En el Umbrál del Laberinto
Baal Fausto Aramizaél Kurioz
~ Prólogo ~
El cielo
crepuscular lanzaba destellos color sangre a través de las negras nubes. El
viento helado aullaba amenazadoramente entre los árboles del bosque de Tanuma,
la frontera entre Enmyria y Thyrania.
El bosque era un
milagro terrible y magnífico a la vez, era un milagro pues el suelo era de lava
petrificada y ceniza volcánica, pese a lo cuál, arboles milenarios y nebulosos
habían crecido como afrentas a las probabilidades.
Y era una blasfemia
porque sus negros recovecos habían sido invadidos desde milenios atrás, por
seres terribles y corruptos, los Cazadores de Esclavos.
Éstos no eran otra
cosa que emisarios de las sádicas señoras de las cercanas tierras del sur,
Thyrania, encargados de capturar y llevar esclavos para placer, diversión,
trabajo o sacrificio a los burdeles, templos, coliseos, caminos y minas como
mano de obra para el siempre creciente y hambriento imperio Asyndane.
Razas de toda
Lauressia servían a las crueles Emperatrices que pasaban los días en una eterna
bacanál de excesos y conquistas.
Artistas de
exquisita habilidad lucían encadenados con grilletes de aureo metal a los
obeliscos que eran obligados a tallar con todo su arte contra su voluntad,
campesinos iletrados que morían de sed en campos de sembradío humildes, así
como las toscas y malhumoradas Logressian gigantes que erigían los templos a
golpes de látigo se hermanaban bajo una única verdad en Thyrania...
Todos eran esclavos
a los ojos de las señoras Asyndane.
~ I ~
Alra de Liriél
corría con todas las fuerzas que le quedaban a sus entumecidas piernas, las
ramas del bosque de Tanuma le rasgaban sus cansados y sudorosos miembros,
corría con todas sus fuerzas intentando alejarse cuanto pudiese de sus
perseguidores antes de que la obscuridad fuese totál en el bosque.
No quería
arriesgarse a correr a ciegas en ese lugar tenebroso y desconocido, Alra había
leído en su infancia historia la geográfica de Avyr el Viajero Mannenskyn que
cartografió por primera vez Enmyria, y recordaba que por algún lugar había dos
cuevas, bocas hondas y heladas que, en la situación actual se le antojaban
fosas mortuorias, la Cueva del Hielo y la del Viento...
Las cadenas pesadas
y gruesas que cargaba como lastre resonaban delatoramente, la chica las
maldijo, maldijo su suerte, sus ancestros, su nombre y hasta el mismo día de su
nacimiento... Pero sobre todas las cosas... Maldijo a Aglae, señora de Ulvyria,
por su actuál situación.
Había logrado
separar las cadenas de sus pies, pero aún cargaba las de las manos, y las que
apretaban su cintura, además de los grilletes que mordían sus tobillos con un
calor metálico y abrasivo.
Hasta llegar al pie
de una ascendiente, Alra, noble de Liriél condenada a la esclavitud levantó la
vista hacia lo que parecía una montaña.
No había tiempo que
perder en dudas, Alra se puso en marcha sacando fuerzas de la rabia que iba
asiéndola de los cabellos y descomponiendo su hermoso rostro en una mueca
terrible de furia asesina.
Mientras ascendía
con dificultad trató de recordar lo que podía de cuanto sabía acerca de la
frontera boscosa de Tanuma.
División entre los
imperios Thyr y Enmyr... Con dos cuevas de desconocida profundidad... Coronado
por... La meseta de Erdibdes.
Erdidbes, según
recordaba la prófuga significaba "La prueba de los Valientes", un
lugar donde, año tras año desde siglos atrás se reunían los guerreros de todo
el continente de Lauressia, incluso con los imperios de Enmyria y Thyrania
enfrentados con todas sus capitales y ciudades en conflicto dejaban éstas áreas
como neutras para ésta prueba de valor.
Alra jadeaba con el
rostro mirando hacia las estrellas, abajo, muy abajo, el bosque Tanuma dejaba
escapar sus brumas fantasmales que parecían levantar sus dedos de niebla que
intentaban en vano alcanzarla, descansaba en una elevada saliente, aliviada y
agradecida por la fresca brisa que acarició sus ardientes músculos adoloridos.
Entreabrió los
ojos, las nubes se disipaban y las estrellas brillaban como diamantes, un
sentimiento de amargura y dolor le surcó el pecho, jadeó tratando de ponerse en
pie.
Las cadenas le
pesaban cada vez más, pero ni así se detendría, no hasta llegar a la cima, algo
tendría que haber en las alturas. Algo.
~ II ~
Alra de Liriél
había visto días muy dichosos en su vida, pero también llenos de soledad. Si
bien, siempre había estado rodeada por familiares confiables y amigos
verdaderos, siempre había guardado dentro la soledad de haber crecido sin
padres. Sólo sabía que pertenecía a la familia directa de la Emperatriz de
Liriél, Idunn.
Como noble de
Liriél, Alra fue educada con esmero y cuidado por tutores y maestros en todas
las artes Asyndane, así como en las artes bélicas y de estrategia.
Amaba la música y
la lectura así como de poseer habilidades naturales pasmosas para el manejo de
sables, lanzas, cuchillos, puñales así como una habilidad estremecedora para el
tiro con arco e incluso lanzamiento de cuchillos.
No sólo se
desempeñó con brillantez como guerrera de la guardia Vaysinden de Liriél
alcanzando grado de capitana, sino que también fue la fundadora del gremio de
Skalders, poetas guerreras.
La joven capitana
poseía en ese tiempo una larga cabellera negra que solía trenzar a manera de
evitarse estorbos, sus ojos siempre fríos se inflamaban con gran intensidad
siempre que le anunciaban que la señora Idunn deseaba escuchar su nueva
composición poética.
Idunn, la mas
preciosa de las emperatrices Asyndane, la mas dulce, la más sublime solía ser también
la más solitaria, sólo un selecto grupo de Asyndanes podían servirla como era
digno, ya que su hermosura era tan inhumana que cautivaba todo tipo de mirada y
enamoraba a todo el que la escuchaba.
Alra cada vez era
solicitada más por la dulce emperatriz y notaba con embeleso y encanto que sus
composiciones le arrancaban suspiros apasionados a Idunn, la sonrojaban con su
intensidad lírica y la hacían llorar con sus tragedias heroicas.
Y su corazón era
feliz solo con eso...
No imaginaba
entonces que los ojos de la Emperatriz Aglae la miraban con feroz desprecio y
celos, Idunn solía hablarle con grandes alabanzas de los poemas y hazañas de
Alra, de su valor y de su sensibilidad así como el arte delicado con el que sus
manos trazaban sus poemas en los papiros reales.
La Emperatríz
sonreía por fuera al ver el entusiasmo de su amada hermana ante las
declamaciones privadas de la capitana Alra, pero por dentro ardía en deseos de
verla caer ardiendo en la ignominia.
Recordó entonces
que Átropos solía ser una sádica demonesa con las esclavas de Liriél que
llegaban a Thyrania.
Ése sería el modo,
la enviaría como presente de paz a su hermana mayor, sabía que Átropos no
aceptaría la propuesta de paz y que acabaría por sacrificar sangrienta y
dolorosamente a cualquiera que fuese en su nombre.
Ése sería el
destino de Alra, la esclavitud, la prostitución y el sacrificio en nombre de
los dioses brutales que protegían Thyrania.
Aglae mediante sus
leales Zarkaydens (orden secreta de asesinos y espías), logró conectarla con
varias muertes en contra de nobles Ulvéricos con el fin de tomar el poder.
Fue de inmediato
detenida y encerrada en celdas subterráneas hasta que fue procesada, tras un
breve "juicio" fue despojada de sus posesiones, su título de nobleza,
marcada como traidora y sentenciada a la esclavitud en el exilio, esto claro,
luego de recibir tortura.
Idunn asistió al
juicio de Alra, contempló con ojos llorosos cómo la mano del verdugo le imponía
la marca de las asesinas y traidoras con un sello al rojo vivo en el hombro
derecho.
La capitana no
emitió un solo quejido, nadie la vio gesticular pues sus cabellos oscurecían
sus rasgos.
Cuando los ojos de
Alra se encontraron con los de Idunn supo por qué iba a ser sacrificada tan
dura e injustamente.
Aglae estaba
sentada en su elevado trono junto a su hermana Idunn, la mano severa de Aglae
estrechaba casi con furia la grácil mano de Idunn, en clara señal de posesión.
Alra sonrió
sardónicamente. Ahora todo estaba claro...
~ III ~
Los ojos llorosos y
cansados de Alra se abrieron, se estremeció, hacía frío en la saliente donde
había tomado un respiro tras su escape.
Trató de
incorporarse pero notó que su cuerpo estaba cansado para moverse, y que por
primera vez en su vida, no deseaba hacerlo.
El cielo le pareció
muy cercano, sintió poder tocar las estrellas solo con alzar la mano, miles de
hermosos brillantes le guiñaban el ojo desde las alturas, una sonrisa jugueteó
en sus labios, sintió que una cálida lágrima le brotaba desde el fondo del
alma... Estaba conmovida profundamente por la belleza sublime de ese instante.
Levantó uno de sus
brazos, quizás para tocar las estrellas... O romper su influjo mágico.
Y cuando vio su
brazo con grilletes y cadenas, el hechizo del momento cedió y regresó a su
realidad.
Sintió que la vista
se le nublaba.
Trató de reunir
toda la voluntad que le quedaba y anteponerla a su cansancio, al dolor y a su
amargura para levantarse... Una vez mas...
Se vio subiendo la
pendiente, le resultó sumamente extraño notar que poco a poco sus entumidos
miembros se iban recomponiendo, no sabía cuanto tiempo había dormido, pero se
sentía mejor tras ese descanso.
Llegó a la cima con
los primeros albores del alba tras lo que se le antojó una ascensión alucinante
en una noche casi infinita.
Pero el alba era
gris y fría, los nubarrones cubrían el cielo y Alra supo que quizá ese día, el
Sol no saliese en absoluto.
Jadeante notó que
había un gentío enorme en la cima.
Cientos de personas
se agolpaban en una explanada enorme de mármol.
Había enormes
columnas talladas con formas heroicas y ancestrales que sostenían pesadas
techumbres que convergían en un portal titánico y negro, los muros que
enmarcaban tan colosal entrada estaban apretadamente cubiertos de relieves. Las
columnas-estatuas a su vez, estaban abrazadas estrechamente por parras de vides
cargadas y apetitosas.
Alra tuvo la idea
de una plaza pública en día de mercado, o un templo en día de sacrificio,
decenas de puestos de comida, bebida y otras tantas cosas se resguardaban bajo
los ancestrales techos pétreos.
La chica sintió que
el estomago le gruñía insistentemente, el olor a grasa animal cocinándose,
especias, sopas y caldos hirviendo le había recordado que llevaba ya tres
jornadas de viaje sin alimento alguno, si bien había bebido copiosamente agua
el día anterior cuando sus escoltas la lanzaron de bruces al río que atravesaba
el bosque de Tanuma con el sano fin de sacudirse el aburrimiento del camino.
Alra aprovechó eso
para fingirse ahogada, tras esto, los guardias cometieron el último error de
sus vidas, creerla muerta.
Ahorcó a uno de sus
captores y ahogó a otro, la comitiva sólo permitía que dos soldados se ocupasen
de Alra, los demás se ocupaban de los demás cautivos que viajaban a la
esclavitud.
Alra caminó
tratando de no ser vista alrededor de la plaza, paseaba su vista de una a otra
guerrera, notó que todas, todas las viandantes eran guerreras, tal y como había
leído, ese día sería el de la prueba inmemorial, o cuando menos, estaría muy
cerca de acontecer.
No le interesaba la
prueba ni nada que implicase, sólo deseaba hacerse con un poco de ropa, sacarse
los grilletes, comer algo, descansar e iniciar el regreso a Liriél para
cobrarse la afrenta que Aglae habíale infringido y que Idunn había tolerado.
Éste pensamiento la
hizo rechinar los dientes y tensar los músculos.
~ ¿Y tú de dónde
saliste, hermosa? - escuchó una voz aguardentosa tras ella.
Alra se giró, ante
sí estaba un guerrero Mannenskyn semi alcoholizado que la miraba con ojos
brillantes en lujuria.
Alra descifró de su
balbuceo ininteligible que la encontraba sumamente hermosa como para dejarla
sin compañía en tan peligroso lugar, y que si lo deseaba podía brindarle no
sólo protección sino comida a cambio claro de que ella le brindase los
servicios que "indudablemente" debería estar prestando una chica como
ella, con ropajes como los de ella en un lugar así.
Asqueada y rabiosa
más allá de lo que las palabras pueden describir, la capitana sonrió
ampliamente con coquetería para el badulaque, éste intentó devolverle la
sonrisa con todo el encanto y seducción que el alcohol le había dejado feliz
por su hermosa compañía.
Alra tomó de la
mano al individuo y lo llevó a un lugar alejado de las fogatas y la algarabía,
la capitana juntó los trozos de cadena de sus muñecas y se giró con rabia hacia
sus espaldas, el sujeto estaba inclinado luchando por desabrochar sus
pantalones, una sonrisa sádica iluminó el precioso rostro de la guerrera.
Lo siguiente que el
tipo sintió fue un golpe fiero y metálico en la tráquea, después una asfixia y
presión que amenazaban con reventarle el cuello como a un pollo.
Luego, vio que las
manos de la chica le echaban otra vuelta de cadena alrededor del cuello, las
manos crispadas del tipo manotearon en el aire intentando asirse de la nada.
Hasta que las manos
de Alra le inclinaron la cabeza, el mamarracho cayó de rodillas echando
espumarrajos de saliva por la asfixia, el desnudo y enlodado pie de Alra se
posó sobre la cabeza del tipo, éste supo lo que iba a ocurrirle.
Alra apretó los
dientes sonriendo al jalar hacia arriba las cadenas y empujar con todas sus
fuerzas hacia abajo su pie, el cuello del tipo se partió y la cabeza quedó
pendida del cuerpo convulsionante como de una delicada malla de goma.
La chica aflojó la
presión y el cuerpo cayó sin vida.
Alra rebuscó en las
ropas del muerto y encontró una bolsa llena de monedas Larianas, las más
valiosas de Thyrania, era claro que cada una de esas monedas era un esclavo
muerto en cadenas.
Tratando de que sus
cadenas no se notaran se acercó a los muchos puestos para comprarse ropa, armas
y comida.
Un barbudo guerrero
Wyrfind de rojos cabellos miraba sus grilletes con interés, Alra en vez de
amedrentarse le miró retadora.
~ Sabía que los
Wyrfinds eran buenos herreros pero jamás había visto tanto deseo hacia el metal
como el que veo en sus ojos, guerrero.
~ Metal curioso
llevas allí, te diré algo, te las quitaré por nada si a cambio me las dejas...
Alra estuvo cerca
de aceptar de inmediato, pero no era tonta, sabía que aquellos grilletes
despertaban la codicia herrera del guerrero, y era que los Wyrfinds eran buenos
para los minerales y rocas como las asyndane con las artes que llenaban las
ciudades.
~ Una espada por
mis cadenas... - dijo Alra.
El barbudo guerrero
la miró con intensidad y seriedad, luego esbozó una sonrisa y emitió una
carcajada de buen grado, las arrugas del rostro del hombre le dijeron a Alra
que era un alma noble, era verdad que en ese lugar había de toda clase de
almas.
~ Tienes un trato,
pequeña Asyndane...
Alra sintió las
fuertes vibraciones de las cuñas del guerrero al golpear sus grilletes, tras
algunos golpes fuertes y electrizantes, el cerrojo cedió y las manos de la
capitana estuvieron libres, otros cuantos golpes mas y sus pies sentían la
calidez de la sangre fluyendo a su ritmo normal.
El Wyrfind estaba
Feliz por haber obtenido casi cinco metros de cadenas de Thyrania, se tejían
buenas cotas de malla con ese metal, y dependiendo del arte y maestría del
herrero, podían crearse piezas de inusual dureza y de singular hermosura.
Alra escogió de las
muchos sables, puñales, lanzas y escudos y escogió un sable de hoja delgada
larga y curva con sierra delgada y engarzada en su último palmo para no sólo
atravesar al oponente, sino desgarrarlo por completo.
Poco tiempo le
basta a una guerrera hábil y experta en hacerse de un equipo decente.
Cota de malla
resplandeciente con hombreras cortas para movimientos fluidos, botas reforzadas
de piel de alce y faldones ligeros para movimientos apresurados, un escudo de
caballería ligera y el sable.
Estaba satisfecha
con su nueva posición, ahora no huiría de sus perseguidores, de hecho, Alra
empuñó su escudo con fuerza y apretó los dientes con furia.
~ Voy a buscar a
esos perros tratantes de esclavos... - Pensó decidida.
Alra comenzó a
buscar el modo de bajar, se asomó en la pendiente por la que había ascendido y
abrió los ojos, aterrada y perpleja.
En la saliente por
la que había ascendido encontró una visión triste y espantosa a partes iguales.
Alra de Liriél miró
con compasión y furia la imagen que la luna iluminaba con ternura y pena.
Era su cadáver, sus
mejillas estaban surcadas por lágrimas, sus manos, las que pelearon por Aglae
contra Átropos, estaban prisioneras y mordidas con brutalidad por las cadenas
de Thyrania, sus pies, desnudos y heridos por fin descansaban su fatiga.
Mas rápido que un
pensamiento, Alra bajó hasta la saliente, se tendió ante el cadáver. No había
duda, era ella, sus rasgos estaban contraídos en una triste mueca de dolor y
frustración, lágrimas ya secas le limpiaban en ligeros hilillos sus mejillas
heladas y pálidas.
~ ¿Qué...
brujería...?
~ Vaya... Eras
linda... ¿Esclava, meretriz o sacrificio?
Alra abrió los
ojos, todo ante su estaba rojo y agradeció sentir tan rabia asesina, en vez del
penoso miedo que la comenzaba a invadir.
Se giró con
violencia, ante sí estaba una sonriente guerrera alta, figura gallarda y con
una larga cimitarra del lado derecho del cinto, una larga daga en el izquierdo
y una mirada curiosa y divertida en verde aqua.
La guerrera notó
que no había hecho un buen movimiento cuando una furia enloquecida se revolvió
contra ella con la fuerza de un coloso.
Para la sorpresa de
la guerrera, de solo tres poderosos mandobles saltó la espada de sus
acalambradas manos.
Azorada intentó
desenfundar el puñal, pero mas rápido que un latido, la punta de la espada dentada
de Alra le acarició el cuello.
~ Quiero saber el
nombre de la que osó burlarse de mi cadáver...
~ Cálmate, no sé
por qué te pones así, fiera Asyndane, pero has de saber que jamás había visto
una posición más digna y hasta poética de morir...
~ Tu nombre... No
lo preguntaré de nuevo. - la voz de Alra sonó más como el gruñido hambriento de
una fiera rabiosa que voz.
~ Antirys y No me
burlé de tu cadáver, de hecho... ¿Quieres ver el mío?
Por fin los ojos de
Alra chispearon de entusiasmo.
~ Caí de una pendiente
y me quebré el cuello... - dijo sonriendo la guerrera. - sí, me reiría de la
posición en que quedé si no fuera por que... Bueno... El mismo motivo que tú.
~ ¿Muerta? -
Preguntó Alra incrédula.
~ Claro, todos los
que llegamos a la cima de ésta montaña a entrar al laberinto debemos morir en
la ascensión... Sólo los muertos llegan a la cima...
~ ¿Qué hechicerías
estás diciendo?
~ Nadie sabe por
qué o cómo, pero sólo los muertos son aceptados por el laberinto, otro, si
entras al laberinto y "vives" para lograr salir... Pues...
~ ¿Revivo?
~ Dicen algunos
pocos sobrevivientes que sí... Si mueres dentro pues no cambia nada...
~ ¿Cómo es esto
posible?
~ No lo sé, sólo sé
eso.
~ Entonces entraré
a ese laberinto, saldré de él y bajaré de este lugar maldito y terrible para
cortarle la cabeza a la emperatriz que me vendió como esclava.
Alra bajó el sable,
Antirys se incorporó.
~ Dime qué hay
dentro de ese laberinto.
~ Lo ignoro... -
dijo levantando su sable. - como te conté, pocos han logrado salir, y de ellos,
todos los testimonios son diferentes entre sí... Sólo están de acuerdo en algo.
~ ¿En qué?
~ Ahí dentro
dormita un horror terrible y hambriento... Algo tan terrible que, aun tras años
de haber atravesado por tal horror, aún estremece a sus añosos testigos.
Alra guardó
silencio, aquella guerrera y todos los demás que estaban expectantes en la cima
estaban ansiosos por medirse con el horror oculto que dormía en las entrañas de
aquél laberinto, Alra había llegado a ese lugar casi por error.
~ No... Lo inevitable...
~ Eres fuerte,
guerrera...
~ Alra... Era
comandante de Liriél...
Antirys asintió.
~ Alra...
Únetenos... - dijo. - Tu espada nos sería útil adentro... Todas somos Asyndanes
desterradas... De todo Lauressia.
~ No quiero servir
a nadie.
~ Tampoco venimos
por orden de nadie, lo hicimos libremente y por nuestra propia voluntad... Y
agradezco poder haber conocido a la comandante de Ulvyria más fuerte hasta hoy
en la guerra.
~ ¿Cuál es tu
tierra?
~ Todas y
ninguna...
Alra sonrió por
dentro, ingeniosa respuesta.
~ ¿Cuando entrarán
en el laberinto?
~ Cuando la luna
esté en el centro del cielo.
Alra levantó la
vista, no faltaba mucho, miró a Altirys y le asintió.
Las dos Asyndane
miraron por última vez el cadáver triste y caído de Alra.
La guerrera de
Ulvyria sonrió, se inclinó y besó la frente helada de su envoltura carnal.
~ Descansa en
paz... Yo continuaré adelante... - murmuró.
Alra se sentó junto
a su cadáver y comenzó a cantar un tristísimo y hermoso canto lleno de dolor.
Colocó el sable en
las manos de su cuerpo y arrancó las cadenas que aún la aprisionaba.
Limpió su rostro
mientras algunas ultimas lágrimas le corrían por el rostro, incluso Altyris
dejó escapar alguna.
El canto de un alma
que no tiene quien le llore... La voz dulce de un alma que murió sólo mirando
la luna.
Cuando ascendieron,
Alra había cambiado, juró al cuerpo que viviría y que Su nombre sería inmortal.
~ Hoy murió Alra de
Liriél, descanse en paz, hoy, nace Alra Sin Tierra, futura asesina de
Asyndanes. Tú que me vendiste a la muerte te acordarás de mi nombre... Para
siempre... Y eternamente... - pensaba Alra mientras sus ojos refulgían en
destellos volcánicos.
Compró un sable
igual al que le dejó a su yaciente cascarón y lo guardó en su cinto.
Altyris miró de
reojo a Alra, que esperaba que las pesadas puertas monolíticas se abrieron.
La luna iluminó el
laberinto desde el centro del cielo, un temblor, bajo al principio, comenzó a
sacudir el suelo.
Todos los
guerreros, aventureros, asesinos y ladrones de todos los rincones de Lauressia
se agruparon ante las puertas.
~ ¿Lista, Alra? -
preguntó Altyris sonando repentinamente seria.
Alra la miró de
reojo, pese a la penumbra en su rostro, sus ojos refulgían como dos monedas de
plata pura.
~ Tan cierto como
que decapitaré a Aglae de Ulvirya...
Las puertas del
Laberinto se abrieron tremebunda y titánicamente, lentas como dos murallas en
pie e imparables como las tormentas, las puertas se abrieron, la obscuridad
infinita y sin límites bostezó sepulcralmente.
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