Dos historias y un laberinto
Dos historias y un laberinto
I
Alra de liriél contempló la infinita oscuridad interior del
laberinto de Erdibdes. Asombrada ante la majestuosidad de aquel inmemoriál
coloso pétreo.
A la asyndane, el frío viento que soplaba desde las
profundidades bostezantes del laberinto le recordó el helado respirar de una
bestia amodorrada.
Le pareció que aquellas salas y pasillos titánicos, apenas
entrevistos le murmuraban secretos terribles a su subconciente. Porque, pese a
no ser supersticiosa, sabía que dentro de ese lugar yacía un horror latente y
desconocido.
Los guerreros reunidos se apresuraron a entrar en el
titánico y subterráneo cadáver pétreo de aquél laberinto.
~ Mantente alerta... - le murmuró Altyriz al oído. ~ Hay
muchas thyranias entre las figurantes este año.
Alra comprendía aquello, los clanes y estirpes thyranios
tenían la fama de ser crueles cazadores de mannenskyns y asyndanes, crueles
esclavistas que no tenían escrupulo alguno en canibalizar las tribus vecimas en
tiempos de escaséz sin miramientos. Los que no devoraban, eran vendidos en las
opulentas ciudades capitales del tenebroso imperio escarlata.
Alra miró a varios grupos de guerrilleras de indudable
origen thyranio.
Las semi dementes hechiceras de Il-Ganiz, vestidas de
armaduras de cuero, ligeras con los cuchillos, y cuyos rostros mostraban
terroríficas pinturas guerreras que simulaban cráneos. Cabelleras negras, rojas
y castañas adornaban los estoques de sus puñales, sus hombreras, de sus
tocados. Obvio botín guerrero de la ultima guerra tribál entre las señoras
thyranias.
Otro grupo, inquietantemente callado y de pieles de ébano
miraban absortos la hondura, maravillados por el detalle de los relieves
tallados en las bruñidas paredes calcáreas.
Algunos de aquellos guerreros vestian solo pantalones
abombados de seda purpura, cintas en la cadera rojas a modo de cinto y fajas de
cuero negro donde brillaban varias dagas, agujas y lancetas. Todos ellos,
armados con cimitarras o puñales curvos, calzados con chinelas y con metálicos
brazaletes en las muñecas.
~ Son del clan Bukkar, guerreras iniciadas en el culto
sacrílego del Dios Lagarto Bokkor. - le murmuró Altyris a Alra.
Otros grupos más le eran totalmente desconocidos a la
asyndane, algunas sacerdotizas de Nyblez, el obscuro señor alado permanecían
silentes y quietas, Alra entendió que era de esas amazonas de pieles albas de
quienes debía tener sumo cuidado, sus delgados cuerpos eran delicados en el
mejor de los casos, llegando al límite de los huesos en algunos casos, sus
pieles albas parecían traslucir las verdosas venas pulsantes, ropajes
confeccionados con vendas negras.
~ Mortajas... - susurró Alra, al instante, el grupo de
suplicantes nyblezas, antes tranquilo, se giró en rápido y escalofriante
movimiento hacia la ex capitana liriélica.
Una de aquellas flamélicas adoratríces, entrada en años y
con apariencia de haber salido recién del sepulcro apuntó hacia ella con un
largo índice similár a una larga zarpa.
~ Do.... Rommo... - Alra sacudió la cabeza, la momia no
había movido los labios, sin embargo, la asyndane había "sentido"
aquél galimatías verborréico en su subconsciente, la percepción táctil del
sonido.
~ ¿Qué? - preguntó Altyriz al escuchar aquella frase brotar
de los labios de Alra, luego, siguió la vista de la ex capitana hasta ver a las
Adoratrices Nyblezas. Tras lanzar un juramento escalofriante, la pirata jaló a
la asyndane hasta tenerla de frente. ~ ¡Dioses, Alra, jamás mires ni hables
refiriéndote a esas... Cosas...
Alra sacudió su melena en un claro movimiento de
aturdimiento.
~ ¿Cosas, dijiste? Me parecem más mendigantes que guerreras.
Altyriz la observó con frialdad.
~ Basta mirar sus ojos para saber lo que son... Algunas de
ellas aun son aprendices, encontrarán a Nyblez aquí...
~ ¿Qué acertijos esbozas?
~ Aquí no, - aclaró la pirata. - Entremos, ya te contaré
todo... Y apuesto que hasta podrás verlo... Este acertijo como lo llamas.
Alra asintió, hasta entonces
notó que habíanseles unido varias guerreras formando el grupo que Alra
supuso, lideraría Altyriz.
II
Anarkuz, el zarkayden mayor al servicio de Aglae había caído
por un hueco.
Aun podía escuchar los gritos guerreros de las huestes, aun
podía escuchar los chillidos de las neydenias.
Los huesos del joven crujieron al contacto con el suelo liso
y pulido de lo que Anarkuz creyó, una cripta.
Sintió que sus pulmones colapsaban expulsando todo aire,
toda vida. Sintió cómo sus costillas apretujaban su corazón.
Y las tinieblas quisieron cubrirlo, mas su naturaleza lo
mantuvo vivo.
Tras un minuto de fluctuar entre la inconsciencia y
conciencia, el zarkayden gruñó bajo y se irguió poco a poco resollando, en el
obscuro e improbable arriba no se veía ni rastro de la falla por donde había
caído.
Flanqueado por los extremos por muros bruñidos y grabados de
símbolos siniestros y arcanos.
El sombrío asesino se acomodó la capucha examinando el
entorno.
Así que aquél era el laberinto Erdibdes, sonrió, si Alra de
Liriél había decidido entrar a aquél recinto de pruebas por él estaba bien, su
hoja tendría más gloriosa sangre con la cuál cubrirse.
Anarkuz echó a andar, el sabía bien como salír, solo pegarse
al muro derecho y eventualmente se llegará a la salida, eso, o se encontraría
com alguien.
Aunque no dejaba de pensar en las neydenias, en ellas y en
la sombra obscura que apareció ante él y los guerreros nómadas. El asesino
sintió calambres de escalofríos en su costado izquierdo.
~ ¿Qué sería aquél horror? - pensó el zarkayden
envolviendose en su atavio obscuro.
Los forajidos también eran graves amenazas, y de ellos,
cuando menos, Anarkuz sabía que, si no llegaban a Erdibdes por la cima, lo
harían como él, por grutas y fallas como aquellas.
Los dioses sabían que aquellos seres tenebrosos,
anteriormente zarkaydens como él eran unos excelentes guerreros en las
hondonadas y abismales pozos como aquél, ademas de los largos pisttolettes
magónicos herrumbrosos aunque en extremo calibrados y certeros.
~ Si fueron zarkaydens saben que no me detendrán hasta
matarme, iguál Alra de Liriél, ésta será la parte de éste vi je que más me está
gustando. - pensó sin poder evitar sonreír sádica y emocionadamente ante la
perspectiva.
El Zarkayden miró las tallas, asombrado de que mano mortal
hubiera grabado aquellas paredes con las fábulas que en ellas se narraba.
Comprendió Anarkuz, que aquello encerraba uno de los
infinitos misterios de Erdibdes. Con la gravedad propia de los Devoradores de
Cadáveres, Anarkuz aguzó el oído, la acústica de aquellas cámaras subterráneas
le permitiría escuchar pasos, voces y sonidos más ominosos.
Con sigilo el guerrero se lanzó a la infinita noche de los
pasillos claustrofóbicos de aquél recinto misterioso.
III
El grupo de Alra era de siete aventureras, sumando a
Altyriz, la inequívoca lidereza de aquella expedición y a Alra. La asyndane
liriélica caminaba al paso de las piratas de Altyriz tratando de vigilar a las
demás comitivas guerreras y, al mismo tiempo, admirar el laberinto.
~ Si la dulce Madre me brinda la gracia, trazaré esos
contornos... - pensó Alra mirando, además de los grabados y relieves, frescos
de vivos colores conservados gracias a la sequedad helada de aquellos pasillos.
Y hasta entonces notó Alra que en manos de las sacerdotisas
Bukkaryz estaban las cadenas pesadas que sujetaban a varios mannenskyns
trémulos y bamboleantes.
~ Algunas tribus thyranias suelen llevarse consigo esclavos
para saciar sus apetitos de todo tipo, cuando pasan hambrunas, suelen matar y
comer a esos desdichados... - le murmuró Altyriz.
~ Pareces saber bastante de las bárbaras del imperio
escarlata, de sus brujerías y pecados. - dijo Alra.
~ Y tú sabes muy poco de ellas para haber sido una capitana
de la alianza enmyrica... - replicó sonriente la pirata.
~ Es la primera vez que veo a algunas tribus, aunque también
he enfrentado muchas, supongo que viajar es aprender... - dijo Alra. - Me
cuesta creer que en un reino asyndane, incluso en los reinos thyranios puedan
darse tales barbaridades.
~ Eso es porque tu vivías en Enmyria, si hubieras nacido en
Thyrania comprenderías un poco más porque... Son como son... - terminó Altyriz.
Alra notó que hasta entonces, todos los grupos habían
caminado juntos hasta llegar a varias bocas en lo que parecía ser una colmena
titánica.
De aquellas tinieblas se desprendía el hedor de mil
cadáveres, un olor hórrido.
~ Como el aliento fétido del carroñero. - susurró Alra.
~ Altyriz, mira... - murmuró una de las piratas dirigiéndose
a la lidereza.
La asyndane miró, junto a una de las bocas del laberinto
estaban unas figuras inquietantes, los cadavéricos forajidos de Rysis. Altyriz,
que hasta entonces había guardado la calma, no pudo evitar palidecer a la vista
de aquellos seres.
~ Rysindens, lo que le faltaba al caldo... - dijo antes de
escupir una maldición propia de forajidos bucaneros. - si esas hienas sarnosas
se atraviesan ante nosotras tendremos serios problemas.
~ No parecen gran cosa. - murmuró Alra.
~ Tampoco las Liriélicas... Y mira a dónde has llegado. -
terminó Altyriz.
Las piratas sabían que si Altyriz se ponía en guardia ante
un rival era por serios motivos, en sus ciento cincuenta años, Altyriz había
recorrido casi todo el continente de Enmyria por sus centros, había cruzado su
sable con incontables razas, conocidas y olvidadas, civilizadas y bárbaras,
portuarias y montañesas, y las piratas sabían que era cuestión de tiempo para
que la Dama Alcyon le cediera la capitanía de uno de los galeones que formaban
la flotilla de las Hijas del Mar. Por todo aquello que Alra ignoraba sabían que
si Altyriz temía a aquellos seres era por algo, si había un sólo guerrero que
la pirata temía más, ese eran los Zarkayden de la emperatriz Aglae, de
hecho, hasta donde la asyndane sabía,
los Ryzindens anteriormente fueron Zarkaydens, aunque ignoraba el porqué del
cambio físico tan terrible.
~ Entraremos en una de una de las cuevas y de ahí deberemos
hallar una salida.
~ ¿Es todo? - preguntó Alra como quien pidiera más
directrices.
~ Si, y sobrevivir al resto de dementes que entrarán y lo
que pueda habitar ahí.
Alra asintió, aquello era obvio, al ir tantas guerreras era
obvio que habría choques, guerras e incluso cacerías ahí dentro. Una parte suya
tembló de emoción ante la perspectiva de matar thyranias y enmyrias por igual.
Ya no pertenecía a ningún ejercito, por primera vez, tembló de emoción al saber
que pelearía por sí misma. Por sus convicciones y creencias, pero sobre todo,
por justicia, no para otros, sino para sí.

No hay comentarios:
Publicar un comentario