces un chillido inhumano y agudo cabalgó
el aire de la noche. El ser entonces se lanzó en enloquecida carrera hacia la
noche boscosa con un retumbar infernal de miles de pezuñas.
Varios gritos brotaron de los árboles en señal
de victoria, Anarkuz comprendió, aquello había sido una trampa para aquella
bestia y el infeliz que sonreía en una escalofriante mueca acalambrada y fría
había sido el cebo.
Esperaba ver varios guerreros de Mórea, pero
se sorprendió de ver guerreros de varias regiones orientales, de Pyr la región
de las siete montañas, la subterránea Rysis y sus catacumbas ciclópeas, de Odog
- Isiv la de las mil torres y hasta de Zitar, donde se camina entre humo.
Anarkuz se puso en guardia pues todos los
guerreros de inmediato rodearon la casa en cuyo techo se encontraba.
~ Soy Ketari, el caudillo de Rysis... -
Exclamó un imponente Mannenskyn de melena a la espalda negra vestido con una
cota de malla de metal negro y brillante, pantalones algo abombados en gris así
como botas a la rodilla del mismo negro metal que la cota.
~ Soy Anarkuz, el Zarkayden. Soy de Ulvyria. -
respondió el temerario joven encarando a los arqueros que lo apuntaban.
~ Estás muy lejos de tus tierras, Zarkayden...
- dijo Ketari haciendo una seña para que todos bajasen sus arcos. - ¿Vienes al
Erdibdes?
Anarkuz recordó la celebración anual en
Tanuma, y sobre todo en la cumbre de Erdibdes, una montaña en el área.
~ Hacia allá me dirigía cuando extravié el
camino...
El caudillo lo examinó y supo que aquél joven
no mentía, además de ser fiero, estaba rodeado de guerreros armados y aun así
respondía con calma y firmeza a lo que se le cuestionaba.
~ Estamos en la misma situación, muchacho...
Si gustas venir con nosotros serás bien recibido, necesitamos la mayor cantidad
de brazos por si nos encontramos con el Vagabundo de los Bosques... La criatura
ésa que viste anda corriendo por todos lados de éste bosque sambutiéndole sus
asquerosidades a cualquiera que atrape... Así, si somos demasiados, hay una
oportunidad de defendernos... Lo digo porque si te quedas solo estás muerto...
- dijo el guerrero con la honestidad y sencillez que poseen aquellos que sólo
atesoran el agua.
Anarkuz miró a los guerreros y aceptó
seguirlos, después de todo, desde Erdibdes podría escudriñar mejor el terreno.
El Zarkayden caminaba junto al resto de
guerreros de oriente con reserva.
No deseaba llamar la atención más de lo
debido, pero sí trataba de escuchar lo que pudiera acerca del Vagabundo de los
Bosques.
~ No tengo idea de qué tipo de ser es... Lo
único que sé es que sus tallos son fuertes como látigos Thyranios y dotados de
voluntad y ferocidad animal... Esa criatura es peligrosa en extremo... Como
habrás visto... El fuego la afecta bastante poco...
Anarkuz asintió.
~ Entonces mejor evitarla. - pensó el joven
guerrero Ulvyrico.
Durante minutos, el
Zarkayden caminó en compañía de los mercenarios, asesinos y guerreros que
acompañaban al moreno caudillo.
Hasta que
alcanzaron las faldas del Erdibdes, un amplio camino en ascensión se les
mostró.
~ Los caminos
sencillos son los más temibles. - recordó a su mentor Johmoz.
Algo en su interior
había disparado una alarma estridente que lo hacía pensar.
Entonces vio las
huellas de cascos, miles de ellos.
~ El Vagabundo debe
haber corrido por aquí... Pero si queremos llegar a la cima debemos seguir por
éste camino... - observó Ketari.
Anarkuz acomodó su
sombrero y luego guardó sus manos en sus ropajes, la luna apenas naciente
iluminaba la siniestra calzada.
Sus compañeros
murmuraban, algunos ansiosos, otros más temerosos y otros sólo lanzaban
fanfarronadas y juramentos pintorescos.
Hasta que
repentinamente todos callaron, Anarkuz miró con un escalofrío la escena que
tenía delante.
En un recodo del
camino había un barranco, desde la profundidad ascendían al viento de la noche
volutas de un humo pestilente, con hedor a cadáveres quemados, Anarkuz miró al
fondo y tembló imperceptiblemente bajo sus negros ropajes.
Destrozado entre
las rocas yacía el cadáver semi devorado del Vagabundo de los Bosques.
~ Miren, tiene
dentelladas y arañazos terribles, debió encontrar un animal más salvaje que
él...
~ Pronto lo
averiguaremos... Cayó desde más arriba... A donde nos dirigimos. - dijo Anarkuz
secamente.
Se echaron a andar
en silencio, Anarkuz contabilizó a los guerreros. Había unos treinta guerreros
de Pyr, de vistosa armadura de placas entretejidas de metal negro con cintas
gruesas en rojo, azul y verde según la orden de rango cargando anchas y ligeras
cimitarras dentadas y garras en botas y dedos.
Había veintitrés
forajidos de Rysis, polvorientos y sombríos mercenarios de oscura y execrable
reputación, los malditos que caminaban en las tinieblas, Anarkuz sabía que los
Zarkayden y los Rysinds estaban lejanamente emparentados, como los lobos de las
hienas.
Un asco natural en
el joven brotó al ver sus siluetas obscuras y silenciosas, sus grises túnicas
encapuchadas y sus ojos, amarillentos y profundos como las catacumbas en las
que solían corretear.
Había quince
yenuzars de Odog y doce de Isiv, lejanas capitales de telas exóticas y drogas
místicas, sus enrojecidos ojos hablaban secretos hollados a fuerza de ejercicio
mental, pero las hachas guerreras pesadas y martillos de combate blandidos con
la facilidad de una daga ligera le hablaban de poderes mentales conocidos sólo por
sus clanes, ya que sus cuerpos, enfundados en vistosas telas adornadas de
arabescos eran más ligeros que el de Anarkuz, y aún así, aquellos barbados
guerreros eran tan fuertes como para blandir hachas y martillos como si fuesen
delicadas plumas de pavorreales.
Y por último, diez
arqueros de Zitar, la nebulosa colonia mannenskyn asentada en la lejana
Eromian, territorio regido por la fría Galatéa, sexta emperatriz asyndane.
Setenta y ocho
guerreros en total.
~ Y si me cuento y
a Ketari, somos ochenta... - pensó el joven.
Aunque con respecto
a los forajidos de las criptas de Rysis, Anarkuz no estaba seguro, de continuo
notaba que aquellos astutos ojos amarillentos lo observaban, sus rostros iban
cubiertos con restos desgarrados de sudarios ennegrecidos por el polvo y los
años que dejaban sólo los brillantes ojos enmarcados en la negra cabellera.
El Zarkayden enarcó
las cejas, extrañado y se echó el sombrero sobre los ojos.
La cuesta ascendía,
aún faltaban varias horas para que el laberinto se abriera. El joven miró los
altos riscos y cañadas de profundidad escalofriante abriéndose ante sí, y
horadando aquellos rocosos y escarpados picachos de color mármol, había decenas
de huecos en lugares de acceso casi imposible para cualquier mannenskyn, cuevas
horridas que se abrían amenazadoramente.
Anarkuz observó que
los yenuzars se ponían al acecho, mirando constantemente a su alrededor, como
si los acechasen espectros caníbales y voladores.
Un alarido estalló
a sus espaldas poniéndolo en guardia, el joven desenfundó sus dos largas dagas estremeciéndose
al notar que el alarido que ahora era un aullido de dolor y terror se perdía en
las alturas...
~ ¡En guardia! -
clamó Ketari tensando sus músculos al estrechar su arco. Anarkuz notó que el
feroz mercenario llevaba un carcaj repleto de largas flechas de metal plateado
adornadas con plumas negras.
Otro alarido más
que ascendía hacia los vertiginosos cielos estrellados hizo estremecer a
Anarkuz.
~ ¡Espalda con
espalda! – clamó Ketari.
De inmediato todos
se replegaron unos con otros y descubrieron un horror terrible.
Las Neydenias
volaban sobre sus cabezas como buitres sobre cadáveres. Midiéndolos, cazándolos
como águilas a ratones. El terreno era llano y no había a donde huír…
Entonces Anarkuz
notó que los bandidos de Rysis no les temían y que muy por el contrario, las
Neydenias parecían rehuírles.
Las hijas de la
demente Neydn eran unos engendros que tenían su cuna en algún olvidado y remoto
mundo prehistórico al cual las crónicas Asyndane no lograban ubicar. La bestial
y deforme Neydn, señora primordial y devoradora de todo había tenido su culto
en lo profundo de las selvas prehistóricas… cuando el primero de los seres
emergió del caldo primigenio para iniciar el duro y lento camino hacia arriba,
ellas ya guerreaban salvajemente en las salvajes espesuras con las criaturas
llegadas del espacio.
Incluso las
Asyndane les temían y sólo pocos seres sabían cómo acabar con ellas.
Por lo que se
notaba, los Bandidos sabían cómo ya que se les veía defenderse confiados e
incluso avanzar para intentar atacar a las Neydenias. Éstas trataban de azuzar
a los demás guerreros chillando y gritando de manera terrible y demente. Gritos
tales de taladrar a un hombre roca.
Pero Anarkuz
mantuvo la frialdad suficiente para notar que uno de los bandidos deseaba con
el alma tener al alcance a una de aquellas fieras. Notó entonces Anarkuz cómo
los yenuzars se escudaban bajo pesadas placas de metal formando cónicos
bastiones impenetrables. Los ojos azul volcánico de Anarkuz brillaron afilados
y deseosos en la noche. Corrió entonces como alma perdida directo a uno de los
conos lanzando un alarido de guerra que acalló por un instante los chillidos de
las neydenias y los agudos aullidos de los que caían en sus garras.
Anarkuz sintió que
el mundo se paralizaba, un paso bien plantado sobre una de aquellas placas que
se mantuvo inamovible, no había tiempo para elogiar la fiereza de los yenuzars,
otro paso, Anarkuz levantó los ojos y vio a tres deydenias que se habían
lanzado contra él.
Otro paso y al
final contuvo la respiración lanzándose al aire con impulso feroz en una
tacleada suprema que se quitó a las dos neydenias de su flanco capturando entre
sus brazos a la de en medio del trío.
Por un breve
momento, tanto neydenias como guerreros miraron el espectacular acto heroico y
suicida de Anarkuz, Ketari soltó un bufido, aquél joven era un león, un león
que quería luchar hasta el final… ¿Pueden volar? Entonces pueden caer…
Los guerreros
lanzaron un aullido precipitándose contra las formaciones yenuzars, los que
estaban mas lejos, los guerreros de Pyr llevaban escudos de medio alcance pero
lo suficientemente resistentes para el nuevo uso que un joven Zarkayden les
había mostrado.
Aullando, las
neydenias fueron presas de poderosos brazos, puños feroces y metal despiadado,
incluso siendo, como se decía que eran, resistentes en extremo, la decisión no
acordada común fue la decapitación, era como ver lobos dando cuenta de águilas
que pese a todo luchaban con ferocidad…
Hasta que Anarkuz
quien había acuchillado y decapitado a su prisionera levantó la mirada, un
siniestro canto, bajo, profundo y hermoso sonó en el campo de batalla,
guerreros y neydenias yacían por todas partes decapitados o eviscerados.

