miércoles, 26 de marzo de 2014

Últimos Días de L'Ar

Los Últimos Días de L'Ar.


Baal Fausto Aramizaél Kurioz

I


Los habitantes en las faldas de la Montaña de los Ecos solían vivir tranquilos en su mansa villa. Asentados en un valle frondoso poseían tanto árboles frutales como terrenos de siembra y crianza de animales, poseían además, el encanto que las tierras antiguas y oníricas poseen.
Sus habitantes eran amables, serviciales y hospitalarios, claro era que pocos individuos se acercaban a la Villa, pues aquél valle estaba maldito... No era un secreto y los aldeanos solían hablar de él como de un mal común, habitual, como el frío del invierno, la lluvia del otoño, La perfumada brisa del verano o las esplendorosas floraciones primaverales.
La maldición era un tema poco frecuente, pero cuando alguien tocaba el tema, todas las lenguas contaban historias, si alguien hubiese tenido la idea de contabilizar el número de horrores que los humildes y sencillos campesinos habrían atestiguado habría sabido que todos, desde el más anciano de los jefes superiores hasta el pequeño pizcador de manzanas habrían atestiguado por lo menos dos hechos inexplicables.
El año de la Gran Helada llegó a la villa la guerrera Zirkanis, hija de Ahlder, el Obscuro. Volvía de las siniestras, frías y desoladas sendas de Uk donde había vencido a los gigantescos Emuks, reptiles negros que habitaban el frío e invocaban a deformes horrores brutales a los que adoraban en un culto violento y sangriento.
Zirkanis había sido entrenada desde muy joven para no temer hechicerías humanas o bestiales, y estaba acostumbrada a la batalla, así pues, no deseaba otra cosa que llenarse de gloria venciendo y conquistando para acreditar su poder y futuro liderazgo ante su padre, Ahlder, obscuro señor de la guerra.
Llegó, silenciosa y cargada de victoria hasta la villa, buscó entonces, la hospitalidad de alguna hostería que nunca suele faltar en una villa como aquella.
Asentóse la guerrera junto a su comitiva en un salón donde comieron y bebieron descansando sus polvorientas botas a la cálida luz de un fuego crepitante y de dulce luz.
Ahí, tras haber saciado el apetito de dos jornadas de viaje, optó por reposar unos días antes de proseguir el camino hacia Leihenhas, el reino ígneo, hogar de Zirkanis y reino de Ahlder.
Ahí, al calor del fuego, escuchó la conversación de dos cazadores que habrían subido a más de la mitad de la montaña de los ecos, al parecer tras un venado y descubrieran el camino del viejo sendero que llevaba a la maldita ciudad antigua y abandonada que estaba en las alturas...
L'Ar, la ilustre fortaleza construida por Átropos, la soberbia, hija favorita del Emperador de los Hielos. Abandonada hacia cientos de años por causas tan ignotas como intrigantes, esquivada por los lugareños y desconocida para los guerreros de Leihenhas.
La feroz Zirkanis sonrió al escuchar cómo hablaban de nieblas densas y figuras enloquecidas y danzantes en las tinieblas... Ella había aprendido a desechar tales temores, existía la magia, lo había atestiguado, pero no se dejaba intimidar.
Los oyó contar que aquel lugar no era un simple pueblo, lo que se encontraba en la cima era una ciudad tenebrosa y oscura que jamás veía la luz, pues siempre estaba velada por nubes, rodeada de niebla y sombras.
En las nevadas alturas dormía, amortajada por brumas pestilentes, viscosas y heladas, una imponente ciudad cadavérica.
Altas edificaciones, casas, templos, caminos y cementerios, avenidas llenas de nieve y silencio, torres negras horadadas por negros agujeros que quizá sirviesen como ventanales, pero que tenían tal aire amenazador que lucían como madrigueras de desconocidas entidades, no obstante, aquello tenía un dejo ineludible de majestuosidad que maravillaba acerca de aquellos despojos; a través de dichas edificaciones, calles sombrías y bosquecillos de troncos muertos surcados por veredas de resquebrajadas mamposterías.
Frías alamedas de umbrosos sauces babilónicos brillaban iluminados triste y dulcemente por alguna lejana estrella, titánicos y nudosos robles cadavericos se alzarían señorialmente en destruidos jardines de mármol.
Puentes de estilo olvivado se alzaban sobre congelados arroyos donde había visiones de pesadilla..
En el río Neydn que alimentaba L'Ar, ahora para siempre congelado, habrían quedado, a lo largo de sus cincuenta pies de ancho y por lo menos séis de profundidad, cientos de cuerpos humanos que se extendían a lo largo de aquél río inmóvil y prístino, si bien, la imagen de las siluetas congeladas en las caprichosas y variadas formas en las que la congelación les sobrevino.
Fue cuando la guerrera tomó la decisión de ver tal prodigio, pues no conocía el miedo, Ahlder su padre habíale mostrado que no existe el temor ante la grandeza.
Ascendió tras pagar la guía de los cazadores que se ofrecieron a llevarles hasta donde los portales de L'Ar bostezaban.
Zirkanis pagó además por saber cuanto supieran de la ciudad a la que ahora se encaminaban sus pasos, la ciudad de L'Ar llevaba siglos abandonada, pero su historia era recordada por la memoria indeleble con la que los grandes desastres las graban en el subconciente colectivo.
La Emperatríz Átropos era una de las mas terribles señoras, hijas del Emperador obscuro, pues era la primogenita, su caracter, terrible y atróz  provocó que la segunda guerra Asyndane estallara llevando a dicha cultura a la decadencia.
Átropos poseía muchas ciudades bajo su yugo que solía azotar con frecuencia, pues la tiranía estaba en su sangre, pero de todas, L'Ar era su favorita, capitál de su imperio y nido de vicios, blasfemias y muerte.
Instauró un culto donde se la veneraba así como al Emperador de los Hielos, ejecutando a todo insurrecto y llevando a juicio sumario a cualquier insurgente.
Aglae, la Quinta Emperatríz Asyndane envió, apoyada por Idunn, la Octava, a doce representantes de sus respectivos imperios, Ulvyria por Aglae y Liriél por Idunn.
Pero, tan solo una hora despues de ingresar al palacio de la cruél Átropos, caían defenestrados desde lo alto de las murallas hacia el rocoso fondo de la Montaña de los Ecos cuyo risco dominaba la tenebrosa L'Ar.
Esto hizo que Aglae estallara en rabia, envió un destacamento con sus mejores guerreros Vaysinden para cobrarse venganza contra otros tantos dirigentes L'Arianos, así pues, la avanzada fue enviada y tras varios días de incertidumbre, le llegaron noticias a Ulvyria, capital de Aglae.


II



De todas las Emperatrices Asyndane, Átropos recibía bien las fechas más frías del año, los griegos darían, siglos más tarde, el nombre de Saturnales a aquellas fechas en las que la cruel señora soltaba a sus prisioneros y esclavos durante siete días hasta la fecha del renacimiento del sol.
Pero en las obscuras tradiciones Asyndane; aquél acto de soltar "Libertus", los prisioneros y esclavos de Átropos; era un acto cuanto más terrible que mantenerlos en cadenas.
Ya que los esclavos de Átropos eran sometidos a torturas y ritos tales que deformaban tanto sus cuerpos como sus mentes hasta dejarlos sumidos en el más salvaje estado de locura asesina.
Y así, durante siete días, los demonios corrían por los bosques, prados y yermos caminos, ocasionalmente alguna villa se perdía como resultado del asalto de tan irracionales asesinos enloquecidos por el hambre.
Luego, las señoras Asyndane que se entregaban a aquella tradición se lanzaban a los caminos a recuperar sus diabólicas creaciones y las encerraba nuevamente, año con año realizaba aquél ritualancestral, y si los cazadores contaron aquello a Zirkanis, fue porque aquél día era uno de los señalados.
Los guerreros de Leihenhas caminaron en silencio durante horas en ascenso hasta llegar a un camino pedregoso, una calzada que se perdía entre los negros troncos secos y más arriba, una niebla opalescente y gruesa envolvía la cima como el sudario de un cadáver.
Hasta ahí acompañaron los cazadores a Zirkanis y sus guerreros, ahí comenzaba el último tramo hacia la maldita ciudad de L'Ar.
La feroz hija de Ahlder sintió su pecho latir con emoción, casi robándole el aliento, algo debía quedar en aquellas elevadas soledades como recuerdo de la cultura Asyndane.
Zirkanis así como todos los habitantes de Leihenhas eran descendientes de los fieros guerreros del oculto y ardiente sur y poco sabían de las Hijas del Señor de los Hielos y su magia rúnica.
Así que aquella sería una triple victoria, encararía una maldición, cazaría algún tesoro y llevaría una reliquia al reino que ya sentía suyo.
En los ojos de la guerrera brillaba la ambición desmedida.
Habló a los cazadores y les dijo que volvieran y contaran que Zirkanis de Leihenhas probaría que la ciudadela de L'Ar no estaba maldita, y que ella misma reclamaba la ciudad como suya, que volvería con pruebas de que la ciudad seguía ahí y que la aceptaba como nueva soberana.
Los campesinos miraron a la guerrera de brillantes ojos verdiazules y de piel tostada por el sol del desierto, de imponente cuerpo y melena enloquecida al soplo del viento, no objetaron nada pues comprendían que Zirkanis debería observarPor sí misma la ciudad cadavérica antes de decidir si tomarla como suya o no, pero la dejaron, pues conocieron por sus palabras que hablaba la ambición.
"Quien mucho habla mucho quiere... Pero quien mucho habla poco logra..." Murmurarían en voz baja mientras iniciaban el descenso agradeciendo las monedas de brillante oro que les pagaran por el servicio.
Zirkanis se encaminó al frente, sus guerreros confiaban en ella, y sabían que de existir alguna amenaza, su Lideresa los guiaría a una victoria segura.
En Uk, el yermo obscuro la habían visto batirse contra los feroces Emuks, además de verla doblegar a los más poderosos hechiceros reptiles y exterminar su diabólico rey Aset, el de ojos ardientes y decapitarlo para por fin terminar con el infinito crepúsculo en Uk y liberar el paso Norte para el comercio de Leihenhas.
Cada imperio dominado era un impero menos con el cuál guerrear, y Ahlder le había enseñado que la paz estaba bajo la bandera de una única nación, así lo veía ella y así debía ser, no hay tiempo para detenerse ante maldiciones, bastante maldición es la guerra de por sí.
Llegaron a lo alto de la montaña luego de escalar durante otra hora, la experiencia ganada a través de múltiples expediciones les daba a los guerreros una soltura natural de movimientos en la vertiginosa altura a la que saltaban aferrándose a las salientes y ascendiendo como aves.
Y por fin, ante los ojos de los guerreros de Zirkanis de Leihenhas apareció un enorme portal que bostezaba como una gigantesca y ominosa boca hambrienta.
Las botas resonaron en aquella ciudad amurallada por primera vez desde que Walfery, capitán Asyndane enviado por Aglae caminara por los mismos pisos enlosados.
Tras la muralla se alzaban edificios tras edificios derruidos por los años de abandono; de las altas edificaciones en punta no quedaban más que escombros blancos congelándose en las alturas, la obscuridad era extraña, la nieve brillaba blanca y los edificios se alzaban ante ellos como cadáveres erguidos.
Se adentraron en las calles e incluso Zirkanis tuvo que aceptar que la desolación de L'Ar era tal que le oprimía el corazón.
Caminaron hasta que las calles estuvieron llenas de nieve, sus pasos se imprimían en el suelo helado hasta que salieron de un callejón a una plaza enorme ante la que estaba un enorme templo.
Se estremecieron, si bien era cierto que hasta ahí la destrucción y soledad eran casi totales, aquel lugar se mantenía bien conservado, y ante él se levantaban cientos, quizás miles de tumbas, lápidas de varios tamaños en roca se alzaban ante el templo, quizás un cementerio.
Los guerreros desenfundaron instintivamente sus sables decididos a entrar en aquél templo tan extraño.
Atravesaron la plaza imponente de aquél templo y llegaron hasta la imponente escalinata del templo marmoleo.
Zirkanis notó que el arte que cubría aquél fragmento ancestral de historia le era desconocido aunque vagamente familiar, había símbolos que supuso algún tipo de escritura mezclados con grabados.
Alrededor del pórtico se alzaban enormes columnas talladas ricamente con delicados bajorrelieves, la guerrera no pudo evitar acariciar los rostros alegres y femeninos que la miraban desde el frío mármol, hermosas ninfas de apariencia celestial corrían en un valle soleado, era quizá una reminiscencia o leyenda Asyndane, supuso.
Miró los detalles del templo y sonrió al descubrir más de aquellos rostros delicados sonriéndole desde la antigüedad, desde una era donde L'Ar aún era joven y bella...
Fue Kuel, su mano derecha el que notó las sombras correteando en el exterior, pero no dijo nada, pues la bruma era engañosa, antes bien, quería asegurarse de que fueran seres corpóreos y no sombras.
Zirkanis tomó la determinación de pernoctar en las entrañas del templo, afuera se avecinaba una ventisca y sólo los Dioses Asyndane sabían qué maldiciones y terrores azotaban junto al viento aquella ciudad vacía.
Los guerreros de Leihenhas eran poseedores de los secretos del fuego y no les fue difícil encender varias teas para guiarse en aquellas tinieblas opresivas e invioladas durante años de soledad.
Los guerreros notaron con creciente inquietud que las tallas se iban volviendo más salvajes y crudas a conforme se internaban en aquél siniestro sitio, imágenes de esclavitud, el mismo alegre y precioso rostro que acariciara antes ahora la miraba con malevolencia, vestía una armadura imponente y salvaje e iba armada con un látigo, tras ella iban cientos de figuras dobladas y tristes encadenadas, se les veía guiadas por otras figuras más pequeñas, estéticas y delicadas, Zirkanis dudó un instante, un nombre jugueteó en sus labios mientras contemplaba el sonriente y precioso rostro de crueles labios e inhumana mirada.
Caminaron hasta, al fin, llegar a una cámara interior lo bastante grande para albergar a toda su comitiva, acomodaron las teas y examinaron el lugar.
Los grabados no abundaban tanto, daba más la impresión de que había sido alguna sala donde se guardaban reliquias y tesoros, en el lugar había enormes huecos y pedestales abandonados, el lugar no lucía saqueado, era como si hubiesen quitado todo de aquella sala antes de salir para siempre de L'Ar.
Hasta entonces hablaron de su viaje y sus impresiones, en aquél lugar se sentían seguros como para hablar.
Kuel les habló de las sombras que pareció ver, Zirkanis trazó con arena de Leihenhas los símbolos de protección contra los acechadores nocturnos y de inmediato se iluminaron tanto como para iluminar toda la habitación.
Los grabados comenzaron a brillar con una extraña tonalidad azul intensa al ser bañados por el fuego de Leihenhas.
Incluso los Emuks y sus sortilegios habían sido abatidos por el poderoso sello de Leihenhas, pero las tallas Asyndane brillaban cada vez más fuerte hasta que apagaron el fuego ritual e incluso las teas que los guerreros llevaban, el aire frío se llenó de una tensa sensación de temor.
Con mucha dificultad encendieron nuevamente las teas y Zirkanis optó por prescindir de losSortilegios durante unas horas, cuando amaneciera saldrían del templo y volverían montaña abajo.
Acomodaron sus armas y Zirkanis asignó turnos de vigilancia.
El fuego ardía con suavidad mientras afuera del templo, la tormenta aullaba espantosamente.
La guerrera entrecerró los ojos y se concentró en las tallas y relieves que cubrían las paredes gastadas, trató de imaginar qué tipo de cultura habría sido la Asyndane, qué manos habrían tallado aquellas fabulas, aquellas leyendas que comenzaban a resultar inquietantes por su ambigüedad.
Hasta que notó algo curioso, había una serie de relieves que hablaban del templo en el que ahora estaban, vio que fue el primer templo de adoración levantado en L'Ar, el templo de la sanguinaria Átropos, hogar de un culto demencial y desconocido.
Vio que la fachada había sido erigida afuera de una gruta natural que aprovecharían para excavar galerías y salones adentrándose en las profundidades de la montaña.
Vio cómo miles de esclavos fueron forzados a trabajar en el templo, vio montañas de cadáveres amontonarse en la plaza exterior.
Conforme la labor avanzaba el número de esclavos que iban pereciendo en la obra iba aumentando alarmantemente, Zirkanis tembló al imaginar de dónde saldría tanto desdichado sujeto.
Hasta la última talla que representaba a la cruel señora Átropos retrocediendo ante una visión terrible que no se mostraba, sólo había una imagen burda, tallada a prisa y con temor, una colosal cabeza pétrea y nada más, la expresión de la Emperatriz Asyndane era espantosamente realista y mostraba un terror real.
Después nada.
Sería entonces cuando quizás, L'Ar fue abandonada por su cruelEmperatriz, cuando Walfery, el general de Ulvyria llegó a la ciudad, ésta estaba en ruinas y su gente muerta, sólo un puñado de guerreros Logressian descendientes de la misma Átropos y  ésta lograrían escapar para jamás volver.
Zirkanis escuchaba los aullidos lejanos del viento, presagiaban terrores, pero de todos los sonidos y voces bestiales de los elementos, fue sólo un tímido sonido frío y bajo, pies desnudos en suelo enlozado.
La guerrera sintió que los vellos se le erizaban mientras abría los ojos clavándolos en el obscuro pasillo.
Más pasos aproximándose, la guerrera empuñó su sable y bufó para apartarse el temor, sus guerreros al oírla la vieron tensa y armada, la imitaron y aguzaron el oído, el viento cantaba enloquecido afuera y las pisadas se acercaban más y más.
Kuel levantó la tea para iluminar al que caminaba en las tinieblas, la obscuridad del pasillo era tan intensa que nada podían ver.
Zirkanis tomó otra de las teas para reforzar la luz, los dos salieron a encontrarse con lo que estuviese en el pasillo.
Salieron seguidos de sus compañeros y caminaron, caminaron tras los pasos que ahora parecían rehuirles, esto les infundió ánimo y comenzaron a acelerar el paso.
Grande fue la sorpresa de los guerreros de Leihenhas al ver que habían llegado a la salida del templo, escucharon los aullidos del viento en toda suOminosa gloria, la voz del viento y la de aquellos que revolotean en él...
Un espantoso tornado lleno de cadáveres aullantes giraba enloquecido en la noche de L'Ar, las tumbas habían vomitado sus horripilantes moradores y ahora danzaban enloquecidos en el viento.
La visión espectral fue demasiado, varios de los fieros guerreros retrocedieron temblando ante tan terrorífico prodigio, los cadáveres cantaban con salvaje cacofonía diabólica en una extravagancia verborrea animal.
Supo Zirkanis lo que significaba aquél espantoso canto. Estaban invocando a alguien...
Kuel dejó escapar una de las teas que fue a parar al tornado, en cuanto el fuego tocó aquellos cuerpos terriblemente deformados ocurrió algo que aumentó el horror... Los cadáveres ardieron con salvajismo y sus canticos se volvieron espantosos alaridos de agonía.
Los guerreros se precipitaron hacia adentro justo cuando las marmoleas callejas estallaban vomitando miles de féretros que comenzaban a abrirse desde dentro.
Trataron de encontrar la sala donde habrían pernoctado pues era amplia y tenía una entrada fácilmente defendible ante un ataque numeroso, pero el horror y la escasa luz hicieron presas en ellos y antes de notarlo siquiera, Zirkanis y sus guerreros rodaban escaleras abajo hacia una profundidad indefinida.

III


Cuando Zirkanis abrió los ojos notó que su pierna estaba destrozada y que dos de sus guerreros habían perecido en la caída. Kuel y otros cinco la rodeaban examinando posibles heridas.
Supuso que no habrían caído demasiado profundo, pero al alzar la vista, agradeció a sus dioses haber sobrevivido a una altura que la estremeció, hacia arriba y hacia abajo escalones de tamaño titánico se extendían.
En algún improbable punto de arriba, los chillidos de los muertos los acosaban, ¿A dónde ir? Arriesgarse arriba o bajar por el templo aguardando encontrar una salida o gruta natural hacia las faldas de la montaña.
La guerrera apuró un remedio para entumecer el dolor en su extremidad por lo menos lo suficiente para alejarse de aquellas voces espeluznantes que chillaban en las alturas.
Luego, poniéndose en pie avanzó frente a sus guerreros.
Descendieron tanto que Zirkanis casi se destroza las piernas, pero así, el temor a lo que había arriba era demasiado, jamás una hechicería tan espantosa, jamás, ¿Quiénes o qué habían sido las Asyndane?
Hasta que los escalones dejaron de ser tan definidos, antes se veían ricamente tallados, ahora parecían solo ligeramente esbozados, apenas comenzados a trazar.
Tembló Zirkanis al recordar las tallas, algo abajo había aterrado a Átropos tanto para alejarla para siempre de L'Ar, pero ¿Qué?
Llegaron hasta un corredor imponente, una gruta abovedada de proporciones titánicas. Zirkanis escuchó y sólo percibió el sonido agitado de sus respiraciones, decidió darse un respiro, Miriver, otro de sus guerreros decidió adelantarse y examinar el terreno, Kiru, el arquero lo siguió.
Zirkanis quedó con Kuel y tres guerreros más. Durante algunos minutos escucharonCon atención cualquier posible señal de alarma, emprendiendo la marcha poco después.
Hasta que de pronto se pararon en seco, Miriver y Kiru habían lanzado un alarido de horror y volvían a subir con demencial carrera, cuando los vieron aparecer, sus semblantes estaban tan pálidos como el mismo mármol del que estaba hecho aquél templo de pesadilla.
No se detuvieron pese a que Zirkanis se los ordenó, aquellos guerreros habían sido reducidos a simples bestias aullantes y enloquecidas, sus mentes estaban hechas trizas.
Más arriba, los gritos de los dementes espolearon a sus perseguidores, al poco, los chillidos de horror de los dos infelices se encontraban acallados por una infernal gritería de voces roncas y muertas.
Los restantes supieron que sus dos camaradas habían hallado la muerte escalones arriba, la duda era si seguir o tratar de buscar algún pasillo adyacente.
Ni hablar, no había oportunidad, sólo seguir adelante y cuidar muy bien los pasos.
Avanzaron difícilmente hasta una sombría sala, Zirkanis miró que había, en los elevados e improbables techos, estalactitas de inquietante aspecto, casi parecían enormes murciélagos agazapados.
Kuel jadeó, sus largos cabellos negros se volvieron tan blancos como la nieve, sus manos, que sostenían a Zirkanis en pie comenzaron a temblar enloquecidamente, su rostro era una máscarapatética de espanto y locura.
Zirkanis trató de ver la causa de tal terror en su hermano guerrero y poco le faltó para gritar de horror como sus infelices camaradas muertos recién.
No fue porque, efectivamente, las siluetas colgadas del techo eran colosales monstruos alados de figura humanoide, sus proporciones serían las triples de los guerreros de Leihenhas, largas garras en los pies y manos así como alas nervudas surcadas de venillas azules, tampoco fue que su número superaría el millar volando enloquecidos en una caverna obscura.
Lo que hizo que Zirkanis abriera los ojos fue una descomunal cabeza pétrea que sobresalía de las entrañas de la montaña, quizás la misma montaña era este inconmensurable ser alrededor del cual revoloteaban como insectos aquellas enormes bestias aladas.
Varias de aquellas blasfemias voladoras tenían que unir sus esfuerzos para levantar los pesados y brutales parpados.
Zirkanis estaba muda, su boca estaba abierta en un mudo y largo grito, sollozaba inútilmente tratando de gritar, fue hasta que uno de aquellos ojos la miró y parpadeó cuando por fin lanzó un grito que nadie escuchó.
Cuando las nieves del año siguiente volvieron a cubrir la villa, la historia de los guerreros extranjeros se contaba con regularidad entre los aldeanos, leyendas hablaban acerca de las sombras que merodeaban la cima, soldados cadavéricos que seguían en la tempestad a una mujer de rostro compungido por el espanto que murmura cosas terribles acerca de la ciudad maldita que dormía en la cimas y de lo que la Emperatriz Átropos encontró hacia siglos, durante los últimos días de L'Ar.

Fin

Lauressia Ancestralis

Lauressia, La Tierra Ancestrál


BAAL FAUSTO ARAMIZAÉL KURIOZ 

Cuenta la crónica de Norión, que durante los primeros milenios de vida en éste sistema cósmico, el planeta rondaba oscuro, deshabitado y sin nombre en su silenciosa órbita, nada alteraba la inamovible quietud de aquél paramo siniestro.
Hasta que, un día, cuatro resplandores llegaron desde desconocidas negruras ultra cósmicas.
Ellos eran los cuatro hijos del cielo...
Llegaron separados por guerras en algún desconocido sistema estelar, y con ellos, llegó al mundo La Guerra.
Ellos eran sabios y cada uno sojuzgó una sección de aquél mundo apenas moldeado. Las criaturas que habitaban aquellas estepas habían llevado una evolución tranquila e imparable.
Con ayuda de desconocidos rituales y hechizos, los Señores moldearon criaturas consientes y, abandonando a las que no mostraban adaptación, crearon ejércitos terribles, y los primeros poblados comenzaron a ser erigidos.
No sólo ilustraron a esos primeros seres en las artes bélicas, también enseñaron agricultura, perfeccionaron técnicas de caza y pesca, y las primeras sociedades vivían tanto protegidas por sus ejércitos, como bien aprovisionadas por los trabajadores.
Enseñaron el arte, escultura, escritura, canto y poesía así como la música y el teatro.
Durante algunos siglos, la tensión creció pues los choques continuos por terrenos mejores de cosecha o zonas estratégicas militares llevaron a una inevitable guerra.
Mizarión, Emperador de las tierras del Norte bautizó sus dominios como Lauressia.
Lauressia era un continente frío y obscuro la mayor parte del año, lo cual no es de extrañar pues la estrella de procedencia del cruel Emperador, era fría, fue Mizarión también quien usó sus artes rúnicas para moldear la forma y mente de la raza Mannenskyn, los hombres.
Burdigaard, señor de Absyx, la tierra negra del sur, cuyas costas estaban cubiertas por arena gris obscuro ardiente.
Las tierras indómitas de Absyx eran habitadas por seres ígneos y pétreos, seres que ya existían ahí cuando Burdigaard llegó de los abismos del cielo.
Con las artes negras y conjuros terribles, Burdigaard dotó a los Ignes Fatuis de forma moldeable y auto reservable, y los demonios de fuego supieron lo que era la cohesión.
Tallaron en rocas hirvientes, símbolos de poder y horror, erigieron palacios horridos y blasfemos templos en las entrañas incandescentes de la tierra de Absyx, y conocieron la ambición y estrategia, ciegos por las palabras de poder y sabiduría del hijo del cielo, los Absedios primordiales elevaron los puños y armas contra el reino del norte, y Burdigaard sonrió, pues anhelaba derramar la sangre de Mizarión.
Elthariz, la Emperatríz de Etheria, el neblinoso continente del éste.
La Emperatriz eligió las tierras de Etheria por sus elevadas montañas, altos bosques ancestrales y las criaturas que los habitaban, tanto hermosas como salvajes, con las elevadas ceremonias luminosas y la sabiduría de su estrella origen, Etheria conoció las primeras comunidades organizadas. Seres elementales se Alzaron y, con sabiduría y prudencia... Lograron alzar ciudades en las que convivían en armonía perfecta con el entorno mágico y místico que rodeaba a aquellos hermosos habitantes de silenciosas costumbres y hermosos cantos.
Los Ethérians eran de costumbres sencillas, pero artísticas, sus ciudades eran armonías sublimes de arte y sencillez.
El conocimiento ancestral y las artes de genio y creatividad eran las ambiciones de los Ethérians, despreciaban el dinero y riquezas y jamás se alejaban de sus comunidades cada vez mas florecientes de artes y ciencias.
Y por último está Slangdorher, el sanguinario devorador de imperios, sus seguidores provenían de lugares ignotos, de hecho, los tres emperadores restantes atestiguarían que seres de toda la tierra llegarían a unirse a sus filas...
Estalló, y pocos saben las causas, un cataclismo terrible que separó a Lauressia de Gond, quedando muchas áreas de Gond bajó las aguas de un mar primigenio lleno de demonios marinos que ya existían en las aguas cuando los Cuatro llegaron del Cielo.
El señor de Absyx declaró la guerra contra el emperador de Lauressia y dos cuartas partes del mundo habitado chocaron, los Ethérians aislaron su reino en lugares neblinosos habitados por espíritus y sortilegios que lo hacen casi innencontrable salvo para poquísimos elegidos.
Y Slangdorher se alzó sigilosamente, y en una noche de terror y muerte, el reino ígneo de Absyx cambió de manos, y Slangdorher se declaró, señor de lo que ahora conocemos como la desolada tierra de Gond.
Mizarión se enfrentó a Slangdorher con las fuerzas disminuidas, numerosas  hordas conformaban un ejército abrumador y poderoso ante los pequeños Mannenskyn de frágiles cuerpos.
Pero los Mannenskyn poseían un ingenio sin igual, y sobre todo, unidad.
Los ejércitos de Gond avanzaron con paso firme contra Lauressia, pero los rigores del frío y las montañas heladas hicieron mella.
Miles de guerreros del cálido sur sucumbieron en los yermos helados, desiertos desoladores de vacíos y blancos, ya de hambre, de congelamiento, o simplemente ejecutados por los mannenskyn que, cual carroñeros, los aguardaban hasta verlos disminuidos para actuar.
Poderosos colosos terminaron colgados en honor a Mizarión en las albas montañas.
Slangdorher sufrió su primera, terrible y única derrota a manos del Emperador Mizarión, Lauressia y los demas continentes fueron entonces dominados por un solo señor, y los Mannenskyn lo adoraron como Gran Dios Conquistador Supremo.
Fue él, el padre de las veinte Emperatrices Asyndane, dividió su reino con sus hijas y las dejó a crear una sociedad como jamás habíase visto ninguna.
Pero Burdigaard, Elthariz y Slandgdorher maldijeron su estirpe, sus espiritus, caídos y errantes viajaron a través de las eras, y en sus tumbas, aguardaron que el descuido de Mizarión les diera la oportunidad que buscaban.
Ésta, y no otra, es la historia de el alzamiento y caída del imperio olvidado Asyndane, de sus veinte Reinas y de su maldito Emperador, el rey caído.
El primer año de desgracia para los imperios Asyndane fue de desconcierto y temor, el derramamiento de sangre fue tal, que varias villas, pueblos, aldeas y hasta grandes ciudades fueron arrasadas.
Las veinte Emperatrices Asyndane así como sus aliados Mannenskyn y Elfeyds se vieron enfrentados, y todo el continente de Lauressia se cubrió con cadáveres y fuego.
La ancestrál tierra de Lauressia estaba dividido en tres partes, Enmyria, Magonía y Thyrania.
Enmyria era regido por la ilustre coalición de Idunn, Aglae, Eufrosyn, Hermynd, Galatea, Clotos y Mnemosyn.
Las ciudades de Enmyria eran perfectos modelos de armonía, arte y belleza, las Siete Señoras de la Luz habían unido esfuerzos por crear ciudades sublimes, de luz y pureza.
Las capitales de plata, cristal y mármol de Enmyria eran recorridas solo por Asyndane, y los Mannenskyn rara vez eran aceptados en dichas sociedades, había que ser un artista sublime, un conservador exquisito o un artesano ingenioso para poder ser de valor en los reinos Enmyrios, donde lo que más se valoraba era el ingenio y la sensibilidad de sentidos.
Magonía era el reino mecanizado de las señoras de la frauga y la alquimia, Hegemone, Alecto, Láquesys, Megera, Tysiphone, Empusa y Eurídice. Las gobernantes Asyndane habían mezclado a sus conocimientos de alta magia, conjuros y mancias, los conocimientos que los mannenskyn poseían de la mecánica, la alquimia y la fragua se combinaron con el metál y la matemática.
Ahora florecía a una velocidad enorme, las ciudades Magónicas eran recorridas por ingeniosas máquinas que usaban el principio del vapor.
Cualquiera era bienvenido en Magonía, pues las señoras poseían una idea más progresista y laborál, creían que cualquiera que pudiese servir en alguna labor mental o manuál era útil a su sociedad.
Y por último, el imperio terrible y salvaje de Thyrania, un páramo terrible regido por las crueles señores de la guerra Átropos, Fórcida, Nemesyn, Silfyd, Dyan y Persephone.
En Thyrania, regía la ley del mas fuerte, las hordas de asaltantes, bandidos, asesinos y secuestradores recorrían las tortuosas callejuelas de las ciudades opresivas y claustrofóbicas llenas de casas mal construidas.
No había poesía en aquel reino tenebroso, las elitistas señoras Asyndane que regían aquella región no compartían la gloria, los asesinatos e intrigas eran corrientes, y las Asyndane de Thyrania vivian en medio de lujos y bajezas, una raza decadente y ciega que amaba la tortura y la esclavitud.
Decenas de pueblos esclavizados trabajaban servilmente sin mas gratitud que la del látigo para las ilustres señoras.
Durante largos siglos las veinte longevas y siempre jóvenes emperatrices rigieron sin interferir con los reinos ajenos a su coalición.
Y crecieron en belleza, progreso y brutalidades, y con el paso de los siglos nació entre las emperatrices, semillas de dicensión.
Átropos ocasionalmente solía invadir las tierras fronterizas, saquear y esclavizar a sus habitantes.
Aquello molestaba  A Aglae y a las ilustres señores de Enmyria, hasta que, cansada de aquello decidió enviar espías para informarse de lo que Átropos y sus demas hermanas habían hecho con Thyrania, las tierras que el primer Emperador Asyndane Mizarión les había heredado milenios atrás.
Pero el Emperador dormía en algún lugar desconocido e ignorado, no podía corregir a Átropos, así que debía ser ella quien detuviera los excesos de su demente hermana mayor.
Por medio de sus espías, Aglae supo que Átropos había instaurado un culto sangriento y terrible, por medio de hechicerías e invocaciones con la sangre como conductor, Átropos había creado ejercitos autenticos de seres brutales, así como haber creado a través de los siglos, varias razas esclavas Asyndane hibridas... Colosales amazonas que, bajo el yugo de su creadora, erigían extraños megalitos titánicos para los ritos a los que Átropos y sus aliadas se entregaban.
Aglae aborreció a su hermana por pervertir la elevada magia Asyndane en una versión bastarda y aqueróntica necromancia mannenskyn.
Así que mandó embajadores Asyndane de Ulvyria, el reino donde tenía su capitál Aglae, hasta la maldita ciudad de L'Ar con el fin de que Átropos pudiera someterse a sus hermanas y ser liberada de las tinieblas que empezaban a cegarla.
La respuesta de la sangrienta emperatríz fue obvia. Defenestró a los ministros de Aglae desde la torre mas alta de L'Ar hacia los barrancos de la Montaña de los Ecos.
Aglae, fúrica juró vengarze de aquella afrente y envió, en vez de embajadores, un destacamento de guerreros Vaysinden a L'Ar, una expedición punitiva que buscaba apresar a Átropos y tomar las riendas de Thyrania y darle a sus oprimidos y esclavizados habitantes una mejor vida.
Pero Walfery, general Asyndane a cargo de la expedición encontró la ciudadela de L'Ar arrasada y vacía... Nada nos hablaba de lo que pudiera haber ocurrido y nada contaron sus silenciosas callejuelas y avenidas a los soldados Ulvéricos.
Pocas semanas luego de estos incidentes, las tierras de Enmyria comenzaron a ser invadidas por hordas salvajes de colosales guerreras, eran esclavas de Átropos, descendientes Asyndane esclavizadas que asolaban Enmyria por orden de Átropos, la emperatríz les había prometido la libertad a cambio de diezmar las tierras Enmyricas.
Estas bandas salvajes pronto fuero conocidas como las errantes... Las Logressians.
Ésta es la historia del primer choque de dos imperios y de los resultados que la ciega ambición suele marcar con fuego en aquellos que se dejan llevar por la voz del demonio.
Ulvyria, una de las ciudades sagradas de Enmyria, punto de reunión del consejo de las siete, sentadas ante una mesa circular, las emperatrices se miraban mientras escuchaban el reporte de lo que Walfery encontró en L'Ar.
Idunn, de hermoso rostro marfileo miraba con sus melancólicos ojos verdes como Aglae explicaba la necesidad de parar la locura de Átropos y liberar Thyrania, por la fuerza si era necesario, Hermynd, segundogénita de Mizarión la miraba contrariada, la majestuosa  Asyndane conocía lo que su hermana podía llegar a hacer.
~ Debemos, por tanto, acabar con las huestes invasoras e iniciar un contraataque para pacificar a nuestra confundida hermana.
Las siete señoras lucían sus estilizadas ropas de diseño Asyndane en azul y blanco, pero sólo Aglae, de figura andrógina y rostro angelical, de mirada dura de aguas azules y largos cabellos de un negro intenso lucía su armadura en plata con destellos en azul cobalto.
~ ¿Tan pronto y ya te alistaste para la guerra? - preguntó Hermynd.
La apariencia regia de Hermynd era mas de una sabia magistrada que de guerrera, pero sabía imponer su voluntad cuando lo creía conveniente.
Vestía una larga túnica blanca con un peto azul y hombreras, sus cabellos dorados estaban coronados por una tiara dorada con gemas purpureas y escarlatas, sus ojos color miel evitaban mirar a Aglae.
~ No puedo ignorar que nuestra gente está siendo brutalmente saqueada y violentada en nuestras propias fronteras por una desalmada banda de asesinas.
Aglae sostuvo la mirada de Hermynd. Idunn por su lado las miraba cada vez mas inquieta. Eufrosyn meditaba con los ojos cerrados en las palabras de Aglae, Galatea de las tierras sombrías y heladas había sufrido ataques en Eromian, su ciudad imperial, Clotos y Mnemosyn por su parte apoyaban en silencio a Hermynd, no deseaban iniciar una guerra, menos contra Átropos, de las emperatrices, solo Aglae tenía el temple de plantarle cara a la primogénita de las Asyndane, mientras que algunas de sus hermanas consideraban su temeridad como insensatéz, otras la admiraban por el coraje que demostraba.
Pero Átropos también era apoyada por varias emperatrices, aquello podía terminar en algo muy grave si no se manejaba con tacto.
Pero para Aglae había llegado el tiempo de la retribución, si sus hermanas no la apoyaban estaba dispuesta a enfrentarse a Átropos, sola si era necesario, despues de todo, contaba con varios aliados, reyes Mannenskyn y Elfeyds.
~ Detendremos a los invasores... Pero antes de atacar Thyrania, debemos ser prudentes, una cosa a la vez, expulsemos a las Logressians y después decidiremos qué hacer con nuestra hermana mayor.
Hermynd enfatizó las ultimas palabras para que Aglae supiera que no debía ser imprudente. Pero la emperatríz había trazado un plan de varios años para derrocar a Átropos, ahora era cuando se presentaba la oportunidad, y Aglae conocía el caracter belico de su hermana mayor, sabía que si Aglae le declaraba la guerra, Átropos se alzaría con furia y sed de sangre.
Pero la chica de alba piel y feroces ojos no le temía, jamás le había temido...

~ Tengo una capitana hábil que se ofrece acabar con la amenaza Logressian, Aldúmene, guerrera de Ulveria, ha demostado su valía durante las campañas contra los Sylferis, los invasores provinientes de Gond... Gracias al valor de esta guerrera, los sylferis no desembarcaron cerca de Lauressia... Y fueron hundidos en las olas del mar. - dijo Aglae con solemnidad.

sábado, 15 de marzo de 2014

Bienvenidos

Salutaciones



Sin embargo, más fascinante aún que el saber de los ancianos y la ciencia de los libros, es la sabiduría secreta del Mar. Azul, verde, gris, blanco o negro; terso, encrespado o montañoso; el mar no calla. Todos mis días lo he escuchado y contemplado. Y lo conozco bien. Primero, sólo me contaba historias vulgares de bahías en calma y cercanos puertos; creció su amistad con los años y me habló de otras cosas, de cosas más extrañas y lejanas en el tiempo y el espacio. Algunas veces, al atardecer, las grises nieblas del horizonte me han dejado percibir los caminos del más allá; y algunas veces, por la noche, las aguas profundas del mar aumentaron su fosforescencia y claridad para que viera los caminos abismales. Igualmente, he mirado los caminos que fueron y los que pueden ser. Y también los caminos que son; porque el Mar es más antiguo que las montañas y asombra con los sueños y memorias del tiempo.

El Barco Blanco
Howard Phillips Lovecraft 

Salutaciones, viajero, has llegado a un lugar donde una brecha se ha abierto a otra era, otro mundo, de magia y terror... Bienvenido, al Imperio Asyndane, soy Baal Fausto Aramizaél Kurioz y seré tu guía mientras dure tu travesía por este Maldito Reino Onírico.


Baal Fausto Aramizaél Kurioz