jueves, 9 de abril de 2015

Dos historias y un laberinto



Dos historias y un laberinto

I

Alra de liriél contempló la infinita oscuridad interior del laberinto de Erdibdes. Asombrada ante la majestuosidad de aquel inmemoriál coloso pétreo.
A la asyndane, el frío viento que soplaba desde las profundidades bostezantes del laberinto le recordó el helado respirar de una bestia amodorrada.
Le pareció que aquellas salas y pasillos titánicos, apenas entrevistos le murmuraban secretos terribles a su subconciente. Porque, pese a no ser supersticiosa, sabía que dentro de ese lugar yacía un horror latente y desconocido.
Los guerreros reunidos se apresuraron a entrar en el titánico y subterráneo cadáver pétreo de aquél laberinto.
~ Mantente alerta... - le murmuró Altyriz al oído. ~ Hay muchas thyranias entre las figurantes este año.
Alra comprendía aquello, los clanes y estirpes thyranios tenían la fama de ser crueles cazadores de mannenskyns y asyndanes, crueles esclavistas que no tenían escrupulo alguno en canibalizar las tribus vecimas en tiempos de escaséz sin miramientos. Los que no devoraban, eran vendidos en las opulentas ciudades capitales del tenebroso imperio escarlata.
Alra miró a varios grupos de guerrilleras de indudable origen thyranio.
Las semi dementes hechiceras de Il-Ganiz, vestidas de armaduras de cuero, ligeras con los cuchillos, y cuyos rostros mostraban terroríficas pinturas guerreras que simulaban cráneos. Cabelleras negras, rojas y castañas adornaban los estoques de sus puñales, sus hombreras, de sus tocados. Obvio botín guerrero de la ultima guerra tribál entre las señoras thyranias.
Otro grupo, inquietantemente callado y de pieles de ébano miraban absortos la hondura, maravillados por el detalle de los relieves tallados en las bruñidas paredes calcáreas.
Algunos de aquellos guerreros vestian solo pantalones abombados de seda purpura, cintas en la cadera rojas a modo de cinto y fajas de cuero negro donde brillaban varias dagas, agujas y lancetas. Todos ellos, armados con cimitarras o puñales curvos, calzados con chinelas y con metálicos brazaletes en las muñecas.
~ Son del clan Bukkar, guerreras iniciadas en el culto sacrílego del Dios Lagarto Bokkor. - le murmuró Altyris a Alra.
Otros grupos más le eran totalmente desconocidos a la asyndane, algunas sacerdotizas de Nyblez, el obscuro señor alado permanecían silentes y quietas, Alra entendió que era de esas amazonas de pieles albas de quienes debía tener sumo cuidado, sus delgados cuerpos eran delicados en el mejor de los casos, llegando al límite de los huesos en algunos casos, sus pieles albas parecían traslucir las verdosas venas pulsantes, ropajes confeccionados con vendas negras.
~ Mortajas... - susurró Alra, al instante, el grupo de suplicantes nyblezas, antes tranquilo, se giró en rápido y escalofriante movimiento hacia la ex capitana liriélica.
Una de aquellas flamélicas adoratríces, entrada en años y con apariencia de haber salido recién del sepulcro apuntó hacia ella con un largo índice similár a una larga zarpa.
~ Do.... Rommo... - Alra sacudió la cabeza, la momia no había movido los labios, sin embargo, la asyndane había "sentido" aquél galimatías verborréico en su subconsciente, la percepción táctil del sonido.
~ ¿Qué? - preguntó Altyriz al escuchar aquella frase brotar de los labios de Alra, luego, siguió la vista de la ex capitana hasta ver a las Adoratrices Nyblezas. Tras lanzar un juramento escalofriante, la pirata jaló a la asyndane hasta tenerla de frente. ~ ¡Dioses, Alra, jamás mires ni hables refiriéndote a esas... Cosas...
Alra sacudió su melena en un claro movimiento de aturdimiento.
~ ¿Cosas, dijiste? Me parecem más mendigantes que guerreras.
Altyriz la observó con frialdad.
~ Basta mirar sus ojos para saber lo que son... Algunas de ellas aun son aprendices, encontrarán a Nyblez aquí...
~ ¿Qué acertijos esbozas?
~ Aquí no, - aclaró la pirata. - Entremos, ya te contaré todo... Y apuesto que hasta podrás verlo... Este acertijo como lo llamas.
Alra asintió, hasta entonces  notó que habíanseles unido varias guerreras formando el grupo que Alra supuso, lideraría Altyriz.

II

Anarkuz, el zarkayden mayor al servicio de Aglae había caído por un hueco.
Aun podía escuchar los gritos guerreros de las huestes, aun podía escuchar los chillidos de las neydenias.
Los huesos del joven crujieron al contacto con el suelo liso y pulido de lo que Anarkuz creyó, una cripta.
Sintió que sus pulmones colapsaban expulsando todo aire, toda vida. Sintió cómo sus costillas apretujaban su corazón.
Y las tinieblas quisieron cubrirlo, mas su naturaleza lo mantuvo vivo.
Tras un minuto de fluctuar entre la inconsciencia y conciencia, el zarkayden gruñó bajo y se irguió poco a poco resollando, en el obscuro e improbable arriba no se veía ni rastro de la falla por donde había caído.
Flanqueado por los extremos por muros bruñidos y grabados de símbolos siniestros y arcanos.
El sombrío asesino se acomodó la capucha examinando el entorno.
Así que aquél era el laberinto Erdibdes, sonrió, si Alra de Liriél había decidido entrar a aquél recinto de pruebas por él estaba bien, su hoja tendría más gloriosa sangre con la cuál cubrirse.
Anarkuz echó a andar, el sabía bien como salír, solo pegarse al muro derecho y eventualmente se llegará a la salida, eso, o se encontraría com alguien.
Aunque no dejaba de pensar en las neydenias, en ellas y en la sombra obscura que apareció ante él y los guerreros nómadas. El asesino sintió calambres de escalofríos en su costado izquierdo.
~ ¿Qué sería aquél horror? - pensó el zarkayden envolviendose en su atavio obscuro.
Los forajidos también eran graves amenazas, y de ellos, cuando menos, Anarkuz sabía que, si no llegaban a Erdibdes por la cima, lo harían como él, por grutas y fallas como aquellas.
Los dioses sabían que aquellos seres tenebrosos, anteriormente zarkaydens como él eran unos excelentes guerreros en las hondonadas y abismales pozos como aquél, ademas de los largos pisttolettes magónicos herrumbrosos aunque en extremo calibrados y certeros.
~ Si fueron zarkaydens saben que no me detendrán hasta matarme, iguál Alra de Liriél, ésta será la parte de éste vi je que más me está gustando. - pensó sin poder evitar sonreír sádica y emocionadamente ante la perspectiva.
El Zarkayden miró las tallas, asombrado de que mano mortal hubiera grabado aquellas paredes con las fábulas que en ellas se narraba.
Comprendió Anarkuz, que aquello encerraba uno de los infinitos misterios de Erdibdes. Con la gravedad propia de los Devoradores de Cadáveres, Anarkuz aguzó el oído, la acústica de aquellas cámaras subterráneas le permitiría escuchar pasos, voces y sonidos más ominosos.
Con sigilo el guerrero se lanzó a la infinita noche de los pasillos claustrofóbicos de aquél recinto misterioso.

III

El grupo de Alra era de siete aventureras, sumando a Altyriz, la inequívoca lidereza de aquella expedición y a Alra. La asyndane liriélica caminaba al paso de las piratas de Altyriz tratando de vigilar a las demás comitivas guerreras y, al mismo tiempo, admirar el laberinto.
~ Si la dulce Madre me brinda la gracia, trazaré esos contornos... - pensó Alra mirando, además de los grabados y relieves, frescos de vivos colores conservados gracias a la sequedad helada de aquellos pasillos.
Y hasta entonces notó Alra que en manos de las sacerdotisas Bukkaryz estaban las cadenas pesadas que sujetaban a varios mannenskyns trémulos y bamboleantes.
~ Algunas tribus thyranias suelen llevarse consigo esclavos para saciar sus apetitos de todo tipo, cuando pasan hambrunas, suelen matar y comer a esos desdichados... - le murmuró Altyriz.
~ Pareces saber bastante de las bárbaras del imperio escarlata, de sus brujerías y pecados. - dijo Alra.
~ Y tú sabes muy poco de ellas para haber sido una capitana de la alianza enmyrica... - replicó sonriente la pirata.
~ Es la primera vez que veo a algunas tribus, aunque también he enfrentado muchas, supongo que viajar es aprender... - dijo Alra. - Me cuesta creer que en un reino asyndane, incluso en los reinos thyranios puedan darse tales barbaridades.
~ Eso es porque tu vivías en Enmyria, si hubieras nacido en Thyrania comprenderías un poco más porque... Son como son... - terminó Altyriz.
Alra notó que hasta entonces, todos los grupos habían caminado juntos hasta llegar a varias bocas en lo que parecía ser una colmena titánica.
De aquellas tinieblas se desprendía el hedor de mil cadáveres, un olor hórrido.
~ Como el aliento fétido del carroñero. - susurró Alra.
~ Altyriz, mira... - murmuró una de las piratas dirigiéndose a la lidereza.
La asyndane miró, junto a una de las bocas del laberinto estaban unas figuras inquietantes, los cadavéricos forajidos de Rysis. Altyriz, que hasta entonces había guardado la calma, no pudo evitar palidecer a la vista de aquellos seres.
~ Rysindens, lo que le faltaba al caldo... - dijo antes de escupir una maldición propia de forajidos bucaneros. - si esas hienas sarnosas se atraviesan ante nosotras tendremos serios problemas.
~ No parecen gran cosa. - murmuró Alra.
~ Tampoco las Liriélicas... Y mira a dónde has llegado. - terminó Altyriz.
Las piratas sabían que si Altyriz se ponía en guardia ante un rival era por serios motivos, en sus ciento cincuenta años, Altyriz había recorrido casi todo el continente de Enmyria por sus centros, había cruzado su sable con incontables razas, conocidas y olvidadas, civilizadas y bárbaras, portuarias y montañesas, y las piratas sabían que era cuestión de tiempo para que la Dama Alcyon le cediera la capitanía de uno de los galeones que formaban la flotilla de las Hijas del Mar. Por todo aquello que Alra ignoraba sabían que si Altyriz temía a aquellos seres era por algo, si había un sólo guerrero que la pirata temía más, ese eran los Zarkayden de la emperatriz Aglae, de hecho,  hasta donde la asyndane sabía, los Ryzindens anteriormente fueron Zarkaydens, aunque ignoraba el porqué del cambio físico tan terrible.
~ Entraremos en una de una de las cuevas y de ahí deberemos hallar una salida.
~ ¿Es todo? - preguntó Alra como quien pidiera más directrices.
~ Si, y sobrevivir al resto de dementes que entrarán y lo que pueda habitar ahí.

Alra asintió, aquello era obvio, al ir tantas guerreras era obvio que habría choques, guerras e incluso cacerías ahí dentro. Una parte suya tembló de emoción ante la perspectiva de matar thyranias y enmyrias por igual. Ya no pertenecía a ningún ejercito, por primera vez, tembló de emoción al saber que pelearía por sí misma. Por sus convicciones y creencias, pero sobre todo, por justicia, no para otros, sino para sí.

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