domingo, 13 de abril de 2014

La Senda de los Zarkayden

La Senda de los Zarkayden

Baal Fausto Aramizaél Kurioz

~ I ~


La obscuridad envolvía las calles de Ulvyria, imperial ciudad regida por Aglae, la Octava Emperatriz Asyndane, hija de Mizarión.
El cielo nublado exhalaba melancolía, el viento aullante en los altos ventanales contaba historias de tormenta, Mal la pasarían los desposeídos que habitaban los sórdidos callejones de ladrones y fumaderos semi clandestinos, la siniestra sombra engendrada por las luces.
Pocos son los que osan caminar aquellas soledades por la noche, las sombras opresivas eran el hogar de incontables asesinos y guerrilleros subversivos que buscaban derrocar a la gran Aglae.
La opinión de los arribistas era clara, Aglae había traído la desgracia a los imperios Asyndane al declarar la guerra a la siniestra Átropos, una guerra que crecía día con día y que se cebaba sobre los más desprotegidos...
Por tal motivo, la guardia de Aglae consistía en un grupo selecto, no de Asyndanes, sino de la raza Mannenskyn, la actual raza humana.
Si bien, los Mannenskyn no poseían la longevidad, juventud, poder, talle y porte Asyndane, sí eran guerreros temibles y estrategas astutos, debido a su obvia desventaja ante las Asyndane que, además de ser sabias, también poseían el donde usar la elevada magia Asyndane.
Los Mannenskyn más habilidosos lograban llegar a dominar hechizos y transmutar objetos y sublimar elementos, pero jamás, un Mannenskyn había sido temido en verdad por las soberbias hijas del Emperador.
Hasta la llegada de Anarkuz de Ulvyria, el azote de las Asyndane.
Anarkuz era un joven de mirada triste de un azul delicado y profundo, sus rasgos eran tan andróginos que muchas lo creían Asyndane, pero su estatura menor a la media Asyndane, sus rubios cabellos eran delicadas espigas de trigo. Y su carácter siempre era callado.
Había sido abandonado cuando pequeño por un padre que había muerto en las campañas contra las Logressyans, titánicas hijas y esclavas guerreras de Átropos.
Aglae tomó al pequeño a su cuidado, pues, conociendo la habilidad nata del padre, supuso que el pequeño sería un bravo guerrero.
Desde luego acertó.
A los quince años y tras ser instruido en artes y ciencias Asyndane, Anarkuz entró al ejército de Ulvyria, valiente como todo guerrero y perspicaz como un vidente alcanzó el grado máximo en pocos años, al final, a los diecinueve pasó a formar parte de la guardia personal de la monarca.
Ahí, al servicio de su longeva y siempre joven señora, conoció a la flor más delicada de todo el jardín Asyndane...
Euríd, descendiente directa de Aglae, una preciosa deidad de diecisiete inviernos en la cual, belleza y sabiduría se conjugaban con encanto.
La sangre de Eurid reunía tanto la ilustre casta de Aglae y la de su hermana Idunn, emperatriz de Liriél, por tanto su semblante era sublime, Aglae la amaba con el alma, era todo un placer para la emperatriz verla, lánguida y etérea como una ensoñación, oírla hablar con aquél timbre celestial.
Jamás Aglae había amado tanto a alguien como a su descendiente.
Anarkuz contemplaba desde las sombras aquél hermoso rayo de sol, aquellos lejanos e idílicos días antes de vestir la armadura negra de los Zarkayden.
La orden de los mensajeros. Los portadores de la daga, una ancestral orden Mannenskyn que se remontaba a la era de Mizarión.
Mientras atraviesa las calles, vestido de pies a cabeza de negro, Anarkuz recuerda los rostros de aquellos que envió al reino tenebroso de los muertos.
Rostros sorprendidos y pálidos, llenos de terror y espanto.
Los Zarkayden lo habían elegido de entre las filas Mannenskyn y, tras aprobar el entrenamiento exhaustivo y secreto, vistió el negro sayal de la orden negra.
Aglae había conocido y guerreado junto al padre de Anarkuz, la emperatriz, tras salir victoriosa en una guerra años atrás contra una raza extinta, le prometió a Oneim, padre de Anarkuz, la mano de su más querida descendiente para el vástago que el bravo guerrero engendrase.
Pero Aglae jamás imaginó, ni en sus sueños más sublimes, que su descendiente sería tan preciosa, una Asyndane tan sublime que casi eclipsaba la imagen de Idunn.
Y  el joven Anarkuz era un guerrero feroz y un Zarkayden excelso.
Entonces la señora de Ulvyria entró en conflicto contra una de las naciones de Thyrania, el ejército unificado de Ulvyria y Liriél se movilizó y los Zarkayden salieron de su sueño de paz.
El joven fue llamado entonces junto a dos de sus hermanos y al frente, el supremo gran Maestre, Johmoz.
~ Estos tres... - dijo con voz de trueno la Emperatriz. - Son tus mejores Zarkayden... ¿Cuál de ellos es el mejor?
El gran maestre por un instante meditó la respuesta.
~ Ninguno es superior en nuestra hermandad, pero hay grados, y los tres están en uno muy alto... Ninguno es superior.
~ Esa respuesta es inaceptable, tiene que haber de éstos tres, uno superior a los otros.
~ Mi respuesta puede ser inaceptable, pero, mi señora, no hay otra respuesta más que esa.
~ Necesito que asesinen a alguien...
~ Ordénalo y te obedecerán por igual.
~ Muy bien, Maestre Johmoz. - dijo Aglae con un brillo astuto mirando a Anarkuz. - Entonces... Atáquense unos a otros, el que sobreviva será el emisario de los muertos.
Los tres Zarkayden levantaron la vista, antes de que Anarkuz hiciera nada, uno de sus hermanos, Palroz, se lanzó con el feroz puñal curvo zarkaydiano contra Ekrión, el tercer Zarkayden.
Palroz asestó una puñalada contra la base de la nuca de Ekrión,
Aglae sonrió, Palroz media dos cabezas encima de Anarkuz, supo que aquél guerrero jamás cruzaría su línea de sangre con la Asyndane.
Pero la sonrisa de Aglae se desvaneció rápido, Ekrión habíale encajado su puñal en el mentón de Palroz, el gigante giró los ojos hacia atrás y cayó de espaldas. Ekrión cayó hacia el frente en medio de un charco de sangre.
Anarkuz seguía arrodillado con solemnidad ante Aglae.
~ He ahí a tu mejor guerrero, mi señora.
~ ¿Mi mejor soldado? - dijo airada Aglae. - ¿Un niño que se queda de rodillas aguardando el golpe que lo decapitará mi mejor soldado? - Exclamó con ira Nacida de la frustración.
Pero Johmoz era viejo y sabio, preguntó con firmeza.
~ Anarkuz, hijo mío, ¿Por qué no participaste en la batalla contra tus hermanos? ¿Tanto es tu amor por la orden? ¿Tanta es tu devoción a tus hermanos?
~ Gran Maestro, Padre guerrero, mi amor por la orden es incalculable en días de la eternidad, y por mis hermanos daría la vida con gusto...
~ ¡Eso fue entonces!
~ Sin embargo, mi señora, yo habría asesinado a mis dos hermanos sin dudar, pero usted no nos dio permiso para ponernos en pie, no levantó el veto de usar armas en su presencia y jamás declinó la ley que prohibía el derramamiento de sangre en el palacio... - Prosiguió imperturbablemente Anarkuz, su voz era clara y tranquila como el agua de un estanque. - Soy un Zarkayden, un devorador de carroña, como nos llama el resto de la compañía, las sombras, los espías, los asesinos, pero también soy un siervo fiel suyo, mi amor y devoción por usted y por no infringir sus leyes sagradas me impiden dar un paso sin que me lo permita usted...
Aglae sintió una mezcla extraña de admiración y frustración. Ciertamente había salido vivo por aquella devoción, los otros dos, cegados por el anhelo de poder, habían pasado por alto todo, ahora habían muerto, Anarkuz seguía vivo gracias a esa dedicación y a ese amor que le profesaba.
~ Retírense ambos... - dijo calmadamente. - Y joven Anarkuz...
El joven levantó la cabeza, los ojos azules del hermoso efebo y su larga cabellera aleonada rubia le daban tanto la apariencia de una Asyndane que Aglae no pudo evitar ruborizarse.
~ Ven mañana para recibir mis instrucciones, pásate por la armería y después ven al salón. Ven preparado, mañana comenzarás a devorar cadáveres.
Anarkuz inclinó con gratitud su aurea cabeza.


~ II ~


Sopla un viento frío en Ulvyria, la lluvia reciente ha dejado un aire fresco y húmedo, la negra capa del Zarkayden personal de la Emperatriz brilla húmeda con la lluvia reciente, un sombrero de ala ancha ensombrece el rostro, sólo brillan dos albas esmeraldas del azul más puro en aquella negrura las botas provistas de garras resonaban metálicamente en las calles.
Anarkuz llegó, temprano a recibir instrucciones, el sol aún no comenzaba a salir, en la calle todo era sombras.
Fue recibido en el salón, esperó durante varios minutos, hasta que la gran emperatriz apareció envuelta en una regia bata color carmesí con diseños de Eromian, llevaba el largo cabello ligeramente sujeto, despedía un brillo extraño.
~ ¿Pasaste por la armería?
~ Sí, mi señora, pasé por ahí y me entregaron, a parte de mi equipo, un objeto un tanto insólito para un simple soldado con voto de pobreza e igualdad...
~ No es para ti, debes dejarlo en las manos del senator Kirahf, a éstas horas debe estar saliendo rumbo a los baños del senado. Date prisa...
Anarkuz levantó la vista. El senator Kirahf era el más querido de los jefes superiores, era un rechoncho estadista antibélico que estimaba que la guerra acarrearía la ruina monetaria y moral para Ulvyria.
Anarkuz no era idiota, sabía que muchos jefes militares se oponían al decreto de paz que el bonachón senator intentaba pasar, la razón era clara, sin guerra no hace falta gastar de más en un ejército.
Pero, Aglae era una emperatriz, ella podía imponer su voluntad si se lo proponía, algo había detrás.
~ ¿Qué esperas, hiena? - espetó furibunda al ver la cara de Anarkuz.
El joven se levantó y saltó por la ventana.
Aglae sonrió, el día anterior había recibido la visita de Idunn, su amada hermana, no era raro que la emperatriz de Liriél pernoctara con la de Ulvyria, de hecho, su extraña relación era la causa de que Liriél y Ulvyria fueran ciudades tan similares y se acoplasen tan estratégicamente, mercantil y militarmente, cuando iban a la guerra, lo hacían juntas, y las Asyndane de Liriél, tenían parentela con las de Ulvyria y viceversa.
Aquella endogámica sociedad iba cerrándose tanto, que pocos, muy pocos Mannenskyn lograban ascender a algún puesto alto en la milicia, algún oficio bien remunerado o al simple efecto de dedicarse al arte.
La víspera había sido una de esas ocasiones en las que Idunn la había visitado para reforzar los lazos de unidad con ella.
Esto era la felicidad para Aglae, pero cada rayo de sol trae la sombra.
Alra de Liriél había acompañado a Idunn como su guardia personal.
La emperatriz había apretado los puños sonriendo con amable deleite mientras Alra le leía a Idunn la última de sus creaciones líricas.
Cuando se hubo ido, Aglae tuvo que escuchar durante varios minutos las alabanzas y parabienes que su amada hacía de la capitana y de sus idas y vueltas al frente de la coalición de Ulvyria - Liriél.
Esa noche Aglae había tomado la feroz determinación de quitar de en medio a Alra. Tras dejar a su amada dormida y exhausta en su lecho, la emperatriz había salido para ordenar a Johmoz que enviase a su más hábil ladrón al hospedaje de los comandantes Liriélicos. Le ordenó robar un objeto que Idunn le había obsequiado a la comandante.
Y ahora, Anarkuz, el molesto Zarkayden iba a una misión donde no sólo mataría al gordo y estorboso forúnculo antibelicista de Kirahf.
El curioso sendero de lo inevitable, el prometido de su descendiente encargándose de una probable amante de su Idunn.
Aglae se levantó, el recordar estas cosas la enardecía, regresó a su cámara y subió junto a la sublime Idunn aún adormecida, con toda la suavidad del mundo, Aglae la besó.


~ III ~


Anarkuz se encontró con el alegre senator caminando por las calles acompañado por sus guardias personales, seis en total formando un cuadro alrededor del político.
El joven iba cubierto por harapos de pies a cabeza, se tendió en una esquina y extendió un brazo.
El senator, en un gesto teatral, se acercó al tendido, creyéndolo vagabundo o enfermo, se acercó para darle alguna moneda.
Kirahf se inclinó extendiendo una reluciente moneda de oro hacia la mano que se le tendía.
El gesto sonriente y benévolo se congestionó con un golpe, un quejido emergió de la garganta del senator.
La moneda cayó y cuando esta hubo tintineado contra el suelo marmoleo, ya Anarkuz había rebanado el cuello de tres guardias.
Los tres restantes trataron de atravesarlo con las alabardas del cuerpo de guardia de Kirahf.
Uno de ellos tiró un lanzazo furioso que el joven esquivó, la punta engarzada chocó con la pared deslizándose por la inercia.
El Zarkayden tomó al guardia y lo tiró ante los otros dos.
Las puntas de las alabardas de los dos restantes atravesaron el cuerpo de su compañero, incrédulos miraron a Anarkuz que saltó sobre ellos lanzándoles dos puñales, uno a cada cuello.
Anarkuz miró a Kirahf y a sus seis guardias tendidos, colocó en las puntas de las alabardas un objeto dorado con una cadena  finísima y resplandeciente.
~ ¡Asesino! - escuchó un grito.
Anarkuz se giró, ante sí estaba Alra de Liriél, Anarkuz la conocía, la había visto varias veces acompañando a la Emperatriz Idunn mientras él vigilaba desde las sombras a su señora Aglae.
La guerrera le lanzó un tajo directo que le rasgó el pañuelo que le cubría el rostro tirándole el sombrero de ala ancha.
Anarkuz no lo podía creer, jamás nadie había sido tan rápido como para sorprenderlo, no comprendió por qué Aglae la quería inculpar... Era una guerrera feroz y temible.
Pero él también lo era.
El Zarkayden en segundos sacó dos dagas más de sus negros ropajes holgados, Alra tiró un mandoble y los metales chocaron con violencia.
El cabello de Anarkuz volaba feroz y libre de la prisión del negro sombrero, sus harapos vibraban a cada mandoble de la guerrera, pero no cedía un paso, aguantaba.
Anarkuz le lanzó un cuchillo al hombro a Alra, ésta de un mandoble lo desvió, pero Anarkuz habíase lanzado contra Alra como un ariete.
La guerrera apenas y esquivó el puñal que buscaba su hígado, un largo y sangrante arañazo comenzó a supurar su sangre, Anarkuz se revolvió con los ojos chispeantes y el rostro de una estatua esculpida en roca, pero cuando terminó de girarse para tirar la siguiente puñalada, la espada de Alra le pasó zumbando por un lado, la guerrera había tratado de atravesarle la cabeza a través del ojo derecho, el joven sintió la mordida del metal en toda su mejilla.
Anarkuz no había notado que Alra había levantado el puñal que le había lanzado, apenas y hubo girado el rostro, el puñal en manos de Alra dibujó una línea vertical en su ojo izquierdo.
Anarkuz lanzó un juramento al sentir cómo una línea larga y ardiente se dibujada con su ojo como centro.
Anarkuz se lanzó al frente y tacleó a Alra, abrió el ojo izquierdo y notó que solo su piel había sido afectada, miró a su costado y vio que Alra se lanzaba contra él.
Anarkuz, fúrico, tomó la alabarda del soldado empalado y la giró contra la comandante Asyndane.
Pero de manera sorprendente, Alra paró la hoja con las manos desnudas.
El joven, azorado, trató de jalar hacia sí la hoja, pero Alra, sonriendo de manera lúgubre, tiró hacia sí.
La rodilla de la Asyndane buscó impactarle el vientre.
Anarkuz se sacudió de la alabarda y de un salto Salió disparado hacia las calles. Alra quedó con la alabarda en las manos.
Varios senator iban camino a los baños cuando encontraron a la guerrera descompuesta, sangrante y con la alabarda en las manos con los cadáveres de Kirahf y sus seis alabarderos a sus pies...
Anarkuz escondido tras un pilar calles abajo se revisó la herida izquierda, el ojo le ardía y la sangre le había entrado, a la vez que su mejilla derecha le ardía y sangraba, sin embargo sonreía, sonreía descompuestamente por haber sobrevivido a un enfrentamiento Asyndane


~ IV ~


Johmoz entró con Anarkuz a las estancias de los Zarkayden, ahí, el joven, sangrante y sonriente fue cosido de sus heridas por uno de los hermanos, eran sus primeras cicatrices guerreras.
Pero antes de que Anarkuz pudiera disfrutar de los enhorabuenas, la Emperatriz entró a las estancias.
~ No te ordené matar a Alra de Liriél... - dijo sepulcralmente. - No debiste atacarla.
~ Mi señora, lo inevitable quiso que Alra pasase en el momento justo en el que cumplía su justo mandato, me atacó y así fui herido...
~ También la heriste...
~ Recibí la encomienda de defender mi vida o prescindir de ella en caso de que mi objetivo se viese descubierto, defendí mi vida y si con ello la he ofendido, me pongo en sus manos.
~ Está bien, tuviste suerte de que ella haya sido inculpada del asesinato de los lanceros y de Kirahf... Que terminen de coserte ésas heridas y alístate, acompañarás a los que la llevan a Thyrania.
~ ¿Ha sido condenada? - Preguntó Johmoz.
~ No había nada que dudar, empuñaba una alabarda, había varios puñales y Alra es buena lanzando el puñal, no hubo necesidad de juicio, saldrá mañana hacia Thyrania como ofrenda de disculpas para mi hermana Átropos por la expedición a L'Ar...
Aglae sonrió, sabía que Átropos acabaría no sólo con Alra, sino con los guardias y hasta con Anarkuz si lo descubría.
~ Por tu servicio puedes pasar la tarde con Eurid en el jardín interno del palacio, pero no abuses de mi benevolencia, Zarkayden, recuerda, cinco años serás mi asesino si quieres desposar a mi Eurid...
~ Soy honrado mil veces por su bondad, mi señora... - dijo el enamorado joven cayendo de hinojos y perdiendo la compostura por primera vez.
Aglae sonreía divertida, el pobre chico ni se imaginaba lo que iba a ocurrirle.
~ Si Alra escapa, debes asesinarla de inmediato y regresar con una prueba de que ha muerto...
~ ¿La cabeza bastará, diosa mía?
~ La cabeza bastará... Joven Anarkuz.
Anarkuz sonrió maniáticamente feliz, aunque conteniéndose, agradeció que su señora no viera ese gesto que, sabía, era una auténtica imagen de la muerte... Ojos desorbitados con sus azules aguas reducidas a un punto y los labios contraídos dolorosamente de manera improbable en un rostro tan atractivo, Anarkuz solía ser siempre frío, pero cada muerte que lo acercaba a Eurid lo volvía loca y alarmantemente feliz, la euforia que lo envolvía era insana, sus noches se tornaban rojas y muertos plagaban sus pesadillas con voces roncas y salvajes.

~ V ~

La tarde llegó, Anarkuz iba arreglado excelsamente con una elegante armadura en plata y cobalto del ejercito Ulvyrico, Eurid no sabía que su prometido pertenecía a la innoble orden negra de los devoradores de cadáveres, los Zarkayden.
Para el joven no era una vergüenza decirse Zarkayden, pero, en vista de que había sido prometido con la bella Eurid antes de nacer, sólo serviría durante unos años, durante los cuales, la joven sólo sabría que su amado pertenecía al ejercito como un gran dirigente.
~ Luz de estío... - murmuró embelesado el joven al ver a su musa inspiradora aparecer acompañada de varias damas de la corte para acompañarlas.
El jardín no era extenso pero sí hermoso y agradablemente sombreado.
Mientras el Zarkayden conversaba sonriente y pleno de felicidad, mientras escuchaba las tímidas frases y veía los ojos llorosos de su prometida al ver su hermoso rostro marcado y él, siempre sonriente, le hablaba acerca de lo que una cicatriz es para un guerrero, en las mazmorras, los ojos llorosos de Alra pugnaban por contener el llanto al recibir el beso siempre doloroso del látigo.
Siete latigazos, uno por vida.
Encadenada a un obelisco escarlata, la Asyndane apretó los dientes mientras escuchaba el chillido seseante de su carne al ser besada por el hierro al rojo vivo que la marcaba como asesina y proscrita.
~ Mañana saldré a una campaña de escolta... - confió el orgulloso joven a su preciosa novia.
~ ¿Y a quién escoltarás? - preguntó preocupada la chica.
Alra casi perdía el sentido, jadeaba boqueando con desesperación cuando, desde el elevado trono, Aglae, que junto a Idunn presenciaban el tormento de Alra, dictó su sentencia final.
~ Asesina, yo Aglae Asyndane, Quinta Hija de Mizarión de Lauressia te sentencio al exilio a Thyrania donde serás vendida como esclava, con el dinero que por ti se obtenga, se pagarán los funerales de los ilustres ciudadanos cuyas vidas segaste.
~ A una noble de Liriél. - contó orgulloso y sonriente.

~ VI ~

~ ¿Me he perdido? - preguntó incrédulo a los árboles colosales que lo rodeaban.
El joven Zarkayden había seguido con buen paso la comitiva de esclavistas que iba de Ulvyria a Thyrania por la cadena de Bar-Zagok, los valles elevados, pero al salir al bosque de Tanuma, el terreno se volvió casi un pantanal, el joven se vio obligado entonces a moverse por sobre las ramas de los nebulosos árboles, durante las primeras horas había seguido bien, pero en las primeras horas del ocaso, la niebla comenzó a brotar como un fantasma blanco que todo lo cubría.
Se balanceó tratando no perderlos hasta que la blancura opalescente le cubrió  por completo los ojos.
Y ahora se había perdido, bajo del árbol en el que descansaba para notar que el suelo era inusualmente rocoso para ser bosque.
Recordó que Tanuma había crecido en un terreno volcánico, miró los árboles y estos parecían clavarse profundamente entre las rocas de lava.
No había tiempo para maravillarse ante el prodigio, debía encontrar la comitiva, y de prisa.
Caminó entre la bruma hasta que llegó a una casa de manufactura Mannenskyn, el Zarkayden instintivamente se sintió amenazado, portaba su negro uniforme y su sombrero de ala ancha, sabía que su imagen no sería bien recibida, pero daba igual, podría obtener alguna información acerca del camino hacia Thyrania e interceptar a la compañía.
La puerta estaba abierta y Anarkuz sacó dos dagas largas y delgadas de duro metal de N'org, la tierra de los Wyrfinds, al ver los arañazos largos y supurantes en negra pestilencia que tenía la puerta y el postigo.
Entró con cuidado y caminó por un largo pasillo, la penumbra del atardecer cubría de claroscuros la estancia, Anarkuz rebuscó a través de estancias destrozadas de muebles revueltos.
Hasta que llegó a una habitación el triple de grande que las demás que mostraba un desgajamiento alarmante en una de sus paredes, Anarkuz preparó una tea improvisada con una pata de silla rota y varios jirones de ropa vieja.
Alzó la antorcha e iluminó una escena terrible, desperdigados por el suelo había varios bultos grotescos, pálidos y bulbosos, el joven los miró con reservada curiosidad.
Anarkuz comprendió que si se quedaba en esa casa a mitad del bosque, sosteniendo retadoramente una antorcha hacia la obscuridad, podía darse por muerto.
Se introdujo en el estrecho pasillo y decidió pernoctar, no deseaba vérselas con nada que pudiera hacerle algo tan terrible a un ser vivo.
Porque los bultos habían sido seres vivos, pese a estar grotescamente hinchados y mostrar el rostro estirado en una mueca escalofriante de risa infinita en color cera, pese a que las cabezas parecieran más fungosas que carnosas.
Y algo los había dejado así, eran seis en total, dos adultos y cuatro vástagos que oscilarían entre la pubertad y la infancia.
Los pensamientos de Anarkuz iban ensombreciéndose en medio de la obscuridad de la caída de la noche.
Maldijo su suerte, estaba a punto de ponerse a meditar acerca de cómo habría ocurrido aquello cuando escuchó el salvaje galope.
Anarkuz escuchó lo que parecía ser un enorme galope, de una estampida que iba creciendo hasta hacerse ensordecedora y estremecer la claustrofóbica casa destrozada.
Anarkuz subió al techo de doble agua de la casa, había apagado la antorcha e intentaba aprovechar al máximo la luz de la luna.
Por entre los arboles imponentes corría un horror terrible y extraño, miles de pezuñas de cabras o toros corrían despavoridamente, pero las miríadas de patas pertenecían a un sólo ser... Un ente más allá de la descripción, un árbol coronado de serpientes, tentáculos crinoideos y largos culminados por raros hongos blancos con motas rojas que se sacudían enloquecidos.
La infernal carrera de aquél ser estremeció al Zarkayden, Anarkuz jamás había visto un árbol corriendo salvajemente amén de miríadas de patas cabrunas.
El joven no pudo apreciar cabeza u ojos visibles, aquél ente debía tener algún tipo de sentido que le permitía surcar veloz y sin detenerse por entre los árboles sin chocar con uno.
Otra cosa que notó fue que el ser podía moverse con facilidad en cualquier dirección sin tener que girar su mastodóntico tamaño.
Y entonces, se detuvo, Anarkuz pensó en Eurid y en que quizás el ente lo habría visto, el joven no sabía lo que el ser podría ser capaz de hacerle, pero tampoco quería averiguarlo, el cuerpo entero de la entidad emanaba un aura salvaje así como un olor pútrido que alcanzó a percibir.
Uno de los largos tentáculos se lanzó hacia el interior de la casa, Anarkuz sacó sus dos dagas dispuesto a vender su existencia lo más cara que pudiera.
Pero no era a él al que buscaba aquél ente, el tentáculo destrozó la puerta por la que él había escudriñado la escena de la estancia, unos berridos estridentes asaltaron la marejada de estruendos que la criatura hacía, un bulto que Anarkuz notó, era un Mannenskyn se debatía lastimosamente en uno de los tentáculos que lo apresaba atrayéndolo al pesadillesco exterior.
Anarkuz identificó los ropajes y el idioma del infeliz.
Móreano, de las tierras de Mórea al oriente, el pobre diablo trataba de atacar los tentáculos que la criatura le lanzaba para someterlo con una larga cimitarra.
Pero a todas luces era claro que la ancha y curva hoja le estaba dando dificultades.
El ente lanzó varios tentáculos en diferentes direcciones y al poco el Móreano estaba sujeto de muñecas y tobillos y colgaba en X a merced de la criatura.
Anarkuz sabía que debía huir en ese instante en que el ser estaba tan entretenido, pero por algún extraño sentido de la curiosidad decidió ver aquello hasta su bizarro final.
~ ¡¡¡Adyaon!!! - gritó enloquecido el cautivo en su lengua.
Anarkuz conocía la lengua y entendió el mensaje: "Ahora".
De inmediato varias flechas ardientes le llovieron al ser desde lo alto de los árboles.
Pero aún sin el efecto deseado.
El ser le abrió la boca con fuerza brutal al Móreano y a continuación le atascó las abiertas mandíbulas con aquél extraño y albino hongo moteado.
El desdichado lanzó un alarido atragantado mientras otro tentáculo le metía otro hasta la garganta.
El guerrero estaba empalideciendo y sus músculos faciales se le contraían cada vez más, Anarkuz dedujo que aquél hongo indudablemente era de los más venenosos y amargos que existieran.
La cimitarra cayó de las manos crispadas del guerrero, un quinto y sexto bocado le fueron empujados con violencia hasta la garganta, pero para entonces el Móreano había dejado de luchar y patalear, se había quedado inquietantemente tranquilo. Un último bocado le fue empujado por otro tentáculo y Anarkuz supo que había sufrido el mismo destino que los desdichados de la planta baja.
La criatura entonces dejó de embutir sus asquerosos retoños en los intestinos del Móreano y lo lanzó con violencia y desenfado.
Anarkuz sintió que un frío de muerte lo atravesaba, el ser le había lanzado directamente al guerrero envenenado dándole a entender que sabía dónde estaba.
La escena era dantesca en su horror colosal. El ser enorme se acercaba a la casa sacudiendo  Sus tentáculos que ardían con furia devorados por las llamas de las flechas que seguían lloviéndole.
Las miríadas de patas cabrunas emitían un zumbido aterrador.
Entonces un chillido inhumano y agudo cabalgó el aire de la noche. El ser entonces se lanzó en enloquecida carrera hacia la noche boscosa con un retumbar infernal de miles de pezuñas.
Varios gritos brotaron de los árboles en señal de victoria, Anarkuz comprendió, aquello había sido una trampa para aquella bestia y el infeliz que sonreía en una escalofriante mueca acalambrada y fría había sido el cebo.
Esperaba ver varios guerreros de Mórea, pero se sorprendió de ver guerreros de varias regiones orientales, de Pyr la región de las siete montañas, la subterránea Rysis y sus catacumbas ciclópeas, de Odog - Isiv la de las mil torres y hasta de Zitar, donde se camina entre humo.
Anarkuz se puso en guardia pues todos los guerreros de inmediato rodearon la casa en cuyo techo se encontraba.
~ Soy Ketari, el caudillo de Rysis... - Exclamó un imponente Mannenskyn de melena a la espalda negra vestido con una cota de malla de metal negro y brillante, pantalones algo abombados en gris así como botas a la rodilla del mismo negro metal que la cota.
~ Soy Anarkuz, el Zarkayden. Soy de Ulvyria. - respondió el temerario joven encarando a los arqueros que lo apuntaban.
~ Estás muy lejos de tus tierras, Zarkayden... - dijo Ketari haciendo una seña para que todos bajasen sus arcos. - ¿Vienes al Erdibdes?
Anarkuz recordó la celebración anual en Tanuma, y sobre todo en la cumbre de Erdibdes, una montaña en el área.
~ Hacia allá me dirigía cuando extravié el camino...
El caudillo lo examinó y supo que aquél joven no mentía, además de ser fiero, estaba rodeado de guerreros armados y aun así respondía con calma y firmeza a lo que se le cuestionaba.
~ Estamos en la misma situación, muchacho... Si gustas venir con nosotros serás bien recibido, necesitamos la mayor cantidad de brazos por si nos encontramos con el Vagabundo de los Bosques... La criatura ésa que viste anda corriendo por todos lados de éste bosque sambutiéndole sus asquerosidades a cualquiera que atrape... Así, si somos demasiados, hay una oportunidad de defendernos... Lo digo porque si te quedas solo estás muerto... - dijo el guerrero con la honestidad y sencillez que poseen aquellos que sólo atesoran el agua.
Anarkuz miró a los guerreros y aceptó seguirlos, después de todo, desde Erdibdes podría escudriñar mejor el terreno.
El Zarkayden caminaba junto al resto de guerreros de oriente con reserva.
No deseaba llamar la atención más de lo debido, pero sí trataba de escuchar lo que pudiera acerca del Vagabundo de los Bosques.
~ No tengo idea de qué tipo de ser es... Lo único que sé es que sus tallos son fuertes como látigos Thyranios y dotados de voluntad y ferocidad animal... Esa criatura es peligrosa en extremo... Como habrás visto... El fuego la afecta bastante poco...
Anarkuz asintió.
~ Entonces mejor evitarla. - pensó el joven guerrero Ulvyrico.
Durante minutos, el Zarkayden caminó en compañía de los mercenarios, asesinos y guerreros que acompañaban al moreno caudillo.
Hasta que alcanzaron las faldas del Erdibdes, un amplio camino en ascensión se les mostró.
~ Los caminos sencillos son los más temibles. - recordó a su mentor Johmoz.
Algo en su interior había disparado una alarma estridente que lo hacía pensar.
Entonces vio las huellas de cascos, miles de ellos.
~ El Vagabundo debe haber corrido por aquí... Pero si queremos llegar a la cima debemos seguir por éste camino... - observó Ketari.
Anarkuz acomodó su sombrero y luego guardó sus manos en sus ropajes, la luna apenas naciente iluminaba la siniestra calzada.
Sus compañeros murmuraban, algunos ansiosos, otros más temerosos y otros sólo lanzaban fanfarronadas y juramentos pintorescos.
Hasta que repentinamente todos callaron, Anarkuz miró con un escalofrío la escena que tenía delante.
En un recodo del camino había un barranco, desde la profundidad ascendían al viento de la noche volutas de un humo pestilente, con hedor a cadáveres quemados, Anarkuz miró al fondo y tembló imperceptiblemente bajo sus negros ropajes.
Destrozado entre las rocas yacía el cadáver semi devorado del Vagabundo de los Bosques.
~ Miren, tiene dentelladas y arañazos terribles, debió encontrar un animal más salvaje que él...
~ Pronto lo averiguaremos... Cayó desde más arriba... A donde nos dirigimos. - dijo Anarkuz secamente.
Se echaron a andar en silencio, Anarkuz contabilizó a los guerreros. Había unos treinta guerreros de Pyr, de vistosa armadura de placas entretejidas de metal negro con cintas gruesas en rojo, azul y verde según la orden de rango cargando anchas y ligeras cimitarras dentadas y garras en botas y dedos.
Había veintitrés forajidos de Rysis, polvorientos y sombríos mercenarios de oscura y execrable reputación, los malditos que caminaban en las tinieblas, Anarkuz sabía que los Zarkayden y los Rysinds estaban lejanamente emparentados, como los lobos de las hienas.
Un asco natural en el joven brotó al ver sus siluetas obscuras y silenciosas, sus grises túnicas encapuchadas y sus ojos, amarillentos y profundos como las catacumbas en las que solían corretear.
Había quince yenuzars de Odog y doce de Isiv, lejanas capitales de telas exóticas y drogas místicas, sus enrojecidos ojos hablaban secretos hollados a fuerza de ejercicio mental, pero las hachas guerreras pesadas y martillos de combate blandidos con la facilidad de una daga ligera le hablaban de poderes mentales conocidos sólo por sus clanes, ya que sus cuerpos, enfundados en vistosas telas adornadas de arabescos eran más ligeros que el de Anarkuz, y aún así, aquellos barbados guerreros eran tan fuertes como para blandir hachas y martillos como si fuesen delicadas plumas de pavorreales.
Y por último, diez arqueros de Zitar, la nebulosa colonia mannenskyn asentada en la lejana Eromian, territorio regido por la fría Galatéa, sexta emperatriz asyndane.
Setenta y ocho guerreros en total.
~ Y si me cuento y a Ketari, somos ochenta... - pensó el joven.
Aunque con respecto a los forajidos de las criptas de Rysis, Anarkuz no estaba seguro, de continuo notaba que aquellos astutos ojos amarillentos lo observaban, sus rostros iban cubiertos con restos desgarrados de sudarios ennegrecidos por el polvo y los años que dejaban sólo los brillantes ojos enmarcados en la negra cabellera.
El Zarkayden enarcó las cejas, extrañado y se echó el sombrero sobre los ojos.
La cuesta ascendía, aún faltaban varias horas para que el laberinto se abriera. El joven miró los altos riscos y cañadas de profundidad escalofriante abriéndose ante sí, y horadando aquellos rocosos y escarpados picachos de color mármol, había decenas de huecos en lugares de acceso casi imposible para cualquier mannenskyn, cuevas horridas que se abrían amenazadoramente.
Anarkuz observó que los yenuzars se ponían al acecho, mirando constantemente a su alrededor, como si los acechasen espectros caníbales y voladores.
Un alarido estalló a sus espaldas poniéndolo en guardia, el joven desenfundó sus dos largas dagas estremeciéndose al notar que el alarido que ahora era un aullido de dolor y terror se perdía en las alturas...
~ ¡En guardia! - clamó Ketari tensando sus músculos al estrechar su arco. Anarkuz notó que el feroz mercenario llevaba un carcaj repleto de largas flechas de metal plateado adornadas con plumas negras.
Otro alarido más que ascendía hacia los vertiginosos cielos estrellados hizo estremecer a Anarkuz.
~ ¡Espalda con espalda! – clamó Ketari.
De inmediato todos se replegaron unos con otros y descubrieron un horror terrible.
Las Neydenias volaban sobre sus cabezas como buitres sobre cadáveres. Midiéndolos, cazándolos como águilas a ratones. El terreno era llano y no había a donde huír…
Entonces Anarkuz notó que los bandidos de Rysis no les temían y que muy por el contrario, las Neydenias parecían rehuírles.
Las hijas de la demente Neydn eran unos engendros que tenían su cuna en algún olvidado y remoto mundo prehistórico al cual las crónicas Asyndane no lograban ubicar. La bestial y deforme Neydn, señora primordial y devoradora de todo había tenido su culto en lo profundo de las selvas prehistóricas… cuando el primero de los seres emergió del caldo primigenio para iniciar el duro y lento camino hacia arriba, ellas ya guerreaban salvajemente en las salvajes espesuras con las criaturas llegadas del espacio.
Incluso las Asyndane les temían y sólo pocos seres sabían cómo acabar con ellas.
Por lo que se notaba, los Bandidos sabían cómo ya que se les veía defenderse confiados e incluso avanzar para intentar atacar a las Neydenias. Éstas trataban de azuzar a los demás guerreros chillando y gritando de manera terrible y demente. Gritos tales de taladrar a un hombre roca.
Pero Anarkuz mantuvo la frialdad suficiente para notar que uno de los bandidos deseaba con el alma tener al alcance a una de aquellas fieras. Notó entonces Anarkuz cómo los yenuzars se escudaban bajo pesadas placas de metal formando cónicos bastiones impenetrables. Los ojos azul volcánico de Anarkuz brillaron afilados y deseosos en la noche. Corrió entonces como alma perdida directo a uno de los conos lanzando un alarido de guerra que acalló por un instante los chillidos de las neydenias y los agudos aullidos de los que caían en sus garras.
Anarkuz sintió que el mundo se paralizaba, un paso bien plantado sobre una de aquellas placas que se mantuvo inamovible, no había tiempo para elogiar la fiereza de los yenuzars, otro paso, Anarkuz levantó los ojos y vio a tres deydenias que se habían lanzado contra él.
Otro paso y al final contuvo la respiración lanzándose al aire con impulso feroz en una tacleada suprema que se quitó a las dos neydenias de su flanco capturando entre sus brazos a la de en medio del trío.
Por un breve momento, tanto neydenias como guerreros miraron el espectacular acto heroico y suicida de Anarkuz, Ketari soltó un bufido, aquél joven era un león, un león que quería luchar hasta el final… ¿Pueden volar? Entonces pueden caer…
Los guerreros lanzaron un aullido precipitándose contra las formaciones yenuzars, los que estaban mas lejos, los guerreros de Pyr llevaban escudos de medio alcance pero lo suficientemente resistentes para el nuevo uso que un joven Zarkayden les había mostrado.
Aullando, las neydenias fueron presas de poderosos brazos, puños feroces y metal despiadado, incluso siendo, como se decía que eran, resistentes en extremo, la decisión no acordada común fue la decapitación, era como ver lobos dando cuenta de águilas que pese a todo luchaban con ferocidad…
Hasta que Anarkuz quien había acuchillado y decapitado a su prisionera levantó la mirada, un siniestro canto, bajo, profundo y hermoso sonó en el campo de batalla, guerreros y neydenias yacían por todas partes decapitados o eviscerados.


De los setenta quedaban veintiocho… y ante ellos, cuatro decenas de neydenias y una inquietante figura vestida de negro que los miraba en silencio…


Continuará