domingo, 13 de abril de 2014

La Senda de los Zarkayden

La Senda de los Zarkayden

Baal Fausto Aramizaél Kurioz

~ I ~


La obscuridad envolvía las calles de Ulvyria, imperial ciudad regida por Aglae, la Octava Emperatriz Asyndane, hija de Mizarión.
El cielo nublado exhalaba melancolía, el viento aullante en los altos ventanales contaba historias de tormenta, Mal la pasarían los desposeídos que habitaban los sórdidos callejones de ladrones y fumaderos semi clandestinos, la siniestra sombra engendrada por las luces.
Pocos son los que osan caminar aquellas soledades por la noche, las sombras opresivas eran el hogar de incontables asesinos y guerrilleros subversivos que buscaban derrocar a la gran Aglae.
La opinión de los arribistas era clara, Aglae había traído la desgracia a los imperios Asyndane al declarar la guerra a la siniestra Átropos, una guerra que crecía día con día y que se cebaba sobre los más desprotegidos...
Por tal motivo, la guardia de Aglae consistía en un grupo selecto, no de Asyndanes, sino de la raza Mannenskyn, la actual raza humana.
Si bien, los Mannenskyn no poseían la longevidad, juventud, poder, talle y porte Asyndane, sí eran guerreros temibles y estrategas astutos, debido a su obvia desventaja ante las Asyndane que, además de ser sabias, también poseían el donde usar la elevada magia Asyndane.
Los Mannenskyn más habilidosos lograban llegar a dominar hechizos y transmutar objetos y sublimar elementos, pero jamás, un Mannenskyn había sido temido en verdad por las soberbias hijas del Emperador.
Hasta la llegada de Anarkuz de Ulvyria, el azote de las Asyndane.
Anarkuz era un joven de mirada triste de un azul delicado y profundo, sus rasgos eran tan andróginos que muchas lo creían Asyndane, pero su estatura menor a la media Asyndane, sus rubios cabellos eran delicadas espigas de trigo. Y su carácter siempre era callado.
Había sido abandonado cuando pequeño por un padre que había muerto en las campañas contra las Logressyans, titánicas hijas y esclavas guerreras de Átropos.
Aglae tomó al pequeño a su cuidado, pues, conociendo la habilidad nata del padre, supuso que el pequeño sería un bravo guerrero.
Desde luego acertó.
A los quince años y tras ser instruido en artes y ciencias Asyndane, Anarkuz entró al ejército de Ulvyria, valiente como todo guerrero y perspicaz como un vidente alcanzó el grado máximo en pocos años, al final, a los diecinueve pasó a formar parte de la guardia personal de la monarca.
Ahí, al servicio de su longeva y siempre joven señora, conoció a la flor más delicada de todo el jardín Asyndane...
Euríd, descendiente directa de Aglae, una preciosa deidad de diecisiete inviernos en la cual, belleza y sabiduría se conjugaban con encanto.
La sangre de Eurid reunía tanto la ilustre casta de Aglae y la de su hermana Idunn, emperatriz de Liriél, por tanto su semblante era sublime, Aglae la amaba con el alma, era todo un placer para la emperatriz verla, lánguida y etérea como una ensoñación, oírla hablar con aquél timbre celestial.
Jamás Aglae había amado tanto a alguien como a su descendiente.
Anarkuz contemplaba desde las sombras aquél hermoso rayo de sol, aquellos lejanos e idílicos días antes de vestir la armadura negra de los Zarkayden.
La orden de los mensajeros. Los portadores de la daga, una ancestral orden Mannenskyn que se remontaba a la era de Mizarión.
Mientras atraviesa las calles, vestido de pies a cabeza de negro, Anarkuz recuerda los rostros de aquellos que envió al reino tenebroso de los muertos.
Rostros sorprendidos y pálidos, llenos de terror y espanto.
Los Zarkayden lo habían elegido de entre las filas Mannenskyn y, tras aprobar el entrenamiento exhaustivo y secreto, vistió el negro sayal de la orden negra.
Aglae había conocido y guerreado junto al padre de Anarkuz, la emperatriz, tras salir victoriosa en una guerra años atrás contra una raza extinta, le prometió a Oneim, padre de Anarkuz, la mano de su más querida descendiente para el vástago que el bravo guerrero engendrase.
Pero Aglae jamás imaginó, ni en sus sueños más sublimes, que su descendiente sería tan preciosa, una Asyndane tan sublime que casi eclipsaba la imagen de Idunn.
Y  el joven Anarkuz era un guerrero feroz y un Zarkayden excelso.
Entonces la señora de Ulvyria entró en conflicto contra una de las naciones de Thyrania, el ejército unificado de Ulvyria y Liriél se movilizó y los Zarkayden salieron de su sueño de paz.
El joven fue llamado entonces junto a dos de sus hermanos y al frente, el supremo gran Maestre, Johmoz.
~ Estos tres... - dijo con voz de trueno la Emperatriz. - Son tus mejores Zarkayden... ¿Cuál de ellos es el mejor?
El gran maestre por un instante meditó la respuesta.
~ Ninguno es superior en nuestra hermandad, pero hay grados, y los tres están en uno muy alto... Ninguno es superior.
~ Esa respuesta es inaceptable, tiene que haber de éstos tres, uno superior a los otros.
~ Mi respuesta puede ser inaceptable, pero, mi señora, no hay otra respuesta más que esa.
~ Necesito que asesinen a alguien...
~ Ordénalo y te obedecerán por igual.
~ Muy bien, Maestre Johmoz. - dijo Aglae con un brillo astuto mirando a Anarkuz. - Entonces... Atáquense unos a otros, el que sobreviva será el emisario de los muertos.
Los tres Zarkayden levantaron la vista, antes de que Anarkuz hiciera nada, uno de sus hermanos, Palroz, se lanzó con el feroz puñal curvo zarkaydiano contra Ekrión, el tercer Zarkayden.
Palroz asestó una puñalada contra la base de la nuca de Ekrión,
Aglae sonrió, Palroz media dos cabezas encima de Anarkuz, supo que aquél guerrero jamás cruzaría su línea de sangre con la Asyndane.
Pero la sonrisa de Aglae se desvaneció rápido, Ekrión habíale encajado su puñal en el mentón de Palroz, el gigante giró los ojos hacia atrás y cayó de espaldas. Ekrión cayó hacia el frente en medio de un charco de sangre.
Anarkuz seguía arrodillado con solemnidad ante Aglae.
~ He ahí a tu mejor guerrero, mi señora.
~ ¿Mi mejor soldado? - dijo airada Aglae. - ¿Un niño que se queda de rodillas aguardando el golpe que lo decapitará mi mejor soldado? - Exclamó con ira Nacida de la frustración.
Pero Johmoz era viejo y sabio, preguntó con firmeza.
~ Anarkuz, hijo mío, ¿Por qué no participaste en la batalla contra tus hermanos? ¿Tanto es tu amor por la orden? ¿Tanta es tu devoción a tus hermanos?
~ Gran Maestro, Padre guerrero, mi amor por la orden es incalculable en días de la eternidad, y por mis hermanos daría la vida con gusto...
~ ¡Eso fue entonces!
~ Sin embargo, mi señora, yo habría asesinado a mis dos hermanos sin dudar, pero usted no nos dio permiso para ponernos en pie, no levantó el veto de usar armas en su presencia y jamás declinó la ley que prohibía el derramamiento de sangre en el palacio... - Prosiguió imperturbablemente Anarkuz, su voz era clara y tranquila como el agua de un estanque. - Soy un Zarkayden, un devorador de carroña, como nos llama el resto de la compañía, las sombras, los espías, los asesinos, pero también soy un siervo fiel suyo, mi amor y devoción por usted y por no infringir sus leyes sagradas me impiden dar un paso sin que me lo permita usted...
Aglae sintió una mezcla extraña de admiración y frustración. Ciertamente había salido vivo por aquella devoción, los otros dos, cegados por el anhelo de poder, habían pasado por alto todo, ahora habían muerto, Anarkuz seguía vivo gracias a esa dedicación y a ese amor que le profesaba.
~ Retírense ambos... - dijo calmadamente. - Y joven Anarkuz...
El joven levantó la cabeza, los ojos azules del hermoso efebo y su larga cabellera aleonada rubia le daban tanto la apariencia de una Asyndane que Aglae no pudo evitar ruborizarse.
~ Ven mañana para recibir mis instrucciones, pásate por la armería y después ven al salón. Ven preparado, mañana comenzarás a devorar cadáveres.
Anarkuz inclinó con gratitud su aurea cabeza.


~ II ~


Sopla un viento frío en Ulvyria, la lluvia reciente ha dejado un aire fresco y húmedo, la negra capa del Zarkayden personal de la Emperatriz brilla húmeda con la lluvia reciente, un sombrero de ala ancha ensombrece el rostro, sólo brillan dos albas esmeraldas del azul más puro en aquella negrura las botas provistas de garras resonaban metálicamente en las calles.
Anarkuz llegó, temprano a recibir instrucciones, el sol aún no comenzaba a salir, en la calle todo era sombras.
Fue recibido en el salón, esperó durante varios minutos, hasta que la gran emperatriz apareció envuelta en una regia bata color carmesí con diseños de Eromian, llevaba el largo cabello ligeramente sujeto, despedía un brillo extraño.
~ ¿Pasaste por la armería?
~ Sí, mi señora, pasé por ahí y me entregaron, a parte de mi equipo, un objeto un tanto insólito para un simple soldado con voto de pobreza e igualdad...
~ No es para ti, debes dejarlo en las manos del senator Kirahf, a éstas horas debe estar saliendo rumbo a los baños del senado. Date prisa...
Anarkuz levantó la vista. El senator Kirahf era el más querido de los jefes superiores, era un rechoncho estadista antibélico que estimaba que la guerra acarrearía la ruina monetaria y moral para Ulvyria.
Anarkuz no era idiota, sabía que muchos jefes militares se oponían al decreto de paz que el bonachón senator intentaba pasar, la razón era clara, sin guerra no hace falta gastar de más en un ejército.
Pero, Aglae era una emperatriz, ella podía imponer su voluntad si se lo proponía, algo había detrás.
~ ¿Qué esperas, hiena? - espetó furibunda al ver la cara de Anarkuz.
El joven se levantó y saltó por la ventana.
Aglae sonrió, el día anterior había recibido la visita de Idunn, su amada hermana, no era raro que la emperatriz de Liriél pernoctara con la de Ulvyria, de hecho, su extraña relación era la causa de que Liriél y Ulvyria fueran ciudades tan similares y se acoplasen tan estratégicamente, mercantil y militarmente, cuando iban a la guerra, lo hacían juntas, y las Asyndane de Liriél, tenían parentela con las de Ulvyria y viceversa.
Aquella endogámica sociedad iba cerrándose tanto, que pocos, muy pocos Mannenskyn lograban ascender a algún puesto alto en la milicia, algún oficio bien remunerado o al simple efecto de dedicarse al arte.
La víspera había sido una de esas ocasiones en las que Idunn la había visitado para reforzar los lazos de unidad con ella.
Esto era la felicidad para Aglae, pero cada rayo de sol trae la sombra.
Alra de Liriél había acompañado a Idunn como su guardia personal.
La emperatriz había apretado los puños sonriendo con amable deleite mientras Alra le leía a Idunn la última de sus creaciones líricas.
Cuando se hubo ido, Aglae tuvo que escuchar durante varios minutos las alabanzas y parabienes que su amada hacía de la capitana y de sus idas y vueltas al frente de la coalición de Ulvyria - Liriél.
Esa noche Aglae había tomado la feroz determinación de quitar de en medio a Alra. Tras dejar a su amada dormida y exhausta en su lecho, la emperatriz había salido para ordenar a Johmoz que enviase a su más hábil ladrón al hospedaje de los comandantes Liriélicos. Le ordenó robar un objeto que Idunn le había obsequiado a la comandante.
Y ahora, Anarkuz, el molesto Zarkayden iba a una misión donde no sólo mataría al gordo y estorboso forúnculo antibelicista de Kirahf.
El curioso sendero de lo inevitable, el prometido de su descendiente encargándose de una probable amante de su Idunn.
Aglae se levantó, el recordar estas cosas la enardecía, regresó a su cámara y subió junto a la sublime Idunn aún adormecida, con toda la suavidad del mundo, Aglae la besó.


~ III ~


Anarkuz se encontró con el alegre senator caminando por las calles acompañado por sus guardias personales, seis en total formando un cuadro alrededor del político.
El joven iba cubierto por harapos de pies a cabeza, se tendió en una esquina y extendió un brazo.
El senator, en un gesto teatral, se acercó al tendido, creyéndolo vagabundo o enfermo, se acercó para darle alguna moneda.
Kirahf se inclinó extendiendo una reluciente moneda de oro hacia la mano que se le tendía.
El gesto sonriente y benévolo se congestionó con un golpe, un quejido emergió de la garganta del senator.
La moneda cayó y cuando esta hubo tintineado contra el suelo marmoleo, ya Anarkuz había rebanado el cuello de tres guardias.
Los tres restantes trataron de atravesarlo con las alabardas del cuerpo de guardia de Kirahf.
Uno de ellos tiró un lanzazo furioso que el joven esquivó, la punta engarzada chocó con la pared deslizándose por la inercia.
El Zarkayden tomó al guardia y lo tiró ante los otros dos.
Las puntas de las alabardas de los dos restantes atravesaron el cuerpo de su compañero, incrédulos miraron a Anarkuz que saltó sobre ellos lanzándoles dos puñales, uno a cada cuello.
Anarkuz miró a Kirahf y a sus seis guardias tendidos, colocó en las puntas de las alabardas un objeto dorado con una cadena  finísima y resplandeciente.
~ ¡Asesino! - escuchó un grito.
Anarkuz se giró, ante sí estaba Alra de Liriél, Anarkuz la conocía, la había visto varias veces acompañando a la Emperatriz Idunn mientras él vigilaba desde las sombras a su señora Aglae.
La guerrera le lanzó un tajo directo que le rasgó el pañuelo que le cubría el rostro tirándole el sombrero de ala ancha.
Anarkuz no lo podía creer, jamás nadie había sido tan rápido como para sorprenderlo, no comprendió por qué Aglae la quería inculpar... Era una guerrera feroz y temible.
Pero él también lo era.
El Zarkayden en segundos sacó dos dagas más de sus negros ropajes holgados, Alra tiró un mandoble y los metales chocaron con violencia.
El cabello de Anarkuz volaba feroz y libre de la prisión del negro sombrero, sus harapos vibraban a cada mandoble de la guerrera, pero no cedía un paso, aguantaba.
Anarkuz le lanzó un cuchillo al hombro a Alra, ésta de un mandoble lo desvió, pero Anarkuz habíase lanzado contra Alra como un ariete.
La guerrera apenas y esquivó el puñal que buscaba su hígado, un largo y sangrante arañazo comenzó a supurar su sangre, Anarkuz se revolvió con los ojos chispeantes y el rostro de una estatua esculpida en roca, pero cuando terminó de girarse para tirar la siguiente puñalada, la espada de Alra le pasó zumbando por un lado, la guerrera había tratado de atravesarle la cabeza a través del ojo derecho, el joven sintió la mordida del metal en toda su mejilla.
Anarkuz no había notado que Alra había levantado el puñal que le había lanzado, apenas y hubo girado el rostro, el puñal en manos de Alra dibujó una línea vertical en su ojo izquierdo.
Anarkuz lanzó un juramento al sentir cómo una línea larga y ardiente se dibujada con su ojo como centro.
Anarkuz se lanzó al frente y tacleó a Alra, abrió el ojo izquierdo y notó que solo su piel había sido afectada, miró a su costado y vio que Alra se lanzaba contra él.
Anarkuz, fúrico, tomó la alabarda del soldado empalado y la giró contra la comandante Asyndane.
Pero de manera sorprendente, Alra paró la hoja con las manos desnudas.
El joven, azorado, trató de jalar hacia sí la hoja, pero Alra, sonriendo de manera lúgubre, tiró hacia sí.
La rodilla de la Asyndane buscó impactarle el vientre.
Anarkuz se sacudió de la alabarda y de un salto Salió disparado hacia las calles. Alra quedó con la alabarda en las manos.
Varios senator iban camino a los baños cuando encontraron a la guerrera descompuesta, sangrante y con la alabarda en las manos con los cadáveres de Kirahf y sus seis alabarderos a sus pies...
Anarkuz escondido tras un pilar calles abajo se revisó la herida izquierda, el ojo le ardía y la sangre le había entrado, a la vez que su mejilla derecha le ardía y sangraba, sin embargo sonreía, sonreía descompuestamente por haber sobrevivido a un enfrentamiento Asyndane


~ IV ~


Johmoz entró con Anarkuz a las estancias de los Zarkayden, ahí, el joven, sangrante y sonriente fue cosido de sus heridas por uno de los hermanos, eran sus primeras cicatrices guerreras.
Pero antes de que Anarkuz pudiera disfrutar de los enhorabuenas, la Emperatriz entró a las estancias.
~ No te ordené matar a Alra de Liriél... - dijo sepulcralmente. - No debiste atacarla.
~ Mi señora, lo inevitable quiso que Alra pasase en el momento justo en el que cumplía su justo mandato, me atacó y así fui herido...
~ También la heriste...
~ Recibí la encomienda de defender mi vida o prescindir de ella en caso de que mi objetivo se viese descubierto, defendí mi vida y si con ello la he ofendido, me pongo en sus manos.
~ Está bien, tuviste suerte de que ella haya sido inculpada del asesinato de los lanceros y de Kirahf... Que terminen de coserte ésas heridas y alístate, acompañarás a los que la llevan a Thyrania.
~ ¿Ha sido condenada? - Preguntó Johmoz.
~ No había nada que dudar, empuñaba una alabarda, había varios puñales y Alra es buena lanzando el puñal, no hubo necesidad de juicio, saldrá mañana hacia Thyrania como ofrenda de disculpas para mi hermana Átropos por la expedición a L'Ar...
Aglae sonrió, sabía que Átropos acabaría no sólo con Alra, sino con los guardias y hasta con Anarkuz si lo descubría.
~ Por tu servicio puedes pasar la tarde con Eurid en el jardín interno del palacio, pero no abuses de mi benevolencia, Zarkayden, recuerda, cinco años serás mi asesino si quieres desposar a mi Eurid...
~ Soy honrado mil veces por su bondad, mi señora... - dijo el enamorado joven cayendo de hinojos y perdiendo la compostura por primera vez.
Aglae sonreía divertida, el pobre chico ni se imaginaba lo que iba a ocurrirle.
~ Si Alra escapa, debes asesinarla de inmediato y regresar con una prueba de que ha muerto...
~ ¿La cabeza bastará, diosa mía?
~ La cabeza bastará... Joven Anarkuz.
Anarkuz sonrió maniáticamente feliz, aunque conteniéndose, agradeció que su señora no viera ese gesto que, sabía, era una auténtica imagen de la muerte... Ojos desorbitados con sus azules aguas reducidas a un punto y los labios contraídos dolorosamente de manera improbable en un rostro tan atractivo, Anarkuz solía ser siempre frío, pero cada muerte que lo acercaba a Eurid lo volvía loca y alarmantemente feliz, la euforia que lo envolvía era insana, sus noches se tornaban rojas y muertos plagaban sus pesadillas con voces roncas y salvajes.

~ V ~

La tarde llegó, Anarkuz iba arreglado excelsamente con una elegante armadura en plata y cobalto del ejercito Ulvyrico, Eurid no sabía que su prometido pertenecía a la innoble orden negra de los devoradores de cadáveres, los Zarkayden.
Para el joven no era una vergüenza decirse Zarkayden, pero, en vista de que había sido prometido con la bella Eurid antes de nacer, sólo serviría durante unos años, durante los cuales, la joven sólo sabría que su amado pertenecía al ejercito como un gran dirigente.
~ Luz de estío... - murmuró embelesado el joven al ver a su musa inspiradora aparecer acompañada de varias damas de la corte para acompañarlas.
El jardín no era extenso pero sí hermoso y agradablemente sombreado.
Mientras el Zarkayden conversaba sonriente y pleno de felicidad, mientras escuchaba las tímidas frases y veía los ojos llorosos de su prometida al ver su hermoso rostro marcado y él, siempre sonriente, le hablaba acerca de lo que una cicatriz es para un guerrero, en las mazmorras, los ojos llorosos de Alra pugnaban por contener el llanto al recibir el beso siempre doloroso del látigo.
Siete latigazos, uno por vida.
Encadenada a un obelisco escarlata, la Asyndane apretó los dientes mientras escuchaba el chillido seseante de su carne al ser besada por el hierro al rojo vivo que la marcaba como asesina y proscrita.
~ Mañana saldré a una campaña de escolta... - confió el orgulloso joven a su preciosa novia.
~ ¿Y a quién escoltarás? - preguntó preocupada la chica.
Alra casi perdía el sentido, jadeaba boqueando con desesperación cuando, desde el elevado trono, Aglae, que junto a Idunn presenciaban el tormento de Alra, dictó su sentencia final.
~ Asesina, yo Aglae Asyndane, Quinta Hija de Mizarión de Lauressia te sentencio al exilio a Thyrania donde serás vendida como esclava, con el dinero que por ti se obtenga, se pagarán los funerales de los ilustres ciudadanos cuyas vidas segaste.
~ A una noble de Liriél. - contó orgulloso y sonriente.

~ VI ~

~ ¿Me he perdido? - preguntó incrédulo a los árboles colosales que lo rodeaban.
El joven Zarkayden había seguido con buen paso la comitiva de esclavistas que iba de Ulvyria a Thyrania por la cadena de Bar-Zagok, los valles elevados, pero al salir al bosque de Tanuma, el terreno se volvió casi un pantanal, el joven se vio obligado entonces a moverse por sobre las ramas de los nebulosos árboles, durante las primeras horas había seguido bien, pero en las primeras horas del ocaso, la niebla comenzó a brotar como un fantasma blanco que todo lo cubría.
Se balanceó tratando no perderlos hasta que la blancura opalescente le cubrió  por completo los ojos.
Y ahora se había perdido, bajo del árbol en el que descansaba para notar que el suelo era inusualmente rocoso para ser bosque.
Recordó que Tanuma había crecido en un terreno volcánico, miró los árboles y estos parecían clavarse profundamente entre las rocas de lava.
No había tiempo para maravillarse ante el prodigio, debía encontrar la comitiva, y de prisa.
Caminó entre la bruma hasta que llegó a una casa de manufactura Mannenskyn, el Zarkayden instintivamente se sintió amenazado, portaba su negro uniforme y su sombrero de ala ancha, sabía que su imagen no sería bien recibida, pero daba igual, podría obtener alguna información acerca del camino hacia Thyrania e interceptar a la compañía.
La puerta estaba abierta y Anarkuz sacó dos dagas largas y delgadas de duro metal de N'org, la tierra de los Wyrfinds, al ver los arañazos largos y supurantes en negra pestilencia que tenía la puerta y el postigo.
Entró con cuidado y caminó por un largo pasillo, la penumbra del atardecer cubría de claroscuros la estancia, Anarkuz rebuscó a través de estancias destrozadas de muebles revueltos.
Hasta que llegó a una habitación el triple de grande que las demás que mostraba un desgajamiento alarmante en una de sus paredes, Anarkuz preparó una tea improvisada con una pata de silla rota y varios jirones de ropa vieja.
Alzó la antorcha e iluminó una escena terrible, desperdigados por el suelo había varios bultos grotescos, pálidos y bulbosos, el joven los miró con reservada curiosidad.
Anarkuz comprendió que si se quedaba en esa casa a mitad del bosque, sosteniendo retadoramente una antorcha hacia la obscuridad, podía darse por muerto.
Se introdujo en el estrecho pasillo y decidió pernoctar, no deseaba vérselas con nada que pudiera hacerle algo tan terrible a un ser vivo.
Porque los bultos habían sido seres vivos, pese a estar grotescamente hinchados y mostrar el rostro estirado en una mueca escalofriante de risa infinita en color cera, pese a que las cabezas parecieran más fungosas que carnosas.
Y algo los había dejado así, eran seis en total, dos adultos y cuatro vástagos que oscilarían entre la pubertad y la infancia.
Los pensamientos de Anarkuz iban ensombreciéndose en medio de la obscuridad de la caída de la noche.
Maldijo su suerte, estaba a punto de ponerse a meditar acerca de cómo habría ocurrido aquello cuando escuchó el salvaje galope.
Anarkuz escuchó lo que parecía ser un enorme galope, de una estampida que iba creciendo hasta hacerse ensordecedora y estremecer la claustrofóbica casa destrozada.
Anarkuz subió al techo de doble agua de la casa, había apagado la antorcha e intentaba aprovechar al máximo la luz de la luna.
Por entre los arboles imponentes corría un horror terrible y extraño, miles de pezuñas de cabras o toros corrían despavoridamente, pero las miríadas de patas pertenecían a un sólo ser... Un ente más allá de la descripción, un árbol coronado de serpientes, tentáculos crinoideos y largos culminados por raros hongos blancos con motas rojas que se sacudían enloquecidos.
La infernal carrera de aquél ser estremeció al Zarkayden, Anarkuz jamás había visto un árbol corriendo salvajemente amén de miríadas de patas cabrunas.
El joven no pudo apreciar cabeza u ojos visibles, aquél ente debía tener algún tipo de sentido que le permitía surcar veloz y sin detenerse por entre los árboles sin chocar con uno.
Otra cosa que notó fue que el ser podía moverse con facilidad en cualquier dirección sin tener que girar su mastodóntico tamaño.
Y entonces, se detuvo, Anarkuz pensó en Eurid y en que quizás el ente lo habría visto, el joven no sabía lo que el ser podría ser capaz de hacerle, pero tampoco quería averiguarlo, el cuerpo entero de la entidad emanaba un aura salvaje así como un olor pútrido que alcanzó a percibir.
Uno de los largos tentáculos se lanzó hacia el interior de la casa, Anarkuz sacó sus dos dagas dispuesto a vender su existencia lo más cara que pudiera.
Pero no era a él al que buscaba aquél ente, el tentáculo destrozó la puerta por la que él había escudriñado la escena de la estancia, unos berridos estridentes asaltaron la marejada de estruendos que la criatura hacía, un bulto que Anarkuz notó, era un Mannenskyn se debatía lastimosamente en uno de los tentáculos que lo apresaba atrayéndolo al pesadillesco exterior.
Anarkuz identificó los ropajes y el idioma del infeliz.
Móreano, de las tierras de Mórea al oriente, el pobre diablo trataba de atacar los tentáculos que la criatura le lanzaba para someterlo con una larga cimitarra.
Pero a todas luces era claro que la ancha y curva hoja le estaba dando dificultades.
El ente lanzó varios tentáculos en diferentes direcciones y al poco el Móreano estaba sujeto de muñecas y tobillos y colgaba en X a merced de la criatura.
Anarkuz sabía que debía huir en ese instante en que el ser estaba tan entretenido, pero por algún extraño sentido de la curiosidad decidió ver aquello hasta su bizarro final.
~ ¡¡¡Adyaon!!! - gritó enloquecido el cautivo en su lengua.
Anarkuz conocía la lengua y entendió el mensaje: "Ahora".
De inmediato varias flechas ardientes le llovieron al ser desde lo alto de los árboles.
Pero aún sin el efecto deseado.
El ser le abrió la boca con fuerza brutal al Móreano y a continuación le atascó las abiertas mandíbulas con aquél extraño y albino hongo moteado.
El desdichado lanzó un alarido atragantado mientras otro tentáculo le metía otro hasta la garganta.
El guerrero estaba empalideciendo y sus músculos faciales se le contraían cada vez más, Anarkuz dedujo que aquél hongo indudablemente era de los más venenosos y amargos que existieran.
La cimitarra cayó de las manos crispadas del guerrero, un quinto y sexto bocado le fueron empujados con violencia hasta la garganta, pero para entonces el Móreano había dejado de luchar y patalear, se había quedado inquietantemente tranquilo. Un último bocado le fue empujado por otro tentáculo y Anarkuz supo que había sufrido el mismo destino que los desdichados de la planta baja.
La criatura entonces dejó de embutir sus asquerosos retoños en los intestinos del Móreano y lo lanzó con violencia y desenfado.
Anarkuz sintió que un frío de muerte lo atravesaba, el ser le había lanzado directamente al guerrero envenenado dándole a entender que sabía dónde estaba.
La escena era dantesca en su horror colosal. El ser enorme se acercaba a la casa sacudiendo  Sus tentáculos que ardían con furia devorados por las llamas de las flechas que seguían lloviéndole.
Las miríadas de patas cabrunas emitían un zumbido aterrador.
Entonces un chillido inhumano y agudo cabalgó el aire de la noche. El ser entonces se lanzó en enloquecida carrera hacia la noche boscosa con un retumbar infernal de miles de pezuñas.
Varios gritos brotaron de los árboles en señal de victoria, Anarkuz comprendió, aquello había sido una trampa para aquella bestia y el infeliz que sonreía en una escalofriante mueca acalambrada y fría había sido el cebo.
Esperaba ver varios guerreros de Mórea, pero se sorprendió de ver guerreros de varias regiones orientales, de Pyr la región de las siete montañas, la subterránea Rysis y sus catacumbas ciclópeas, de Odog - Isiv la de las mil torres y hasta de Zitar, donde se camina entre humo.
Anarkuz se puso en guardia pues todos los guerreros de inmediato rodearon la casa en cuyo techo se encontraba.
~ Soy Ketari, el caudillo de Rysis... - Exclamó un imponente Mannenskyn de melena a la espalda negra vestido con una cota de malla de metal negro y brillante, pantalones algo abombados en gris así como botas a la rodilla del mismo negro metal que la cota.
~ Soy Anarkuz, el Zarkayden. Soy de Ulvyria. - respondió el temerario joven encarando a los arqueros que lo apuntaban.
~ Estás muy lejos de tus tierras, Zarkayden... - dijo Ketari haciendo una seña para que todos bajasen sus arcos. - ¿Vienes al Erdibdes?
Anarkuz recordó la celebración anual en Tanuma, y sobre todo en la cumbre de Erdibdes, una montaña en el área.
~ Hacia allá me dirigía cuando extravié el camino...
El caudillo lo examinó y supo que aquél joven no mentía, además de ser fiero, estaba rodeado de guerreros armados y aun así respondía con calma y firmeza a lo que se le cuestionaba.
~ Estamos en la misma situación, muchacho... Si gustas venir con nosotros serás bien recibido, necesitamos la mayor cantidad de brazos por si nos encontramos con el Vagabundo de los Bosques... La criatura ésa que viste anda corriendo por todos lados de éste bosque sambutiéndole sus asquerosidades a cualquiera que atrape... Así, si somos demasiados, hay una oportunidad de defendernos... Lo digo porque si te quedas solo estás muerto... - dijo el guerrero con la honestidad y sencillez que poseen aquellos que sólo atesoran el agua.
Anarkuz miró a los guerreros y aceptó seguirlos, después de todo, desde Erdibdes podría escudriñar mejor el terreno.
El Zarkayden caminaba junto al resto de guerreros de oriente con reserva.
No deseaba llamar la atención más de lo debido, pero sí trataba de escuchar lo que pudiera acerca del Vagabundo de los Bosques.
~ No tengo idea de qué tipo de ser es... Lo único que sé es que sus tallos son fuertes como látigos Thyranios y dotados de voluntad y ferocidad animal... Esa criatura es peligrosa en extremo... Como habrás visto... El fuego la afecta bastante poco...
Anarkuz asintió.
~ Entonces mejor evitarla. - pensó el joven guerrero Ulvyrico.
Durante minutos, el Zarkayden caminó en compañía de los mercenarios, asesinos y guerreros que acompañaban al moreno caudillo.
Hasta que alcanzaron las faldas del Erdibdes, un amplio camino en ascensión se les mostró.
~ Los caminos sencillos son los más temibles. - recordó a su mentor Johmoz.
Algo en su interior había disparado una alarma estridente que lo hacía pensar.
Entonces vio las huellas de cascos, miles de ellos.
~ El Vagabundo debe haber corrido por aquí... Pero si queremos llegar a la cima debemos seguir por éste camino... - observó Ketari.
Anarkuz acomodó su sombrero y luego guardó sus manos en sus ropajes, la luna apenas naciente iluminaba la siniestra calzada.
Sus compañeros murmuraban, algunos ansiosos, otros más temerosos y otros sólo lanzaban fanfarronadas y juramentos pintorescos.
Hasta que repentinamente todos callaron, Anarkuz miró con un escalofrío la escena que tenía delante.
En un recodo del camino había un barranco, desde la profundidad ascendían al viento de la noche volutas de un humo pestilente, con hedor a cadáveres quemados, Anarkuz miró al fondo y tembló imperceptiblemente bajo sus negros ropajes.
Destrozado entre las rocas yacía el cadáver semi devorado del Vagabundo de los Bosques.
~ Miren, tiene dentelladas y arañazos terribles, debió encontrar un animal más salvaje que él...
~ Pronto lo averiguaremos... Cayó desde más arriba... A donde nos dirigimos. - dijo Anarkuz secamente.
Se echaron a andar en silencio, Anarkuz contabilizó a los guerreros. Había unos treinta guerreros de Pyr, de vistosa armadura de placas entretejidas de metal negro con cintas gruesas en rojo, azul y verde según la orden de rango cargando anchas y ligeras cimitarras dentadas y garras en botas y dedos.
Había veintitrés forajidos de Rysis, polvorientos y sombríos mercenarios de oscura y execrable reputación, los malditos que caminaban en las tinieblas, Anarkuz sabía que los Zarkayden y los Rysinds estaban lejanamente emparentados, como los lobos de las hienas.
Un asco natural en el joven brotó al ver sus siluetas obscuras y silenciosas, sus grises túnicas encapuchadas y sus ojos, amarillentos y profundos como las catacumbas en las que solían corretear.
Había quince yenuzars de Odog y doce de Isiv, lejanas capitales de telas exóticas y drogas místicas, sus enrojecidos ojos hablaban secretos hollados a fuerza de ejercicio mental, pero las hachas guerreras pesadas y martillos de combate blandidos con la facilidad de una daga ligera le hablaban de poderes mentales conocidos sólo por sus clanes, ya que sus cuerpos, enfundados en vistosas telas adornadas de arabescos eran más ligeros que el de Anarkuz, y aún así, aquellos barbados guerreros eran tan fuertes como para blandir hachas y martillos como si fuesen delicadas plumas de pavorreales.
Y por último, diez arqueros de Zitar, la nebulosa colonia mannenskyn asentada en la lejana Eromian, territorio regido por la fría Galatéa, sexta emperatriz asyndane.
Setenta y ocho guerreros en total.
~ Y si me cuento y a Ketari, somos ochenta... - pensó el joven.
Aunque con respecto a los forajidos de las criptas de Rysis, Anarkuz no estaba seguro, de continuo notaba que aquellos astutos ojos amarillentos lo observaban, sus rostros iban cubiertos con restos desgarrados de sudarios ennegrecidos por el polvo y los años que dejaban sólo los brillantes ojos enmarcados en la negra cabellera.
El Zarkayden enarcó las cejas, extrañado y se echó el sombrero sobre los ojos.
La cuesta ascendía, aún faltaban varias horas para que el laberinto se abriera. El joven miró los altos riscos y cañadas de profundidad escalofriante abriéndose ante sí, y horadando aquellos rocosos y escarpados picachos de color mármol, había decenas de huecos en lugares de acceso casi imposible para cualquier mannenskyn, cuevas horridas que se abrían amenazadoramente.
Anarkuz observó que los yenuzars se ponían al acecho, mirando constantemente a su alrededor, como si los acechasen espectros caníbales y voladores.
Un alarido estalló a sus espaldas poniéndolo en guardia, el joven desenfundó sus dos largas dagas estremeciéndose al notar que el alarido que ahora era un aullido de dolor y terror se perdía en las alturas...
~ ¡En guardia! - clamó Ketari tensando sus músculos al estrechar su arco. Anarkuz notó que el feroz mercenario llevaba un carcaj repleto de largas flechas de metal plateado adornadas con plumas negras.
Otro alarido más que ascendía hacia los vertiginosos cielos estrellados hizo estremecer a Anarkuz.
~ ¡Espalda con espalda! – clamó Ketari.
De inmediato todos se replegaron unos con otros y descubrieron un horror terrible.
Las Neydenias volaban sobre sus cabezas como buitres sobre cadáveres. Midiéndolos, cazándolos como águilas a ratones. El terreno era llano y no había a donde huír…
Entonces Anarkuz notó que los bandidos de Rysis no les temían y que muy por el contrario, las Neydenias parecían rehuírles.
Las hijas de la demente Neydn eran unos engendros que tenían su cuna en algún olvidado y remoto mundo prehistórico al cual las crónicas Asyndane no lograban ubicar. La bestial y deforme Neydn, señora primordial y devoradora de todo había tenido su culto en lo profundo de las selvas prehistóricas… cuando el primero de los seres emergió del caldo primigenio para iniciar el duro y lento camino hacia arriba, ellas ya guerreaban salvajemente en las salvajes espesuras con las criaturas llegadas del espacio.
Incluso las Asyndane les temían y sólo pocos seres sabían cómo acabar con ellas.
Por lo que se notaba, los Bandidos sabían cómo ya que se les veía defenderse confiados e incluso avanzar para intentar atacar a las Neydenias. Éstas trataban de azuzar a los demás guerreros chillando y gritando de manera terrible y demente. Gritos tales de taladrar a un hombre roca.
Pero Anarkuz mantuvo la frialdad suficiente para notar que uno de los bandidos deseaba con el alma tener al alcance a una de aquellas fieras. Notó entonces Anarkuz cómo los yenuzars se escudaban bajo pesadas placas de metal formando cónicos bastiones impenetrables. Los ojos azul volcánico de Anarkuz brillaron afilados y deseosos en la noche. Corrió entonces como alma perdida directo a uno de los conos lanzando un alarido de guerra que acalló por un instante los chillidos de las neydenias y los agudos aullidos de los que caían en sus garras.
Anarkuz sintió que el mundo se paralizaba, un paso bien plantado sobre una de aquellas placas que se mantuvo inamovible, no había tiempo para elogiar la fiereza de los yenuzars, otro paso, Anarkuz levantó los ojos y vio a tres deydenias que se habían lanzado contra él.
Otro paso y al final contuvo la respiración lanzándose al aire con impulso feroz en una tacleada suprema que se quitó a las dos neydenias de su flanco capturando entre sus brazos a la de en medio del trío.
Por un breve momento, tanto neydenias como guerreros miraron el espectacular acto heroico y suicida de Anarkuz, Ketari soltó un bufido, aquél joven era un león, un león que quería luchar hasta el final… ¿Pueden volar? Entonces pueden caer…
Los guerreros lanzaron un aullido precipitándose contra las formaciones yenuzars, los que estaban mas lejos, los guerreros de Pyr llevaban escudos de medio alcance pero lo suficientemente resistentes para el nuevo uso que un joven Zarkayden les había mostrado.
Aullando, las neydenias fueron presas de poderosos brazos, puños feroces y metal despiadado, incluso siendo, como se decía que eran, resistentes en extremo, la decisión no acordada común fue la decapitación, era como ver lobos dando cuenta de águilas que pese a todo luchaban con ferocidad…
Hasta que Anarkuz quien había acuchillado y decapitado a su prisionera levantó la mirada, un siniestro canto, bajo, profundo y hermoso sonó en el campo de batalla, guerreros y neydenias yacían por todas partes decapitados o eviscerados.


De los setenta quedaban veintiocho… y ante ellos, cuatro decenas de neydenias y una inquietante figura vestida de negro que los miraba en silencio…


Continuará

miércoles, 26 de marzo de 2014

Umbrál del Laberinto

En el Umbrál del Laberinto

Baal Fausto Aramizaél Kurioz

~ Prólogo ~


El cielo crepuscular lanzaba destellos color sangre a través de las negras nubes. El viento helado aullaba amenazadoramente entre los árboles del bosque de Tanuma, la frontera entre Enmyria y Thyrania.
El bosque era un milagro terrible y magnífico a la vez, era un milagro pues el suelo era de lava petrificada y ceniza volcánica, pese a lo cuál, arboles milenarios y nebulosos habían crecido como afrentas a las probabilidades.
Y era una blasfemia porque sus negros recovecos habían sido invadidos desde milenios atrás, por seres terribles y corruptos, los Cazadores de Esclavos.
Éstos no eran otra cosa que emisarios de las sádicas señoras de las cercanas tierras del sur, Thyrania, encargados de capturar y llevar esclavos para placer, diversión, trabajo o sacrificio a los burdeles, templos, coliseos, caminos y minas como mano de obra para el siempre creciente y hambriento imperio Asyndane.
Razas de toda Lauressia servían a las crueles Emperatrices que pasaban los días en una eterna bacanál de excesos y conquistas.
Artistas de exquisita habilidad lucían encadenados con grilletes de aureo metal a los obeliscos que eran obligados a tallar con todo su arte contra su voluntad, campesinos iletrados que morían de sed en campos de sembradío humildes, así como las toscas y malhumoradas Logressian gigantes que erigían los templos a golpes de látigo se hermanaban bajo una única verdad en Thyrania...
Todos eran esclavos a los ojos de las señoras Asyndane.

~ I ~


Alra de Liriél corría con todas las fuerzas que le quedaban a sus entumecidas piernas, las ramas del bosque de Tanuma le rasgaban sus cansados y sudorosos miembros, corría con todas sus fuerzas intentando alejarse cuanto pudiese de sus perseguidores antes de que la obscuridad fuese totál en el bosque.
No quería arriesgarse a correr a ciegas en ese lugar tenebroso y desconocido, Alra había leído en su infancia historia la geográfica de Avyr el Viajero Mannenskyn que cartografió por primera vez Enmyria, y recordaba que por algún lugar había dos cuevas, bocas hondas y heladas que, en la situación actual se le antojaban fosas mortuorias, la Cueva del Hielo y la del Viento...
Las cadenas pesadas y gruesas que cargaba como lastre resonaban delatoramente, la chica las maldijo, maldijo su suerte, sus ancestros, su nombre y hasta el mismo día de su nacimiento... Pero sobre todas las cosas... Maldijo a Aglae, señora de Ulvyria, por su actuál situación.
Había logrado separar las cadenas de sus pies, pero aún cargaba las de las manos, y las que apretaban su cintura, además de los grilletes que mordían sus tobillos con un calor metálico y abrasivo.
Hasta llegar al pie de una ascendiente, Alra, noble de Liriél condenada a la esclavitud levantó la vista hacia lo que parecía una montaña.
No había tiempo que perder en dudas, Alra se puso en marcha sacando fuerzas de la rabia que iba asiéndola de los cabellos y descomponiendo su hermoso rostro en una mueca terrible de furia asesina.
Mientras ascendía con dificultad trató de recordar lo que podía de cuanto sabía acerca de la frontera boscosa de Tanuma.
División entre los imperios Thyr y Enmyr... Con dos cuevas de desconocida profundidad... Coronado por... La meseta de Erdibdes.
Erdidbes, según recordaba la prófuga significaba "La prueba de los Valientes", un lugar donde, año tras año desde siglos atrás se reunían los guerreros de todo el continente de Lauressia, incluso con los imperios de Enmyria y Thyrania enfrentados con todas sus capitales y ciudades en conflicto dejaban éstas áreas como neutras para ésta prueba de valor.
Alra jadeaba con el rostro mirando hacia las estrellas, abajo, muy abajo, el bosque Tanuma dejaba escapar sus brumas fantasmales que parecían levantar sus dedos de niebla que intentaban en vano alcanzarla, descansaba en una elevada saliente, aliviada y agradecida por la fresca brisa que acarició sus ardientes músculos adoloridos.
Entreabrió los ojos, las nubes se disipaban y las estrellas brillaban como diamantes, un sentimiento de amargura y dolor le surcó el pecho, jadeó tratando de ponerse en pie.
Las cadenas le pesaban cada vez más, pero ni así se detendría, no hasta llegar a la cima, algo tendría que haber en las alturas. Algo.

~ II ~


Alra de Liriél había visto días muy dichosos en su vida, pero también llenos de soledad. Si bien, siempre había estado rodeada por familiares confiables y amigos verdaderos, siempre había guardado dentro la soledad de haber crecido sin padres. Sólo sabía que pertenecía a la familia directa de la Emperatriz de Liriél, Idunn.
Como noble de Liriél, Alra fue educada con esmero y cuidado por tutores y maestros en todas las artes Asyndane, así como en las artes bélicas y de estrategia.
Amaba la música y la lectura así como de poseer habilidades naturales pasmosas para el manejo de sables, lanzas, cuchillos, puñales así como una habilidad estremecedora para el tiro con arco e incluso lanzamiento de cuchillos.
No sólo se desempeñó con brillantez como guerrera de la guardia Vaysinden de Liriél alcanzando grado de capitana, sino que también fue la fundadora del gremio de Skalders, poetas guerreras.
La joven capitana poseía en ese tiempo una larga cabellera negra que solía trenzar a manera de evitarse estorbos, sus ojos siempre fríos se inflamaban con gran intensidad siempre que le anunciaban que la señora Idunn deseaba escuchar su nueva composición poética.
Idunn, la mas preciosa de las emperatrices Asyndane, la mas dulce, la más sublime solía ser también la más solitaria, sólo un selecto grupo de Asyndanes podían servirla como era digno, ya que su hermosura era tan inhumana que cautivaba todo tipo de mirada y enamoraba a todo el que la escuchaba.
Alra cada vez era solicitada más por la dulce emperatriz y notaba con embeleso y encanto que sus composiciones le arrancaban suspiros apasionados a Idunn, la sonrojaban con su intensidad lírica y la hacían llorar con sus tragedias heroicas.
Y su corazón era feliz solo con eso...
No imaginaba entonces que los ojos de la Emperatriz Aglae la miraban con feroz desprecio y celos, Idunn solía hablarle con grandes alabanzas de los poemas y hazañas de Alra, de su valor y de su sensibilidad así como el arte delicado con el que sus manos trazaban sus poemas en los papiros reales.
La Emperatríz sonreía por fuera al ver el entusiasmo de su amada hermana ante las declamaciones privadas de la capitana Alra, pero por dentro ardía en deseos de verla caer ardiendo en la ignominia.
Recordó entonces que Átropos solía ser una sádica demonesa con las esclavas de Liriél que llegaban a Thyrania.
Ése sería el modo, la enviaría como presente de paz a su hermana mayor, sabía que Átropos no aceptaría la propuesta de paz y que acabaría por sacrificar sangrienta y dolorosamente a cualquiera que fuese en su nombre.
Ése sería el destino de Alra, la esclavitud, la prostitución y el sacrificio en nombre de los dioses brutales que protegían Thyrania.
Aglae mediante sus leales Zarkaydens (orden secreta de asesinos y espías), logró conectarla con varias muertes en contra de nobles Ulvéricos con el fin de tomar el poder.
Fue de inmediato detenida y encerrada en celdas subterráneas hasta que fue procesada, tras un breve "juicio" fue despojada de sus posesiones, su título de nobleza, marcada como traidora y sentenciada a la esclavitud en el exilio, esto claro, luego de recibir tortura.
Idunn asistió al juicio de Alra, contempló con ojos llorosos cómo la mano del verdugo le imponía la marca de las asesinas y traidoras con un sello al rojo vivo en el hombro derecho.
La capitana no emitió un solo quejido, nadie la vio gesticular pues sus cabellos oscurecían sus rasgos.
Cuando los ojos de Alra se encontraron con los de Idunn supo por qué iba a ser sacrificada tan dura e injustamente.
Aglae estaba sentada en su elevado trono junto a su hermana Idunn, la mano severa de Aglae estrechaba casi con furia la grácil mano de Idunn, en clara señal de posesión.
Alra sonrió sardónicamente. Ahora todo estaba claro...

~ III ~


Los ojos llorosos y cansados de Alra se abrieron, se estremeció, hacía frío en la saliente donde había tomado un respiro tras su escape.
Trató de incorporarse pero notó que su cuerpo estaba cansado para moverse, y que por primera vez en su vida, no deseaba hacerlo.
El cielo le pareció muy cercano, sintió poder tocar las estrellas solo con alzar la mano, miles de hermosos brillantes le guiñaban el ojo desde las alturas, una sonrisa jugueteó en sus labios, sintió que una cálida lágrima le brotaba desde el fondo del alma... Estaba conmovida profundamente por la belleza sublime de ese instante.
Levantó uno de sus brazos, quizás para tocar las estrellas... O romper su influjo mágico.
Y cuando vio su brazo con grilletes y cadenas, el hechizo del momento cedió y regresó a su realidad.
Sintió que la vista se le nublaba.
Trató de reunir toda la voluntad que le quedaba y anteponerla a su cansancio, al dolor y a su amargura para levantarse... Una vez mas...
Se vio subiendo la pendiente, le resultó sumamente extraño notar que poco a poco sus entumidos miembros se iban recomponiendo, no sabía cuanto tiempo había dormido, pero se sentía mejor tras ese descanso.
Llegó a la cima con los primeros albores del alba tras lo que se le antojó una ascensión alucinante en una noche casi infinita.
Pero el alba era gris y fría, los nubarrones cubrían el cielo y Alra supo que quizá ese día, el Sol no saliese en absoluto.
Jadeante notó que había un gentío enorme en la cima.
Cientos de personas se agolpaban en una explanada enorme de mármol.
Había enormes columnas talladas con formas heroicas y ancestrales que sostenían pesadas techumbres que convergían en un portal titánico y negro, los muros que enmarcaban tan colosal entrada estaban apretadamente cubiertos de relieves. Las columnas-estatuas a su vez, estaban abrazadas estrechamente por parras de vides cargadas  y apetitosas.
Alra tuvo la idea de una plaza pública en día de mercado, o un templo en día de sacrificio, decenas de puestos de comida, bebida y otras tantas cosas se resguardaban bajo los ancestrales techos pétreos.
La chica sintió que el estomago le gruñía insistentemente, el olor a grasa animal cocinándose, especias, sopas y caldos hirviendo le había recordado que llevaba ya tres jornadas de viaje sin alimento alguno, si bien había bebido copiosamente agua el día anterior cuando sus escoltas la lanzaron de bruces al río que atravesaba el bosque de Tanuma con el sano fin de sacudirse el aburrimiento del camino.
Alra aprovechó eso para fingirse ahogada, tras esto, los guardias cometieron el último error de sus vidas, creerla muerta.
Ahorcó a uno de sus captores y ahogó a otro, la comitiva sólo permitía que dos soldados se ocupasen de Alra, los demás se ocupaban de los demás cautivos que viajaban a la esclavitud.
Alra caminó tratando de no ser vista alrededor de la plaza, paseaba su vista de una a otra guerrera, notó que todas, todas las viandantes eran guerreras, tal y como había leído, ese día sería el de la prueba inmemorial, o cuando menos, estaría muy cerca de acontecer.
No le interesaba la prueba ni nada que implicase, sólo deseaba hacerse con un poco de ropa, sacarse los grilletes, comer algo, descansar e iniciar el regreso a Liriél para cobrarse la afrenta que Aglae habíale infringido y que Idunn había tolerado.
Éste pensamiento la hizo rechinar los dientes y tensar los músculos.
~ ¿Y tú de dónde saliste, hermosa? - escuchó una voz aguardentosa tras ella.
Alra se giró, ante sí estaba un guerrero Mannenskyn semi alcoholizado que la miraba con ojos brillantes en lujuria.
Alra descifró de su balbuceo ininteligible que la encontraba sumamente hermosa como para dejarla sin compañía en tan peligroso lugar, y que si lo deseaba podía brindarle no sólo protección sino comida a cambio claro de que ella le brindase los servicios que "indudablemente" debería estar prestando una chica como ella, con ropajes como los de ella en un lugar así.
Asqueada y rabiosa más allá de lo que las palabras pueden describir, la capitana sonrió ampliamente con coquetería para el badulaque, éste intentó devolverle la sonrisa con todo el encanto y seducción que el alcohol le había dejado feliz por su hermosa compañía.
Alra tomó de la mano al individuo y lo llevó a un lugar alejado de las fogatas y la algarabía, la capitana juntó los trozos de cadena de sus muñecas y se giró con rabia hacia sus espaldas, el sujeto estaba inclinado luchando por desabrochar sus pantalones, una sonrisa sádica iluminó el precioso rostro de la guerrera.
Lo siguiente que el tipo sintió fue un golpe fiero y metálico en la tráquea, después una asfixia y presión que amenazaban con reventarle el cuello como a un pollo.
Luego, vio que las manos de la chica le echaban otra vuelta de cadena alrededor del cuello, las manos crispadas del tipo manotearon en el aire intentando asirse de la nada.
Hasta que las manos de Alra le inclinaron la cabeza, el mamarracho cayó de rodillas echando espumarrajos de saliva por la asfixia, el desnudo y enlodado pie de Alra se posó sobre la cabeza del tipo, éste supo lo que iba a ocurrirle.
Alra apretó los dientes sonriendo al jalar hacia arriba las cadenas y empujar con todas sus fuerzas hacia abajo su pie, el cuello del tipo se partió y la cabeza quedó pendida del cuerpo convulsionante como de una delicada malla de goma.
La chica aflojó la presión y el cuerpo cayó sin vida.
Alra rebuscó en las ropas del muerto y encontró una bolsa llena de monedas Larianas, las más valiosas de Thyrania, era claro que cada una de esas monedas era un esclavo muerto en cadenas.
Tratando de que sus cadenas no se notaran se acercó a los muchos puestos para comprarse ropa, armas y comida.
Un barbudo guerrero Wyrfind de rojos cabellos miraba sus grilletes con interés, Alra en vez de amedrentarse le miró retadora.
~ Sabía que los Wyrfinds eran buenos herreros pero jamás había visto tanto deseo hacia el metal como el que veo en sus ojos, guerrero.
~ Metal curioso llevas allí, te diré algo, te las quitaré por nada si a cambio me las dejas...
Alra estuvo cerca de aceptar de inmediato, pero no era tonta, sabía que aquellos grilletes despertaban la codicia herrera del guerrero, y era que los Wyrfinds eran buenos para los minerales y rocas como las asyndane con las artes que llenaban las ciudades.
~ Una espada por mis cadenas... - dijo Alra.
El barbudo guerrero la miró con intensidad y seriedad, luego esbozó una sonrisa y emitió una carcajada de buen grado, las arrugas del rostro del hombre le dijeron a Alra que era un alma noble, era verdad que en ese lugar había de toda clase de almas.
~ Tienes un trato, pequeña Asyndane...
Alra sintió las fuertes vibraciones de las cuñas del guerrero al golpear sus grilletes, tras algunos golpes fuertes y electrizantes, el cerrojo cedió y las manos de la capitana estuvieron libres, otros cuantos golpes mas y sus pies sentían la calidez de la sangre fluyendo a su ritmo normal.
El Wyrfind estaba Feliz por haber obtenido casi cinco metros de cadenas de Thyrania, se tejían buenas cotas de malla con ese metal, y dependiendo del arte y maestría del herrero, podían crearse piezas de inusual dureza y de singular hermosura.
Alra escogió de las muchos sables, puñales, lanzas y escudos y escogió un sable de hoja delgada larga y curva con sierra delgada y engarzada en su último palmo para no sólo atravesar al oponente, sino desgarrarlo por completo.
Poco tiempo le basta a una guerrera hábil y experta en hacerse de un equipo decente.
Cota de malla resplandeciente con hombreras cortas para movimientos fluidos, botas reforzadas de piel de alce y faldones ligeros para movimientos apresurados, un escudo de caballería ligera y el sable.
Estaba satisfecha con su nueva posición, ahora no huiría de sus perseguidores, de hecho, Alra empuñó su escudo con fuerza y apretó los dientes con furia.
~ Voy a buscar a esos perros tratantes de esclavos... - Pensó decidida.
Alra comenzó a buscar el modo de bajar, se asomó en la pendiente por la que había ascendido y abrió los ojos, aterrada y perpleja.
En la saliente por la que había ascendido encontró una visión triste y espantosa a partes iguales.
Alra de Liriél miró con compasión y furia la imagen que la luna iluminaba con ternura y pena.
Era su cadáver, sus mejillas estaban surcadas por lágrimas, sus manos, las que pelearon por Aglae contra Átropos, estaban prisioneras y mordidas con brutalidad por las cadenas de Thyrania, sus pies, desnudos y heridos por fin descansaban su fatiga.
Mas rápido que un pensamiento, Alra bajó hasta la saliente, se tendió ante el cadáver. No había duda, era ella, sus rasgos estaban contraídos en una triste mueca de dolor y frustración, lágrimas ya secas le limpiaban en ligeros hilillos sus mejillas heladas y pálidas.
~ ¿Qué... brujería...?
~ Vaya... Eras linda... ¿Esclava, meretriz o sacrificio?
Alra abrió los ojos, todo ante su estaba rojo y agradeció sentir tan rabia asesina, en vez del penoso miedo que la comenzaba a invadir.
Se giró con violencia, ante sí estaba una sonriente guerrera alta, figura gallarda y con una larga cimitarra del lado derecho del cinto, una larga daga en el izquierdo y una mirada curiosa y divertida en verde aqua.
La guerrera notó que no había hecho un buen movimiento cuando una furia enloquecida se revolvió contra ella con la fuerza de un coloso.
Para la sorpresa de la guerrera, de solo tres poderosos mandobles saltó la espada de sus acalambradas manos.
Azorada intentó desenfundar el puñal, pero mas rápido que un latido, la punta de la espada dentada de Alra le acarició el cuello.
~ Quiero saber el nombre de la que osó burlarse de mi cadáver...
~ Cálmate, no sé por qué te pones así, fiera Asyndane, pero has de saber que jamás había visto una posición más digna y hasta poética de morir...
~ Tu nombre... No lo preguntaré de nuevo. - la voz de Alra sonó más como el gruñido hambriento de una fiera rabiosa que voz.
~ Antirys y No me burlé de tu cadáver, de hecho... ¿Quieres ver el mío?
Por fin los ojos de Alra chispearon de entusiasmo.
~ Caí de una pendiente y me quebré el cuello... - dijo sonriendo la guerrera. - sí, me reiría de la posición en que quedé si no fuera por que... Bueno... El mismo motivo que tú.
~ ¿Muerta? - Preguntó Alra incrédula.
~ Claro, todos los que llegamos a la cima de ésta montaña a entrar al laberinto debemos morir en la ascensión... Sólo los muertos llegan a la cima...
~ ¿Qué hechicerías estás diciendo?
~ Nadie sabe por qué o cómo, pero sólo los muertos son aceptados por el laberinto, otro, si entras al laberinto y "vives" para lograr salir... Pues...
~ ¿Revivo?
~ Dicen algunos pocos sobrevivientes que sí... Si mueres dentro pues no cambia nada...
~ ¿Cómo es esto posible?
~ No lo sé, sólo sé eso.
~ Entonces entraré a ese laberinto, saldré de él y bajaré de este lugar maldito y terrible para cortarle la cabeza a la emperatriz que me vendió como esclava.
Alra bajó el sable, Antirys se incorporó.
~ Dime qué hay dentro de ese laberinto.
~ Lo ignoro... - dijo levantando su sable. - como te conté, pocos han logrado salir, y de ellos, todos los testimonios son diferentes entre sí... Sólo están de acuerdo en algo.
~ ¿En qué?
~ Ahí dentro dormita un horror terrible y hambriento... Algo tan terrible que, aun tras años de haber atravesado por tal horror, aún estremece a sus añosos testigos.
Alra guardó silencio, aquella guerrera y todos los demás que estaban expectantes en la cima estaban ansiosos por medirse con el horror oculto que dormía en las entrañas de aquél laberinto, Alra había llegado a ese lugar casi por error.
~ No... Lo inevitable...
~ Eres fuerte, guerrera...
~ Alra... Era comandante de Liriél...
Antirys asintió.
~ Alra... Únetenos... - dijo. - Tu espada nos sería útil adentro... Todas somos Asyndanes desterradas... De todo Lauressia.
~ No quiero servir a nadie.
~ Tampoco venimos por orden de nadie, lo hicimos libremente y por nuestra propia voluntad... Y agradezco poder haber conocido a la comandante de Ulvyria más fuerte hasta hoy en la guerra.
~ ¿Cuál es tu tierra?
~ Todas y ninguna...
Alra sonrió por dentro, ingeniosa respuesta.
~ ¿Cuando entrarán en el laberinto?
~ Cuando la luna esté en el centro del cielo.
Alra levantó la vista, no faltaba mucho, miró a Altirys y le asintió.
Las dos Asyndane miraron por última vez el cadáver triste y caído de Alra.
La guerrera de Ulvyria sonrió, se inclinó y besó la frente helada de su envoltura carnal.
~ Descansa en paz... Yo continuaré adelante... - murmuró.
Alra se sentó junto a su cadáver y comenzó a cantar un tristísimo y hermoso canto lleno de dolor.
Colocó el sable en las manos de su cuerpo y arrancó las cadenas que aún la aprisionaba.
Limpió su rostro mientras algunas ultimas lágrimas le corrían por el rostro, incluso Altyris dejó escapar alguna.
El canto de un alma que no tiene quien le llore... La voz dulce de un alma que murió sólo mirando la luna.
Cuando ascendieron, Alra había cambiado, juró al cuerpo que viviría y que Su nombre sería inmortal.
~ Hoy murió Alra de Liriél, descanse en paz, hoy, nace Alra Sin Tierra, futura asesina de Asyndanes. Tú que me vendiste a la muerte te acordarás de mi nombre... Para siempre... Y eternamente... - pensaba Alra mientras sus ojos refulgían en destellos volcánicos.
Compró un sable igual al que le dejó a su yaciente cascarón y lo guardó en su cinto.
Altyris miró de reojo a Alra, que esperaba que las pesadas puertas monolíticas se abrieron.
La luna iluminó el laberinto desde el centro del cielo, un temblor, bajo al principio, comenzó a sacudir el suelo.
Todos los guerreros, aventureros, asesinos y ladrones de todos los rincones de Lauressia se agruparon ante las puertas.
~ ¿Lista, Alra? - preguntó Altyris sonando repentinamente seria.
Alra la miró de reojo, pese a la penumbra en su rostro, sus ojos refulgían como dos monedas de plata pura.
~ Tan cierto como que decapitaré a Aglae de Ulvirya...
Las puertas del Laberinto se abrieron tremebunda y titánicamente, lentas como dos murallas en pie e imparables como las tormentas, las puertas se abrieron, la obscuridad infinita y sin límites bostezó sepulcralmente.