martes, 23 de febrero de 2016

En Las Tierras de Sknot - Acto 1

En las Tierras de Sknot – ACTO 1



"Intradens ad interiora Morti"

Grabado en una lápida sepulcral del Siglo II

~ I ~

Nihuris, hija de Eltarion de Hurdum galopaba a lomos de un recio corcel enmyrio, su armadura en plata y cobalto desgastada por el largo camino, evidenciaba la dureza de los territorios por los que acababa de atravesar; iba en busca de una noble guerrera ulvyrica.
La emperatriz Aglae había convocado a todas las guerreras con experiencia en combates contra tribus bárbaras thyranias y Aglae de Ulvyria se había destacado en el pasado, durante las rebeliones sureñas treinta años atrás.
Las lenguas contaban que la guerrera durante su juventud había guerreado contra bandas sangrientas del sur de guerreros sin ley ni orden que habían asolado los terrenos del señorío de Aldúmene.
Y era que dicha señora de la guerra no era Asyndane al completo.
Por eso Nihuris era la encargada de buscarla. En las filas de los ejercitos enmyrios eran las asyndane quienes dirigían y comandaban, pero el grueso de la infanteria, artilleria y caballeria eran una mezcolanza de elfeyds, mannenskyn y asyndanes de baja ralea. Y de entre ellos, muy pocos, contados podían llegar a ser dirigentes; tal era el caso de los padres de Aldúmene y de Nihuris, ambos habían nacido mannenskyns.
Los mannenskyns eran la estirpe más baja de todas superior unicamente a las bestias a los ojos de las orgullosas señoras asyndane de la luz; sin atributos mágicos o habilidades guerreras particularmente excepcionales, los mannenskyn pululaban entre las ciudades de Enmyria como siervos o refuerzos a contigentes guerreros, mercenarios, campesinos y obreros. Eran los pequeños peones que siempre servían sin aspirar a ser servidos salvo por méritos realmente únicos que hayan superado inlcuso a las mismas asyndanes.
Y entre las mismas asyndanes, los nombres de Eltarion de Hurdum y Aldyon de Ulvyria eran legendarios, dos nombres mannenskyn bien grabados en los anales de la historia asyndane.
Pero eso había sido en guerras menos sangrientas que las que se avecinaban. Nihuris había escuchado con temor fervoroso las palabras de la emperatriz Aglae cuando ésta le contó de los horrores y excesos a los que las thyranias sometían a las ciudades y villas fronterizas entre Thyrania y Enmyria, excesos que habían sobrepasado la medida de lo tolerable. Actos blasfemos que habrían escaldado los ojos de los mismos dioses.
Cuando el bravo corcel sobre el que la asyndane cabalgaba cayó al suelo echando sangre por ojos, nariz y belfos, Nihuris casi había llegado a su destino, pudo divisar al fin los chapiteles terminados en punta del castillo de Ald-Or, hogar de Aldúmene de Ulvyria.

~ II ~


El sol resplandeciente de mediodia  chocaba con el viento frío entre los pinares del bosque. Las botas de la señora de los bosque de Ald-Or caminaban entre las ramas y agujas de pinos con soltura sin quebrar ni un solo con rapidez, en su pecho llevaba atravesado un lazo del que colgaban cinco conejos de buen tamaño, corría de vuelta a su castillo al escuchar el Cornis Ceremonialis, un llamado bronco y recio que vibraba más que sonar en el bosque anunciandole a la señora que había visitas de la corte cuando ésta andaba de caza, cosa bastante frecuente.
La guerrera odiaba por lo general las visitas de las asyndanes cortasanas de Ulvyria y en general de todas las asyndanes de los tres grandes continentes. Aldúmene había crecido con el estigma de ser una Mannsyndane, una híbrida asyndane y mannenskyn, vista como una mutación tolerable, ya que el padre de Aldúmene, Aldyon había sido uno de los pocos en poder desposar a una asyndane y engendrarla a ella.
La noble creció en medio de la soledad de la corte de su padre que, tras terminar su servicio como soldado de la emperatriz Aglae, recibió las tierras y bienes en que ahora ella regía. Durante su mocedad creció tranquilamente, rodeada de sirvientes mannenskyn que siempre le servían; más que con servilidad, con ese cariño que los padres le tienen a los hijos.
Pero al entrar a la milicia, Aldúmene supo el lugar en el que ella y otras mannsyndane ocupaban en la escala de valor social asyndane.
Pese a la reputación de su padre, Aldúmene tuvo una juventud muy dura y complicada. No era asyndane al completo, pero tampoco era una mannenskyn, ésto dificultaba el colocarla en un frente ya que se ignoraba de sus capacidades. La noble recordaba con una mezcla de rabia y vergüenza las encomiendas y exigencias que de ella se esperaban, aquellas noches y dias de vejaciones y desprecios, de ultraje tras ultraje le endurecieron el gesto y le amargaron la existencia para siempre.
Pese a todo y por los métodos menos ortodoxos posibles en el corrupto mundo militar asyndane, Aldúmene alcanzó el grado de capitana ganando como recompensa a todos sus esfuerzos previos el ir a luchar contra tribus bárbaras en el peor muridero thyranio en aquél entonces.
Y pese a ésto y con fuerzas disminuídas logró resistir su posición y abatir a los principales dirigentes bárbaros de la horda invasora.
Tras aquello y con el alma resentida, Aldúmene volvió a su castillo convertida en la Gran Capitana, digna heredera del supremo guerrero mannenskyn, pero con el alma marcada por el odio y la violencia.
Sólo en los bosques lograba un poco de paz, sus noches eran rojas y plagadas de recuerdos dolorosos y horripilantes. Aldúmene de Ulvirya era un alma quebrada por los espantos de una guerra que no era mas que una simple escaramuza provincial a comparación de lo que estaba a punto de soltarse, y estaba siendo llamada por el triste reclamo bronco y metálico del cuerno broncíneo para alistarse en otra batalla.

~ III ~


Nihuris aguardaba a la señora de Ald-Or mirando los cuadros que adornaban el salón cortesano del castillo y más concretamente, el de Aldúmene.
Nihuris era una morena mannsyndane de tristes ojos dorados y cabellos largos y blancos de estaturia un poco inferior a la media asyndane; muy diferente era Aldúmene, de violentos ojos fieros de un azul volcánico y de piel clara de cortos cabellos negro-azulados y de rasgos duros guerreros.
Nihuris pensaba en lo diferentes que eran y lo paradojicamente similares que tenían planteados sus destinos. Nacer en batalla y perecer en batalla.
En su mano, enrollado y sellado por un cordel dorado, estaba el llamamiento que Aglae había extendido para Aldúmene.
Las botas de la señora de Ald-Or resonaron en el pasillo, Nihuris reconoció en el andar aquél, el paso altivo de una noble y el andar marcial y sigiloso de un soldado.
En efecto, la morena guerrera se giró para encontrarse con la capitana. Grande fue la sorpresa al ver a la gran capitana vestida con una armadura de cuero ligera, botas de caza y una tira de conejos cruzada en el pecho generoso que discurría a una breve cintura. Pero el modo de sostener la postura, el modo de tener cruzado el cuchillo en la cadera y los ojos, la dura mirada de una vibora acechando, convencieron a Nihuris de que era por quien había recorrido tantos kilómetros.
~ ¿Aldúmene de Ulvyria?. - preguntó Nihuris.
~ La misma. - dijo la capitana mirando de pies a cabeza a la guerrera.
Aldúmene había esperado una asyndane cortesana, era lo usuál cuando Aglae mandaba exigirle cuentas por la madera de sus bosques o el acero de sus minas. Pero ahora notaba un gran cambio, los ojos de la emisaria, dorados y melancólicos, su piel broncinea y cabellos largos blancos eran algo que no cazaba con el aspecto de las asyndane de Ulvyria.
~ Soy Nihuris, enviada de las emperatrices de Enmyria, las señoras se encuentran reunidas en la capital del imperio de Ulvyria contemplando la posibilidad de entrar en conflicto con las señoras de Thyrania y necesitan a todas las magister militium en activo.
Aldúmene miró a la guerrera, se veía que venía de lejos y que apenas y había parado durante el viaje. Debió ser una larga jornada desde Ulvyria hasta Ald-Or.
~ Si. Sólo cuando las asyndane se cansan de discutir mandan a los mannenskyn a morir... - dijo con sarcasmo quitandose la tira de conejos y dandosela a un silencioso sirviente. - emprenderemos el viaje temprano por la mañana, por ahora necesitará descansar, soldado.
~ Soy capitana, como usted, y también soy mannsyndane. - dijo Nihuris. - acepto su hospitalidad y agradecería que no demorasemos, le explicaré las instrucciones esta noche y temprano partiremos a las tierras de Sknot...
Aldúmene, hasta entonces seria y distante se giró hacia Nihuris fijando sus ojos chispeantes en la morena.
~ Sknot es territorio logressian... - murmuró distante Aldúmene.
~ El ejercito que está hostilizando las fronteras es el ejercito logressian y el primero que deberá ser pacificado, nos convocan a usted, a mi y a otras siete capitanas y sus regimientos a crear la primera linea de defensa contra la invasión thyrania que viene pulsando del sur. - contó Nihuris con claridad.
~ Así que Átropos y las thyranias por fín cobraron la fuerza suficiente para levantar el brazon contra Enmyria y Magonía.
~ Sólo la alianza de las señoras enmyricas está en conflicto por el momento. Las regentes de Magonía mantienen su voto de...
~ De imparcialidad y paz... - terminó Aldúmene. - entonces seremos nueve compañías contra las fuerzas de las logressians, ¿Dónde encontraremos a las demás capitanas?
Nihuris acompañó a Aldúmene a una mesa cercana donde la morena capitana extendió el pergamino donde figuraban mapa y objetivos.
~ En el paso Broggerkahl cerca de Sknot. - comenzó a explicar Nihuris. - Hay una colonia mannenskyn que usaremos como base y centro de abastecimiento. Concentraremos nuestras fuerzas ahí creando el perimetro defensivo desde esa posición hasta el sur donde nos encontraremos con las fuerzas a cargo de Eltharys de Liriél.
~ ¿Eltharyz de Liriél? Ella era alférez...
~ Fue ascendida luego de que la anterior capitana Alra de Liriél cometiese alta traición asesinando a un Senator, siendo condenada al cautiverio en los yermos de Thyrania.
~ Extrañaré su espada... - murmuró Aldúmene con un terrible presentimiento de aquél plan.

~ IV ~



El reino thyranio de Zhag-Bel-Ahn había sido dominado por las señoras terribles de la guerra siglos atrás y sojuzgado con dureza.
Los pueblos que habitaban aquella tierra salvaje y dura habían presentado una feroz resistencia a las emperatrices asyndane thyranias cuando éstas comenzaron la colonización; Átropos aprendió que la tenacidad era quizá la única fortaleza elevada de aquellas bestias brutales que tan indomables se le presentaban.
Pero la oscura señora de la guerra conocía bien cómo doblegar la voluntad de pueblos y quebrantar cualquier espíritu; sus métodos, inimaginables para cualquier mente menos brutal, eran sencillamente monstruosos.
Los zagbelians eran mannenskyns en una escala muy inferior, eran mayormente semi nomadas y practicaban la caza y recolección, la escritura, agricultura y arquitectura les estaba casi vedado y solían vivir en puebluchos que montaban y desmontaban según el tiempo les era hostil o benéfico. Poseían un método rústico de ganadería que se limitaba a pequeños rumiantes y cerdos salvajes y, hasta la llegada de las crueles emperatrices, los zagbelians habían vivido relativamente en calma en su mundo bárbaro. La tradición oral lo era todo y sus leyendas, rituales y deidades formaban la base de sus creencias y dictaban sus códigos morales y de conducta, ya que, independientemente de su estado relativamente atrasado, eran una comunidad pacífica que trataba de sobrevivir como mejor podía en un mundo donde sobrevivir era imposible.
Fue hasta que sus principales chamanes y líderes guerreros estuvieron encadenados y enjaulados como bestias ante las sonrientes guerreras del oeste cuando los zagbelians conocieron la palabra "esclavitud".
Por medio de brujerías arcanas y prohibidas nigromancias, Átropos logró obtener secretos ancestrales sobre ritos, ceremonias y demás conocimientos prohibidos aumentando su ya de por sí amplio arsenal de conocimientos, arrancándolos de los labios mismos de los muertos.
Las cañadas y cimas circundantes a Zag-Bel-Ahn se llenaron de los ecos desesperados de las victimas de la enloquecida emperatriz que, ebria de poder y sedienta de sangre, jugaba con aquellas desdichadas criaturas retorciendo sus formas y sus mentes, retrocediendolos en la escala evolutíva hasta un nivel infrahumano blasfemo y, luego, ascendiéndolos con violencia hasta contemplar infernales criaturas evolucionadas en espantosas formas.
Fue de esos primeros habitantes de los que la maldita emperatríz sacó la semilla de lo que serían las Logressians, siervas fieles y brutales de la oscura Átropos.
De una estatura que superaba por dos cuerpos y medio a la más corpulenta de las asyndane enmyricas, las guerreras logressians reunían en sus cuerpos brutales tanto poderosos músculos como ágiles y largas articulaciones letales en lucha cuerpo a cuerpo, usualmente vestidas con armaduras de cuero ligeras aunque aptas ya que las pieles gruesas de dichas guerreras eran dificiles de perforar.
Si bien no eran de una inteligencia providencial, sí habían llegado a dominar el arte de la arquitectura a base de látigo, ya que fueron las logressians quienes elevaron muchos templos y palacios thyranios y la estrategia militar, la disciplina y una lealtad a las señoras de la guerra forjada a hierro candente en las mentes de todas y cada una de las logressians.
Y de entre todas, fue a Treyldar de Kargyen la que Átropos mandó llamar a sus aposentos en la avanzada de Zagh-Bel-Ahn al este de las tierras de Sknot.
Treyldar era una logressian de cuatro metros y medio de altura de cuerpo poderoso tostado por el sol de toda una vida de cautiverio y trabajos forzados, había nacido en el desierto y crecido entre el polvo de las contrucciones megalíticas y la sangre de su espalda al ser abierta a latigazos al ser hallada en falta, sus ojos cafés oscuros hablaban de tormentas internas que jamás apaciguaría y, tras ser enviada por Átropos en alguna misión de reconocimiento, ganó el privilegio de llegar a capitana al demostrar una claridad de pensamiento y una rapidez de acción providencial, pero de entre todos sus posibles atributos, físicos o psíquicos, a Átropos le fascinaba uno que no se cansaba de explotar: el anhelo desesperado de liberar a su gente del yugo asyndane.
La oscura emperatríz asyndane sonrió al ver a su imponente capitana de pie ante ella. El viento ardiente del desierto zagbeliano soplaba juguteando con la pajiza cabellera larga y roja de la logressian.
~ Treyldar de Kargyen... - habló con solemnidad Átropos. - te he llamado ante mí porque quiero ofertarte la libertad de tu pueblo, una libertad que muchas antes que tú han buscado sin mayor éxito que el exilio o la muerte...
Treyldar asintió escuchando atenta.
~ Lo único que espero de tí, es que rompas la linea defensiva de las guerreras enmyricas que se acercan a invadir Thyrania y penetres hasta la misma Ulvyria causando el mayor número de bajas asyndane enmyricas; no tendrás soporte de ningún tipo, estaran solas... - dictó Átropos.
- Pero sé que sabrás aprovechar todos los recursos que encuentres en el camino para llevar tu misión a buen éxito.
~ No volveré de ese encargo, mi señora... - observó la logressian.
~ No es necesario que vuelvas, bastate saber que detrás tuyo irán varias capitanas más que se encargarán de tomas el resto de ciudades cúpula enmyricas despues de que Ulvyria caiga. Así, seré informada de todo cuanto hagas y de tus éxitos y fracasos, así, tu pueblo será libre si a cambio tú me das una entrada a las tierras de Aglae... Mi rebelde hermanita.
~ Juro por todos mis ancestros que nada me detendrá hasta que las puertas de Ulvyria hayan caído a golpes de la maza logressian... - dijo Treyldar con firmeza golpeando su pecho.
~ No espero menos de tí, recuerda que tu gente depende de tus actos, Treyldar de Kargyen. - sentenció Átropos sombriamente. - una cosa más, Treyldar, una nimiedad que espero sabrás cumplir con tu vida si es preciso...
Treyldar levantó la vista, Átropos pudo ver en la mirada de la logressian la decisión que viera en los primeros zagbelians siglos atrás y supo que su guerrera tendría éxito, sonrió complacida antes de decirle a la enorme capitana su último encargo en las tierras de Sknot.

~ V ~



Zydene de Fenzeris, asyndane bajo el mando de Hermynd de la coalición enmyrica examina las profundas hondonadas del paso Bruggenkhal, cimas rocosas, sombrías y nebulosas se extendían en tortuosas hondonadas que se le antojaban bocas de lobos abiertas y listas para devorar al incauto que osase pasearse por ellas.
Había recorrido las entradas a la senda una y otra vez esperando ver al resto de capitanas asyndane que se suponía debían unírsele para iniciar el perimetraje defensivo en la frontera enmyrico/thyrania.
~ Pero al parecer soy la única que está en donde debe de esta... - pensó la rubia asyndane escudriñando nuevamente el abismo con sus ojos verdemar, en los costados llevaba una doble funda con dos espadones afilados y prestos para el combate, e iba envuelta en la armadura en plata y cobalto de la alianza de Enmyria, hacía días que los caminos no eran frecuentados por ningún forastero y aquello la ponía nerviosa.
Zydene no sólo era una corpulenta, amable y confiable asyndane guerrera, sino una ávida estudiosa de lo físico y lo parafísico, y en su juventud había leído decenas de libros de leyendas de los viejos días y almanaques tanto asyndanes como elfeyds, y por ellos sabía que las tierras de Sknot eran terribles abismos donde la muerte vagabundeaba a sus anchas con pies ligeros y veloces.
Pueblos de todos los tipos habían intentado establecerse en aquellos valles áridos y desolados, donde chacales y salamandras convivían con los demonios de los desiertos, los temibles espíritus que roen muertos. Y más terrible aún, una obscura leyenda apenas esbozada con temor contaba cosas acerca de una espadón de poder perteneciente a Burdigaard, emperador supremo de Absyx, némesis de Mizarión de Lauressia y de lo que sería capáz de hacer si éste llegaba a caer en manos o bien asyndane o bien mannenskyn.
Y de un ídolo de doble rostro oculto en alguna cripta subterránea en algún lugar del desierto pedregoso de Sknot y sus torturados valles, un fetiche pagano y poderoso que guardaba dentro de sí un secreto terrible.
Zydene sabía que era una insensatéz considerar la leyenda del ídolo y del espadón como realidades, pero había aprendido que toda leyenda y mito tenían mucho de verdad y poco de ficción, después de todo, las mismas emperatrices asyndane con su mera existencia probaban que, por lo menos Mizarión sí había sido real.
La capitana pocas veces dejaba que su fantasía volara como en aquellas ocasiones, pero le era imposible no considerar, con un estremecimiento de emocionado temor, que quizá estuviesen en las compuertas de un reino muerto, maldito y arcano que debería de haber permanecido inviolado.
Los pensamientos saturninos de la capitana asyndane se vieron interrumpidos por un rumor bajo que se iba aproximando, era un corcel, Zydene aguzó la vista y miró lo que esperaba, una solitaria sombra galopando por la vera del camino sosteniendo un estandarte con la bandera de la alianza.
~ Por fin... - pensó Zydene sonriendo partiendo al encuentro de la alférez emisaria.
La alférez representaba a la capitana Glaricarda de Malkhery que había tomado posición y esperaba al resto del contigente.
~ Bueno. - pensó Zydene siendo conducida a la avanzada de Glaricarda. - ya solo faltan otras siete y estaremos todas.

Glaricarda de Malkhery, al igual que el resto de las asyndane malkeryans eran quizás las más menudas de todas las asyndane enmyricas, pero ésto no les impedía ser astutas y letales como las mejores guerreras de cualquier tierra thyrania además de ser sigilosas, alguna vez en alguna gesta habían demostrado ser la fuerza felina de la alianza, hermosas, crueles, astutas, letales y despiadadas, y Glaricarda encajaba bien en esa descripción, rubia y de rasgos juveniles sumado a un fuego interior nato que era su mayor virtud.

Fin del Primer Acto

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