miércoles, 26 de marzo de 2014

Umbrál del Laberinto

En el Umbrál del Laberinto

Baal Fausto Aramizaél Kurioz

~ Prólogo ~


El cielo crepuscular lanzaba destellos color sangre a través de las negras nubes. El viento helado aullaba amenazadoramente entre los árboles del bosque de Tanuma, la frontera entre Enmyria y Thyrania.
El bosque era un milagro terrible y magnífico a la vez, era un milagro pues el suelo era de lava petrificada y ceniza volcánica, pese a lo cuál, arboles milenarios y nebulosos habían crecido como afrentas a las probabilidades.
Y era una blasfemia porque sus negros recovecos habían sido invadidos desde milenios atrás, por seres terribles y corruptos, los Cazadores de Esclavos.
Éstos no eran otra cosa que emisarios de las sádicas señoras de las cercanas tierras del sur, Thyrania, encargados de capturar y llevar esclavos para placer, diversión, trabajo o sacrificio a los burdeles, templos, coliseos, caminos y minas como mano de obra para el siempre creciente y hambriento imperio Asyndane.
Razas de toda Lauressia servían a las crueles Emperatrices que pasaban los días en una eterna bacanál de excesos y conquistas.
Artistas de exquisita habilidad lucían encadenados con grilletes de aureo metal a los obeliscos que eran obligados a tallar con todo su arte contra su voluntad, campesinos iletrados que morían de sed en campos de sembradío humildes, así como las toscas y malhumoradas Logressian gigantes que erigían los templos a golpes de látigo se hermanaban bajo una única verdad en Thyrania...
Todos eran esclavos a los ojos de las señoras Asyndane.

~ I ~


Alra de Liriél corría con todas las fuerzas que le quedaban a sus entumecidas piernas, las ramas del bosque de Tanuma le rasgaban sus cansados y sudorosos miembros, corría con todas sus fuerzas intentando alejarse cuanto pudiese de sus perseguidores antes de que la obscuridad fuese totál en el bosque.
No quería arriesgarse a correr a ciegas en ese lugar tenebroso y desconocido, Alra había leído en su infancia historia la geográfica de Avyr el Viajero Mannenskyn que cartografió por primera vez Enmyria, y recordaba que por algún lugar había dos cuevas, bocas hondas y heladas que, en la situación actual se le antojaban fosas mortuorias, la Cueva del Hielo y la del Viento...
Las cadenas pesadas y gruesas que cargaba como lastre resonaban delatoramente, la chica las maldijo, maldijo su suerte, sus ancestros, su nombre y hasta el mismo día de su nacimiento... Pero sobre todas las cosas... Maldijo a Aglae, señora de Ulvyria, por su actuál situación.
Había logrado separar las cadenas de sus pies, pero aún cargaba las de las manos, y las que apretaban su cintura, además de los grilletes que mordían sus tobillos con un calor metálico y abrasivo.
Hasta llegar al pie de una ascendiente, Alra, noble de Liriél condenada a la esclavitud levantó la vista hacia lo que parecía una montaña.
No había tiempo que perder en dudas, Alra se puso en marcha sacando fuerzas de la rabia que iba asiéndola de los cabellos y descomponiendo su hermoso rostro en una mueca terrible de furia asesina.
Mientras ascendía con dificultad trató de recordar lo que podía de cuanto sabía acerca de la frontera boscosa de Tanuma.
División entre los imperios Thyr y Enmyr... Con dos cuevas de desconocida profundidad... Coronado por... La meseta de Erdibdes.
Erdidbes, según recordaba la prófuga significaba "La prueba de los Valientes", un lugar donde, año tras año desde siglos atrás se reunían los guerreros de todo el continente de Lauressia, incluso con los imperios de Enmyria y Thyrania enfrentados con todas sus capitales y ciudades en conflicto dejaban éstas áreas como neutras para ésta prueba de valor.
Alra jadeaba con el rostro mirando hacia las estrellas, abajo, muy abajo, el bosque Tanuma dejaba escapar sus brumas fantasmales que parecían levantar sus dedos de niebla que intentaban en vano alcanzarla, descansaba en una elevada saliente, aliviada y agradecida por la fresca brisa que acarició sus ardientes músculos adoloridos.
Entreabrió los ojos, las nubes se disipaban y las estrellas brillaban como diamantes, un sentimiento de amargura y dolor le surcó el pecho, jadeó tratando de ponerse en pie.
Las cadenas le pesaban cada vez más, pero ni así se detendría, no hasta llegar a la cima, algo tendría que haber en las alturas. Algo.

~ II ~


Alra de Liriél había visto días muy dichosos en su vida, pero también llenos de soledad. Si bien, siempre había estado rodeada por familiares confiables y amigos verdaderos, siempre había guardado dentro la soledad de haber crecido sin padres. Sólo sabía que pertenecía a la familia directa de la Emperatriz de Liriél, Idunn.
Como noble de Liriél, Alra fue educada con esmero y cuidado por tutores y maestros en todas las artes Asyndane, así como en las artes bélicas y de estrategia.
Amaba la música y la lectura así como de poseer habilidades naturales pasmosas para el manejo de sables, lanzas, cuchillos, puñales así como una habilidad estremecedora para el tiro con arco e incluso lanzamiento de cuchillos.
No sólo se desempeñó con brillantez como guerrera de la guardia Vaysinden de Liriél alcanzando grado de capitana, sino que también fue la fundadora del gremio de Skalders, poetas guerreras.
La joven capitana poseía en ese tiempo una larga cabellera negra que solía trenzar a manera de evitarse estorbos, sus ojos siempre fríos se inflamaban con gran intensidad siempre que le anunciaban que la señora Idunn deseaba escuchar su nueva composición poética.
Idunn, la mas preciosa de las emperatrices Asyndane, la mas dulce, la más sublime solía ser también la más solitaria, sólo un selecto grupo de Asyndanes podían servirla como era digno, ya que su hermosura era tan inhumana que cautivaba todo tipo de mirada y enamoraba a todo el que la escuchaba.
Alra cada vez era solicitada más por la dulce emperatriz y notaba con embeleso y encanto que sus composiciones le arrancaban suspiros apasionados a Idunn, la sonrojaban con su intensidad lírica y la hacían llorar con sus tragedias heroicas.
Y su corazón era feliz solo con eso...
No imaginaba entonces que los ojos de la Emperatriz Aglae la miraban con feroz desprecio y celos, Idunn solía hablarle con grandes alabanzas de los poemas y hazañas de Alra, de su valor y de su sensibilidad así como el arte delicado con el que sus manos trazaban sus poemas en los papiros reales.
La Emperatríz sonreía por fuera al ver el entusiasmo de su amada hermana ante las declamaciones privadas de la capitana Alra, pero por dentro ardía en deseos de verla caer ardiendo en la ignominia.
Recordó entonces que Átropos solía ser una sádica demonesa con las esclavas de Liriél que llegaban a Thyrania.
Ése sería el modo, la enviaría como presente de paz a su hermana mayor, sabía que Átropos no aceptaría la propuesta de paz y que acabaría por sacrificar sangrienta y dolorosamente a cualquiera que fuese en su nombre.
Ése sería el destino de Alra, la esclavitud, la prostitución y el sacrificio en nombre de los dioses brutales que protegían Thyrania.
Aglae mediante sus leales Zarkaydens (orden secreta de asesinos y espías), logró conectarla con varias muertes en contra de nobles Ulvéricos con el fin de tomar el poder.
Fue de inmediato detenida y encerrada en celdas subterráneas hasta que fue procesada, tras un breve "juicio" fue despojada de sus posesiones, su título de nobleza, marcada como traidora y sentenciada a la esclavitud en el exilio, esto claro, luego de recibir tortura.
Idunn asistió al juicio de Alra, contempló con ojos llorosos cómo la mano del verdugo le imponía la marca de las asesinas y traidoras con un sello al rojo vivo en el hombro derecho.
La capitana no emitió un solo quejido, nadie la vio gesticular pues sus cabellos oscurecían sus rasgos.
Cuando los ojos de Alra se encontraron con los de Idunn supo por qué iba a ser sacrificada tan dura e injustamente.
Aglae estaba sentada en su elevado trono junto a su hermana Idunn, la mano severa de Aglae estrechaba casi con furia la grácil mano de Idunn, en clara señal de posesión.
Alra sonrió sardónicamente. Ahora todo estaba claro...

~ III ~


Los ojos llorosos y cansados de Alra se abrieron, se estremeció, hacía frío en la saliente donde había tomado un respiro tras su escape.
Trató de incorporarse pero notó que su cuerpo estaba cansado para moverse, y que por primera vez en su vida, no deseaba hacerlo.
El cielo le pareció muy cercano, sintió poder tocar las estrellas solo con alzar la mano, miles de hermosos brillantes le guiñaban el ojo desde las alturas, una sonrisa jugueteó en sus labios, sintió que una cálida lágrima le brotaba desde el fondo del alma... Estaba conmovida profundamente por la belleza sublime de ese instante.
Levantó uno de sus brazos, quizás para tocar las estrellas... O romper su influjo mágico.
Y cuando vio su brazo con grilletes y cadenas, el hechizo del momento cedió y regresó a su realidad.
Sintió que la vista se le nublaba.
Trató de reunir toda la voluntad que le quedaba y anteponerla a su cansancio, al dolor y a su amargura para levantarse... Una vez mas...
Se vio subiendo la pendiente, le resultó sumamente extraño notar que poco a poco sus entumidos miembros se iban recomponiendo, no sabía cuanto tiempo había dormido, pero se sentía mejor tras ese descanso.
Llegó a la cima con los primeros albores del alba tras lo que se le antojó una ascensión alucinante en una noche casi infinita.
Pero el alba era gris y fría, los nubarrones cubrían el cielo y Alra supo que quizá ese día, el Sol no saliese en absoluto.
Jadeante notó que había un gentío enorme en la cima.
Cientos de personas se agolpaban en una explanada enorme de mármol.
Había enormes columnas talladas con formas heroicas y ancestrales que sostenían pesadas techumbres que convergían en un portal titánico y negro, los muros que enmarcaban tan colosal entrada estaban apretadamente cubiertos de relieves. Las columnas-estatuas a su vez, estaban abrazadas estrechamente por parras de vides cargadas  y apetitosas.
Alra tuvo la idea de una plaza pública en día de mercado, o un templo en día de sacrificio, decenas de puestos de comida, bebida y otras tantas cosas se resguardaban bajo los ancestrales techos pétreos.
La chica sintió que el estomago le gruñía insistentemente, el olor a grasa animal cocinándose, especias, sopas y caldos hirviendo le había recordado que llevaba ya tres jornadas de viaje sin alimento alguno, si bien había bebido copiosamente agua el día anterior cuando sus escoltas la lanzaron de bruces al río que atravesaba el bosque de Tanuma con el sano fin de sacudirse el aburrimiento del camino.
Alra aprovechó eso para fingirse ahogada, tras esto, los guardias cometieron el último error de sus vidas, creerla muerta.
Ahorcó a uno de sus captores y ahogó a otro, la comitiva sólo permitía que dos soldados se ocupasen de Alra, los demás se ocupaban de los demás cautivos que viajaban a la esclavitud.
Alra caminó tratando de no ser vista alrededor de la plaza, paseaba su vista de una a otra guerrera, notó que todas, todas las viandantes eran guerreras, tal y como había leído, ese día sería el de la prueba inmemorial, o cuando menos, estaría muy cerca de acontecer.
No le interesaba la prueba ni nada que implicase, sólo deseaba hacerse con un poco de ropa, sacarse los grilletes, comer algo, descansar e iniciar el regreso a Liriél para cobrarse la afrenta que Aglae habíale infringido y que Idunn había tolerado.
Éste pensamiento la hizo rechinar los dientes y tensar los músculos.
~ ¿Y tú de dónde saliste, hermosa? - escuchó una voz aguardentosa tras ella.
Alra se giró, ante sí estaba un guerrero Mannenskyn semi alcoholizado que la miraba con ojos brillantes en lujuria.
Alra descifró de su balbuceo ininteligible que la encontraba sumamente hermosa como para dejarla sin compañía en tan peligroso lugar, y que si lo deseaba podía brindarle no sólo protección sino comida a cambio claro de que ella le brindase los servicios que "indudablemente" debería estar prestando una chica como ella, con ropajes como los de ella en un lugar así.
Asqueada y rabiosa más allá de lo que las palabras pueden describir, la capitana sonrió ampliamente con coquetería para el badulaque, éste intentó devolverle la sonrisa con todo el encanto y seducción que el alcohol le había dejado feliz por su hermosa compañía.
Alra tomó de la mano al individuo y lo llevó a un lugar alejado de las fogatas y la algarabía, la capitana juntó los trozos de cadena de sus muñecas y se giró con rabia hacia sus espaldas, el sujeto estaba inclinado luchando por desabrochar sus pantalones, una sonrisa sádica iluminó el precioso rostro de la guerrera.
Lo siguiente que el tipo sintió fue un golpe fiero y metálico en la tráquea, después una asfixia y presión que amenazaban con reventarle el cuello como a un pollo.
Luego, vio que las manos de la chica le echaban otra vuelta de cadena alrededor del cuello, las manos crispadas del tipo manotearon en el aire intentando asirse de la nada.
Hasta que las manos de Alra le inclinaron la cabeza, el mamarracho cayó de rodillas echando espumarrajos de saliva por la asfixia, el desnudo y enlodado pie de Alra se posó sobre la cabeza del tipo, éste supo lo que iba a ocurrirle.
Alra apretó los dientes sonriendo al jalar hacia arriba las cadenas y empujar con todas sus fuerzas hacia abajo su pie, el cuello del tipo se partió y la cabeza quedó pendida del cuerpo convulsionante como de una delicada malla de goma.
La chica aflojó la presión y el cuerpo cayó sin vida.
Alra rebuscó en las ropas del muerto y encontró una bolsa llena de monedas Larianas, las más valiosas de Thyrania, era claro que cada una de esas monedas era un esclavo muerto en cadenas.
Tratando de que sus cadenas no se notaran se acercó a los muchos puestos para comprarse ropa, armas y comida.
Un barbudo guerrero Wyrfind de rojos cabellos miraba sus grilletes con interés, Alra en vez de amedrentarse le miró retadora.
~ Sabía que los Wyrfinds eran buenos herreros pero jamás había visto tanto deseo hacia el metal como el que veo en sus ojos, guerrero.
~ Metal curioso llevas allí, te diré algo, te las quitaré por nada si a cambio me las dejas...
Alra estuvo cerca de aceptar de inmediato, pero no era tonta, sabía que aquellos grilletes despertaban la codicia herrera del guerrero, y era que los Wyrfinds eran buenos para los minerales y rocas como las asyndane con las artes que llenaban las ciudades.
~ Una espada por mis cadenas... - dijo Alra.
El barbudo guerrero la miró con intensidad y seriedad, luego esbozó una sonrisa y emitió una carcajada de buen grado, las arrugas del rostro del hombre le dijeron a Alra que era un alma noble, era verdad que en ese lugar había de toda clase de almas.
~ Tienes un trato, pequeña Asyndane...
Alra sintió las fuertes vibraciones de las cuñas del guerrero al golpear sus grilletes, tras algunos golpes fuertes y electrizantes, el cerrojo cedió y las manos de la capitana estuvieron libres, otros cuantos golpes mas y sus pies sentían la calidez de la sangre fluyendo a su ritmo normal.
El Wyrfind estaba Feliz por haber obtenido casi cinco metros de cadenas de Thyrania, se tejían buenas cotas de malla con ese metal, y dependiendo del arte y maestría del herrero, podían crearse piezas de inusual dureza y de singular hermosura.
Alra escogió de las muchos sables, puñales, lanzas y escudos y escogió un sable de hoja delgada larga y curva con sierra delgada y engarzada en su último palmo para no sólo atravesar al oponente, sino desgarrarlo por completo.
Poco tiempo le basta a una guerrera hábil y experta en hacerse de un equipo decente.
Cota de malla resplandeciente con hombreras cortas para movimientos fluidos, botas reforzadas de piel de alce y faldones ligeros para movimientos apresurados, un escudo de caballería ligera y el sable.
Estaba satisfecha con su nueva posición, ahora no huiría de sus perseguidores, de hecho, Alra empuñó su escudo con fuerza y apretó los dientes con furia.
~ Voy a buscar a esos perros tratantes de esclavos... - Pensó decidida.
Alra comenzó a buscar el modo de bajar, se asomó en la pendiente por la que había ascendido y abrió los ojos, aterrada y perpleja.
En la saliente por la que había ascendido encontró una visión triste y espantosa a partes iguales.
Alra de Liriél miró con compasión y furia la imagen que la luna iluminaba con ternura y pena.
Era su cadáver, sus mejillas estaban surcadas por lágrimas, sus manos, las que pelearon por Aglae contra Átropos, estaban prisioneras y mordidas con brutalidad por las cadenas de Thyrania, sus pies, desnudos y heridos por fin descansaban su fatiga.
Mas rápido que un pensamiento, Alra bajó hasta la saliente, se tendió ante el cadáver. No había duda, era ella, sus rasgos estaban contraídos en una triste mueca de dolor y frustración, lágrimas ya secas le limpiaban en ligeros hilillos sus mejillas heladas y pálidas.
~ ¿Qué... brujería...?
~ Vaya... Eras linda... ¿Esclava, meretriz o sacrificio?
Alra abrió los ojos, todo ante su estaba rojo y agradeció sentir tan rabia asesina, en vez del penoso miedo que la comenzaba a invadir.
Se giró con violencia, ante sí estaba una sonriente guerrera alta, figura gallarda y con una larga cimitarra del lado derecho del cinto, una larga daga en el izquierdo y una mirada curiosa y divertida en verde aqua.
La guerrera notó que no había hecho un buen movimiento cuando una furia enloquecida se revolvió contra ella con la fuerza de un coloso.
Para la sorpresa de la guerrera, de solo tres poderosos mandobles saltó la espada de sus acalambradas manos.
Azorada intentó desenfundar el puñal, pero mas rápido que un latido, la punta de la espada dentada de Alra le acarició el cuello.
~ Quiero saber el nombre de la que osó burlarse de mi cadáver...
~ Cálmate, no sé por qué te pones así, fiera Asyndane, pero has de saber que jamás había visto una posición más digna y hasta poética de morir...
~ Tu nombre... No lo preguntaré de nuevo. - la voz de Alra sonó más como el gruñido hambriento de una fiera rabiosa que voz.
~ Antirys y No me burlé de tu cadáver, de hecho... ¿Quieres ver el mío?
Por fin los ojos de Alra chispearon de entusiasmo.
~ Caí de una pendiente y me quebré el cuello... - dijo sonriendo la guerrera. - sí, me reiría de la posición en que quedé si no fuera por que... Bueno... El mismo motivo que tú.
~ ¿Muerta? - Preguntó Alra incrédula.
~ Claro, todos los que llegamos a la cima de ésta montaña a entrar al laberinto debemos morir en la ascensión... Sólo los muertos llegan a la cima...
~ ¿Qué hechicerías estás diciendo?
~ Nadie sabe por qué o cómo, pero sólo los muertos son aceptados por el laberinto, otro, si entras al laberinto y "vives" para lograr salir... Pues...
~ ¿Revivo?
~ Dicen algunos pocos sobrevivientes que sí... Si mueres dentro pues no cambia nada...
~ ¿Cómo es esto posible?
~ No lo sé, sólo sé eso.
~ Entonces entraré a ese laberinto, saldré de él y bajaré de este lugar maldito y terrible para cortarle la cabeza a la emperatriz que me vendió como esclava.
Alra bajó el sable, Antirys se incorporó.
~ Dime qué hay dentro de ese laberinto.
~ Lo ignoro... - dijo levantando su sable. - como te conté, pocos han logrado salir, y de ellos, todos los testimonios son diferentes entre sí... Sólo están de acuerdo en algo.
~ ¿En qué?
~ Ahí dentro dormita un horror terrible y hambriento... Algo tan terrible que, aun tras años de haber atravesado por tal horror, aún estremece a sus añosos testigos.
Alra guardó silencio, aquella guerrera y todos los demás que estaban expectantes en la cima estaban ansiosos por medirse con el horror oculto que dormía en las entrañas de aquél laberinto, Alra había llegado a ese lugar casi por error.
~ No... Lo inevitable...
~ Eres fuerte, guerrera...
~ Alra... Era comandante de Liriél...
Antirys asintió.
~ Alra... Únetenos... - dijo. - Tu espada nos sería útil adentro... Todas somos Asyndanes desterradas... De todo Lauressia.
~ No quiero servir a nadie.
~ Tampoco venimos por orden de nadie, lo hicimos libremente y por nuestra propia voluntad... Y agradezco poder haber conocido a la comandante de Ulvyria más fuerte hasta hoy en la guerra.
~ ¿Cuál es tu tierra?
~ Todas y ninguna...
Alra sonrió por dentro, ingeniosa respuesta.
~ ¿Cuando entrarán en el laberinto?
~ Cuando la luna esté en el centro del cielo.
Alra levantó la vista, no faltaba mucho, miró a Altirys y le asintió.
Las dos Asyndane miraron por última vez el cadáver triste y caído de Alra.
La guerrera de Ulvyria sonrió, se inclinó y besó la frente helada de su envoltura carnal.
~ Descansa en paz... Yo continuaré adelante... - murmuró.
Alra se sentó junto a su cadáver y comenzó a cantar un tristísimo y hermoso canto lleno de dolor.
Colocó el sable en las manos de su cuerpo y arrancó las cadenas que aún la aprisionaba.
Limpió su rostro mientras algunas ultimas lágrimas le corrían por el rostro, incluso Altyris dejó escapar alguna.
El canto de un alma que no tiene quien le llore... La voz dulce de un alma que murió sólo mirando la luna.
Cuando ascendieron, Alra había cambiado, juró al cuerpo que viviría y que Su nombre sería inmortal.
~ Hoy murió Alra de Liriél, descanse en paz, hoy, nace Alra Sin Tierra, futura asesina de Asyndanes. Tú que me vendiste a la muerte te acordarás de mi nombre... Para siempre... Y eternamente... - pensaba Alra mientras sus ojos refulgían en destellos volcánicos.
Compró un sable igual al que le dejó a su yaciente cascarón y lo guardó en su cinto.
Altyris miró de reojo a Alra, que esperaba que las pesadas puertas monolíticas se abrieron.
La luna iluminó el laberinto desde el centro del cielo, un temblor, bajo al principio, comenzó a sacudir el suelo.
Todos los guerreros, aventureros, asesinos y ladrones de todos los rincones de Lauressia se agruparon ante las puertas.
~ ¿Lista, Alra? - preguntó Altyris sonando repentinamente seria.
Alra la miró de reojo, pese a la penumbra en su rostro, sus ojos refulgían como dos monedas de plata pura.
~ Tan cierto como que decapitaré a Aglae de Ulvirya...
Las puertas del Laberinto se abrieron tremebunda y titánicamente, lentas como dos murallas en pie e imparables como las tormentas, las puertas se abrieron, la obscuridad infinita y sin límites bostezó sepulcralmente.


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