jueves, 9 de abril de 2015

Vida, Obra y Milagros de Santa Crucifixia Cultellus

VIDA OBRA Y MILAGROS DE SANTA CRUCIFIXIA CULTELLOS
Por: Franco Misaél Sánchez Díaz
(BAAL FAUSTO ARAMIZAÉL KURIOZ)

  
Libro Uno - Violentos Actos de Belleza


~ I ~ 


Crucifixia Cultellus era una joven hermosa y de virtud reconocida que jamás faltaba a ningún oficio mayor de la iglesia, siempre estaba lista para los sermones que los sacerdotes solían declamar para evitar que sus fieles se desviasen de la senda que los llevaría Hacia El Que Mora en las Alturas.

La joven pelirroja de delicadas facciones y hechiceros ojos verdes había quedado huérfana a edad muy temprana y, poseedora de una impresionante fortuna, era recatada en sus tratos, siendo más callada que un sepulcro acerca de sus asuntos personales. Su vida social era casi exclusivamente secular, salvo por el cargo de Baronesa de Cultellus debido al cual debía asistir a ejecuciones sumarias de herejes, bandidos, excomulgados, brujos, invertidos, poseídos y locos así como los ofensores de la corona, la frágil chica había visto innumerables y horrorosas muertes.

Pero, lejos de ser una carga insostenible, era un dulce deber para la cruel Baronesa, y era que Crucifixia encontraba de lo más inspiradoras las violentas ejecuciones, la chica había descubierto temprano que poseía las ardientes llamas del arte pulsantes en sus venas, de manera innata, Crucifixia combinaba colores y pigmentos, trazaba líneas curvas y rectas que en conjunto eran morbosas y execrables reproducciones impresionantemente realistas de colgados, desollados, decapitados, descuartizados, quemados y asados, asfixiados, desnucados, destazados y empalados reproducidos con una claridad y realismo escalofriantes.


Pero también había bustos que pintaban las expresiones más desgarradoras que el dolor pueda imprimirle a las facciones humanas, terribles y dementes historias, lúgubres y tétricos poemas necrológicos así como piezas musicales, Crucifixia también tocaba el violín, la guitarra y el órgano, prefiriendo las tétricas y monótonas pesadillas sonoras de este último que los de los dos primeros.

Obscuras, monstruosas y fúnebres piezas de endiablada cacofonía, desoladoras y malditas inundaban los silencios de la noche.

Pero esto a solas y en secreto, si la gente se enteraba de aquellas obras, de aquel arte tenebroso y blasfemo era seguro que terminaría en la hoguera o, en el mejor de los casos, en el manicomio de Rothsteins, único en el feudo.


Crucifixia razonaba que sus ars noires no eran producto de locura o posesión diabólica, solo una sensibilidad preternatural para lo lóbrego así como fácil inclinación hacia lo mórbidamente macabro, nada más alejado de la locura.


Pero había cosas que ni ella podía justificar, por ejemplo; sus viajes al cementerio, al principio solo para leer las lapidas e intentar descifrar las historias de aquellos que yacían bajo aquellas piedras antiguas; conocer sus misterios, sus tragedias, Crucifixia solía dejar volar su mente, enloquecidos y desoladores viajes de fantasías siniestras.


Hasta que, un día, descubrió una chica que contaba doce años siendo sepultada, Crucifixia miro la ceremonia, escucho el amargo llanto de los padres por su hija ahora entre ángeles, el conmovedor y dulce canto de los monjes de Nodens... Y lloro... Lloro por la muerta y por si misma pues imagino estar muerta y algo se descubrió ante Crucifixia, ella no andaba buscando tristezas en las lapidas del cementerio, "Ella buscaba su propia tumba".

Fue cuando supo que algo terrible le estaba ocurriendo a su mente.

~ II ~

Tras ese día, Crucifixia se dedicó a averiguar si alguna chica moría, cuando esto ocurría, pagaba fuertes sumas de oro a discreción a pérfidos y hábiles ayudantes para que estos ganapanes desenterrasen el cadáver fresco y lo llevasen al castillo donde la enloquecida Baronesa de Cultellus violaba los cuerpos en orgias de mutilación, sangre y hacia sus últimas fechas, necrofagia; pero si el muerto era algún viejo coronel retirado, una acaudalada viuda, un noble o incluso damas de sociedad especialmente mojigatas y estúpidas, era ella misma quien iba a desenterrar el cadáver personalmente y, tras abrir el terroso ataúd, se colocaba a horcajadas sobre el fardo y lo profanaba orinándolo y defecándolo, tras lo cual, colocaba el cadáver bocabajo y lo volvía a enterrar regresando riendo al castillo.


Lleno las criptas subterráneas de huesos, cadáveres e instrumentos de tortura, a la vez que inicio sus anotaciones de extrañas visiones y macabras vivencias en un siniestro y delirante diario.


De cuando en cuando, salía vestida como cargador, armada con un costal a los prados y bosques para secuestrar a las despistadas mozas que se encontrase, sometiéndolas primero, encostalándolas después para llevarlas al castillo Cultellus por un pasaje oculto que habría descubierto en su infancia.

Introducía a su víctima en su tenebrosa sala y la ataba a un lecho mortuorio engalanado de regio y lúgubre modo con telas negras delicados encajes y místicos velos; negros cirios alumbraban siniestramente aquel horrido cuadro.

Cuando la infeliz cautiva abría los ojos, lo primero que asaltaba su vista eran cuadros y más cuadros de ejecutados, cadáveres mutilados, cabezas en cestas y picas, cuerpos eviscerados, miembros atravesados en estacas, ahorcados, crucificados y ahogados por el fuego, todos descripciones realistas y sanguinarias de ejecutados en la rueda, aserrados, desgarrados con la metálica uña de gato, empalados; así, lograba horrorizar al extremo con aquellas inmóviles escenas de sadismo a sus víctimas que, degustando ya el nuevo horror, temblaban.


En una de las paredes de aquel tálamo nupcial infernal, abultados como sacos de poca monta, había, alineados, varios cadáveres amortajados y bien atados, a través del blanco impuro de las mortajas, se apreciaban manchas obscuras de sangre seca. Mas uno, y solo uno de aquellos bultos terribles se sacudía retorciéndose grotescamente a la vez que unos bizarros sonidos balbuceantes y asfixiados brotaban de aquella forma pesadillesca.


Crucifixia representaba entonces una de sus obras favoritas "ill mostro resurrecto", tras debatirse con los luctuosos arreos, aquella loca rompía las mortajas liberándose y arrojándose hacia el lecho y su horrorizada y semi enloquecida víctima.


Y al día siguiente, un nuevo cadáver se unía a la enferma colección de la insana baronesa, decenas de cadáveres y miríadas de huesos se amontonaban groseramente en varias Chambres del Criptorium de Cultellus, cruces hechas con tibias y alfileres, ganzúas, lancetas, anzuelos, martillos, hachas y cuencos eran trabajados artesanalmente por Crucifixia en la obscuridad subterránea de las húmedas criptas, a solas, a obscuras, sonriendo y trabajando artesanías en los huesos de las muertas...

~ III ~

En la soledad de las noches, Crucifixia Cultellus solía esparcir piezas de su colección macabra de osamentas por el bosque circundante al castillo, árboles centenarios bajo los que sepultaba huesos, cráneos, falanges.


Fue cuando los aldeanos comenzaron murmurar historias acerca de que el bosque de Cultellus estaba embrujado por animas solitarias y en pena, ruidos como llantos, risas, gritos, murmullos y dementes oraciones aterrorizaban a quien se atreviese a recorrer aquellos obscuros y agrestes parajes siniestros, nebulosos y hechizados.


Durante la época invernal, una neblina se posaba en aquellos territorios de Cultellus y entonces Crucifixia concedía tregua e invernaba también, sus locuras en los solitarios valles y cementerios paraban, no por su gusto, sino por el efecto de la congelación de la negra tierra que imposibilitaba abrir nuevas fosas que recibirían a s infaltables victimas invernales, había pues, que aguardar en la Chapelle del pueblo los ataúdes de los desgraciados que aguardarían insepultos la primavera, guardados en chambres especiales.


Crucifixia no podía llegar a ellas en este caso y debía contentarse con otros placeres igual de enfermos, ya que algunas pequeñas secuestradas o compradas acompañaban durante los rigores invernales, sobra decir que el acceso al Castillo Cultellus quedaba completamente bloqueado.
Crucifixia aguardaba por las muertas acompañada de aquellas almas condenadas y aterradas sometidas a muertes espeluznantes y dolorosas a manos duna demente, ni que decir de los horrores que debían soportar las pequeñas traumatizadas a niveles que ninguna psicología podía alcanzar.

La loca las sometía a sus enfermas obras, "ill mostro resurrecto" era su favorito, así, como cadáver amortajado, se arrastraba con los vendajes hechos ominosos girones, hacia la pequeña en turno, gimiendo como si sus cuerdas vocales estuviesen desgarradas, profería ruidos bajos y horridos, la actitud con la que representaba su papel de muerta revenida era tal que incluso el más valiente se habría amedrentado ante tan horrible visión.

Crucifixia era hermafrodita además de todo, siendo el sexo aparentemente dominante el femenino, pero de atributos masculinos dignos de un Príapo o de un Pan. Así, gimiendo y arrastrándose horriblemente, cubierta del rostro con vendas ensangrentadas subía al lecho, la víctima, atada en X en el tálamo solo gritaba paralizada de terror, gritando como si la vida le fuera en ello. Desnuda y traumada, asistente única al espectáculo de aquel ser que se enfilaba para desflorarla.

Habría que aplaudir la dedicación de Crucifixia de no ser por el propósito impuro que buscaba consumar, fingía tan bien estar apresada por los arreos luctuosos que cualquiera, en verdad pensaría que se trataba de un pútrido cadáver revenido, gimoteaste e idiota, se colocaba a rastras sobre la aullante y enloquecida chica y, poco a poco, de forma agónica y siempre gimiendo baja y ominosamente, desvirgaba brutalmente a la chica saboreando la sensación de su duro fuste aprisionado por el cálido cráter de lujuria de la víctima.

Al consumarse la penetración, la víctima estaba en tal estado que la demencia por horror era decir poco, no había definición para aquello, ocurría que las chicas (normalmente de trece a diecisiete) comenzaban, bien a reír, bien a llorar hasta desgarrarse la garganta a gritos, otras más entraban en trance cataléptico, estas eran las favoritas de la baronesa, las menos interesantes, se desmayaban.

Muchas de ellas orinaban, otras vomitaban y algunas hasta defecaban (a veces las tres cosas juntas) pero todas quedaban mentalmente marcadas por el hierro candente que era la lujuria de la Baronesa de Cultellus.

Bajo dichas circunstancias, la violación comenzaba, Crucifixia, como toda buena actriz, no abandonaba su papel, la invadía entonces un placer desmedido gracias a los gritos enloquecidos de las chicas, así como sentir su sable exprimido por las delicadas cuevas del deseo recién horadadas por fuerza, entonces, en vez de abandonarse al placer, continuaba la representación, gimiendo, comenzaba a moverse torpemente (en apariencia), pero cuidando clavarse más y más hondo en su víctima, con las piernas juntas, como si las hubiesen cosido una a otra, cual sirena de pesadilla y artificial y demente fruto de los ensueños de un perverso, y los brazos a la espalda cubierto por mangas de terciopelo negro dando así la impresión de no tener brazos, el rostro cubierto por un sudario y vendajes ensangrentados.

Eyaculaba entonces, profiriendo ruidos inhumanos, entrecortados y terribles. Ocurría a veces que al mirar a la pequeña, esta había muerto ya, de puro horror quizá. Las almas de aquellas inocentes no soportaban aquel horror y huían volando cual palomas a las manos de su benevolente creador, esto, lejos de incomodarla, la satisfacía, tenía un nuevo cadáver que agregar a su siniestra colección, si acaso Vivian, aún más perfecto aun, al día siguiente, tocaría otra obra que representar...

~ IV ~


Una de aquellas pobres e infelices victimas llego a soportar varios meses de aquel diabólico trato, meses en los que Crucifixia noto con emoción que había embarazado a la desdichada chica. No por esto recibió ningún tratamiento especial, solo fue arrojada violentamente en una sórdida y húmeda mazmorra donde vivió la reclusión prisionera en la que se convirtió su embarazo, tres veces por semana, Crucifixia la visitaba para evaluar el estado de aquella chica cuyo nombre cristiano era Jessica, esta, horrorizada por su situación y asqueada por llevar en sus entrañas una criatura engendrada por semejante bestia enloquecida, noto angustiada como su vientre iba creciendo, casi perdió el juicio al sentir las patadas de aquel ser que ya se le antojaba un monstruo.

Hay que decir que, a pesar de vivir en una obscura mazmorra desprovista de luz natural, húmeda y fría, contaba con abrigadoras mantas y carne deliciosa y finamente preparada tres veces al día, Crucifixia la cebaba bien con la carne de las muertas.

¿Por qué no se suicidó pese a su horrible situación? Guardaba la ilusión de escapar, de volver a su hogar, de deshacerse de la criatura que llevaba en el vientre creciendo día con día, urdió el modo de perderlo matándose de hambre, pero el olor de la carne guisada era tal que al tercer día de su huelga de hambre, aquella chica vejada, violada y embarazada cedió a la tentación convirtiéndose en caníbal al comer un humeante y jugoso bistec de muslo con papas hervidas y salsa de tomatillo.

Crucifixia la miro devorar golosamente aquel trozo de carne masturbándose con la cabeza del cuerpo cuya esclava devoraba con hambre atroz desde un punto oculto en la pared.

Y durante días, meses; Crucifixia siguió disfrutando de todas las hediondas e impuras bajezas a las que su cada vez más desviado espíritu la guiaba, vicios y depravaciones de lo más variopintas y herméticas.

Pero el hecho de no poder entregarse a dichos excesos abiertamente era una cruz, una pesada cruz que hacia mella. Era una loca pervertida en privado y en público, una mojigata insufrible, pero no podía hacer nada, notaba con mayor indiferencia que caía en excesos cada vez más violentos y blasfemos.

Hasta que opto por viajar, lejos, hacia otros feudos, en busca de nuevas y feroces emociones, desconocida en medio de un mar de gente, robaba y defraudaba a quien pudiese y no dudaba en asesinar para salir impune, daba igual si eran unas monedas a una campesina incauta y recién llegada a la Citté o centenarias heredades a algún noble arruinado. Tal tacto desarrollo su metódico arte diabólico de engañar, entonces, desaparecía ocultándose nuevamente en el feudo de las Cuatro Cruces.

Su forma de callar las murmuraciones y rumores también era igual de brutal, sangriento y definitivo, todo por silenciar las amenazas o sospechas, reales o supuestas de la paranoica Baronesa de Cultellus. 

~ V ~


Crucifixia Cultellus a menudo solía estrangular a sus víctimas con sus propias manos, desaparecía durante días completos hasta reaparecer, magnánima y esplendorosa, pagada de si, era capaz de valerse solo de sus hurtos para no tocar su ya impresionante riqueza.

Y entonces, en otra de sus propiedades cambio la virtud, virginidad y delicadeza de sus primeras víctimas por los peores vicios de meretrices, charlatanas, rateras, expatriadas y excomulgadas así como todo tipo de escoria como acompañantes invernales, siempre en busca de nuevos lugares inaccesibles por la nieve, niebla y obscuridad en el valle Glaricardi, propiedad también suya.

Ahí solía trazar horrores más terribles que los de los primeros para "castigar" a aquellas infelices que se veían sometidas a la insania.

Reducidas a simples muñecas desechables, aquellas vividoras y elegantes ninfas eran inducidas en horrores que les arrancaban alaridos animales a sus delicados y anteriormente orgullosos pechos, arpías de las más sucias letrinas de la sociedad citadina.

En primavera regresaba a la civilización, sobra decir que ninguna de sus acompañantes solía regresar de aquellas heredades, Crucifixia Cultellus se volvía entonces una insufrible beata, fática y neurótica que abogaba por las buenas conciencias, las costumbres rectas y el recato.

Su catarsis invernal solía purgarla temporalmente de sus Demonios Nocturnos, así, los nueve meses restantes, se las arreglaba como podía de maravilla, frecuentando iglesias, ejecuciones, reuniones de caridad y ayuda a casas de socorro, hospitales, asilos y manicomios, así como orfanatos y apoyando a viudas desamparadas, asistiendo devota y fervientemente a misas gregorianas en las ocasiones de difunto y mandando decir oficios especiales por cuenta propia para el occiso, ganándose entre los sencillos pueblerinos de su feudo el título de santa.

Todo esto mientras perseguía con autentico fanatismo religioso encarnizado a sus demonios tentadores personales, las sirenas terribles que la atraían a cada paso de su existencia; prostitutas y lesbianas.

Crucifixia no se daba cuenta de que, mientras arengaba a las buenas conciencias acerca de la necesidad de liberarse y liberar a los retoños de aquellas hierbas salvajes que amenazaba a todos con libertinaje, enfermedades e inmoralidad, que sus pasos trémulos pero continuos al infierno eran guiados por algo siniestro, como si de una marioneta poseída y demente se tratase
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Libro Dos - Escenas Insanas en la Noche Arcana 

~ I ~ 


Crucifixia se entretenía mansamente en escribir un poema lúgubre una lluviosa tarde, había asistido a Messe Vesperia y su corazón aun vibraba por las notas del Hymnen die Lemyriz, su imaginación, exaltada, comenzó a trabajar y verter sus ocurrencias en cuanto volvió a la soledad tan amada del castillo Cultellus.

Durante la Messe, la baronesa había robado el pañuelo de una preciosa y madura duquesa, Ifigenia Crudelis, gran señora que había sido su fantasía desde que tuvo los primeros instintos de lujuria en su cuerpo.

Gran amiga de los padres de Crucifixia, ocasionalmente solía vitarlos y, durante estas ocasionales reuniones, Crucifixia alimentaba sus desquiciadas fantasías.

Olisqueo el pañuelo robado en la intimidad umbrosa de su negro carruaje, la fragancia era madura y elegante, la Baronesa comenzó a experimentar una delicada erección al imaginar el enervante y salvaje aroma a mujer que dicha esencia enmascaraba, y que Crucifixia solía soñar ocasionalmente.

De qué modo tan ardiente anhelaba visitarla como antaño, cuando acompañaba a su madre al castillo de Crudelis, y mirarla de pies a cabeza, soñando, delineando ensueños eróticos e imaginando las delicadas prendas íntimas que aquella madura beldad podría poseer.

Pero desde que sus padre murieran, solo la había visto en la Chapelle, sabía que de pedirle una cita, la mujer no se la negaría, pero temía no poder controlarse, sabía que si ahora, tantos años después, se veía encerrada con Ifigenia en la misma habitación, no podría controlarse, enloquecería y la violaría como jamás había violado a nadie.

Pero aquel día, Ifigenia Crudelis, al verla conmovida con el canto dulce y doloroso de las sóror sui excidium, sacerdotisas encapuchadas que le cantaban a la muerte, se acercó a Crucifixia y la atrajo a su cuerpo y apoyo en su delicado y pálido hombro, los ojos de Crucifixia se clavaron en el escote y más directamente en los pechos maravillosos que se ocultaban bajo velos y encajes, erecta como un sátiro en primavera y desencajada, con la mente cual araña venenosa y desesperada, tejiendo redes de fantasías obscuras y tenebrosas, Crucifixia solo alcanzo a acariciarle las caderas magnificas por sobre el vestido.

Nada más al llegar al castillo Cultellus se encerró en su chambre noir, ahí, en la obscuridad, derramo su esperma tumefacto y mefítico en tres ocasiones seguidas, al principio, fantaseando con Ifigenia, soñando poseerla sobre el altar mayor de la Chapelle mientras el pueblo entero asistían al rituale sanctus, eyaculo imaginando los jadeos de su ninfa sofocados por los canticos romanos y los rezos latinos de los asistentes.

Su segunda petite morte llego recordando el funeral de su madre, a Ifigenia abrazándola, su calor, su olor; esa misma noche, en las salitrosas, obscuras y frías catacumbas espectrales de Cultellus, la desquiciada Baronesa transfiguro el cuerpo y la carne del cadáver de su madre por los de su tan deseada Ifigenia Crudelis.

Aquel día lejano, encerrada en un claustrofóbico y húmedo osario a bastante profundidad en el subsuelo de Cultellus, bajo lo que ella creía su chambre de juegos, la Baronesa Crucifixia Cultellus lleno de cálido licor vital en la helada vulva de la anterior Baronesa.

Estallo de placer al recordar aquel maravilloso día.

El tercer orgasmo de Crucifixia llego al imaginarse violando a su preciosa Ifigenia en un lúgubre féretro que habría de servirles de lecho nupcial durante el oficio de difuntos, "da pacem, domine" seria su balada de amor; mientras ella, jadeante y sudorosa, concentrando sus furicos ataques contra la muerta, el sarcófago rechinando, amenazando con destrozarse por tan fiera copula; los cirios funerales, los fúnebres lirios, albos y fragantes los dolientes orando y sollozando por la pérdida de tan encantador ángel, Crucifixia lanzo una horripilante blasfemia al momento de descargar otra vez las muestras de su virilidad.

Sollozando de placer, con lágrimas en los ojos corriéndole por las sienes, recostada en su lecho de finas sabanas, la Baronesa Crucifixia Cultellus tomo una determinación terrible... Secuestrar, violar, matar y devorar a Ifigenia... Pero... ¿En qué orden hacer tales cosas?

~ II ~ 


Crucifixia rebusco durante días entre sus libros, grimorios prohibidos confiscados por su guardia a brujos y hechiceros, a simbolistas y alquimistas, libros ancestrales y robados, saqueados de librerías de nigromantes y comprados a callados, bizarros y obscuros personajes de todas las nacionalidades. Anticuarios orientales, traficantes de obras prohibidas y libros innombrables, obras de saberes arcanos salvados de las mismas llamas inquisitoriales que la misma Crucifixia habría hecho arder con sus largas peroratas intolerantes y fanáticas en las que se describían todo tipo de aberraciones y brujerías.

Pero fue un traficante de esclavos el que le dio las respuestas a sus enfermas fantasías y ansias desquiciadas, una receta que le costó algunos barriles de oro a cambio de saberes prohibidos y espantosos, pero Crucifixia sabía que el oro aflojaba los tornillos de cualquier cerradura, real o supuesta.

Así, con la receta terrible hubo de ser sometida a prueba por varios métodos antes de realizar sus sueños, necesitaba examinar las formulas y esto, lejos de frustrarla, la excitaba, se divertiría averiguándolo, aunque aquello debía de ser llevado a cabo en circunstancias aún más herméticas que las de sus habituales correrías.

Con bastante dificultad, Crucifixia consiguió todos los ingredientes para sus horribles experimentos pese al estrambótico origen o calidad de estos.

"De una tumba -rezaba la formula. - se extrae el cadáver de un niño y se le rompe el cráneo. Los trozos del cadáver roto se mezclan con los trozos de dos lagartos secos y el esqueleto de un sapo que tendrá amarrada una pata con una serpiente de mar ponzoñosa, al sapo y a la serpiente se les habrá encerrado en un cuenco de ónix y obsidiana con los símbolos de los señores de la muerte, los infiernos y cementerios. Este para que el sapo antes de ser sacrificado, tenga un veneno aún más potente, todo se tritura hasta que todo en conjunto se reduce a una finísima arenilla que deberá darse de alimento y bebida a la futura esclava."

"Cuando esta haya fenecido, se visitara el cementerio en las horas más obscuras de la noche y, ante la tumba de la víctima se reza al Emperador de los Helados Cementerios, Leichenhaus, Criptorium, Panteones y Osarios, el obscuro Nodens, se quemara una ofrenda de hierbas de Mashu y Mandrágora con violetas así como inciensos de aromas fríos y con decisión se invoca al difunto"

"Te llamo, ser muerto... Responde... Os llamo, seres vivos... Y no responden... A mí, los muertos del cementerio... Espectros que vagan en la obscuridad"

Crucifixia ensayo durante días la formula mientras reclutaba conejillas de indias humanas comprándolas al Thuranio esclavista que solía venderle hermosos donceles, doncellas delicadas y malvivientes para sus soirée; compro tres vírgenes de Delios y decidió dar, primero rienda suelta a sus caprichos carnales antes de experimentar las formulas.

~ III ~


Ana Estía fue su primera víctima para probar, el traficante de esclavos le había dicho que la formula exigía refinamiento y exactitud ya que el menor error del ejecutante podía resultar, en algunos casos, terrible.

Siete largas y dolorosas horas de salvajes violaciones, golpes, torturas y maltratos duro el suplicio a la infeliz, tras las cuales, Ana expiraba en la pestilente obscuridad de las mazmorras al ser pinchada con un alfiler cargado del poderoso veneno, los ojos de la desdichada enrojecieron espantosamente, la boca lanzaba espumarajos de una baba espesa y blanquecina, segundos después, quedaba inmóvil. Crucifixia miro sonriendo enloquecida el cadáver de Ana que aún se sacudía ocasionalmente.

Bastante efectivo, pensó, pero esperaría los efectos posteriores, el esclavista Thuranio le había advertido que las desdichadas que perecían bajo aquel método volverían a la vida para ser sus esclavas perfectas y dóciles.

Guardo el cadáver durante la espera, violándolo ocasionalmente, hasta que comenzó a dar claras muestras de putrefacción, entonces llego el momento de deshacerse del fardo defenestrándolo sin más ceremonia al foso que rodeaba el castillo Cultellus, muchas de sus efímeras y forzadas amantes terminaban con sus huesos en el fondo de aquella marisma pútrida, negra y de pestilente hedor.

Y ahí termino Ana Estiria, nadie vio su cuerpo caer defenestrado desde la alta torre cual cometa necrótico hasta las profundidades del foso, tampoco nadie escucho el horrido chapoteo cuando al fin, cual sirena de pesadilla se zambullo en aquel lago de corrupción.

Crucifixia ajusto la dosis y procedió a envenenar la sangre de su próxima víctima; Luz Templaria, esta tardo aún más en morir, altísimas fiebres casi le derritieron el cerebro dentro del cráneo a la vez que divagaba en delirios de muerte e insania.

La Baronesa Cultellus paso la noche con la última de sus tres conejillos de indias mientras aguardaba el deceso total e inevitable de Luz Templaria, esa noche, Crucifixia roncaba desnuda y ebria de vino y violencia sobre el golpeado y desmayado cuerpo de María Dragontea, la última de sus esclavas, así que no escucho el ominoso sonido de la marisma al ser revuelta por unas manos de pesadilla en agónica lucha.

Al día siguiente, domingo, Crucifixia encerró a María en una mazmorra mientras esta aún estaba desmayada a causa de los golpes de la velada anterior, y dejo a Luz delirando encadenada al lecho de muerte mientras ella, arreglada y cargada de velos vestales y luctuosos, tomaba su carruaje e iba como siempre a escuchar misa réquiem en el pueblo.

El oficio se retrasó casi una hora durante la cual pudo convivir con su musa, la dulce Ifigenia, además de enterarse de algo que le helo la sangre, al parecer la noche anterior se habían escuchado chillidos horrorosos que salían de cierta casa a media legua del castillo Cultellus, una familia de tala montes había sido descubierta aquella mañana asesinada de un modo salvaje y enigmático.

Escucho con toda la frialdad que pudo, los detalles del macabro hallazgo; dos hombres, padre e hijo respectivamente, habían sido hallados muertos a cincuenta pasos de la humilde morada, los cadáveres habían sido mutilados con rabia animal, parcialmente devorados, algunos aldeanos culparon a los lobos que merodeaban el bosque de Cuatro Cruces.

Pero otros detalles inquietantes invitaban a especulaciones fantásticas y terroríficas. Crucifixia tembló al pensar en Ana Estiria.

~ IV ~


Crucifixia Cultellus cenaba tranquilamente en el más elegante de sus aposentos, sus albas, largas y cuidadas manos manejaban con habilidad natural los cubiertos, la porcelana resonaba con los cortes que daba a su jugoso filete, tenía la mirada fija en un punto de ningún lado, una arpista interpretaba sujeta a su instrumento con cadenas y grilletes de oro puro y resplandeciente, cirios mortuorios y fragantes racimos de lirios llenaban la estancia, sutil penumbra de satinados velos y mantos con estandartes y pasajes bíblicos.
La Baronesa bebió un trago de fragante vino lomariano de un cáliz de oro que había robado por puro placer de la Chapelle.
Sus ojos fijos resplandecían, a la luz de las ligeras brasas de inciensos, distribuidos en el recinto, una doncella vestida de largo traje en negro y blanco de unos doce años apareció con una charola con el segundo plato, faisán shemita con azafrán del desierto.
Crucifixia se limpió la comisura de los labios con una fina servilleta donde, bordado con hilo de oro brillaban sus iniciales.
Mostraba la misma frialdad que cuando escucho los detalles de muerte de la familia tala montes.
"Dos hombres, padre e hijo respectivamente habían sido hallados muertos a cincuenta pasos de la humilde morada, marcas pequeñas de dientes negaban la hipótesis del lobo, aunque las mandíbulas si podían desgarrar piel y musculo con presión salvaje.
Por cierto que madre y nuera aparecieron en la casa, algunas partes desperdigadas en una de las recamaras y otras más desperdigadas en el patio y, finalmente, otras partes no fueron encontradas.
Crucifixia paladeo un trozo de faisán y lo degusto con placer imaginando lo que el horror caníbal habría hecho con los trozos faltantes.
Además, los lobos se llevaban todo el cadáver, no solo trozos, sino los cuerpos completos.
Esbozo una sonrisa infernal mientras su mirada demente se centraba en aquello que imaginaba era la cosa que se paseaba en la obscuridad.
Limpio sus labios luego de que terminase de beber la copa de vino, vertió un poco mientras miraba desapasionadamente el pastel vienes helado que le servían en una copita.
Lo comió en silencio pensando en su aventura nocturna.

Las noticias de la bestia de cuatro cruces se expandieron, a medida que el cielo se oscurecía, el horror había aumentado a una quincena de víctimas, tres desaparecidos y una mancha de caos que aumentaba con el paso de las horas, era como si, en lugar de satisfacerse con tanta carnicería, este reguero de sangre solo la incitara más.
Mientras Crucifixia cenaba y urdía horrores, seis monjes obscuros, devotos al dios obscuro Ísdelis, el benévolo dios de la melancolía, guardianes de los conocimientos siniestros, seis hombres santos que estudiaban y traducían los textos más arcanos y prohibidos sin arredrarse o dejarse arrastrar por el abismo, seis fieles guerreros que bajo sus hábitos monacales portaban negras armaduras de escamas entretejidas, que portaban sablones, misericordias, y dagas, que conocían el arte de torturar herejes y demonios de los más perversos y siniestros pozos se congregaban.
Una vela de cebo chisporroteaba mientras el fratellum Valeria, superior de la orden leía ante los viandantes el oráculo de los Maleficios, escrito hacia la primera crucifixión, un libro considerado el más negro y terrible.
El resto de los hermanos inclinaba las cabezas encapuchadas en los viejos hábitos polvosos y negros sobre un mendrugo de pan desecho en una incipiente sopa de cebollín y alubia sembrada por los mismos fratellum en la humilde parcela, unos vasos de madera contenían un tercio de vino de uva con agua, para su cena.
Oraban y meditaban en silencio escuchando el suave murmullo que era la voz aterciopelada del prior, este, hablaba con suavidad y serenidad rezando los ensalmos perversos y demencialmente heréticos que contenía aquel volumen execrable y condenado.
Termino y los restantes fratellum respondieron al unísono el "Grattes Dei, Amen".
Cenaron en silencio, el versículo había rezado acerca de los símbolos de la llegada del siervo de él que no debió ser liberado, un mensajero de las tiniebla primigenia que existía ya cuando Ísdelis, dios del bajo mundo confronto al que mora en las alturas.
Luz y sombra temblaban ante el nombre del siniestro, la luz y el día tienen orden y razón, tiempo y espacio, pero el innominado no poseía mas ley que la del caos, la lógica de la pesadilla y el orden de exterminio absoluto, era el caos devorándolo todo solo por placer, capricho o locura.
Y los símbolos se habían confabulado en señales de muerte y caos, y ahora, uno de los siniestros engendros de Tindalos se arrastraba en los bosques de Cuatro Cruces, cerca de Cultellus.
Y era el deber de los hermanos detener al enviado del abismo... El mundo tenebroso abría sus fauces y amenazaban devorarlos a todos, al lado de sus platos viejos descansaba una larga misericordia puntiaguda cuya empuñadora era un Crucifixia de bronce bendito y antiguo, era la daga de la Aceptación, los seis usarían su habilidad guerrera y su fe en la sabia tiniebla guiadora para vencer a la pestilencia que se arrastraba por la obscuridad, comían en silencio, decididos, preparándose para vencer o morir por su fe, sabían que el Engendro de Tindalos era la punta del hilo de Ariadna que los llevaría hasta el mismo Minotauro, el que conjuro al sonriente ángel obscuro de Tindalos que andaba devorándolo todo.
Oraban en su alma para que Ísdelis los acompañase en su viaje por el abismo y que uno de ellos, aunque fuese uno, poseyera la voluntad, fortaleza y fe para acabar al conjurador brujería que podría, de no ser detenido, llevar al mismo Dies Irae al mundo entero.


~ V ~


Crucifixia pensaba, refugiada en la oscuridad de su cámara en las huellas de lucha, en los arañazos en las ventanas, en los rastros sangrientos en la puerta, algunos muebles de la choza de los tala montes yacían rotos y volcados por todo el lugar.
Y el rojo metálico de la sangre coagulada violándolo todo obscenamente.
Una bestia, brutal y poderosa como para asesinar a dos fornidos leñadores y destripar, repartiendo por todas partes a las mujeres se éstos sin más armas que uñas y dientes.
Un monstruo antropófago, de gran apetito y ciego de rabia idiota andaba por la comarca de Cuatro Cruces. Demonios dementes y horridas fieras pestilentes estaban dejando huellas de su presencia maldita.
La campana de la Chapelle de Cultellus llamaba a difuntos, el broncíneo repiqueteo metálico cimbraba las calles de Cuatro Cruces cuál titánico llamado fúnebre.
Crucifixia, extasiada y muda de asombro, escuchó los cuchicheos bajos y morbosos que ilustraban, piadosa y ominosamente qué trozo faltaba a cuál cuerpo, cuál de las mujeres habría sido más canibalizada de la otra, o cuál de los hombres tenía el rostro más desencajado por el terror y agonía.
¿Sería posible que la afable, dulce y callada Ana Estía pudiera haber sufrido tanto su experiencia en los infiernos que habría cambiado tanto?
Ya no era la mujerzuela tonta que habría comprado por unas monedas, era una apocalíptica sacerdotisa del abismo, deforme y hambrienta, feligrés de lo tenebroso.
Asesina necrófaga.
Recordó que entre los salvajes que habitaban lejos, en lo agreste del bosque profundo hablaban de una maldición, el tacto de un demonio que volvía un ser antropófago a cualquiera que tocase, un horror para el cuál, aquellos misteriosos nómadas morenos de pelo hirsuto, largo y negro como el ala de cuervo lo llamaban de muchos modos.
Pero la Baronesa Cultellus sabía quién era aquella bestia, era el Diablo, y ahora volvía a caminar en los bosques, Crucifixia lo había soltado dentro del cuerpo vejado y roto de una muerta que habría sido abandonado en un mefítico miasma de putrefacción acompañada de docenas de cuerpos corruptos.
Ana Estigia...
La Messe dio inicio, allí, delante de los fieles devotos de la Iglesia de la Hermandad Milenarista se encontraban cuatro improvisados y resinosos ataúdes. Pobres y mal armados.
La Baronesa de Cultellus pensó que no encajaban en absoluto con lo demás, el opulento y brillante oro y el albo y puro marfil del altare no encajaban en lo más mínimo. La caoba barnizada de las bancas miraban con indiferencia aquellos despojos murmurando con sus acojinados reclinatorios satinados y mullidos, tal como los feligreses mirarían a los ocupantes de aquellos sarcófagos primitivos, humildes y de madera incierta, con morbo, lástima, incomodidad o indiferencia... Todos los mirarían así, Excepto Crucifixia.
La noble se estremeció al notar que no podía quitar la vista de los ataúdes, tuvo una erección dolorosamente agradable al imaginar los destrozados y pútridos caracteres desintegrándose en su interior.
Crucifixia se preguntó por la integridad de su vasallaje, conocía a las grandes familias nobles de su feudo y hasta de los alrededores, sabía también que los siervos y campesinos no eran afectos a los tala montes que saqueaban sus tierras y cazaban sus presas, pero si no detenía aquello que andaba suelto por Cuatro Cruces pronto habría preguntas, y lo que más temía Crucifixia, investigaciones.
De las dos ramas del Milenarismos, la de mayor poder era la de los Dolias Hymenaios, la que oficiaba, la que amasaba fortunas y resguardaba al estado feudal, la que daba y quitaba nobleza, la rama de los Inquirentes, caballeros monjes que castigaban las herejías con la muerte y la execrable tortura.
La otra rama era la que rendía culto al tenebroso y semi pagano ísdelis, el siniestro opositor de Dolia, el resplandeciente.
Éstos fieles sucios y desarrapados eran poco más que mendigos anacoretas medio locos que se dedicaban más a la profecía que a la evangelización y de los cuales se contaba que podían emular los milagros de los Dolia.
Sólo que ellos, los discipulos de Nodens solían llamar aquellos Milagros como Maleficios.
De ellos, Crucifixia pensaba que podía liberarse sino a corto, sí a mediano plazo de éstos eremitas pordioseros que habitaban en cuevas. Torció el labio, Dios sabía que aquellos monjes apenas se habían mantenido apenas por encima de los salvajes de mares lejanos que le rezaban a piedras encendiéndoles incienso en urnas emplumadas.
Podía acusarlos de algo, incluso de esto, pero debía irse con tiento. Aunque no sería fácil, Crucifixia sabía que los Dolia dejaban que los discípulos de Ísdelis practicaran sus brujerías y que incluso predicasen su herejías, no lo entendía, solo había podido saber que ambas ramas debían existir, era un equilibrio irrompible, así como Dolia no acabo con Nodens, solo lo exilio al abismal golfo del infierno.
Sacudió sus pensamientos de los monjes, el cántico la había hecho divagar de más, necesitaba saber.
Crucifixia sabía que debía ingeniárselas para averiguar si Ana, pestilente y poseída por demonios caníbales, había regresado de la corrupta fosa común.
Crucifixia salio a la noche de la villa obscura, se deslizo por varios callejones hasta llegar a una buhardilla escalonada secreta que había habilitado para los siniestros menesteres que solía emprender en ocasiones.

~ VI ~

La noche dejó caer su monto de niebla y sombras en Cuatro Cruces, Crucifixia, vestida como vagabunda harapienta se mezclaba en las tinieblas brumosas del cementerio donde las víctimas destrozadas por la revenida reposaban al fin.
Avanzaba soltando acompasados jadeos ya que recién había fumado una mezcla estimulante de hierbas mientras aguardaba la media noche.
La lóbrega soledad del panteón desierto brillaba bajo la luz de la luna llena mientras, entre los árboles del bosque cercano aullaban con lamentos de presagio. La baronesa escuchaba con ansiedad y emoción la canción del viento en los árboles, y, a lo lejos, un ruido más incierto. Un rumor ajeno a la voz del viento.
Al poco, un tenebroso lloriqueo que provenía del viejo camino que conducía a lo alto de una montaña seguido por un pesado arrastrar de pies, Crucifixia se ocultó tras una lápida en una encrucijada en los asimétricos cuadros de las tumbas. Oculta así, contempló al ser bajo la luz de la luna plateada y llena.
De la obscura blasfemia con ojos amarillentos y refulgentes brotaba un murmullo bajo y ominoso, un incesante mascullar de voces huecas, roncas y cavernosas, guturalmente ajena al timbre humano y tan parecida al gruñido de una fiera o al batir de alas de cientos de moscardones.
El murmullo de los demonios bullendo bajo la piel del poseído.
Los ojos del ente eran dos mínimos pero resplandecientes tizones amarillentos surcados por fosfóricos arabescos rojo sangre en la improbable cabeza. Un hedor a cadáveres hizo estremecer las fosas nasales de Crucifixia con placer, negra pez escurría de aquél espanto semi descarnado hasta el barro del camino.
Crucifixia sonreía sardónicamente, sus ojos despedían un brillo inhumano mientras de sus labios contraídos y los blancos dientes brotaba un cristalino hilillo de saliva escurriéndole por la barbilla, el cuerpo tenso y listo para el ataque, un temblor sacudiéndole las manos húmedas de sudor adrenalizado, más, al tocar las empuñaduras de madera de los pistolettes que había portado al cinto, se tornaron recias y seguras, como si fuesen una especie de milagrosa reliquia contra demonios.
Con mano ahora firme, Crucifixia miró los brillantes tizones resplandecientes en las cuencas del ser.
Algo ocurrió entonces, los pensamientos de Crucifixia y los del ente se volvieron uno, convergiendo en una negra corriente aqueróntica y letal.
Aquello no era Ana, en absoluto, era una entidad vieja y tan inhumana como los bosques inmemoriales que vigilaban Cuatro Cruces desde antes de la colonización e incluso aún antes de la llegada de los salvajes nativos que le rendían pleitesía a deidades paganas y antiguas también.
Quizás era una deidad aqueróntica y arcana de aquellas la que habría poseído a la infortunada mártir.
Una sola visión bastó para mostrarle el horrible ritual de Resurrección Verdadera.
Un Erial maldito por el tacto de un Dios Pagano.
Apuntó al extraño ser tambaleante y soltó dos detonaciones seguidas que alcanzaron la cabeza del ente, ésta se destrozó al impacto, la criatura entonces se desplomó convulsionando espantosamente sobre el barro.
Un hedor aún más terrible impregnó la noche, del torso sin cabeza brotaba, como de corrupto manantial una asquerosidad negra con coágulos purpúreos que Crucifixia supuso que le serviría de sangre.
Algunos minutos después, otras dos detonaciones atronaron fustigando la noche.
Crucifixia, babeante se internó en el bosque inmemorial, decidida a buscar las espirales pétreas arrastrando de los pies flácidos a Ana, ahora muerta definitivamente.
Su mente ardía con ensoñaciones extrañas nacidas por la creciente intoxicación a causa de la pestilencia purpúrea que Ana supuraba por el cuello.
Nadie sabe a decir verdad qué ocurrió aquella noche, bajo las estrellas, en lo más profundo del bosque milenario.
Solo se sabe que llegó hasta una solitaria casita, a la luz de un candelabro, Crucifixia, enloquecida por una extrema hambre animal de carne humana, sedienta de sangre y violencia, la Baronesa se introdujo de una patada abriendo violentamente la puerta. Al poco, unos berridos horripilantes comenzaron a salir de la choza junto con un crujir de huesos y muebles que evidenciaba el frenesí alimenticio que tenía lugar ahí.

Libro Tres - El Claustro de los Susurros del Viento en los árboles


~ I ~


Los sueños de la Baronesa Cultellus se tornaron más salvajes e incomprensibles. En ellos, Crucifixia corría por bosques densos y sombríos de oscuro verdor.
Se adentraba por veredas tortuosas y estrechas para salir en amplios senderos de rocas, grava y arenilla en las que sus pies sacaban crujidos de aquél suelo tan extraño.
Su carrera iba acompañada de lejanos e hipnóticos tam-tams de ominosa profundidad y ancestral lejanía.
Crucifixia contempló su destino. La cima en forma de mesa de una montaña en lo profundo del bosque.
Y en la cima, la Baronesa de Cultellus fue instruida en los ritos siniestros de adoración al sin nombre.
Crucifixia solo recordaba unas pocas frases y, más en concreto, un título: El Vagabundo de los Vientos.
Crucifixia hizo construir entonces varios conventos e internados en las cercanías a la montaña en cuya dima estaba el Círculo de Invocación, así, se aseguraba de tener adoratrices potenciales para el antiquísimo culto que se estaba despertando y que gritaría por atención llegado el momento.
Mientras tanto, siguió perfeccionando sus métodos para crear bokores, para esto, hizo alzar un Castello de invierno en lo más profundo del bosque.
Varias decenas de chicas y efebos perecieron en los meses siguientes a la aventura nocturna de Crucifixia sin que nadie sospechase nada ya que siempre tenía el cuidado de que sus conejillos fuesen comprados discretamente al Thuranio esclavista, que por aquellos días había visto los mejores días en su negocio.
La Baronesa escuchó sonriendo aquella historia.
Resultó, por aquél entonces, que el corazón de la Iglesia había tenido un fuerte conflicto con otra religión de oriente. Habíase enviado Guerreros Santificados a esa tierra de infieles y, con éste telón de fondo, un joven mozuelo había ido de pueblo en pueblo, de provincia en provincia, predicando que un grupo de guerreros nunca conquistaría la Tierra Sagrada, que sólo los corazones puros de niños lograrían el milagro de reconquistar la joya del desierto.
Y era un pillo tan hábil, un beato bribón con tal fluidez de palabras y chapucera habilidad para embaucar al incauto que consiguió enrolar un ejército numeroso de niños y adolescentes entre campesinos, comerciantes, cocineros y pajes con el cuál, se decidió a embarcar rumbo a oriente.
Mal acabó la supuesta cruzada, un par de tunantes embaucó al bribón comprometiéndose a llevarlos a oriente a cambio de dispensiones celestiales varias. Gran sorpresa se llevó el paladín y su comitiva al ser cargados de cadenas, atados y azotados para ser después vendidos con diferentes fines.
Crucifixia asistió, a partir de entonces, a los oficios sin más fervor haciendo donativos a la causa, después de todo, de aquellos mesías autoproclamados, ciegos y confiados era de donde saldrían sus mejores especímenes para sus ejercicios culinarios, venéreos y culinarios.
Abrió escuelas y orfanatos, escuelas de canto gregoriano y hermoseó los atrios de templos, cementerios, parques e incluso sus propiedades de lúgubres representaciones de ángeles y santos en hieráticas poses de agonía, dolor o suplicio.
Crucifixia cuidaba que los artesanos pusieran especial énfasis en las estatuas, cuadros y relieves de mártires.
"El Martirio es el precio de la Salvación". Rezaría un grabado en la Chapelle Des Martyrs que se convirtió en la más asidua ya que ahí, el coro de las Vestales de Crucifixia interpretaba los Hymenaios religiosos con tal belleza y pulcritud que parecía que ángeles mismos interpretaban los sagrados cánticos seculares.
Así, la Baronesa Cultellus se ganó la admiración de todo Cuatro Cruces e incluso atrajo buenas miradas de parte de los altos Patris Ecclessia que, por sus donativos a la Iglesia le cedió un galardón sagrado; la Cruz de los Corazones Puros así como un títulus; el de Inquirente Mayor de Cuatro Cruces.
La insignia cruciforme de oro resplandecía bajo las ropas de la Baronesa, a su poder le aunaban otro más, ahora no sólo podía asistir a autos de fe de herejes y ejecuciones sumarias a criminales, a locos o endemoniados, sino que ahora podía incluso firmarlas.
Las cosas jamás habían pintado tan buenos colores en el horizonte de Crucifixia.


~ II ~


Crucifixia caminaba con un cirio funeral a través del tenebroso laberinto del Criptorium de Cultellus, tras meses de experimentar la fórmula comenzaba a obtener buenos frutos, al fin poseía la medida justa para crear desde Abominaciones recién fugadas del infierno hasta esclavas sumisas y devotas; ahora, antes de alcanzar el premio por el cuál se había lanzado en aquél culto antiguo, se le antojaba un interludio, Ifigenia le pertenecería en unos días más. Además, necesitaba ordenar sus ideas.
Dos meses antes había salido con la ocurrencia de ceder un gran territorio entre el círculo de piedras y su Castello de buena fe para que los ejecutados, suicidas, locos, parias y vagabundos desterrados así como meretrices y mujeres moralmente deshonradas fuesen sepultados lejos del suelo sagrado de las Chapelles, Pantheones y de las buenas conciencias, y qué mejor lugar que el bosque negro y pagano para aquello, ya de antaño, Crucifixia había sabido de gente que habíase retirado a las soledades verdosas del bosque para matarse o dejarse morir.
Muchos sabían aquello mas no lo comprendían, Crucifixia sí comprendía.
Los suicidad respondían a la triste voz del Vagabundo llamándolos desde lejos...
También hubo casos en los que algunas familias abandonaban a sus miembros más ancianos o más jóvenes en las entrañas del coloso de verde y negro en tiempos de hambruna y sequía.
Aquello sí le resultó intrigante, ¿Dejar una pieza de tamaño natural para los depredadores en vez de aprovecharla? La Baronesa supuso que ante aquella sociedad de antaño, el canibalismo sería aún más ímprobo, incluso aunque fuese para salvar la vida. Era preferible morir. Incluso el suicidio era aceptado, más el canibalismo jamás.
La Baronesa también supuso que, alguno que otro jefe de familia despidiera por la mañana a su anciano padre que se inmolaría en el bosque a fin de no ser más carga, volviera por la tarde con varios kilos de carne y solo.
Sí, podía haber mil y un prohibiciones pero siempre habría alguien que las transgrediría.
La única ley inviolada es la que aún no existe...
Y para aquél fin de semana, Crucifixia ansiaba dar una fiesta en honor a la Primma Donna venida del vecino ducado de Montesombra, la hermosa Festivalia Walpuria había dedicado un aria conmovedora y sensual durante Tinieblas a la Baronesa en la noche de San Jorge y la Baronesa deseaba obsequiarla con aquél derrame de lujo y opulencia.
Sobra decir que ambos temas, el del terreno y el de su soirée se entrelazaban.
Los ejecutados, suicidas, parias, desposeídos y excomulgados eran enviados a Cultellus, donde Crucifixia, ahora Primera Condenatríz del Reino de las Cuatro Cruces, execraba los despojos de los infelices, y gracias a un permiso expresado por el Archiduque de Vilend consiguió además, una licencia eclesiástica para condenar, abjurar y exorcizar los cadáveres que juzgase sospechosos de vampirismo, reanimación o posesión, Sobra decir que Crucifixia, feliz de aquello, solía oficiar obscuras ceremonias amparada por la licencia.
Despotricaba salvajes sermones blasfemos y feroces y fanáticas cantaletas a quien asistiera al Rito de Execración impuesto por ella. La voz de su desconocido daemonium guía la hacía oficiar aquella bizarra ceremonia los domingos a medianoche.
Tras dicho auto de fe, la Baronesa enviaba a los cadáveres profanos a las catacumbas donde un grupo de Zekkes dóciles y hábiles despojaban al cadáver de toda carne aprovechable, la adobaban con pimienta, sal y demás especias para enviarla directo a las cocinas de Cultellus donde, lo que antes fuese un ser humano era transmutado a toda clase de manjares exóticos y exquisitos, mientras los huesos, blancos y pelones (algunos hasta roídos por las impetuosas Zekkes) eran enterradas en el suelo maldito del cementerio de la colina.
Aunque algunos cadáveres más eran conservados, abiertos en canal para su posterior control de calidad, la hábil Baronesa era una carnicera experta, tras una breve examinada, las carneaba en varios cortes para cocinar las mejores partes y servirlas a los exigentes invitados en algunos de los tantos estilos que conocía, sobra decir que la respuesta de éstos eran solo halagos y parabienes por tal manjar de dioses.
Y para aquél día,  tenía una fiesta importante, Crucifixia debía lucirse.
Además de Festivalia, su anhelada Ifigenia también aparecería en le escena de aquél magnificente teatro para hipócritas, así que había mucho también por hacer.
Varios cocineros de toda la región fueron convocados, ahora, asistidos por pálidas y silenciosas pinches de cocinas mientras cocinaban los sospechosos trozos de carne en delicados y deliciosos platillos tanto regionales como extranjeros para alimentar a los cortesanos de Crucifixia, a sus damas de honor, amantes secretas y de silencio pagado, representantes de otros reinos y los altos y supremos clérigos de Cuatro Cruces.


~ III ~


En la penumbra de la negra mazmorra dentro de la cual había seis ataúdes baratos, pequeños y mal armados, dentro, las osamentas de varios ejecutados que aguardaban su traslado hacia la sucia morada eterna del cementerio profano.
- Huesos, ésta carne no será para las alimañas sepulcrales sino las seculares.
A los lados de la pétrea entrada a las mazmorras había dos huecos inquietantes, estrechos y con rocas filosas en su circunferencia exterior y base, ambos cerrados con barrotes gruesos de hierro oxidado por entre los que se asomaban largos y semidescarnadas falanges suplicantes.
De las entrañas de aquél pozo brotaban sollozos desesperados y ahogados; histéricas risitas enfermas y roncas; rezos sofocados y enrevesados; suplicas entrecortadas y sibilantes; oraciones proferidas por almas torturadas.
Siniestras rezanderas de ultratumba, obscuras y medias enloquecidas prisioneras en aquella claustrofóbica galería de horrores.
- ¡Cállense ya! - chilló agudamente la Baronesa.
- ¡Las privaste de su carne y vida! - sollozó una de las prisioneras. - ¡Déjanos rezar por ellas!
- Son ajusticiadas... - bufó Crucifixia. - ¡Yo misma las condené!
- ¡¡No eres nadie para condenarlas!!
Crucifixia se acercó al pozo-jaula rechinando los dientes, fúrica, encendió una tea que estaba sobre el pozo y rebuscó entre sus ropajes. Al poco sacó una caja pequeña y una llave de bronce, en la caja llevaba sus más queridos accesorios de belleza, unas fauces postizas y afiladas que le servían en sus momentos más frenéticos de rabia. Todos los colmillos de la dentadura postiza eran de fieras terribles, salvajes y carnívoras.
Se las colocó y con la llave abrió la reja que sellaba el pozo y, con mano poderosa, Crucifixia tomó de los cabellos a la prisionera y la sacó con rabia de aquél encierro, la infeliz tenía quebradas todas las articulaciones y mostraba una palidez que contaba historias de largos encierros.
- ¡¿Ves esto, insensata?! - espetó la Baronesa mostrándole a su cautiva una cruz enjoyada y estilizada con relieves primorosos y un brillo hipnótico. - ¡Es la Cruz de los Corazones Puros! ¡Esto dice que soy la Portavoz de Dios! ¡Así que si digo que a esas paganas meretrices están siendo violadas por demonios con atizadores al rojo vivo en las pozas infernales puedes tener seguro que así es!
Crucifixia estaba lívida, abrió las fauces llenas de colmillos y se lanzó contra la desvalida prisionera, los salvajes gruñidos y gritos de furia de la enloquecida Baronesa atronaron en la noche mientras devoraba a su desvalida víctima. Los berridos desquiciados y escalofriantes de la chica retumbaron por los corredores de las mazmorras de Cultellus.
Durante infinitos y agónicos minutos, el sonido de la carne al ser desgarrada de los huesos, el grotesco rascar de uñas, las suplicas, los gritos y sollozos, así como los sonidos de carroña, regurgitaciones y eructos obscenos de la Baronesa fuesen la sinfonía de réquiem de la prisionera.
Al final, la enloquecida Crucifixia, satisfecha y bañados de sangre salía de aquél lóbrego corredor. Caminó en la penumbra de aquél profano lugar de muerte hasta llegar a una de sus crípticas salas favorita. El triángulo rojo, un sitio diseñado para su blasfemo y morboso placer y entretenimiento, tres Zekkes bestializados y encadenados tiraban de sus bridas, luciendo dentelladas que Crucifixia les habría procurado.
Crucifixia solía usar fauces armadas con colmillos de varios tipos de especies animales salvajes, armada de ellas comenzaba a entregarse a excesos donde mezclaba el oscuro placer de la violación y el del canibalismo en sus más recientes Ars Noires.


~ IV ~


Varias Zekkes se concentraban resguardando la entrada a la cueva de provisiones, Crucifixia era especialmente delicada con estas cuestiones.
Examinó las canales colgadas de ganchos, había carne de sobra para su soirée nocturna; Crucifixia podía jactarse de que sus reuniones epicúreas eran verdaderos festines dionisíacos, regios licores y delicados vinos regaban los platillos, tanto típicos de la región de Cuatro Cruces, los exóticos platos orientales con sus místicas especias hasta los más novedosos y revolucionarios estilos de la buona e novelle cuisine diseñados en la urbanidad de la Citté. Todos preparados y sazonados con salsas exquisitas para deleitar a los cerdos epicúreos.
Examinó las canales y las halló magnas, listas para ser preparadas por las Zekkes asignadas como cocineras.
La Baronesa ya podía escuchar las alabanzas de los fratellum milenaristas convidados, sus condestables y alcaldes la ensalzarían por haber cedido el terreno de su Pantheon para el descanso de locos, suicidas, vagos, rateros, prostitutas, enemigos de estado, brujos, vampiros y demás procesados por hechicerías y prácticas paganas.
- Hice de los indeseables seres útiles a la sociedad... - chilló enloquecida y desencajada estallando en una incontenible risa demente y brujeríl.
En algunas marmitas sebosas y ennegrecidas por el hollín Crucifixia hervía las carnes de los desdichados ejecutados para ablandarlas y facilitar su separación del hueso, varios cuerpos más colgaban cabeza abajo de ganchos y cadenas rajados en canal.
Rejuvenecida y pagada de sí, Crucifixia salió al camino oculto hacia Cultellus, el sendero estaba en tinieblas, pero la Baronesa avanzaba con pie seguro entre los árboles y arbustos, sobre guijarros, marismas y troncos empantanados. Aquél aire vaporoso comenzó a marearla, las estrellas brillaban mirándola fríamente desde la lejanía, la miraban desde la obscuridad infinita.
Se congratuló  consigo misma mientras mentalmente detallaba los últimos estilizados arabescos rojos en su elegante fiesta caníbal.


~ V ~


Los carruajes elegantes y hermosamente estilizados iban siendo acomodados ordenadamente en el patio del Castello de la Baronesa Crucifixia Cultellus, Primma Condenatrix y mecenas de la Iglesia Milenarista. En dichos carruajes resplandecían áureos y plateados escudos señoriales de ilustre renombre. Concejales de las villas, príncipes vecinos, jueces de la Citté, voivodas del bajo oriente, nobles del norte, clérigos, obispos y superioras de la orden de Dolia y, por supuesto, los coros citaristas de la escuela de canto sacro que Crucifixia había levantado a golpes de su oro, la crema y nata del imperio. Desde el poderoso Condestable Autrée-Millé hasta la reputada cabeza de la familia más influyente del feudo; Adelaide Motrésors. Toda la nobleza se había personado en aquél cotillón.
La Baronesa Crucifixia Cultellus no cabía de felicidad, como había esperado e imaginado, todos alababan su selección del menú de aquella noche y, con buena curiosidad, la inquirían acerca de la exótica, dulce y delicada carne y el porqué de tan inigualable sabor, sonriendo, Crucifixia les prometía enviarles cortes selectos d aquella carne a las propiedades de los curiosos, ya que ella la obtenía de habilidosos aunque arruinados matarifes a los que Crucifixia solía apoyar ocasionalmente con propinas generosas, merced de las cuales, siempre tenía carne de calidad de sobra.
Y entonces, el Abad de Flammewelt, un gordo gorrón, gran bebedor de vino y caníbal ignaro, le comentó que algunas personitas estaban interesadas en conocerla y que, ardían en deseos de entrar a sus servicios. Decía aquello mientras el piadoso y enrojecido cura masticaba un trozo de muslo a la plancha con salsa de tomatillo verde.
- Dudo que alguno de mis ilustres convidados "ardan" en deseos por entrar a mi servicio, ya que, pese a que me agrada ejercitar la piedad y justicia, mi severidad e intolerancia hacia las tonterías me vuelven exigente con los detalles más mínimos y sencillos.

- Verá... - dijo el cura dando un trago a su áurea copa de vino. - Mi querida Baronesa, han dejado dos chiquillos, un doncel y una ninfeta para ser exacto, ambos a mi cuidado. Nuestros orfanatos están llenos y no podemos albergarlos, además, son ya lo suficientemente mayorcitos para servirle en alguna labor que usted les imponga.


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