Los
Últimos Días de L'Ar.
Baal Fausto Aramizaél Kurioz
I
Los
habitantes en las faldas de la Montaña de los Ecos solían vivir tranquilos en
su mansa villa. Asentados en un valle frondoso poseían tanto árboles frutales
como terrenos de siembra y crianza de animales, poseían además, el encanto que
las tierras antiguas y oníricas poseen.
Sus
habitantes eran amables, serviciales y hospitalarios, claro era que pocos
individuos se acercaban a la Villa, pues aquél valle estaba maldito... No era
un secreto y los aldeanos solían hablar de él como de un mal común, habitual,
como el frío del invierno, la lluvia del otoño, La perfumada brisa del verano o
las esplendorosas floraciones primaverales.
La
maldición era un tema poco frecuente, pero cuando alguien tocaba el tema, todas
las lenguas contaban historias, si alguien hubiese tenido la idea de
contabilizar el número de horrores que los humildes y sencillos campesinos
habrían atestiguado habría sabido que todos, desde el más anciano de los jefes
superiores hasta el pequeño pizcador de manzanas habrían atestiguado por lo
menos dos hechos inexplicables.
El
año de la Gran Helada llegó a la villa la guerrera Zirkanis, hija de Ahlder, el
Obscuro. Volvía de las siniestras, frías y desoladas sendas de Uk donde había
vencido a los gigantescos Emuks, reptiles negros que habitaban el frío e
invocaban a deformes horrores brutales a los que adoraban en un culto violento
y sangriento.
Zirkanis
había sido entrenada desde muy joven para no temer hechicerías humanas o
bestiales, y estaba acostumbrada a la batalla, así pues, no deseaba otra cosa
que llenarse de gloria venciendo y conquistando para acreditar su poder y
futuro liderazgo ante su padre, Ahlder, obscuro señor de la guerra.
Llegó,
silenciosa y cargada de victoria hasta la villa, buscó entonces, la hospitalidad
de alguna hostería que nunca suele faltar en una villa como aquella.
Asentóse
la guerrera junto a su comitiva en un salón donde comieron y bebieron
descansando sus polvorientas botas a la cálida luz de un fuego crepitante y de
dulce luz.
Ahí,
tras haber saciado el apetito de dos jornadas de viaje, optó por reposar unos
días antes de proseguir el camino hacia Leihenhas, el reino ígneo, hogar de
Zirkanis y reino de Ahlder.
Ahí,
al calor del fuego, escuchó la conversación de dos cazadores que habrían subido
a más de la mitad de la montaña de los ecos, al parecer tras un venado y
descubrieran el camino del viejo sendero que llevaba a la maldita ciudad
antigua y abandonada que estaba en las alturas...
L'Ar,
la ilustre fortaleza construida por Átropos, la soberbia, hija favorita del
Emperador de los Hielos. Abandonada hacia cientos de años por causas tan
ignotas como intrigantes, esquivada por los lugareños y desconocida para los
guerreros de Leihenhas.
La
feroz Zirkanis sonrió al escuchar cómo hablaban de nieblas densas y figuras
enloquecidas y danzantes en las tinieblas... Ella había aprendido a desechar
tales temores, existía la magia, lo había atestiguado, pero no se dejaba
intimidar.
Los
oyó contar que aquel lugar no era un simple pueblo, lo que se encontraba en la
cima era una ciudad tenebrosa y oscura que jamás veía la luz, pues siempre
estaba velada por nubes, rodeada de niebla y sombras.
En
las nevadas alturas dormía, amortajada por brumas pestilentes, viscosas y
heladas, una imponente ciudad cadavérica.
Altas
edificaciones, casas, templos, caminos y cementerios, avenidas llenas de nieve
y silencio, torres negras horadadas por negros agujeros que quizá sirviesen
como ventanales, pero que tenían tal aire amenazador que lucían como
madrigueras de desconocidas entidades, no obstante, aquello tenía un dejo
ineludible de majestuosidad que maravillaba acerca de aquellos despojos; a
través de dichas edificaciones, calles sombrías y bosquecillos de troncos
muertos surcados por veredas de resquebrajadas mamposterías.
Frías
alamedas de umbrosos sauces babilónicos brillaban iluminados triste y
dulcemente por alguna lejana estrella, titánicos y nudosos robles cadavericos
se alzarían señorialmente en destruidos jardines de mármol.
Puentes
de estilo olvivado se alzaban sobre congelados arroyos donde había visiones de
pesadilla..
En
el río Neydn que alimentaba L'Ar, ahora para siempre congelado, habrían
quedado, a lo largo de sus cincuenta pies de ancho y por lo menos séis de
profundidad, cientos de cuerpos humanos que se extendían a lo largo de aquél
río inmóvil y prístino, si bien, la imagen de las siluetas congeladas en las
caprichosas y variadas formas en las que la congelación les sobrevino.
Fue
cuando la guerrera tomó la decisión de ver tal prodigio, pues no conocía el
miedo, Ahlder su padre habíale mostrado que no existe el temor ante la
grandeza.
Ascendió
tras pagar la guía de los cazadores que se ofrecieron a llevarles hasta donde
los portales de L'Ar bostezaban.
Zirkanis
pagó además por saber cuanto supieran de la ciudad a la que ahora se
encaminaban sus pasos, la ciudad de L'Ar llevaba siglos abandonada, pero su
historia era recordada por la memoria indeleble con la que los grandes
desastres las graban en el subconciente colectivo.
La
Emperatríz Átropos era una de las mas terribles señoras, hijas del Emperador
obscuro, pues era la primogenita, su caracter, terrible y atróz provocó que la segunda guerra Asyndane
estallara llevando a dicha cultura a la decadencia.
Átropos
poseía muchas ciudades bajo su yugo que solía azotar con frecuencia, pues la
tiranía estaba en su sangre, pero de todas, L'Ar era su favorita, capitál de su
imperio y nido de vicios, blasfemias y muerte.
Instauró
un culto donde se la veneraba así como al Emperador de los Hielos, ejecutando a
todo insurrecto y llevando a juicio sumario a cualquier insurgente.
Aglae,
la Quinta Emperatríz Asyndane envió, apoyada por Idunn, la Octava, a doce
representantes de sus respectivos imperios, Ulvyria por Aglae y Liriél por
Idunn.
Pero,
tan solo una hora despues de ingresar al palacio de la cruél Átropos, caían
defenestrados desde lo alto de las murallas hacia el rocoso fondo de la Montaña
de los Ecos cuyo risco dominaba la tenebrosa L'Ar.
Esto
hizo que Aglae estallara en rabia, envió un destacamento con sus mejores
guerreros Vaysinden para cobrarse venganza contra otros tantos dirigentes
L'Arianos, así pues, la avanzada fue enviada y tras varios días de
incertidumbre, le llegaron noticias a Ulvyria, capital de Aglae.
II
De
todas las Emperatrices Asyndane, Átropos recibía bien las fechas más frías del
año, los griegos darían, siglos más tarde, el nombre de Saturnales a aquellas
fechas en las que la cruel señora soltaba a sus prisioneros y esclavos durante
siete días hasta la fecha del renacimiento del sol.
Pero
en las obscuras tradiciones Asyndane; aquél acto de soltar
"Libertus", los prisioneros y esclavos de Átropos; era un acto cuanto
más terrible que mantenerlos en cadenas.
Ya
que los esclavos de Átropos eran sometidos a torturas y ritos tales que
deformaban tanto sus cuerpos como sus mentes hasta dejarlos sumidos en el más
salvaje estado de locura asesina.
Y
así, durante siete días, los demonios corrían por los bosques, prados y yermos
caminos, ocasionalmente alguna villa se perdía como resultado del asalto de tan
irracionales asesinos enloquecidos por el hambre.
Luego,
las señoras Asyndane que se entregaban a aquella tradición se lanzaban a los
caminos a recuperar sus diabólicas creaciones y las encerraba nuevamente, año
con año realizaba aquél ritualancestral, y si los cazadores contaron aquello a
Zirkanis, fue porque aquél día era uno de los señalados.
Los
guerreros de Leihenhas caminaron en silencio durante horas en ascenso hasta
llegar a un camino pedregoso, una calzada que se perdía entre los negros
troncos secos y más arriba, una niebla opalescente y gruesa envolvía la cima
como el sudario de un cadáver.
Hasta
ahí acompañaron los cazadores a Zirkanis y sus guerreros, ahí comenzaba el
último tramo hacia la maldita ciudad de L'Ar.
La
feroz hija de Ahlder sintió su pecho latir con emoción, casi robándole el
aliento, algo debía quedar en aquellas elevadas soledades como recuerdo de la
cultura Asyndane.
Zirkanis
así como todos los habitantes de Leihenhas eran descendientes de los fieros
guerreros del oculto y ardiente sur y poco sabían de las Hijas del Señor de los
Hielos y su magia rúnica.
Así
que aquella sería una triple victoria, encararía una maldición, cazaría algún
tesoro y llevaría una reliquia al reino que ya sentía suyo.
En
los ojos de la guerrera brillaba la ambición desmedida.
Habló
a los cazadores y les dijo que volvieran y contaran que Zirkanis de Leihenhas
probaría que la ciudadela de L'Ar no estaba maldita, y que ella misma reclamaba
la ciudad como suya, que volvería con pruebas de que la ciudad seguía ahí y que
la aceptaba como nueva soberana.
Los
campesinos miraron a la guerrera de brillantes ojos verdiazules y de piel
tostada por el sol del desierto, de imponente cuerpo y melena enloquecida al
soplo del viento, no objetaron nada pues comprendían que Zirkanis debería
observarPor sí misma la ciudad cadavérica antes de decidir si tomarla como suya
o no, pero la dejaron, pues conocieron por sus palabras que hablaba la
ambición.
"Quien
mucho habla mucho quiere... Pero quien mucho habla poco logra..." Murmurarían
en voz baja mientras iniciaban el descenso agradeciendo las monedas de
brillante oro que les pagaran por el servicio.
Zirkanis
se encaminó al frente, sus guerreros confiaban en ella, y sabían que de existir
alguna amenaza, su Lideresa los guiaría a una victoria segura.
En
Uk, el yermo obscuro la habían visto batirse contra los feroces Emuks, además
de verla doblegar a los más poderosos hechiceros reptiles y exterminar su
diabólico rey Aset, el de ojos ardientes y decapitarlo para por fin terminar
con el infinito crepúsculo en Uk y liberar el paso Norte para el comercio de
Leihenhas.
Cada
imperio dominado era un impero menos con el cuál guerrear, y Ahlder le había
enseñado que la paz estaba bajo la bandera de una única nación, así lo veía
ella y así debía ser, no hay tiempo para detenerse ante maldiciones, bastante
maldición es la guerra de por sí.
Llegaron
a lo alto de la montaña luego de escalar durante otra hora, la experiencia
ganada a través de múltiples expediciones les daba a los guerreros una soltura
natural de movimientos en la vertiginosa altura a la que saltaban aferrándose a
las salientes y ascendiendo como aves.
Y
por fin, ante los ojos de los guerreros de Zirkanis de Leihenhas apareció un
enorme portal que bostezaba como una gigantesca y ominosa boca hambrienta.
Las
botas resonaron en aquella ciudad amurallada por primera vez desde que Walfery,
capitán Asyndane enviado por Aglae caminara por los mismos pisos enlosados.
Tras
la muralla se alzaban edificios tras edificios derruidos por los años de
abandono; de las altas edificaciones en punta no quedaban más que escombros
blancos congelándose en las alturas, la obscuridad era extraña, la nieve
brillaba blanca y los edificios se alzaban ante ellos como cadáveres erguidos.
Se
adentraron en las calles e incluso Zirkanis tuvo que aceptar que la desolación
de L'Ar era tal que le oprimía el corazón.
Caminaron
hasta que las calles estuvieron llenas de nieve, sus pasos se imprimían en el
suelo helado hasta que salieron de un callejón a una plaza enorme ante la que
estaba un enorme templo.
Se
estremecieron, si bien era cierto que hasta ahí la destrucción y soledad eran
casi totales, aquel lugar se mantenía bien conservado, y ante él se levantaban
cientos, quizás miles de tumbas, lápidas de varios tamaños en roca se alzaban
ante el templo, quizás un cementerio.
Los
guerreros desenfundaron instintivamente sus sables decididos a entrar en aquél
templo tan extraño.
Atravesaron
la plaza imponente de aquél templo y llegaron hasta la imponente escalinata del
templo marmoleo.
Zirkanis
notó que el arte que cubría aquél fragmento ancestral de historia le era
desconocido aunque vagamente familiar, había símbolos que supuso algún tipo de
escritura mezclados con grabados.
Alrededor
del pórtico se alzaban enormes columnas talladas ricamente con delicados
bajorrelieves, la guerrera no pudo evitar acariciar los rostros alegres y
femeninos que la miraban desde el frío mármol, hermosas ninfas de apariencia
celestial corrían en un valle soleado, era quizá una reminiscencia o leyenda
Asyndane, supuso.
Miró
los detalles del templo y sonrió al descubrir más de aquellos rostros delicados
sonriéndole desde la antigüedad, desde una era donde L'Ar aún era joven y
bella...
Fue
Kuel, su mano derecha el que notó las sombras correteando en el exterior, pero
no dijo nada, pues la bruma era engañosa, antes bien, quería asegurarse de que
fueran seres corpóreos y no sombras.
Zirkanis
tomó la determinación de pernoctar en las entrañas del templo, afuera se
avecinaba una ventisca y sólo los Dioses Asyndane sabían qué maldiciones y
terrores azotaban junto al viento aquella ciudad vacía.
Los
guerreros de Leihenhas eran poseedores de los secretos del fuego y no les fue
difícil encender varias teas para guiarse en aquellas tinieblas opresivas e
invioladas durante años de soledad.
Los
guerreros notaron con creciente inquietud que las tallas se iban volviendo más
salvajes y crudas a conforme se internaban en aquél siniestro sitio, imágenes
de esclavitud, el mismo alegre y precioso rostro que acariciara antes ahora la
miraba con malevolencia, vestía una armadura imponente y salvaje e iba armada
con un látigo, tras ella iban cientos de figuras dobladas y tristes
encadenadas, se les veía guiadas por otras figuras más pequeñas, estéticas y
delicadas, Zirkanis dudó un instante, un nombre jugueteó en sus labios mientras
contemplaba el sonriente y precioso rostro de crueles labios e inhumana mirada.
Caminaron
hasta, al fin, llegar a una cámara interior lo bastante grande para albergar a
toda su comitiva, acomodaron las teas y examinaron el lugar.
Los
grabados no abundaban tanto, daba más la impresión de que había sido alguna
sala donde se guardaban reliquias y tesoros, en el lugar había enormes huecos y
pedestales abandonados, el lugar no lucía saqueado, era como si hubiesen
quitado todo de aquella sala antes de salir para siempre de L'Ar.
Hasta
entonces hablaron de su viaje y sus impresiones, en aquél lugar se sentían
seguros como para hablar.
Kuel
les habló de las sombras que pareció ver, Zirkanis trazó con arena de Leihenhas
los símbolos de protección contra los acechadores nocturnos y de inmediato se
iluminaron tanto como para iluminar toda la habitación.
Los
grabados comenzaron a brillar con una extraña tonalidad azul intensa al ser
bañados por el fuego de Leihenhas.
Incluso
los Emuks y sus sortilegios habían sido abatidos por el poderoso sello de
Leihenhas, pero las tallas Asyndane brillaban cada vez más fuerte hasta que
apagaron el fuego ritual e incluso las teas que los guerreros llevaban, el aire
frío se llenó de una tensa sensación de temor.
Con
mucha dificultad encendieron nuevamente las teas y Zirkanis optó por prescindir
de losSortilegios durante unas horas, cuando amaneciera saldrían del templo y
volverían montaña abajo.
Acomodaron
sus armas y Zirkanis asignó turnos de vigilancia.
El
fuego ardía con suavidad mientras afuera del templo, la tormenta aullaba
espantosamente.
La
guerrera entrecerró los ojos y se concentró en las tallas y relieves que
cubrían las paredes gastadas, trató de imaginar qué tipo de cultura habría sido
la Asyndane, qué manos habrían tallado aquellas fabulas, aquellas leyendas que
comenzaban a resultar inquietantes por su ambigüedad.
Hasta
que notó algo curioso, había una serie de relieves que hablaban del templo en
el que ahora estaban, vio que fue el primer templo de adoración levantado en
L'Ar, el templo de la sanguinaria Átropos, hogar de un culto demencial y
desconocido.
Vio
que la fachada había sido erigida afuera de una gruta natural que aprovecharían
para excavar galerías y salones adentrándose en las profundidades de la
montaña.
Vio
cómo miles de esclavos fueron forzados a trabajar en el templo, vio montañas de
cadáveres amontonarse en la plaza exterior.
Conforme
la labor avanzaba el número de esclavos que iban pereciendo en la obra iba
aumentando alarmantemente, Zirkanis tembló al imaginar de dónde saldría tanto
desdichado sujeto.
Hasta
la última talla que representaba a la cruel señora Átropos retrocediendo ante
una visión terrible que no se mostraba, sólo había una imagen burda, tallada a
prisa y con temor, una colosal cabeza pétrea y nada más, la expresión de la
Emperatriz Asyndane era espantosamente realista y mostraba un terror real.
Después
nada.
Sería
entonces cuando quizás, L'Ar fue abandonada por su cruelEmperatriz, cuando
Walfery, el general de Ulvyria llegó a la ciudad, ésta estaba en ruinas y su
gente muerta, sólo un puñado de guerreros Logressian descendientes de la misma
Átropos y ésta lograrían escapar para
jamás volver.
Zirkanis
escuchaba los aullidos lejanos del viento, presagiaban terrores, pero de todos
los sonidos y voces bestiales de los elementos, fue sólo un tímido sonido frío
y bajo, pies desnudos en suelo enlozado.
La
guerrera sintió que los vellos se le erizaban mientras abría los ojos
clavándolos en el obscuro pasillo.
Más
pasos aproximándose, la guerrera empuñó su sable y bufó para apartarse el
temor, sus guerreros al oírla la vieron tensa y armada, la imitaron y aguzaron
el oído, el viento cantaba enloquecido afuera y las pisadas se acercaban más y
más.
Kuel
levantó la tea para iluminar al que caminaba en las tinieblas, la obscuridad
del pasillo era tan intensa que nada podían ver.
Zirkanis
tomó otra de las teas para reforzar la luz, los dos salieron a encontrarse con
lo que estuviese en el pasillo.
Salieron
seguidos de sus compañeros y caminaron, caminaron tras los pasos que ahora
parecían rehuirles, esto les infundió ánimo y comenzaron a acelerar el paso.
Grande
fue la sorpresa de los guerreros de Leihenhas al ver que habían llegado a la
salida del templo, escucharon los aullidos del viento en toda suOminosa gloria,
la voz del viento y la de aquellos que revolotean en él...
Un
espantoso tornado lleno de cadáveres aullantes giraba enloquecido en la noche
de L'Ar, las tumbas habían vomitado sus horripilantes moradores y ahora
danzaban enloquecidos en el viento.
La
visión espectral fue demasiado, varios de los fieros guerreros retrocedieron
temblando ante tan terrorífico prodigio, los cadáveres cantaban con salvaje
cacofonía diabólica en una extravagancia verborrea animal.
Supo
Zirkanis lo que significaba aquél espantoso canto. Estaban invocando a
alguien...
Kuel
dejó escapar una de las teas que fue a parar al tornado, en cuanto el fuego
tocó aquellos cuerpos terriblemente deformados ocurrió algo que aumentó el
horror... Los cadáveres ardieron con salvajismo y sus canticos se volvieron
espantosos alaridos de agonía.
Los
guerreros se precipitaron hacia adentro justo cuando las marmoleas callejas
estallaban vomitando miles de féretros que comenzaban a abrirse desde dentro.
Trataron
de encontrar la sala donde habrían pernoctado pues era amplia y tenía una
entrada fácilmente defendible ante un ataque numeroso, pero el horror y la
escasa luz hicieron presas en ellos y antes de notarlo siquiera, Zirkanis y sus
guerreros rodaban escaleras abajo hacia una profundidad indefinida.
III
Cuando
Zirkanis abrió los ojos notó que su pierna estaba destrozada y que dos de sus
guerreros habían perecido en la caída. Kuel y otros cinco la rodeaban
examinando posibles heridas.
Supuso
que no habrían caído demasiado profundo, pero al alzar la vista, agradeció a
sus dioses haber sobrevivido a una altura que la estremeció, hacia arriba y
hacia abajo escalones de tamaño titánico se extendían.
En
algún improbable punto de arriba, los chillidos de los muertos los acosaban, ¿A
dónde ir? Arriesgarse arriba o bajar por el templo aguardando encontrar una
salida o gruta natural hacia las faldas de la montaña.
La
guerrera apuró un remedio para entumecer el dolor en su extremidad por lo menos
lo suficiente para alejarse de aquellas voces espeluznantes que chillaban en
las alturas.
Luego,
poniéndose en pie avanzó frente a sus guerreros.
Descendieron
tanto que Zirkanis casi se destroza las piernas, pero así, el temor a lo que
había arriba era demasiado, jamás una hechicería tan espantosa, jamás, ¿Quiénes
o qué habían sido las Asyndane?
Hasta
que los escalones dejaron de ser tan definidos, antes se veían ricamente
tallados, ahora parecían solo ligeramente esbozados, apenas comenzados a
trazar.
Tembló
Zirkanis al recordar las tallas, algo abajo había aterrado a Átropos tanto para
alejarla para siempre de L'Ar, pero ¿Qué?
Llegaron
hasta un corredor imponente, una gruta abovedada de proporciones titánicas.
Zirkanis escuchó y sólo percibió el sonido agitado de sus respiraciones,
decidió darse un respiro, Miriver, otro de sus guerreros decidió adelantarse y
examinar el terreno, Kiru, el arquero lo siguió.
Zirkanis
quedó con Kuel y tres guerreros más. Durante algunos minutos escucharonCon
atención cualquier posible señal de alarma, emprendiendo la marcha poco
después.
Hasta
que de pronto se pararon en seco, Miriver y Kiru habían lanzado un alarido de
horror y volvían a subir con demencial carrera, cuando los vieron aparecer, sus
semblantes estaban tan pálidos como el mismo mármol del que estaba hecho aquél
templo de pesadilla.
No
se detuvieron pese a que Zirkanis se los ordenó, aquellos guerreros habían sido
reducidos a simples bestias aullantes y enloquecidas, sus mentes estaban hechas
trizas.
Más
arriba, los gritos de los dementes espolearon a sus perseguidores, al poco, los
chillidos de horror de los dos infelices se encontraban acallados por una
infernal gritería de voces roncas y muertas.
Los
restantes supieron que sus dos camaradas habían hallado la muerte escalones
arriba, la duda era si seguir o tratar de buscar algún pasillo adyacente.
Ni
hablar, no había oportunidad, sólo seguir adelante y cuidar muy bien los pasos.
Avanzaron
difícilmente hasta una sombría sala, Zirkanis miró que había, en los elevados e
improbables techos, estalactitas de inquietante aspecto, casi parecían enormes
murciélagos agazapados.
Kuel
jadeó, sus largos cabellos negros se volvieron tan blancos como la nieve, sus
manos, que sostenían a Zirkanis en pie comenzaron a temblar enloquecidamente,
su rostro era una máscarapatética de espanto y locura.
Zirkanis
trató de ver la causa de tal terror en su hermano guerrero y poco le faltó para
gritar de horror como sus infelices camaradas muertos recién.
No
fue porque, efectivamente, las siluetas colgadas del techo eran colosales
monstruos alados de figura humanoide, sus proporciones serían las triples de
los guerreros de Leihenhas, largas garras en los pies y manos así como alas
nervudas surcadas de venillas azules, tampoco fue que su número superaría el
millar volando enloquecidos en una caverna obscura.
Lo
que hizo que Zirkanis abriera los ojos fue una descomunal cabeza pétrea que
sobresalía de las entrañas de la montaña, quizás la misma montaña era este
inconmensurable ser alrededor del cual revoloteaban como insectos aquellas
enormes bestias aladas.
Varias
de aquellas blasfemias voladoras tenían que unir sus esfuerzos para levantar
los pesados y brutales parpados.
Zirkanis
estaba muda, su boca estaba abierta en un mudo y largo grito, sollozaba inútilmente
tratando de gritar, fue hasta que uno de aquellos ojos la miró y parpadeó
cuando por fin lanzó un grito que nadie escuchó.
Cuando
las nieves del año siguiente volvieron a cubrir la villa, la historia de los
guerreros extranjeros se contaba con regularidad entre los aldeanos, leyendas
hablaban acerca de las sombras que merodeaban la cima, soldados cadavéricos que
seguían en la tempestad a una mujer de rostro compungido por el espanto que
murmura cosas terribles acerca de la ciudad maldita que dormía en la cimas y de
lo que la Emperatriz Átropos encontró hacia siglos, durante los últimos días de
L'Ar.

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