miércoles, 26 de marzo de 2014

Umbrál del Laberinto

En el Umbrál del Laberinto

Baal Fausto Aramizaél Kurioz

~ Prólogo ~


El cielo crepuscular lanzaba destellos color sangre a través de las negras nubes. El viento helado aullaba amenazadoramente entre los árboles del bosque de Tanuma, la frontera entre Enmyria y Thyrania.
El bosque era un milagro terrible y magnífico a la vez, era un milagro pues el suelo era de lava petrificada y ceniza volcánica, pese a lo cuál, arboles milenarios y nebulosos habían crecido como afrentas a las probabilidades.
Y era una blasfemia porque sus negros recovecos habían sido invadidos desde milenios atrás, por seres terribles y corruptos, los Cazadores de Esclavos.
Éstos no eran otra cosa que emisarios de las sádicas señoras de las cercanas tierras del sur, Thyrania, encargados de capturar y llevar esclavos para placer, diversión, trabajo o sacrificio a los burdeles, templos, coliseos, caminos y minas como mano de obra para el siempre creciente y hambriento imperio Asyndane.
Razas de toda Lauressia servían a las crueles Emperatrices que pasaban los días en una eterna bacanál de excesos y conquistas.
Artistas de exquisita habilidad lucían encadenados con grilletes de aureo metal a los obeliscos que eran obligados a tallar con todo su arte contra su voluntad, campesinos iletrados que morían de sed en campos de sembradío humildes, así como las toscas y malhumoradas Logressian gigantes que erigían los templos a golpes de látigo se hermanaban bajo una única verdad en Thyrania...
Todos eran esclavos a los ojos de las señoras Asyndane.

~ I ~


Alra de Liriél corría con todas las fuerzas que le quedaban a sus entumecidas piernas, las ramas del bosque de Tanuma le rasgaban sus cansados y sudorosos miembros, corría con todas sus fuerzas intentando alejarse cuanto pudiese de sus perseguidores antes de que la obscuridad fuese totál en el bosque.
No quería arriesgarse a correr a ciegas en ese lugar tenebroso y desconocido, Alra había leído en su infancia historia la geográfica de Avyr el Viajero Mannenskyn que cartografió por primera vez Enmyria, y recordaba que por algún lugar había dos cuevas, bocas hondas y heladas que, en la situación actual se le antojaban fosas mortuorias, la Cueva del Hielo y la del Viento...
Las cadenas pesadas y gruesas que cargaba como lastre resonaban delatoramente, la chica las maldijo, maldijo su suerte, sus ancestros, su nombre y hasta el mismo día de su nacimiento... Pero sobre todas las cosas... Maldijo a Aglae, señora de Ulvyria, por su actuál situación.
Había logrado separar las cadenas de sus pies, pero aún cargaba las de las manos, y las que apretaban su cintura, además de los grilletes que mordían sus tobillos con un calor metálico y abrasivo.
Hasta llegar al pie de una ascendiente, Alra, noble de Liriél condenada a la esclavitud levantó la vista hacia lo que parecía una montaña.
No había tiempo que perder en dudas, Alra se puso en marcha sacando fuerzas de la rabia que iba asiéndola de los cabellos y descomponiendo su hermoso rostro en una mueca terrible de furia asesina.
Mientras ascendía con dificultad trató de recordar lo que podía de cuanto sabía acerca de la frontera boscosa de Tanuma.
División entre los imperios Thyr y Enmyr... Con dos cuevas de desconocida profundidad... Coronado por... La meseta de Erdibdes.
Erdidbes, según recordaba la prófuga significaba "La prueba de los Valientes", un lugar donde, año tras año desde siglos atrás se reunían los guerreros de todo el continente de Lauressia, incluso con los imperios de Enmyria y Thyrania enfrentados con todas sus capitales y ciudades en conflicto dejaban éstas áreas como neutras para ésta prueba de valor.
Alra jadeaba con el rostro mirando hacia las estrellas, abajo, muy abajo, el bosque Tanuma dejaba escapar sus brumas fantasmales que parecían levantar sus dedos de niebla que intentaban en vano alcanzarla, descansaba en una elevada saliente, aliviada y agradecida por la fresca brisa que acarició sus ardientes músculos adoloridos.
Entreabrió los ojos, las nubes se disipaban y las estrellas brillaban como diamantes, un sentimiento de amargura y dolor le surcó el pecho, jadeó tratando de ponerse en pie.
Las cadenas le pesaban cada vez más, pero ni así se detendría, no hasta llegar a la cima, algo tendría que haber en las alturas. Algo.

~ II ~


Alra de Liriél había visto días muy dichosos en su vida, pero también llenos de soledad. Si bien, siempre había estado rodeada por familiares confiables y amigos verdaderos, siempre había guardado dentro la soledad de haber crecido sin padres. Sólo sabía que pertenecía a la familia directa de la Emperatriz de Liriél, Idunn.
Como noble de Liriél, Alra fue educada con esmero y cuidado por tutores y maestros en todas las artes Asyndane, así como en las artes bélicas y de estrategia.
Amaba la música y la lectura así como de poseer habilidades naturales pasmosas para el manejo de sables, lanzas, cuchillos, puñales así como una habilidad estremecedora para el tiro con arco e incluso lanzamiento de cuchillos.
No sólo se desempeñó con brillantez como guerrera de la guardia Vaysinden de Liriél alcanzando grado de capitana, sino que también fue la fundadora del gremio de Skalders, poetas guerreras.
La joven capitana poseía en ese tiempo una larga cabellera negra que solía trenzar a manera de evitarse estorbos, sus ojos siempre fríos se inflamaban con gran intensidad siempre que le anunciaban que la señora Idunn deseaba escuchar su nueva composición poética.
Idunn, la mas preciosa de las emperatrices Asyndane, la mas dulce, la más sublime solía ser también la más solitaria, sólo un selecto grupo de Asyndanes podían servirla como era digno, ya que su hermosura era tan inhumana que cautivaba todo tipo de mirada y enamoraba a todo el que la escuchaba.
Alra cada vez era solicitada más por la dulce emperatriz y notaba con embeleso y encanto que sus composiciones le arrancaban suspiros apasionados a Idunn, la sonrojaban con su intensidad lírica y la hacían llorar con sus tragedias heroicas.
Y su corazón era feliz solo con eso...
No imaginaba entonces que los ojos de la Emperatriz Aglae la miraban con feroz desprecio y celos, Idunn solía hablarle con grandes alabanzas de los poemas y hazañas de Alra, de su valor y de su sensibilidad así como el arte delicado con el que sus manos trazaban sus poemas en los papiros reales.
La Emperatríz sonreía por fuera al ver el entusiasmo de su amada hermana ante las declamaciones privadas de la capitana Alra, pero por dentro ardía en deseos de verla caer ardiendo en la ignominia.
Recordó entonces que Átropos solía ser una sádica demonesa con las esclavas de Liriél que llegaban a Thyrania.
Ése sería el modo, la enviaría como presente de paz a su hermana mayor, sabía que Átropos no aceptaría la propuesta de paz y que acabaría por sacrificar sangrienta y dolorosamente a cualquiera que fuese en su nombre.
Ése sería el destino de Alra, la esclavitud, la prostitución y el sacrificio en nombre de los dioses brutales que protegían Thyrania.
Aglae mediante sus leales Zarkaydens (orden secreta de asesinos y espías), logró conectarla con varias muertes en contra de nobles Ulvéricos con el fin de tomar el poder.
Fue de inmediato detenida y encerrada en celdas subterráneas hasta que fue procesada, tras un breve "juicio" fue despojada de sus posesiones, su título de nobleza, marcada como traidora y sentenciada a la esclavitud en el exilio, esto claro, luego de recibir tortura.
Idunn asistió al juicio de Alra, contempló con ojos llorosos cómo la mano del verdugo le imponía la marca de las asesinas y traidoras con un sello al rojo vivo en el hombro derecho.
La capitana no emitió un solo quejido, nadie la vio gesticular pues sus cabellos oscurecían sus rasgos.
Cuando los ojos de Alra se encontraron con los de Idunn supo por qué iba a ser sacrificada tan dura e injustamente.
Aglae estaba sentada en su elevado trono junto a su hermana Idunn, la mano severa de Aglae estrechaba casi con furia la grácil mano de Idunn, en clara señal de posesión.
Alra sonrió sardónicamente. Ahora todo estaba claro...

~ III ~


Los ojos llorosos y cansados de Alra se abrieron, se estremeció, hacía frío en la saliente donde había tomado un respiro tras su escape.
Trató de incorporarse pero notó que su cuerpo estaba cansado para moverse, y que por primera vez en su vida, no deseaba hacerlo.
El cielo le pareció muy cercano, sintió poder tocar las estrellas solo con alzar la mano, miles de hermosos brillantes le guiñaban el ojo desde las alturas, una sonrisa jugueteó en sus labios, sintió que una cálida lágrima le brotaba desde el fondo del alma... Estaba conmovida profundamente por la belleza sublime de ese instante.
Levantó uno de sus brazos, quizás para tocar las estrellas... O romper su influjo mágico.
Y cuando vio su brazo con grilletes y cadenas, el hechizo del momento cedió y regresó a su realidad.
Sintió que la vista se le nublaba.
Trató de reunir toda la voluntad que le quedaba y anteponerla a su cansancio, al dolor y a su amargura para levantarse... Una vez mas...
Se vio subiendo la pendiente, le resultó sumamente extraño notar que poco a poco sus entumidos miembros se iban recomponiendo, no sabía cuanto tiempo había dormido, pero se sentía mejor tras ese descanso.
Llegó a la cima con los primeros albores del alba tras lo que se le antojó una ascensión alucinante en una noche casi infinita.
Pero el alba era gris y fría, los nubarrones cubrían el cielo y Alra supo que quizá ese día, el Sol no saliese en absoluto.
Jadeante notó que había un gentío enorme en la cima.
Cientos de personas se agolpaban en una explanada enorme de mármol.
Había enormes columnas talladas con formas heroicas y ancestrales que sostenían pesadas techumbres que convergían en un portal titánico y negro, los muros que enmarcaban tan colosal entrada estaban apretadamente cubiertos de relieves. Las columnas-estatuas a su vez, estaban abrazadas estrechamente por parras de vides cargadas  y apetitosas.
Alra tuvo la idea de una plaza pública en día de mercado, o un templo en día de sacrificio, decenas de puestos de comida, bebida y otras tantas cosas se resguardaban bajo los ancestrales techos pétreos.
La chica sintió que el estomago le gruñía insistentemente, el olor a grasa animal cocinándose, especias, sopas y caldos hirviendo le había recordado que llevaba ya tres jornadas de viaje sin alimento alguno, si bien había bebido copiosamente agua el día anterior cuando sus escoltas la lanzaron de bruces al río que atravesaba el bosque de Tanuma con el sano fin de sacudirse el aburrimiento del camino.
Alra aprovechó eso para fingirse ahogada, tras esto, los guardias cometieron el último error de sus vidas, creerla muerta.
Ahorcó a uno de sus captores y ahogó a otro, la comitiva sólo permitía que dos soldados se ocupasen de Alra, los demás se ocupaban de los demás cautivos que viajaban a la esclavitud.
Alra caminó tratando de no ser vista alrededor de la plaza, paseaba su vista de una a otra guerrera, notó que todas, todas las viandantes eran guerreras, tal y como había leído, ese día sería el de la prueba inmemorial, o cuando menos, estaría muy cerca de acontecer.
No le interesaba la prueba ni nada que implicase, sólo deseaba hacerse con un poco de ropa, sacarse los grilletes, comer algo, descansar e iniciar el regreso a Liriél para cobrarse la afrenta que Aglae habíale infringido y que Idunn había tolerado.
Éste pensamiento la hizo rechinar los dientes y tensar los músculos.
~ ¿Y tú de dónde saliste, hermosa? - escuchó una voz aguardentosa tras ella.
Alra se giró, ante sí estaba un guerrero Mannenskyn semi alcoholizado que la miraba con ojos brillantes en lujuria.
Alra descifró de su balbuceo ininteligible que la encontraba sumamente hermosa como para dejarla sin compañía en tan peligroso lugar, y que si lo deseaba podía brindarle no sólo protección sino comida a cambio claro de que ella le brindase los servicios que "indudablemente" debería estar prestando una chica como ella, con ropajes como los de ella en un lugar así.
Asqueada y rabiosa más allá de lo que las palabras pueden describir, la capitana sonrió ampliamente con coquetería para el badulaque, éste intentó devolverle la sonrisa con todo el encanto y seducción que el alcohol le había dejado feliz por su hermosa compañía.
Alra tomó de la mano al individuo y lo llevó a un lugar alejado de las fogatas y la algarabía, la capitana juntó los trozos de cadena de sus muñecas y se giró con rabia hacia sus espaldas, el sujeto estaba inclinado luchando por desabrochar sus pantalones, una sonrisa sádica iluminó el precioso rostro de la guerrera.
Lo siguiente que el tipo sintió fue un golpe fiero y metálico en la tráquea, después una asfixia y presión que amenazaban con reventarle el cuello como a un pollo.
Luego, vio que las manos de la chica le echaban otra vuelta de cadena alrededor del cuello, las manos crispadas del tipo manotearon en el aire intentando asirse de la nada.
Hasta que las manos de Alra le inclinaron la cabeza, el mamarracho cayó de rodillas echando espumarrajos de saliva por la asfixia, el desnudo y enlodado pie de Alra se posó sobre la cabeza del tipo, éste supo lo que iba a ocurrirle.
Alra apretó los dientes sonriendo al jalar hacia arriba las cadenas y empujar con todas sus fuerzas hacia abajo su pie, el cuello del tipo se partió y la cabeza quedó pendida del cuerpo convulsionante como de una delicada malla de goma.
La chica aflojó la presión y el cuerpo cayó sin vida.
Alra rebuscó en las ropas del muerto y encontró una bolsa llena de monedas Larianas, las más valiosas de Thyrania, era claro que cada una de esas monedas era un esclavo muerto en cadenas.
Tratando de que sus cadenas no se notaran se acercó a los muchos puestos para comprarse ropa, armas y comida.
Un barbudo guerrero Wyrfind de rojos cabellos miraba sus grilletes con interés, Alra en vez de amedrentarse le miró retadora.
~ Sabía que los Wyrfinds eran buenos herreros pero jamás había visto tanto deseo hacia el metal como el que veo en sus ojos, guerrero.
~ Metal curioso llevas allí, te diré algo, te las quitaré por nada si a cambio me las dejas...
Alra estuvo cerca de aceptar de inmediato, pero no era tonta, sabía que aquellos grilletes despertaban la codicia herrera del guerrero, y era que los Wyrfinds eran buenos para los minerales y rocas como las asyndane con las artes que llenaban las ciudades.
~ Una espada por mis cadenas... - dijo Alra.
El barbudo guerrero la miró con intensidad y seriedad, luego esbozó una sonrisa y emitió una carcajada de buen grado, las arrugas del rostro del hombre le dijeron a Alra que era un alma noble, era verdad que en ese lugar había de toda clase de almas.
~ Tienes un trato, pequeña Asyndane...
Alra sintió las fuertes vibraciones de las cuñas del guerrero al golpear sus grilletes, tras algunos golpes fuertes y electrizantes, el cerrojo cedió y las manos de la capitana estuvieron libres, otros cuantos golpes mas y sus pies sentían la calidez de la sangre fluyendo a su ritmo normal.
El Wyrfind estaba Feliz por haber obtenido casi cinco metros de cadenas de Thyrania, se tejían buenas cotas de malla con ese metal, y dependiendo del arte y maestría del herrero, podían crearse piezas de inusual dureza y de singular hermosura.
Alra escogió de las muchos sables, puñales, lanzas y escudos y escogió un sable de hoja delgada larga y curva con sierra delgada y engarzada en su último palmo para no sólo atravesar al oponente, sino desgarrarlo por completo.
Poco tiempo le basta a una guerrera hábil y experta en hacerse de un equipo decente.
Cota de malla resplandeciente con hombreras cortas para movimientos fluidos, botas reforzadas de piel de alce y faldones ligeros para movimientos apresurados, un escudo de caballería ligera y el sable.
Estaba satisfecha con su nueva posición, ahora no huiría de sus perseguidores, de hecho, Alra empuñó su escudo con fuerza y apretó los dientes con furia.
~ Voy a buscar a esos perros tratantes de esclavos... - Pensó decidida.
Alra comenzó a buscar el modo de bajar, se asomó en la pendiente por la que había ascendido y abrió los ojos, aterrada y perpleja.
En la saliente por la que había ascendido encontró una visión triste y espantosa a partes iguales.
Alra de Liriél miró con compasión y furia la imagen que la luna iluminaba con ternura y pena.
Era su cadáver, sus mejillas estaban surcadas por lágrimas, sus manos, las que pelearon por Aglae contra Átropos, estaban prisioneras y mordidas con brutalidad por las cadenas de Thyrania, sus pies, desnudos y heridos por fin descansaban su fatiga.
Mas rápido que un pensamiento, Alra bajó hasta la saliente, se tendió ante el cadáver. No había duda, era ella, sus rasgos estaban contraídos en una triste mueca de dolor y frustración, lágrimas ya secas le limpiaban en ligeros hilillos sus mejillas heladas y pálidas.
~ ¿Qué... brujería...?
~ Vaya... Eras linda... ¿Esclava, meretriz o sacrificio?
Alra abrió los ojos, todo ante su estaba rojo y agradeció sentir tan rabia asesina, en vez del penoso miedo que la comenzaba a invadir.
Se giró con violencia, ante sí estaba una sonriente guerrera alta, figura gallarda y con una larga cimitarra del lado derecho del cinto, una larga daga en el izquierdo y una mirada curiosa y divertida en verde aqua.
La guerrera notó que no había hecho un buen movimiento cuando una furia enloquecida se revolvió contra ella con la fuerza de un coloso.
Para la sorpresa de la guerrera, de solo tres poderosos mandobles saltó la espada de sus acalambradas manos.
Azorada intentó desenfundar el puñal, pero mas rápido que un latido, la punta de la espada dentada de Alra le acarició el cuello.
~ Quiero saber el nombre de la que osó burlarse de mi cadáver...
~ Cálmate, no sé por qué te pones así, fiera Asyndane, pero has de saber que jamás había visto una posición más digna y hasta poética de morir...
~ Tu nombre... No lo preguntaré de nuevo. - la voz de Alra sonó más como el gruñido hambriento de una fiera rabiosa que voz.
~ Antirys y No me burlé de tu cadáver, de hecho... ¿Quieres ver el mío?
Por fin los ojos de Alra chispearon de entusiasmo.
~ Caí de una pendiente y me quebré el cuello... - dijo sonriendo la guerrera. - sí, me reiría de la posición en que quedé si no fuera por que... Bueno... El mismo motivo que tú.
~ ¿Muerta? - Preguntó Alra incrédula.
~ Claro, todos los que llegamos a la cima de ésta montaña a entrar al laberinto debemos morir en la ascensión... Sólo los muertos llegan a la cima...
~ ¿Qué hechicerías estás diciendo?
~ Nadie sabe por qué o cómo, pero sólo los muertos son aceptados por el laberinto, otro, si entras al laberinto y "vives" para lograr salir... Pues...
~ ¿Revivo?
~ Dicen algunos pocos sobrevivientes que sí... Si mueres dentro pues no cambia nada...
~ ¿Cómo es esto posible?
~ No lo sé, sólo sé eso.
~ Entonces entraré a ese laberinto, saldré de él y bajaré de este lugar maldito y terrible para cortarle la cabeza a la emperatriz que me vendió como esclava.
Alra bajó el sable, Antirys se incorporó.
~ Dime qué hay dentro de ese laberinto.
~ Lo ignoro... - dijo levantando su sable. - como te conté, pocos han logrado salir, y de ellos, todos los testimonios son diferentes entre sí... Sólo están de acuerdo en algo.
~ ¿En qué?
~ Ahí dentro dormita un horror terrible y hambriento... Algo tan terrible que, aun tras años de haber atravesado por tal horror, aún estremece a sus añosos testigos.
Alra guardó silencio, aquella guerrera y todos los demás que estaban expectantes en la cima estaban ansiosos por medirse con el horror oculto que dormía en las entrañas de aquél laberinto, Alra había llegado a ese lugar casi por error.
~ No... Lo inevitable...
~ Eres fuerte, guerrera...
~ Alra... Era comandante de Liriél...
Antirys asintió.
~ Alra... Únetenos... - dijo. - Tu espada nos sería útil adentro... Todas somos Asyndanes desterradas... De todo Lauressia.
~ No quiero servir a nadie.
~ Tampoco venimos por orden de nadie, lo hicimos libremente y por nuestra propia voluntad... Y agradezco poder haber conocido a la comandante de Ulvyria más fuerte hasta hoy en la guerra.
~ ¿Cuál es tu tierra?
~ Todas y ninguna...
Alra sonrió por dentro, ingeniosa respuesta.
~ ¿Cuando entrarán en el laberinto?
~ Cuando la luna esté en el centro del cielo.
Alra levantó la vista, no faltaba mucho, miró a Altirys y le asintió.
Las dos Asyndane miraron por última vez el cadáver triste y caído de Alra.
La guerrera de Ulvyria sonrió, se inclinó y besó la frente helada de su envoltura carnal.
~ Descansa en paz... Yo continuaré adelante... - murmuró.
Alra se sentó junto a su cadáver y comenzó a cantar un tristísimo y hermoso canto lleno de dolor.
Colocó el sable en las manos de su cuerpo y arrancó las cadenas que aún la aprisionaba.
Limpió su rostro mientras algunas ultimas lágrimas le corrían por el rostro, incluso Altyris dejó escapar alguna.
El canto de un alma que no tiene quien le llore... La voz dulce de un alma que murió sólo mirando la luna.
Cuando ascendieron, Alra había cambiado, juró al cuerpo que viviría y que Su nombre sería inmortal.
~ Hoy murió Alra de Liriél, descanse en paz, hoy, nace Alra Sin Tierra, futura asesina de Asyndanes. Tú que me vendiste a la muerte te acordarás de mi nombre... Para siempre... Y eternamente... - pensaba Alra mientras sus ojos refulgían en destellos volcánicos.
Compró un sable igual al que le dejó a su yaciente cascarón y lo guardó en su cinto.
Altyris miró de reojo a Alra, que esperaba que las pesadas puertas monolíticas se abrieron.
La luna iluminó el laberinto desde el centro del cielo, un temblor, bajo al principio, comenzó a sacudir el suelo.
Todos los guerreros, aventureros, asesinos y ladrones de todos los rincones de Lauressia se agruparon ante las puertas.
~ ¿Lista, Alra? - preguntó Altyris sonando repentinamente seria.
Alra la miró de reojo, pese a la penumbra en su rostro, sus ojos refulgían como dos monedas de plata pura.
~ Tan cierto como que decapitaré a Aglae de Ulvirya...
Las puertas del Laberinto se abrieron tremebunda y titánicamente, lentas como dos murallas en pie e imparables como las tormentas, las puertas se abrieron, la obscuridad infinita y sin límites bostezó sepulcralmente.


Últimos Días de L'Ar

Los Últimos Días de L'Ar.


Baal Fausto Aramizaél Kurioz

I


Los habitantes en las faldas de la Montaña de los Ecos solían vivir tranquilos en su mansa villa. Asentados en un valle frondoso poseían tanto árboles frutales como terrenos de siembra y crianza de animales, poseían además, el encanto que las tierras antiguas y oníricas poseen.
Sus habitantes eran amables, serviciales y hospitalarios, claro era que pocos individuos se acercaban a la Villa, pues aquél valle estaba maldito... No era un secreto y los aldeanos solían hablar de él como de un mal común, habitual, como el frío del invierno, la lluvia del otoño, La perfumada brisa del verano o las esplendorosas floraciones primaverales.
La maldición era un tema poco frecuente, pero cuando alguien tocaba el tema, todas las lenguas contaban historias, si alguien hubiese tenido la idea de contabilizar el número de horrores que los humildes y sencillos campesinos habrían atestiguado habría sabido que todos, desde el más anciano de los jefes superiores hasta el pequeño pizcador de manzanas habrían atestiguado por lo menos dos hechos inexplicables.
El año de la Gran Helada llegó a la villa la guerrera Zirkanis, hija de Ahlder, el Obscuro. Volvía de las siniestras, frías y desoladas sendas de Uk donde había vencido a los gigantescos Emuks, reptiles negros que habitaban el frío e invocaban a deformes horrores brutales a los que adoraban en un culto violento y sangriento.
Zirkanis había sido entrenada desde muy joven para no temer hechicerías humanas o bestiales, y estaba acostumbrada a la batalla, así pues, no deseaba otra cosa que llenarse de gloria venciendo y conquistando para acreditar su poder y futuro liderazgo ante su padre, Ahlder, obscuro señor de la guerra.
Llegó, silenciosa y cargada de victoria hasta la villa, buscó entonces, la hospitalidad de alguna hostería que nunca suele faltar en una villa como aquella.
Asentóse la guerrera junto a su comitiva en un salón donde comieron y bebieron descansando sus polvorientas botas a la cálida luz de un fuego crepitante y de dulce luz.
Ahí, tras haber saciado el apetito de dos jornadas de viaje, optó por reposar unos días antes de proseguir el camino hacia Leihenhas, el reino ígneo, hogar de Zirkanis y reino de Ahlder.
Ahí, al calor del fuego, escuchó la conversación de dos cazadores que habrían subido a más de la mitad de la montaña de los ecos, al parecer tras un venado y descubrieran el camino del viejo sendero que llevaba a la maldita ciudad antigua y abandonada que estaba en las alturas...
L'Ar, la ilustre fortaleza construida por Átropos, la soberbia, hija favorita del Emperador de los Hielos. Abandonada hacia cientos de años por causas tan ignotas como intrigantes, esquivada por los lugareños y desconocida para los guerreros de Leihenhas.
La feroz Zirkanis sonrió al escuchar cómo hablaban de nieblas densas y figuras enloquecidas y danzantes en las tinieblas... Ella había aprendido a desechar tales temores, existía la magia, lo había atestiguado, pero no se dejaba intimidar.
Los oyó contar que aquel lugar no era un simple pueblo, lo que se encontraba en la cima era una ciudad tenebrosa y oscura que jamás veía la luz, pues siempre estaba velada por nubes, rodeada de niebla y sombras.
En las nevadas alturas dormía, amortajada por brumas pestilentes, viscosas y heladas, una imponente ciudad cadavérica.
Altas edificaciones, casas, templos, caminos y cementerios, avenidas llenas de nieve y silencio, torres negras horadadas por negros agujeros que quizá sirviesen como ventanales, pero que tenían tal aire amenazador que lucían como madrigueras de desconocidas entidades, no obstante, aquello tenía un dejo ineludible de majestuosidad que maravillaba acerca de aquellos despojos; a través de dichas edificaciones, calles sombrías y bosquecillos de troncos muertos surcados por veredas de resquebrajadas mamposterías.
Frías alamedas de umbrosos sauces babilónicos brillaban iluminados triste y dulcemente por alguna lejana estrella, titánicos y nudosos robles cadavericos se alzarían señorialmente en destruidos jardines de mármol.
Puentes de estilo olvivado se alzaban sobre congelados arroyos donde había visiones de pesadilla..
En el río Neydn que alimentaba L'Ar, ahora para siempre congelado, habrían quedado, a lo largo de sus cincuenta pies de ancho y por lo menos séis de profundidad, cientos de cuerpos humanos que se extendían a lo largo de aquél río inmóvil y prístino, si bien, la imagen de las siluetas congeladas en las caprichosas y variadas formas en las que la congelación les sobrevino.
Fue cuando la guerrera tomó la decisión de ver tal prodigio, pues no conocía el miedo, Ahlder su padre habíale mostrado que no existe el temor ante la grandeza.
Ascendió tras pagar la guía de los cazadores que se ofrecieron a llevarles hasta donde los portales de L'Ar bostezaban.
Zirkanis pagó además por saber cuanto supieran de la ciudad a la que ahora se encaminaban sus pasos, la ciudad de L'Ar llevaba siglos abandonada, pero su historia era recordada por la memoria indeleble con la que los grandes desastres las graban en el subconciente colectivo.
La Emperatríz Átropos era una de las mas terribles señoras, hijas del Emperador obscuro, pues era la primogenita, su caracter, terrible y atróz  provocó que la segunda guerra Asyndane estallara llevando a dicha cultura a la decadencia.
Átropos poseía muchas ciudades bajo su yugo que solía azotar con frecuencia, pues la tiranía estaba en su sangre, pero de todas, L'Ar era su favorita, capitál de su imperio y nido de vicios, blasfemias y muerte.
Instauró un culto donde se la veneraba así como al Emperador de los Hielos, ejecutando a todo insurrecto y llevando a juicio sumario a cualquier insurgente.
Aglae, la Quinta Emperatríz Asyndane envió, apoyada por Idunn, la Octava, a doce representantes de sus respectivos imperios, Ulvyria por Aglae y Liriél por Idunn.
Pero, tan solo una hora despues de ingresar al palacio de la cruél Átropos, caían defenestrados desde lo alto de las murallas hacia el rocoso fondo de la Montaña de los Ecos cuyo risco dominaba la tenebrosa L'Ar.
Esto hizo que Aglae estallara en rabia, envió un destacamento con sus mejores guerreros Vaysinden para cobrarse venganza contra otros tantos dirigentes L'Arianos, así pues, la avanzada fue enviada y tras varios días de incertidumbre, le llegaron noticias a Ulvyria, capital de Aglae.


II



De todas las Emperatrices Asyndane, Átropos recibía bien las fechas más frías del año, los griegos darían, siglos más tarde, el nombre de Saturnales a aquellas fechas en las que la cruel señora soltaba a sus prisioneros y esclavos durante siete días hasta la fecha del renacimiento del sol.
Pero en las obscuras tradiciones Asyndane; aquél acto de soltar "Libertus", los prisioneros y esclavos de Átropos; era un acto cuanto más terrible que mantenerlos en cadenas.
Ya que los esclavos de Átropos eran sometidos a torturas y ritos tales que deformaban tanto sus cuerpos como sus mentes hasta dejarlos sumidos en el más salvaje estado de locura asesina.
Y así, durante siete días, los demonios corrían por los bosques, prados y yermos caminos, ocasionalmente alguna villa se perdía como resultado del asalto de tan irracionales asesinos enloquecidos por el hambre.
Luego, las señoras Asyndane que se entregaban a aquella tradición se lanzaban a los caminos a recuperar sus diabólicas creaciones y las encerraba nuevamente, año con año realizaba aquél ritualancestral, y si los cazadores contaron aquello a Zirkanis, fue porque aquél día era uno de los señalados.
Los guerreros de Leihenhas caminaron en silencio durante horas en ascenso hasta llegar a un camino pedregoso, una calzada que se perdía entre los negros troncos secos y más arriba, una niebla opalescente y gruesa envolvía la cima como el sudario de un cadáver.
Hasta ahí acompañaron los cazadores a Zirkanis y sus guerreros, ahí comenzaba el último tramo hacia la maldita ciudad de L'Ar.
La feroz hija de Ahlder sintió su pecho latir con emoción, casi robándole el aliento, algo debía quedar en aquellas elevadas soledades como recuerdo de la cultura Asyndane.
Zirkanis así como todos los habitantes de Leihenhas eran descendientes de los fieros guerreros del oculto y ardiente sur y poco sabían de las Hijas del Señor de los Hielos y su magia rúnica.
Así que aquella sería una triple victoria, encararía una maldición, cazaría algún tesoro y llevaría una reliquia al reino que ya sentía suyo.
En los ojos de la guerrera brillaba la ambición desmedida.
Habló a los cazadores y les dijo que volvieran y contaran que Zirkanis de Leihenhas probaría que la ciudadela de L'Ar no estaba maldita, y que ella misma reclamaba la ciudad como suya, que volvería con pruebas de que la ciudad seguía ahí y que la aceptaba como nueva soberana.
Los campesinos miraron a la guerrera de brillantes ojos verdiazules y de piel tostada por el sol del desierto, de imponente cuerpo y melena enloquecida al soplo del viento, no objetaron nada pues comprendían que Zirkanis debería observarPor sí misma la ciudad cadavérica antes de decidir si tomarla como suya o no, pero la dejaron, pues conocieron por sus palabras que hablaba la ambición.
"Quien mucho habla mucho quiere... Pero quien mucho habla poco logra..." Murmurarían en voz baja mientras iniciaban el descenso agradeciendo las monedas de brillante oro que les pagaran por el servicio.
Zirkanis se encaminó al frente, sus guerreros confiaban en ella, y sabían que de existir alguna amenaza, su Lideresa los guiaría a una victoria segura.
En Uk, el yermo obscuro la habían visto batirse contra los feroces Emuks, además de verla doblegar a los más poderosos hechiceros reptiles y exterminar su diabólico rey Aset, el de ojos ardientes y decapitarlo para por fin terminar con el infinito crepúsculo en Uk y liberar el paso Norte para el comercio de Leihenhas.
Cada imperio dominado era un impero menos con el cuál guerrear, y Ahlder le había enseñado que la paz estaba bajo la bandera de una única nación, así lo veía ella y así debía ser, no hay tiempo para detenerse ante maldiciones, bastante maldición es la guerra de por sí.
Llegaron a lo alto de la montaña luego de escalar durante otra hora, la experiencia ganada a través de múltiples expediciones les daba a los guerreros una soltura natural de movimientos en la vertiginosa altura a la que saltaban aferrándose a las salientes y ascendiendo como aves.
Y por fin, ante los ojos de los guerreros de Zirkanis de Leihenhas apareció un enorme portal que bostezaba como una gigantesca y ominosa boca hambrienta.
Las botas resonaron en aquella ciudad amurallada por primera vez desde que Walfery, capitán Asyndane enviado por Aglae caminara por los mismos pisos enlosados.
Tras la muralla se alzaban edificios tras edificios derruidos por los años de abandono; de las altas edificaciones en punta no quedaban más que escombros blancos congelándose en las alturas, la obscuridad era extraña, la nieve brillaba blanca y los edificios se alzaban ante ellos como cadáveres erguidos.
Se adentraron en las calles e incluso Zirkanis tuvo que aceptar que la desolación de L'Ar era tal que le oprimía el corazón.
Caminaron hasta que las calles estuvieron llenas de nieve, sus pasos se imprimían en el suelo helado hasta que salieron de un callejón a una plaza enorme ante la que estaba un enorme templo.
Se estremecieron, si bien era cierto que hasta ahí la destrucción y soledad eran casi totales, aquel lugar se mantenía bien conservado, y ante él se levantaban cientos, quizás miles de tumbas, lápidas de varios tamaños en roca se alzaban ante el templo, quizás un cementerio.
Los guerreros desenfundaron instintivamente sus sables decididos a entrar en aquél templo tan extraño.
Atravesaron la plaza imponente de aquél templo y llegaron hasta la imponente escalinata del templo marmoleo.
Zirkanis notó que el arte que cubría aquél fragmento ancestral de historia le era desconocido aunque vagamente familiar, había símbolos que supuso algún tipo de escritura mezclados con grabados.
Alrededor del pórtico se alzaban enormes columnas talladas ricamente con delicados bajorrelieves, la guerrera no pudo evitar acariciar los rostros alegres y femeninos que la miraban desde el frío mármol, hermosas ninfas de apariencia celestial corrían en un valle soleado, era quizá una reminiscencia o leyenda Asyndane, supuso.
Miró los detalles del templo y sonrió al descubrir más de aquellos rostros delicados sonriéndole desde la antigüedad, desde una era donde L'Ar aún era joven y bella...
Fue Kuel, su mano derecha el que notó las sombras correteando en el exterior, pero no dijo nada, pues la bruma era engañosa, antes bien, quería asegurarse de que fueran seres corpóreos y no sombras.
Zirkanis tomó la determinación de pernoctar en las entrañas del templo, afuera se avecinaba una ventisca y sólo los Dioses Asyndane sabían qué maldiciones y terrores azotaban junto al viento aquella ciudad vacía.
Los guerreros de Leihenhas eran poseedores de los secretos del fuego y no les fue difícil encender varias teas para guiarse en aquellas tinieblas opresivas e invioladas durante años de soledad.
Los guerreros notaron con creciente inquietud que las tallas se iban volviendo más salvajes y crudas a conforme se internaban en aquél siniestro sitio, imágenes de esclavitud, el mismo alegre y precioso rostro que acariciara antes ahora la miraba con malevolencia, vestía una armadura imponente y salvaje e iba armada con un látigo, tras ella iban cientos de figuras dobladas y tristes encadenadas, se les veía guiadas por otras figuras más pequeñas, estéticas y delicadas, Zirkanis dudó un instante, un nombre jugueteó en sus labios mientras contemplaba el sonriente y precioso rostro de crueles labios e inhumana mirada.
Caminaron hasta, al fin, llegar a una cámara interior lo bastante grande para albergar a toda su comitiva, acomodaron las teas y examinaron el lugar.
Los grabados no abundaban tanto, daba más la impresión de que había sido alguna sala donde se guardaban reliquias y tesoros, en el lugar había enormes huecos y pedestales abandonados, el lugar no lucía saqueado, era como si hubiesen quitado todo de aquella sala antes de salir para siempre de L'Ar.
Hasta entonces hablaron de su viaje y sus impresiones, en aquél lugar se sentían seguros como para hablar.
Kuel les habló de las sombras que pareció ver, Zirkanis trazó con arena de Leihenhas los símbolos de protección contra los acechadores nocturnos y de inmediato se iluminaron tanto como para iluminar toda la habitación.
Los grabados comenzaron a brillar con una extraña tonalidad azul intensa al ser bañados por el fuego de Leihenhas.
Incluso los Emuks y sus sortilegios habían sido abatidos por el poderoso sello de Leihenhas, pero las tallas Asyndane brillaban cada vez más fuerte hasta que apagaron el fuego ritual e incluso las teas que los guerreros llevaban, el aire frío se llenó de una tensa sensación de temor.
Con mucha dificultad encendieron nuevamente las teas y Zirkanis optó por prescindir de losSortilegios durante unas horas, cuando amaneciera saldrían del templo y volverían montaña abajo.
Acomodaron sus armas y Zirkanis asignó turnos de vigilancia.
El fuego ardía con suavidad mientras afuera del templo, la tormenta aullaba espantosamente.
La guerrera entrecerró los ojos y se concentró en las tallas y relieves que cubrían las paredes gastadas, trató de imaginar qué tipo de cultura habría sido la Asyndane, qué manos habrían tallado aquellas fabulas, aquellas leyendas que comenzaban a resultar inquietantes por su ambigüedad.
Hasta que notó algo curioso, había una serie de relieves que hablaban del templo en el que ahora estaban, vio que fue el primer templo de adoración levantado en L'Ar, el templo de la sanguinaria Átropos, hogar de un culto demencial y desconocido.
Vio que la fachada había sido erigida afuera de una gruta natural que aprovecharían para excavar galerías y salones adentrándose en las profundidades de la montaña.
Vio cómo miles de esclavos fueron forzados a trabajar en el templo, vio montañas de cadáveres amontonarse en la plaza exterior.
Conforme la labor avanzaba el número de esclavos que iban pereciendo en la obra iba aumentando alarmantemente, Zirkanis tembló al imaginar de dónde saldría tanto desdichado sujeto.
Hasta la última talla que representaba a la cruel señora Átropos retrocediendo ante una visión terrible que no se mostraba, sólo había una imagen burda, tallada a prisa y con temor, una colosal cabeza pétrea y nada más, la expresión de la Emperatriz Asyndane era espantosamente realista y mostraba un terror real.
Después nada.
Sería entonces cuando quizás, L'Ar fue abandonada por su cruelEmperatriz, cuando Walfery, el general de Ulvyria llegó a la ciudad, ésta estaba en ruinas y su gente muerta, sólo un puñado de guerreros Logressian descendientes de la misma Átropos y  ésta lograrían escapar para jamás volver.
Zirkanis escuchaba los aullidos lejanos del viento, presagiaban terrores, pero de todos los sonidos y voces bestiales de los elementos, fue sólo un tímido sonido frío y bajo, pies desnudos en suelo enlozado.
La guerrera sintió que los vellos se le erizaban mientras abría los ojos clavándolos en el obscuro pasillo.
Más pasos aproximándose, la guerrera empuñó su sable y bufó para apartarse el temor, sus guerreros al oírla la vieron tensa y armada, la imitaron y aguzaron el oído, el viento cantaba enloquecido afuera y las pisadas se acercaban más y más.
Kuel levantó la tea para iluminar al que caminaba en las tinieblas, la obscuridad del pasillo era tan intensa que nada podían ver.
Zirkanis tomó otra de las teas para reforzar la luz, los dos salieron a encontrarse con lo que estuviese en el pasillo.
Salieron seguidos de sus compañeros y caminaron, caminaron tras los pasos que ahora parecían rehuirles, esto les infundió ánimo y comenzaron a acelerar el paso.
Grande fue la sorpresa de los guerreros de Leihenhas al ver que habían llegado a la salida del templo, escucharon los aullidos del viento en toda suOminosa gloria, la voz del viento y la de aquellos que revolotean en él...
Un espantoso tornado lleno de cadáveres aullantes giraba enloquecido en la noche de L'Ar, las tumbas habían vomitado sus horripilantes moradores y ahora danzaban enloquecidos en el viento.
La visión espectral fue demasiado, varios de los fieros guerreros retrocedieron temblando ante tan terrorífico prodigio, los cadáveres cantaban con salvaje cacofonía diabólica en una extravagancia verborrea animal.
Supo Zirkanis lo que significaba aquél espantoso canto. Estaban invocando a alguien...
Kuel dejó escapar una de las teas que fue a parar al tornado, en cuanto el fuego tocó aquellos cuerpos terriblemente deformados ocurrió algo que aumentó el horror... Los cadáveres ardieron con salvajismo y sus canticos se volvieron espantosos alaridos de agonía.
Los guerreros se precipitaron hacia adentro justo cuando las marmoleas callejas estallaban vomitando miles de féretros que comenzaban a abrirse desde dentro.
Trataron de encontrar la sala donde habrían pernoctado pues era amplia y tenía una entrada fácilmente defendible ante un ataque numeroso, pero el horror y la escasa luz hicieron presas en ellos y antes de notarlo siquiera, Zirkanis y sus guerreros rodaban escaleras abajo hacia una profundidad indefinida.

III


Cuando Zirkanis abrió los ojos notó que su pierna estaba destrozada y que dos de sus guerreros habían perecido en la caída. Kuel y otros cinco la rodeaban examinando posibles heridas.
Supuso que no habrían caído demasiado profundo, pero al alzar la vista, agradeció a sus dioses haber sobrevivido a una altura que la estremeció, hacia arriba y hacia abajo escalones de tamaño titánico se extendían.
En algún improbable punto de arriba, los chillidos de los muertos los acosaban, ¿A dónde ir? Arriesgarse arriba o bajar por el templo aguardando encontrar una salida o gruta natural hacia las faldas de la montaña.
La guerrera apuró un remedio para entumecer el dolor en su extremidad por lo menos lo suficiente para alejarse de aquellas voces espeluznantes que chillaban en las alturas.
Luego, poniéndose en pie avanzó frente a sus guerreros.
Descendieron tanto que Zirkanis casi se destroza las piernas, pero así, el temor a lo que había arriba era demasiado, jamás una hechicería tan espantosa, jamás, ¿Quiénes o qué habían sido las Asyndane?
Hasta que los escalones dejaron de ser tan definidos, antes se veían ricamente tallados, ahora parecían solo ligeramente esbozados, apenas comenzados a trazar.
Tembló Zirkanis al recordar las tallas, algo abajo había aterrado a Átropos tanto para alejarla para siempre de L'Ar, pero ¿Qué?
Llegaron hasta un corredor imponente, una gruta abovedada de proporciones titánicas. Zirkanis escuchó y sólo percibió el sonido agitado de sus respiraciones, decidió darse un respiro, Miriver, otro de sus guerreros decidió adelantarse y examinar el terreno, Kiru, el arquero lo siguió.
Zirkanis quedó con Kuel y tres guerreros más. Durante algunos minutos escucharonCon atención cualquier posible señal de alarma, emprendiendo la marcha poco después.
Hasta que de pronto se pararon en seco, Miriver y Kiru habían lanzado un alarido de horror y volvían a subir con demencial carrera, cuando los vieron aparecer, sus semblantes estaban tan pálidos como el mismo mármol del que estaba hecho aquél templo de pesadilla.
No se detuvieron pese a que Zirkanis se los ordenó, aquellos guerreros habían sido reducidos a simples bestias aullantes y enloquecidas, sus mentes estaban hechas trizas.
Más arriba, los gritos de los dementes espolearon a sus perseguidores, al poco, los chillidos de horror de los dos infelices se encontraban acallados por una infernal gritería de voces roncas y muertas.
Los restantes supieron que sus dos camaradas habían hallado la muerte escalones arriba, la duda era si seguir o tratar de buscar algún pasillo adyacente.
Ni hablar, no había oportunidad, sólo seguir adelante y cuidar muy bien los pasos.
Avanzaron difícilmente hasta una sombría sala, Zirkanis miró que había, en los elevados e improbables techos, estalactitas de inquietante aspecto, casi parecían enormes murciélagos agazapados.
Kuel jadeó, sus largos cabellos negros se volvieron tan blancos como la nieve, sus manos, que sostenían a Zirkanis en pie comenzaron a temblar enloquecidamente, su rostro era una máscarapatética de espanto y locura.
Zirkanis trató de ver la causa de tal terror en su hermano guerrero y poco le faltó para gritar de horror como sus infelices camaradas muertos recién.
No fue porque, efectivamente, las siluetas colgadas del techo eran colosales monstruos alados de figura humanoide, sus proporciones serían las triples de los guerreros de Leihenhas, largas garras en los pies y manos así como alas nervudas surcadas de venillas azules, tampoco fue que su número superaría el millar volando enloquecidos en una caverna obscura.
Lo que hizo que Zirkanis abriera los ojos fue una descomunal cabeza pétrea que sobresalía de las entrañas de la montaña, quizás la misma montaña era este inconmensurable ser alrededor del cual revoloteaban como insectos aquellas enormes bestias aladas.
Varias de aquellas blasfemias voladoras tenían que unir sus esfuerzos para levantar los pesados y brutales parpados.
Zirkanis estaba muda, su boca estaba abierta en un mudo y largo grito, sollozaba inútilmente tratando de gritar, fue hasta que uno de aquellos ojos la miró y parpadeó cuando por fin lanzó un grito que nadie escuchó.
Cuando las nieves del año siguiente volvieron a cubrir la villa, la historia de los guerreros extranjeros se contaba con regularidad entre los aldeanos, leyendas hablaban acerca de las sombras que merodeaban la cima, soldados cadavéricos que seguían en la tempestad a una mujer de rostro compungido por el espanto que murmura cosas terribles acerca de la ciudad maldita que dormía en la cimas y de lo que la Emperatriz Átropos encontró hacia siglos, durante los últimos días de L'Ar.

Fin