VIDA OBRA Y MILAGROS DE SANTA CRUCIFIXIA CULTELLOS
Por: Franco Misaél Sánchez Díaz
(BAAL FAUSTO ARAMIZAÉL KURIOZ)

Libro Uno - Violentos Actos de Belleza
~ I ~
Crucifixia Cultellus era una
joven hermosa y de virtud reconocida que jamás faltaba a ningún oficio mayor de
la iglesia, siempre estaba lista para los sermones que los sacerdotes solían
declamar para evitar que sus fieles se desviasen de la senda que los llevaría
Hacia El Que Mora en las Alturas.
La joven pelirroja de delicadas facciones y hechiceros ojos verdes había
quedado huérfana a edad muy temprana y, poseedora de una impresionante fortuna,
era recatada en sus tratos, siendo más callada que un sepulcro acerca de sus asuntos
personales. Su vida social era casi exclusivamente secular, salvo por el cargo
de Baronesa de Cultellus debido al cual debía asistir a ejecuciones sumarias de
herejes, bandidos, excomulgados, brujos, invertidos, poseídos y locos así como
los ofensores de la corona, la frágil chica había visto innumerables y
horrorosas muertes.
Pero, lejos de ser una carga
insostenible, era un dulce deber para la cruel Baronesa, y era que Crucifixia
encontraba de lo más inspiradoras las violentas ejecuciones, la chica había
descubierto temprano que poseía las ardientes llamas del arte pulsantes en sus
venas, de manera innata, Crucifixia combinaba colores y pigmentos, trazaba
líneas curvas y rectas que en conjunto eran morbosas y execrables
reproducciones impresionantemente realistas de colgados, desollados,
decapitados, descuartizados, quemados y asados, asfixiados, desnucados,
destazados y empalados reproducidos con una claridad y realismo escalofriantes.
Pero también había bustos que pintaban las expresiones más desgarradoras que el
dolor pueda imprimirle a las facciones humanas, terribles y dementes historias,
lúgubres y tétricos poemas necrológicos así como piezas musicales, Crucifixia
también tocaba el violín, la guitarra y el órgano, prefiriendo las tétricas y
monótonas pesadillas sonoras de este último que los de los dos primeros.
Obscuras, monstruosas y fúnebres piezas de endiablada cacofonía, desoladoras y
malditas inundaban los silencios de la noche.
Pero esto a solas y en secreto, si la gente se enteraba de aquellas obras, de
aquel arte tenebroso y blasfemo era seguro que terminaría en la hoguera o, en
el mejor de los casos, en el manicomio de Rothsteins, único en el feudo.
Crucifixia razonaba que sus ars noires no eran producto de locura o posesión
diabólica, solo una sensibilidad preternatural para lo lóbrego así como fácil
inclinación hacia lo mórbidamente macabro, nada más alejado de la locura.
Pero había cosas que ni ella podía justificar, por ejemplo; sus viajes al
cementerio, al principio solo para leer las lapidas e intentar descifrar las
historias de aquellos que yacían bajo aquellas piedras antiguas; conocer sus
misterios, sus tragedias, Crucifixia solía dejar volar su mente, enloquecidos y
desoladores viajes de fantasías siniestras.
Hasta que, un día, descubrió una chica que contaba doce años siendo sepultada,
Crucifixia miro la ceremonia, escucho el amargo llanto de los padres por su
hija ahora entre ángeles, el conmovedor y dulce canto de los monjes de
Nodens... Y lloro... Lloro por la muerta y por si misma pues imagino estar muerta
y algo se descubrió ante Crucifixia, ella no andaba buscando tristezas en las
lapidas del cementerio, "Ella buscaba su propia tumba".
Fue cuando supo que algo terrible le estaba ocurriendo a su mente.
~ II ~
Tras ese día, Crucifixia se
dedicó a averiguar si alguna chica moría, cuando esto ocurría, pagaba fuertes
sumas de oro a discreción a pérfidos y hábiles ayudantes para que estos
ganapanes desenterrasen el cadáver fresco y lo llevasen al castillo donde la
enloquecida Baronesa de Cultellus violaba los cuerpos en orgias de mutilación,
sangre y hacia sus últimas fechas, necrofagia; pero si el muerto era algún
viejo coronel retirado, una acaudalada viuda, un noble o incluso damas de
sociedad especialmente mojigatas y estúpidas, era ella misma quien iba a desenterrar
el cadáver personalmente y, tras abrir el terroso ataúd, se colocaba a
horcajadas sobre el fardo y lo profanaba orinándolo y defecándolo, tras lo
cual, colocaba el cadáver bocabajo y lo volvía a enterrar regresando riendo al
castillo.
Lleno las criptas subterráneas de huesos, cadáveres e instrumentos de tortura,
a la vez que inicio sus anotaciones de extrañas visiones y macabras vivencias
en un siniestro y delirante diario.
De cuando en cuando, salía vestida como cargador, armada con un costal a los
prados y bosques para secuestrar a las despistadas mozas que se encontrase,
sometiéndolas primero, encostalándolas después para llevarlas al castillo
Cultellus por un pasaje oculto que habría descubierto en su infancia.
Introducía a su víctima en su tenebrosa sala y la ataba a un lecho mortuorio
engalanado de regio y lúgubre modo con telas negras delicados encajes y
místicos velos; negros cirios alumbraban siniestramente aquel horrido cuadro.
Cuando la infeliz cautiva abría los ojos, lo primero que asaltaba su vista eran
cuadros y más cuadros de ejecutados, cadáveres mutilados, cabezas en cestas y
picas, cuerpos eviscerados, miembros atravesados en estacas, ahorcados,
crucificados y ahogados por el fuego, todos descripciones realistas y
sanguinarias de ejecutados en la rueda, aserrados, desgarrados con la metálica
uña de gato, empalados; así, lograba horrorizar al extremo con aquellas
inmóviles escenas de sadismo a sus víctimas que, degustando ya el nuevo horror,
temblaban.
En una de las paredes de aquel tálamo nupcial infernal, abultados como sacos de
poca monta, había, alineados, varios cadáveres amortajados y bien atados, a
través del blanco impuro de las mortajas, se apreciaban manchas obscuras de
sangre seca. Mas uno, y solo uno de aquellos bultos terribles se sacudía
retorciéndose grotescamente a la vez que unos bizarros sonidos balbuceantes y
asfixiados brotaban de aquella forma pesadillesca.
Crucifixia representaba entonces una de sus obras favoritas "ill mostro
resurrecto", tras debatirse con los luctuosos arreos, aquella loca rompía
las mortajas liberándose y arrojándose hacia el lecho y su horrorizada y semi
enloquecida víctima.
Y al día siguiente, un nuevo cadáver se unía a la enferma colección de la
insana baronesa, decenas de cadáveres y miríadas de huesos se amontonaban
groseramente en varias Chambres del Criptorium de Cultellus, cruces hechas con
tibias y alfileres, ganzúas, lancetas, anzuelos, martillos, hachas y cuencos
eran trabajados artesanalmente por Crucifixia en la obscuridad subterránea de
las húmedas criptas, a solas, a obscuras, sonriendo y trabajando artesanías en
los huesos de las muertas...
~ III ~
En la soledad de las noches,
Crucifixia Cultellus solía esparcir piezas de su colección macabra de osamentas
por el bosque circundante al castillo, árboles centenarios bajo los que sepultaba
huesos, cráneos, falanges.
Fue cuando los aldeanos comenzaron murmurar historias acerca de que el bosque
de Cultellus estaba embrujado por animas solitarias y en pena, ruidos como
llantos, risas, gritos, murmullos y dementes oraciones aterrorizaban a quien se
atreviese a recorrer aquellos obscuros y agrestes parajes siniestros, nebulosos
y hechizados.
Durante la época invernal, una neblina se posaba en aquellos territorios de
Cultellus y entonces Crucifixia concedía tregua e invernaba también, sus
locuras en los solitarios valles y cementerios paraban, no por su gusto, sino
por el efecto de la congelación de la negra tierra que imposibilitaba abrir
nuevas fosas que recibirían a s infaltables victimas invernales, había pues,
que aguardar en la Chapelle del pueblo los ataúdes de los desgraciados que
aguardarían insepultos la primavera, guardados en chambres especiales.
Crucifixia no podía llegar a ellas en este caso y debía contentarse con otros placeres
igual de enfermos, ya que algunas pequeñas secuestradas o compradas acompañaban
durante los rigores invernales, sobra decir que el acceso al Castillo Cultellus
quedaba completamente bloqueado.
Crucifixia aguardaba por las muertas acompañada de aquellas almas condenadas y
aterradas sometidas a muertes espeluznantes y dolorosas a manos duna demente,
ni que decir de los horrores que debían soportar las pequeñas traumatizadas a
niveles que ninguna psicología podía alcanzar.
La loca las sometía a sus enfermas obras, "ill mostro resurrecto" era
su favorito, así, como cadáver amortajado, se arrastraba con los vendajes
hechos ominosos girones, hacia la pequeña en turno, gimiendo como si sus
cuerdas vocales estuviesen desgarradas, profería ruidos bajos y horridos, la
actitud con la que representaba su papel de muerta revenida era tal que incluso
el más valiente se habría amedrentado ante tan horrible visión.
Crucifixia era hermafrodita además de todo, siendo el sexo aparentemente
dominante el femenino, pero de atributos masculinos dignos de un Príapo o de un
Pan. Así, gimiendo y arrastrándose horriblemente, cubierta del rostro con
vendas ensangrentadas subía al lecho, la víctima, atada en X en el tálamo solo
gritaba paralizada de terror, gritando como si la vida le fuera en ello.
Desnuda y traumada, asistente única al espectáculo de aquel ser que se enfilaba
para desflorarla.
Habría que aplaudir la dedicación de Crucifixia de no ser por el propósito
impuro que buscaba consumar, fingía tan bien estar apresada por los arreos
luctuosos que cualquiera, en verdad pensaría que se trataba de un pútrido
cadáver revenido, gimoteaste e idiota, se colocaba a rastras sobre la aullante
y enloquecida chica y, poco a poco, de forma agónica y siempre gimiendo baja y
ominosamente, desvirgaba brutalmente a la chica saboreando la sensación de su
duro fuste aprisionado por el cálido cráter de lujuria de la víctima.
Al consumarse la penetración, la víctima estaba en tal estado que la demencia
por horror era decir poco, no había definición para aquello, ocurría que las
chicas (normalmente de trece a diecisiete) comenzaban, bien a reír, bien a
llorar hasta desgarrarse la garganta a gritos, otras más entraban en trance
cataléptico, estas eran las favoritas de la baronesa, las menos interesantes,
se desmayaban.
Muchas de ellas orinaban, otras vomitaban y algunas hasta defecaban (a veces
las tres cosas juntas) pero todas quedaban mentalmente marcadas por el hierro
candente que era la lujuria de la Baronesa de Cultellus.
Bajo dichas circunstancias, la violación comenzaba, Crucifixia, como toda buena
actriz, no abandonaba su papel, la invadía entonces un placer desmedido gracias
a los gritos enloquecidos de las chicas, así como sentir su sable exprimido por
las delicadas cuevas del deseo recién horadadas por fuerza, entonces, en vez de
abandonarse al placer, continuaba la representación, gimiendo, comenzaba a
moverse torpemente (en apariencia), pero cuidando clavarse más y más hondo en
su víctima, con las piernas juntas, como si las hubiesen cosido una a otra,
cual sirena de pesadilla y artificial y demente fruto de los ensueños de un
perverso, y los brazos a la espalda cubierto por mangas de terciopelo negro
dando así la impresión de no tener brazos, el rostro cubierto por un sudario y vendajes
ensangrentados.
Eyaculaba entonces, profiriendo ruidos inhumanos, entrecortados y terribles.
Ocurría a veces que al mirar a la pequeña, esta había muerto ya, de puro horror
quizá. Las almas de aquellas inocentes no soportaban aquel horror y huían volando
cual palomas a las manos de su benevolente creador, esto, lejos de incomodarla,
la satisfacía, tenía un nuevo cadáver que agregar a su siniestra colección, si
acaso Vivian, aún más perfecto aun, al día siguiente, tocaría otra obra que
representar...
~ IV ~
Una de aquellas pobres e
infelices victimas llego a soportar varios meses de aquel diabólico trato,
meses en los que Crucifixia noto con emoción que había embarazado a la
desdichada chica. No por esto recibió ningún tratamiento especial, solo fue arrojada
violentamente en una sórdida y húmeda mazmorra donde vivió la reclusión
prisionera en la que se convirtió su embarazo, tres veces por semana,
Crucifixia la visitaba para evaluar el estado de aquella chica cuyo nombre
cristiano era Jessica, esta, horrorizada por su situación y asqueada por llevar
en sus entrañas una criatura engendrada por semejante bestia enloquecida, noto
angustiada como su vientre iba creciendo, casi perdió el juicio al sentir las
patadas de aquel ser que ya se le antojaba un monstruo.
Hay que decir que, a pesar de vivir en una obscura mazmorra desprovista de luz
natural, húmeda y fría, contaba con abrigadoras mantas y carne deliciosa y
finamente preparada tres veces al día, Crucifixia la cebaba bien con la carne
de las muertas.
¿Por qué no se suicidó pese a su horrible situación? Guardaba la ilusión de
escapar, de volver a su hogar, de deshacerse de la criatura que llevaba en el
vientre creciendo día con día, urdió el modo de perderlo matándose de hambre,
pero el olor de la carne guisada era tal que al tercer día de su huelga de
hambre, aquella chica vejada, violada y embarazada cedió a la tentación
convirtiéndose en caníbal al comer un humeante y jugoso bistec de muslo con
papas hervidas y salsa de tomatillo.
Crucifixia la miro devorar golosamente aquel trozo de carne masturbándose con
la cabeza del cuerpo cuya esclava devoraba con hambre atroz desde un punto
oculto en la pared.
Y durante días, meses; Crucifixia siguió disfrutando de todas las hediondas e
impuras bajezas a las que su cada vez más desviado espíritu la guiaba, vicios y
depravaciones de lo más variopintas y herméticas.
Pero el hecho de no poder entregarse a dichos excesos abiertamente era una
cruz, una pesada cruz que hacia mella. Era una loca pervertida en privado y en
público, una mojigata insufrible, pero no podía hacer nada, notaba con mayor
indiferencia que caía en excesos cada vez más violentos y blasfemos.
Hasta que opto por viajar, lejos, hacia otros feudos, en busca de nuevas y
feroces emociones, desconocida en medio de un mar de gente, robaba y defraudaba
a quien pudiese y no dudaba en asesinar para salir impune, daba igual si eran
unas monedas a una campesina incauta y recién llegada a la Citté o centenarias
heredades a algún noble arruinado. Tal tacto desarrollo su metódico arte
diabólico de engañar, entonces, desaparecía ocultándose nuevamente en el feudo
de las Cuatro Cruces.
Su forma de callar las murmuraciones y rumores también era igual de brutal,
sangriento y definitivo, todo por silenciar las amenazas o sospechas, reales o
supuestas de la paranoica Baronesa de Cultellus.
~ V ~
Crucifixia Cultellus a menudo
solía estrangular a sus víctimas con sus propias manos, desaparecía durante
días completos hasta reaparecer, magnánima y esplendorosa, pagada de si, era
capaz de valerse solo de sus hurtos para no tocar su ya impresionante riqueza.
Y entonces, en otra de sus propiedades cambio la virtud, virginidad y
delicadeza de sus primeras víctimas por los peores vicios de meretrices,
charlatanas, rateras, expatriadas y excomulgadas así como todo tipo de escoria
como acompañantes invernales, siempre en busca de nuevos lugares inaccesibles
por la nieve, niebla y obscuridad en el valle Glaricardi, propiedad también
suya.
Ahí solía trazar horrores más terribles que los de los primeros para
"castigar" a aquellas infelices que se veían sometidas a la insania.
Reducidas a simples muñecas desechables, aquellas vividoras y elegantes ninfas
eran inducidas en horrores que les arrancaban alaridos animales a sus delicados
y anteriormente orgullosos pechos, arpías de las más sucias letrinas de la
sociedad citadina.
En primavera regresaba a la civilización, sobra decir que ninguna de sus
acompañantes solía regresar de aquellas heredades, Crucifixia Cultellus se
volvía entonces una insufrible beata, fática y neurótica que abogaba por las
buenas conciencias, las costumbres rectas y el recato.
Su catarsis invernal solía purgarla temporalmente de sus Demonios Nocturnos,
así, los nueve meses restantes, se las arreglaba como podía de maravilla,
frecuentando iglesias, ejecuciones, reuniones de caridad y ayuda a casas de
socorro, hospitales, asilos y manicomios, así como orfanatos y apoyando a
viudas desamparadas, asistiendo devota y fervientemente a misas gregorianas en
las ocasiones de difunto y mandando decir oficios especiales por cuenta propia
para el occiso, ganándose entre los sencillos pueblerinos de su feudo el título
de santa.
Todo esto mientras perseguía con autentico fanatismo religioso encarnizado a
sus demonios tentadores personales, las sirenas terribles que la atraían a cada
paso de su existencia; prostitutas y lesbianas.
Crucifixia no se daba cuenta de que, mientras arengaba a las buenas conciencias
acerca de la necesidad de liberarse y liberar a los retoños de aquellas hierbas
salvajes que amenazaba a todos con libertinaje, enfermedades e inmoralidad, que
sus pasos trémulos pero continuos al infierno eran guiados por algo siniestro,
como si de una marioneta poseída y demente se tratase
.
Libro Dos - Escenas Insanas en
la Noche Arcana
~ I ~
Crucifixia
se entretenía mansamente en escribir un poema lúgubre una lluviosa tarde, había
asistido a Messe Vesperia y su corazón aun vibraba por las notas del Hymnen die
Lemyriz, su imaginación, exaltada, comenzó a trabajar y verter sus ocurrencias
en cuanto volvió a la soledad tan amada del castillo Cultellus.
Durante la Messe, la baronesa había robado el pañuelo de una preciosa y madura
duquesa, Ifigenia Crudelis, gran señora que había sido su fantasía desde que
tuvo los primeros instintos de lujuria en su cuerpo.
Gran amiga de los padres de Crucifixia, ocasionalmente solía vitarlos y,
durante estas ocasionales reuniones, Crucifixia alimentaba sus desquiciadas
fantasías.
Olisqueo el pañuelo robado en la intimidad umbrosa de su negro carruaje, la
fragancia era madura y elegante, la Baronesa comenzó a experimentar una
delicada erección al imaginar el enervante y salvaje aroma a mujer que dicha
esencia enmascaraba, y que Crucifixia solía soñar ocasionalmente.
De qué modo tan ardiente anhelaba visitarla como antaño, cuando acompañaba a su
madre al castillo de Crudelis, y mirarla de pies a cabeza, soñando, delineando
ensueños eróticos e imaginando las delicadas prendas íntimas que aquella madura
beldad podría poseer.
Pero desde que sus padre murieran, solo la había visto en la Chapelle, sabía
que de pedirle una cita, la mujer no se la negaría, pero temía no poder
controlarse, sabía que si ahora, tantos años después, se veía encerrada con
Ifigenia en la misma habitación, no podría controlarse, enloquecería y la
violaría como jamás había violado a nadie.
Pero aquel día, Ifigenia Crudelis, al verla conmovida con el canto dulce y
doloroso de las sóror sui excidium, sacerdotisas encapuchadas que le cantaban a
la muerte, se acercó a Crucifixia y la atrajo a su cuerpo y apoyo en su
delicado y pálido hombro, los ojos de Crucifixia se clavaron en el escote y más
directamente en los pechos maravillosos que se ocultaban bajo velos y encajes,
erecta como un sátiro en primavera y desencajada, con la mente cual araña
venenosa y desesperada, tejiendo redes de fantasías obscuras y tenebrosas,
Crucifixia solo alcanzo a acariciarle las caderas magnificas por sobre el
vestido.
Nada más al llegar al castillo Cultellus se encerró en su chambre noir, ahí, en
la obscuridad, derramo su esperma tumefacto y mefítico en tres ocasiones
seguidas, al principio, fantaseando con Ifigenia, soñando poseerla sobre el
altar mayor de la Chapelle mientras el pueblo entero asistían al rituale sanctus,
eyaculo imaginando los jadeos de su ninfa sofocados por los canticos romanos y
los rezos latinos de los asistentes.
Su segunda petite morte llego recordando el funeral de su madre, a Ifigenia
abrazándola, su calor, su olor; esa misma noche, en las salitrosas, obscuras y
frías catacumbas espectrales de Cultellus, la desquiciada Baronesa transfiguro
el cuerpo y la carne del cadáver de su madre por los de su tan deseada Ifigenia
Crudelis.
Aquel día lejano, encerrada en un claustrofóbico y húmedo osario a bastante
profundidad en el subsuelo de Cultellus, bajo lo que ella creía su chambre de
juegos, la Baronesa Crucifixia Cultellus lleno de cálido licor vital en la
helada vulva de la anterior Baronesa.
Estallo de placer al recordar aquel maravilloso día.
El tercer orgasmo de Crucifixia llego al imaginarse violando a su preciosa
Ifigenia en un lúgubre féretro que habría de servirles de lecho nupcial durante
el oficio de difuntos, "da pacem, domine" seria su balada de amor;
mientras ella, jadeante y sudorosa, concentrando sus furicos ataques contra la
muerta, el sarcófago rechinando, amenazando con destrozarse por tan fiera
copula; los cirios funerales, los fúnebres lirios, albos y fragantes los
dolientes orando y sollozando por la pérdida de tan encantador ángel,
Crucifixia lanzo una horripilante blasfemia al momento de descargar otra vez
las muestras de su virilidad.
Sollozando de placer, con lágrimas en los ojos corriéndole por las sienes,
recostada en su lecho de finas sabanas, la Baronesa Crucifixia Cultellus tomo
una determinación terrible... Secuestrar, violar, matar y devorar a Ifigenia...
Pero... ¿En qué orden hacer tales cosas?
~ II ~
Crucifixia rebusco durante días
entre sus libros, grimorios prohibidos confiscados por su guardia a brujos y
hechiceros, a simbolistas y alquimistas, libros ancestrales y robados,
saqueados de librerías de nigromantes y comprados a callados, bizarros y
obscuros personajes de todas las nacionalidades. Anticuarios orientales,
traficantes de obras prohibidas y libros innombrables, obras de saberes arcanos
salvados de las mismas llamas inquisitoriales que la misma Crucifixia habría
hecho arder con sus largas peroratas intolerantes y fanáticas en las que se
describían todo tipo de aberraciones y brujerías.
Pero fue un traficante de esclavos el que le dio las respuestas a sus enfermas
fantasías y ansias desquiciadas, una receta que le costó algunos barriles de
oro a cambio de saberes prohibidos y espantosos, pero Crucifixia sabía que el
oro aflojaba los tornillos de cualquier cerradura, real o supuesta.
Así, con la receta terrible hubo de ser sometida a prueba por varios métodos
antes de realizar sus sueños, necesitaba examinar las formulas y esto, lejos de
frustrarla, la excitaba, se divertiría averiguándolo, aunque aquello debía de
ser llevado a cabo en circunstancias aún más herméticas que las de sus
habituales correrías.
Con bastante dificultad, Crucifixia consiguió todos los ingredientes para sus
horribles experimentos pese al estrambótico origen o calidad de estos.
"De una tumba -rezaba la formula. - se extrae el cadáver de un niño y se
le rompe el cráneo. Los trozos del cadáver roto se mezclan con los trozos de
dos lagartos secos y el esqueleto de un sapo que tendrá amarrada una pata con
una serpiente de mar ponzoñosa, al sapo y a la serpiente se les habrá encerrado
en un cuenco de ónix y obsidiana con los símbolos de los señores de la muerte,
los infiernos y cementerios. Este para que el sapo antes de ser sacrificado,
tenga un veneno aún más potente, todo se tritura hasta que todo en conjunto se
reduce a una finísima arenilla que deberá darse de alimento y bebida a la
futura esclava."
"Cuando esta haya fenecido, se visitara el cementerio en las horas más
obscuras de la noche y, ante la tumba de la víctima se reza al Emperador de los
Helados Cementerios, Leichenhaus, Criptorium, Panteones y Osarios, el obscuro
Nodens, se quemara una ofrenda de hierbas de Mashu y Mandrágora con violetas
así como inciensos de aromas fríos y con decisión se invoca al difunto"
"Te llamo, ser muerto... Responde... Os llamo, seres vivos... Y no
responden... A mí, los muertos del cementerio... Espectros que vagan en la
obscuridad"
Crucifixia ensayo durante días la formula mientras reclutaba conejillas de
indias humanas comprándolas al Thuranio esclavista que solía venderle hermosos
donceles, doncellas delicadas y malvivientes para sus soirée; compro tres
vírgenes de Delios y decidió dar, primero rienda suelta a sus caprichos
carnales antes de experimentar las formulas.
~ III ~
Ana Estía fue su primera víctima
para probar, el traficante de esclavos le había dicho que la formula exigía
refinamiento y exactitud ya que el menor error del ejecutante podía resultar,
en algunos casos, terrible.
Siete largas y dolorosas horas de salvajes violaciones, golpes, torturas y
maltratos duro el suplicio a la infeliz, tras las cuales, Ana expiraba en
la pestilente obscuridad de las mazmorras al ser pinchada con un alfiler
cargado del poderoso veneno, los ojos de la desdichada enrojecieron espantosamente,
la boca lanzaba espumarajos de una baba espesa y blanquecina, segundos después,
quedaba inmóvil. Crucifixia miro sonriendo enloquecida el cadáver de Ana que
aún se sacudía ocasionalmente.
Bastante efectivo, pensó, pero esperaría los efectos posteriores, el esclavista
Thuranio le había advertido que las desdichadas que perecían bajo aquel método
volverían a la vida para ser sus esclavas perfectas y dóciles.
Guardo el cadáver durante la espera, violándolo ocasionalmente, hasta que
comenzó a dar claras muestras de putrefacción, entonces llego el momento de
deshacerse del fardo defenestrándolo sin más ceremonia al foso que rodeaba el
castillo Cultellus, muchas de sus efímeras y forzadas amantes terminaban con
sus huesos en el fondo de aquella marisma pútrida, negra y de pestilente hedor.
Y ahí termino Ana Estiria, nadie vio su cuerpo caer defenestrado desde la alta
torre cual cometa necrótico hasta las profundidades del foso, tampoco nadie
escucho el horrido chapoteo cuando al fin, cual sirena de pesadilla se zambullo
en aquel lago de corrupción.
Crucifixia ajusto la dosis y procedió a envenenar la sangre de su próxima víctima;
Luz Templaria, esta tardo aún más en morir, altísimas fiebres casi le
derritieron el cerebro dentro del cráneo a la vez que divagaba en delirios de
muerte e insania.
La Baronesa Cultellus paso la noche con la última de sus tres conejillos de
indias mientras aguardaba el deceso total e inevitable de Luz Templaria, esa
noche, Crucifixia roncaba desnuda y ebria de vino y violencia sobre el golpeado
y desmayado cuerpo de María Dragontea, la última de sus esclavas, así que no
escucho el ominoso sonido de la marisma al ser revuelta por unas manos de
pesadilla en agónica lucha.
Al día siguiente, domingo, Crucifixia encerró a María en una mazmorra mientras
esta aún estaba desmayada a causa de los golpes de la velada anterior, y dejo a
Luz delirando encadenada al lecho de muerte mientras ella, arreglada y cargada
de velos vestales y luctuosos, tomaba su carruaje e iba como siempre a escuchar
misa réquiem en el pueblo.
El oficio se retrasó casi una hora durante la cual pudo convivir con su musa,
la dulce Ifigenia, además de enterarse de algo que le helo la sangre, al
parecer la noche anterior se habían escuchado chillidos horrorosos que salían
de cierta casa a media legua del castillo Cultellus, una familia de tala montes
había sido descubierta aquella mañana asesinada de un modo salvaje y
enigmático.
Escucho con toda la frialdad que pudo, los detalles del macabro hallazgo; dos
hombres, padre e hijo respectivamente, habían sido hallados muertos a cincuenta
pasos de la humilde morada, los cadáveres habían sido mutilados con rabia
animal, parcialmente devorados, algunos aldeanos culparon a los lobos que
merodeaban el bosque de Cuatro Cruces.
Pero otros detalles inquietantes invitaban a especulaciones fantásticas y
terroríficas. Crucifixia tembló al pensar en Ana Estiria.
~ IV ~
Crucifixia Cultellus cenaba
tranquilamente en el más elegante de sus aposentos, sus albas, largas y
cuidadas manos manejaban con habilidad natural los cubiertos, la porcelana
resonaba con los cortes que daba a su jugoso filete, tenía la mirada fija en un
punto de ningún lado, una arpista interpretaba sujeta a su instrumento con
cadenas y grilletes de oro puro y resplandeciente, cirios mortuorios y
fragantes racimos de lirios llenaban la estancia, sutil penumbra de satinados
velos y mantos con estandartes y pasajes bíblicos.
La Baronesa bebió un trago de fragante vino lomariano de un cáliz de oro que
había robado por puro placer de la Chapelle.
Sus ojos fijos resplandecían, a la luz de las ligeras brasas de inciensos,
distribuidos en el recinto, una doncella vestida de largo traje en negro y
blanco de unos doce años apareció con una charola con el segundo plato, faisán
shemita con azafrán del desierto.
Crucifixia se limpió la comisura de los labios con una fina servilleta donde,
bordado con hilo de oro brillaban sus iniciales.
Mostraba la misma frialdad que cuando escucho los detalles de muerte de la
familia tala montes.
"Dos hombres, padre e hijo respectivamente habían sido hallados muertos a
cincuenta pasos de la humilde morada, marcas pequeñas de dientes negaban la
hipótesis del lobo, aunque las mandíbulas si podían desgarrar piel y musculo
con presión salvaje.
Por cierto que madre y nuera aparecieron en la casa, algunas partes
desperdigadas en una de las recamaras y otras más desperdigadas en el patio y,
finalmente, otras partes no fueron encontradas.
Crucifixia paladeo un trozo de faisán y lo degusto con placer imaginando lo que
el horror caníbal habría hecho con los trozos faltantes.
Además, los lobos se llevaban todo el cadáver, no solo trozos, sino los cuerpos
completos.
Esbozo una sonrisa infernal mientras su mirada demente se centraba en aquello
que imaginaba era la cosa que se paseaba en la obscuridad.
Limpio sus labios luego de que terminase de beber la copa de vino, vertió un
poco mientras miraba desapasionadamente el pastel vienes helado que le servían
en una copita.
Lo comió en silencio pensando en su aventura nocturna.
Las noticias de la bestia de cuatro cruces se expandieron, a medida que el
cielo se oscurecía, el horror había aumentado a una quincena de víctimas, tres
desaparecidos y una mancha de caos que aumentaba con el paso de las horas, era como
si, en lugar de satisfacerse con tanta carnicería, este reguero de sangre solo
la incitara más.
Mientras Crucifixia cenaba y urdía horrores, seis monjes obscuros, devotos al
dios obscuro Ísdelis, el benévolo dios de la melancolía, guardianes de los conocimientos
siniestros, seis hombres santos que estudiaban y traducían los textos más
arcanos y prohibidos sin arredrarse o dejarse arrastrar por el abismo, seis
fieles guerreros que bajo sus hábitos monacales portaban negras armaduras de
escamas entretejidas, que portaban sablones, misericordias, y dagas, que
conocían el arte de torturar herejes y demonios de los más perversos y
siniestros pozos se congregaban.
Una vela de cebo chisporroteaba mientras el fratellum Valeria, superior de la
orden leía ante los viandantes el oráculo de los Maleficios, escrito hacia la
primera crucifixión, un libro considerado el más negro y terrible.
El resto de los hermanos inclinaba las cabezas encapuchadas en los viejos
hábitos polvosos y negros sobre un mendrugo de pan desecho en una incipiente
sopa de cebollín y alubia sembrada por los mismos fratellum en la humilde
parcela, unos vasos de madera contenían un tercio de vino de uva con agua, para
su cena.
Oraban y meditaban en silencio escuchando el suave murmullo que era la voz
aterciopelada del prior, este, hablaba con suavidad y serenidad rezando los
ensalmos perversos y demencialmente heréticos que contenía aquel volumen
execrable y condenado.
Termino y los restantes fratellum respondieron al unísono el "Grattes Dei,
Amen".
Cenaron en silencio, el versículo había rezado acerca de los símbolos de la
llegada del siervo de él que no debió ser liberado, un mensajero de las
tiniebla primigenia que existía ya cuando Ísdelis, dios del bajo mundo
confronto al que mora en las alturas.
Luz y sombra temblaban ante el nombre del siniestro, la luz y el día tienen
orden y razón, tiempo y espacio, pero el innominado no poseía mas ley que la
del caos, la lógica de la pesadilla y el orden de exterminio absoluto, era el
caos devorándolo todo solo por placer, capricho o locura.
Y los símbolos se habían confabulado en señales de muerte y caos, y ahora, uno
de los siniestros engendros de Tindalos se arrastraba en los bosques de Cuatro
Cruces, cerca de Cultellus.
Y era el deber de los hermanos detener al enviado del abismo... El mundo
tenebroso abría sus fauces y amenazaban devorarlos a todos, al lado de sus
platos viejos descansaba una larga misericordia puntiaguda cuya empuñadora era
un Crucifixia de bronce bendito y antiguo, era la daga de la Aceptación, los
seis usarían su habilidad guerrera y su fe en la sabia tiniebla guiadora para
vencer a la pestilencia que se arrastraba por la obscuridad, comían en
silencio, decididos, preparándose para vencer o morir por su fe, sabían que el
Engendro de Tindalos era la punta del hilo de Ariadna que los llevaría hasta el
mismo Minotauro, el que conjuro al sonriente ángel obscuro de Tindalos que
andaba devorándolo todo.
Oraban en su alma para que Ísdelis los acompañase en su viaje por el abismo y
que uno de ellos, aunque fuese uno, poseyera la voluntad, fortaleza y fe para
acabar al conjurador brujería que podría, de no ser detenido, llevar al mismo
Dies Irae al mundo entero.
~ V ~
Crucifixia pensaba, refugiada en la oscuridad de
su cámara en las huellas de lucha, en los arañazos en las ventanas, en los
rastros sangrientos en la puerta, algunos muebles de la choza de los tala
montes yacían rotos y volcados por todo el lugar.
Y el rojo metálico de la sangre coagulada
violándolo todo obscenamente.
Una bestia, brutal y poderosa como para asesinar
a dos fornidos leñadores y destripar, repartiendo por todas partes a las
mujeres se éstos sin más armas que uñas y dientes.
Un monstruo antropófago, de gran apetito y ciego
de rabia idiota andaba por la comarca de Cuatro Cruces. Demonios dementes y
horridas fieras pestilentes estaban dejando huellas de su presencia maldita.
La campana de la Chapelle de Cultellus llamaba a
difuntos, el broncíneo repiqueteo metálico cimbraba las calles de Cuatro Cruces
cuál titánico llamado fúnebre.
Crucifixia, extasiada y muda de asombro, escuchó
los cuchicheos bajos y morbosos que ilustraban, piadosa y ominosamente qué
trozo faltaba a cuál cuerpo, cuál de las mujeres habría sido más canibalizada
de la otra, o cuál de los hombres tenía el rostro más desencajado por el terror
y agonía.
¿Sería posible que la afable, dulce y callada
Ana Estía pudiera haber sufrido tanto su experiencia en los infiernos que
habría cambiado tanto?
Ya no era la mujerzuela tonta que habría
comprado por unas monedas, era una apocalíptica sacerdotisa del abismo, deforme
y hambrienta, feligrés de lo tenebroso.
Asesina necrófaga.
Recordó que entre los salvajes que habitaban
lejos, en lo agreste del bosque profundo hablaban de una maldición, el tacto de
un demonio que volvía un ser antropófago a cualquiera que tocase, un horror
para el cuál, aquellos misteriosos nómadas morenos de pelo hirsuto, largo y
negro como el ala de cuervo lo llamaban de muchos modos.
Pero la Baronesa Cultellus sabía quién era
aquella bestia, era el Diablo, y ahora volvía a caminar en los bosques,
Crucifixia lo había soltado dentro del cuerpo vejado y roto de una muerta que
habría sido abandonado en un mefítico miasma de putrefacción acompañada de
docenas de cuerpos corruptos.
Ana Estigia...
La Messe dio inicio, allí, delante de los fieles
devotos de la Iglesia de la Hermandad Milenarista se encontraban cuatro
improvisados y resinosos ataúdes. Pobres y mal armados.
La Baronesa de Cultellus pensó que no encajaban
en absoluto con lo demás, el opulento y brillante oro y el albo y puro marfil
del altare no encajaban en lo más mínimo. La caoba barnizada de las bancas
miraban con indiferencia aquellos despojos murmurando con sus acojinados
reclinatorios satinados y mullidos, tal como los feligreses mirarían a los
ocupantes de aquellos sarcófagos primitivos, humildes y de madera incierta, con
morbo, lástima, incomodidad o indiferencia... Todos los mirarían así, Excepto
Crucifixia.
La noble se estremeció al notar que no podía
quitar la vista de los ataúdes, tuvo una erección dolorosamente agradable al
imaginar los destrozados y pútridos caracteres desintegrándose en su interior.
Crucifixia se preguntó por la integridad de su
vasallaje, conocía a las grandes familias nobles de su feudo y hasta de los
alrededores, sabía también que los siervos y campesinos no eran afectos a los tala
montes que saqueaban sus tierras y cazaban sus presas, pero si no detenía
aquello que andaba suelto por Cuatro Cruces pronto habría preguntas, y lo que
más temía Crucifixia, investigaciones.
De las dos ramas del Milenarismos, la de mayor
poder era la de los Dolias Hymenaios, la que oficiaba, la que amasaba fortunas
y resguardaba al estado feudal, la que daba y quitaba nobleza, la rama de los
Inquirentes, caballeros monjes que castigaban las herejías con la muerte y la
execrable tortura.
La otra rama era la que rendía culto al
tenebroso y semi pagano ísdelis, el siniestro opositor de Dolia, el
resplandeciente.
Éstos fieles sucios y desarrapados eran poco más
que mendigos anacoretas medio locos que se dedicaban más a la profecía que a la
evangelización y de los cuales se contaba que podían emular los milagros de los
Dolia.
Sólo que ellos, los discipulos de Nodens solían
llamar aquellos Milagros como Maleficios.
De ellos, Crucifixia pensaba que podía liberarse
sino a corto, sí a mediano plazo de éstos eremitas pordioseros que habitaban en
cuevas. Torció el labio, Dios sabía que aquellos monjes apenas se habían
mantenido apenas por encima de los salvajes de mares lejanos que le rezaban a
piedras encendiéndoles incienso en urnas emplumadas.
Podía acusarlos de algo, incluso de esto, pero
debía irse con tiento. Aunque no sería fácil, Crucifixia sabía que los Dolia
dejaban que los discípulos de Ísdelis practicaran sus brujerías y que incluso
predicasen su herejías, no lo entendía, solo había podido saber que ambas ramas
debían existir, era un equilibrio irrompible, así como Dolia no acabo con
Nodens, solo lo exilio al abismal golfo del infierno.
Sacudió sus pensamientos de los monjes, el
cántico la había hecho divagar de más, necesitaba saber.
Crucifixia sabía que debía ingeniárselas para
averiguar si Ana, pestilente y poseída por demonios caníbales, había regresado
de la corrupta fosa común.
Crucifixia salio a la noche de la villa obscura,
se deslizo por varios callejones hasta llegar a una buhardilla escalonada
secreta que había habilitado para los siniestros menesteres que solía emprender
en ocasiones.
~ VI ~
La noche dejó caer su monto de niebla y sombras
en Cuatro Cruces, Crucifixia, vestida como vagabunda harapienta se mezclaba en
las tinieblas brumosas del cementerio donde las víctimas destrozadas por la
revenida reposaban al fin.
Avanzaba soltando acompasados jadeos ya que
recién había fumado una mezcla estimulante de hierbas mientras aguardaba la
media noche.
La lóbrega soledad del panteón desierto brillaba
bajo la luz de la luna llena mientras, entre los árboles del bosque cercano
aullaban con lamentos de presagio. La baronesa escuchaba con ansiedad y emoción
la canción del viento en los árboles, y, a lo lejos, un ruido más incierto. Un
rumor ajeno a la voz del viento.
Al poco, un tenebroso lloriqueo que provenía del
viejo camino que conducía a lo alto de una montaña seguido por un pesado
arrastrar de pies, Crucifixia se ocultó tras una lápida en una encrucijada en
los asimétricos cuadros de las tumbas. Oculta así, contempló al ser bajo la luz
de la luna plateada y llena.
De la obscura blasfemia con ojos amarillentos y
refulgentes brotaba un murmullo bajo y ominoso, un incesante mascullar de voces
huecas, roncas y cavernosas, guturalmente ajena al timbre humano y tan parecida
al gruñido de una fiera o al batir de alas de cientos de moscardones.
El murmullo de los demonios bullendo bajo la
piel del poseído.
Los ojos del ente eran dos mínimos pero
resplandecientes tizones amarillentos surcados por fosfóricos arabescos rojo
sangre en la improbable cabeza. Un hedor a cadáveres hizo estremecer las fosas
nasales de Crucifixia con placer, negra pez escurría de aquél espanto semi
descarnado hasta el barro del camino.
Crucifixia sonreía sardónicamente, sus ojos
despedían un brillo inhumano mientras de sus labios contraídos y los blancos
dientes brotaba un cristalino hilillo de saliva escurriéndole por la barbilla,
el cuerpo tenso y listo para el ataque, un temblor sacudiéndole las manos
húmedas de sudor adrenalizado, más, al tocar las empuñaduras de madera de los
pistolettes que había portado al cinto, se tornaron recias y seguras, como si
fuesen una especie de milagrosa reliquia contra demonios.
Con mano ahora firme, Crucifixia miró los
brillantes tizones resplandecientes en las cuencas del ser.
Algo ocurrió entonces, los pensamientos de
Crucifixia y los del ente se volvieron uno, convergiendo en una negra corriente
aqueróntica y letal.
Aquello no era Ana, en absoluto, era una entidad
vieja y tan inhumana como los bosques inmemoriales que vigilaban Cuatro Cruces
desde antes de la colonización e incluso aún antes de la llegada de los
salvajes nativos que le rendían pleitesía a deidades paganas y antiguas también.
Quizás era una deidad aqueróntica y arcana de
aquellas la que habría poseído a la infortunada mártir.
Una sola visión bastó para mostrarle el horrible
ritual de Resurrección Verdadera.
Un Erial maldito por el tacto de un Dios Pagano.
Apuntó al extraño ser tambaleante y soltó dos
detonaciones seguidas que alcanzaron la cabeza del ente, ésta se destrozó al
impacto, la criatura entonces se desplomó convulsionando espantosamente sobre
el barro.
Un hedor aún más terrible impregnó la noche, del
torso sin cabeza brotaba, como de corrupto manantial una asquerosidad negra con
coágulos purpúreos que Crucifixia supuso que le serviría de sangre.
Algunos minutos después, otras dos detonaciones
atronaron fustigando la noche.
Crucifixia, babeante se internó en el bosque inmemorial,
decidida a buscar las espirales pétreas arrastrando de los pies flácidos a Ana,
ahora muerta definitivamente.
Su mente ardía con ensoñaciones extrañas nacidas
por la creciente intoxicación a causa de la pestilencia purpúrea que Ana
supuraba por el cuello.
Nadie sabe a decir verdad qué ocurrió aquella
noche, bajo las estrellas, en lo más profundo del bosque milenario.
Solo se sabe que llegó hasta una solitaria
casita, a la luz de un candelabro, Crucifixia, enloquecida por una extrema
hambre animal de carne humana, sedienta de sangre y violencia, la Baronesa se
introdujo de una patada abriendo violentamente la puerta. Al poco, unos
berridos horripilantes comenzaron a salir de la choza junto con un crujir de
huesos y muebles que evidenciaba el frenesí alimenticio que tenía lugar ahí.
Libro Tres - El Claustro de los Susurros del
Viento en los árboles
~ I ~
Los sueños de la Baronesa Cultellus se tornaron
más salvajes e incomprensibles. En ellos, Crucifixia corría por bosques densos
y sombríos de oscuro verdor.
Se adentraba por veredas tortuosas y estrechas
para salir en amplios senderos de rocas, grava y arenilla en las que sus pies
sacaban crujidos de aquél suelo tan extraño.
Su carrera iba acompañada de lejanos e
hipnóticos tam-tams de ominosa profundidad y ancestral lejanía.
Crucifixia contempló su destino. La cima en
forma de mesa de una montaña en lo profundo del bosque.
Y en la cima, la Baronesa de Cultellus fue instruida
en los ritos siniestros de adoración al sin nombre.
Crucifixia solo recordaba unas pocas frases y,
más en concreto, un título: El Vagabundo de los Vientos.
Crucifixia hizo construir entonces varios
conventos e internados en las cercanías a la montaña en cuya dima estaba el
Círculo de Invocación, así, se aseguraba de tener adoratrices potenciales para
el antiquísimo culto que se estaba despertando y que gritaría por atención
llegado el momento.
Mientras tanto, siguió perfeccionando sus
métodos para crear bokores, para esto, hizo alzar un Castello de invierno en lo
más profundo del bosque.
Varias decenas de chicas y efebos perecieron en
los meses siguientes a la aventura nocturna de Crucifixia sin que nadie
sospechase nada ya que siempre tenía el cuidado de que sus conejillos fuesen
comprados discretamente al Thuranio esclavista, que por aquellos días había
visto los mejores días en su negocio.
La Baronesa escuchó sonriendo aquella historia.
Resultó, por aquél entonces, que el corazón de
la Iglesia había tenido un fuerte conflicto con otra religión de oriente. Habíase
enviado Guerreros Santificados a esa tierra de infieles y, con éste telón de
fondo, un joven mozuelo había ido de pueblo en pueblo, de provincia en
provincia, predicando que un grupo de guerreros nunca conquistaría la Tierra
Sagrada, que sólo los corazones puros de niños lograrían el milagro de
reconquistar la joya del desierto.
Y era un pillo tan hábil, un beato bribón con tal
fluidez de palabras y chapucera habilidad para embaucar al incauto que
consiguió enrolar un ejército numeroso de niños y adolescentes entre
campesinos, comerciantes, cocineros y pajes con el cuál, se decidió a embarcar
rumbo a oriente.
Mal acabó la supuesta cruzada, un par de
tunantes embaucó al bribón comprometiéndose a llevarlos a oriente a cambio de
dispensiones celestiales varias. Gran sorpresa se llevó el paladín y su
comitiva al ser cargados de cadenas, atados y azotados para ser después
vendidos con diferentes fines.
Crucifixia asistió, a partir de entonces, a los
oficios sin más fervor haciendo donativos a la causa, después de todo, de
aquellos mesías autoproclamados, ciegos y confiados era de donde saldrían sus
mejores especímenes para sus ejercicios culinarios, venéreos y culinarios.
Abrió escuelas y orfanatos, escuelas de canto
gregoriano y hermoseó los atrios de templos, cementerios, parques e incluso sus
propiedades de lúgubres representaciones de ángeles y santos en hieráticas
poses de agonía, dolor o suplicio.
Crucifixia cuidaba que los artesanos pusieran especial
énfasis en las estatuas, cuadros y relieves de mártires.
"El Martirio es el precio de la
Salvación". Rezaría un grabado en la Chapelle Des Martyrs que se convirtió
en la más asidua ya que ahí, el coro de las Vestales de Crucifixia interpretaba
los Hymenaios religiosos con tal belleza y pulcritud que parecía que ángeles
mismos interpretaban los sagrados cánticos seculares.
Así, la Baronesa Cultellus se ganó la admiración
de todo Cuatro Cruces e incluso atrajo buenas miradas de parte de los altos
Patris Ecclessia que, por sus donativos a la Iglesia le cedió un galardón
sagrado; la Cruz de los Corazones Puros así como un títulus; el de Inquirente
Mayor de Cuatro Cruces.
La insignia cruciforme de oro resplandecía bajo
las ropas de la Baronesa, a su poder le aunaban otro más, ahora no sólo podía asistir
a autos de fe de herejes y ejecuciones sumarias a criminales, a locos o
endemoniados, sino que ahora podía incluso firmarlas.
Las cosas jamás habían pintado tan buenos
colores en el horizonte de Crucifixia.
~ II ~
Crucifixia caminaba con un cirio funeral a
través del tenebroso laberinto del Criptorium de Cultellus, tras meses de
experimentar la fórmula comenzaba a obtener buenos frutos, al fin poseía la
medida justa para crear desde Abominaciones recién fugadas del infierno hasta
esclavas sumisas y devotas; ahora, antes de alcanzar el premio por el cuál se
había lanzado en aquél culto antiguo, se le antojaba un interludio, Ifigenia le
pertenecería en unos días más. Además, necesitaba ordenar sus ideas.
Dos meses antes había salido con la ocurrencia
de ceder un gran territorio entre el círculo de piedras y su Castello de buena
fe para que los ejecutados, suicidas, locos, parias y vagabundos desterrados
así como meretrices y mujeres moralmente deshonradas fuesen sepultados lejos
del suelo sagrado de las Chapelles, Pantheones y de las buenas conciencias, y
qué mejor lugar que el bosque negro y pagano para aquello, ya de antaño,
Crucifixia había sabido de gente que habíase retirado a las soledades verdosas
del bosque para matarse o dejarse morir.
Muchos sabían aquello mas no lo comprendían,
Crucifixia sí comprendía.
Los suicidad respondían a la triste voz del
Vagabundo llamándolos desde lejos...
También hubo casos en los que algunas familias
abandonaban a sus miembros más ancianos o más jóvenes en las entrañas del
coloso de verde y negro en tiempos de hambruna y sequía.
Aquello sí le resultó intrigante, ¿Dejar una
pieza de tamaño natural para los depredadores en vez de aprovecharla? La
Baronesa supuso que ante aquella sociedad de antaño, el canibalismo sería aún
más ímprobo, incluso aunque fuese para salvar la vida. Era preferible morir.
Incluso el suicidio era aceptado, más el canibalismo jamás.
La Baronesa también supuso que, alguno que otro
jefe de familia despidiera por la mañana a su anciano padre que se inmolaría en
el bosque a fin de no ser más carga, volviera por la tarde con varios kilos de
carne y solo.
Sí, podía haber mil y un prohibiciones pero
siempre habría alguien que las transgrediría.
La única ley inviolada es la que aún no existe...
Y para aquél fin de semana, Crucifixia ansiaba
dar una fiesta en honor a la Primma Donna venida del vecino ducado de
Montesombra, la hermosa Festivalia Walpuria había dedicado un aria conmovedora
y sensual durante Tinieblas a la Baronesa en la noche de San Jorge y la Baronesa
deseaba obsequiarla con aquél derrame de lujo y opulencia.
Sobra decir que ambos temas, el del terreno y el
de su soirée se entrelazaban.
Los ejecutados, suicidas, parias, desposeídos y
excomulgados eran enviados a Cultellus, donde Crucifixia, ahora Primera
Condenatríz del Reino de las Cuatro Cruces, execraba los despojos de los
infelices, y gracias a un permiso expresado por el Archiduque de Vilend
consiguió además, una licencia eclesiástica para condenar, abjurar y exorcizar
los cadáveres que juzgase sospechosos de vampirismo, reanimación o posesión, Sobra
decir que Crucifixia, feliz de aquello, solía oficiar obscuras ceremonias
amparada por la licencia.
Despotricaba salvajes sermones blasfemos y
feroces y fanáticas cantaletas a quien asistiera al Rito de Execración impuesto
por ella. La voz de su desconocido daemonium guía la hacía oficiar aquella
bizarra ceremonia los domingos a medianoche.
Tras dicho auto de fe, la Baronesa enviaba a los
cadáveres profanos a las catacumbas donde un grupo de Zekkes dóciles y hábiles
despojaban al cadáver de toda carne aprovechable, la adobaban con pimienta, sal
y demás especias para enviarla directo a las cocinas de Cultellus donde, lo que
antes fuese un ser humano era transmutado a toda clase de manjares exóticos y
exquisitos, mientras los huesos, blancos y pelones (algunos hasta roídos por
las impetuosas Zekkes) eran enterradas en el suelo maldito del cementerio de la
colina.
Aunque algunos cadáveres más eran conservados,
abiertos en canal para su posterior control de calidad, la hábil Baronesa era
una carnicera experta, tras una breve examinada, las carneaba en varios cortes
para cocinar las mejores partes y servirlas a los exigentes invitados en
algunos de los tantos estilos que conocía, sobra decir que la respuesta de
éstos eran solo halagos y parabienes por tal manjar de dioses.
Y para aquél día, tenía una fiesta
importante, Crucifixia debía lucirse.
Además de Festivalia, su anhelada Ifigenia
también aparecería en le escena de aquél magnificente teatro para hipócritas,
así que había mucho también por hacer.
Varios cocineros de toda la región fueron
convocados, ahora, asistidos por pálidas y silenciosas pinches de cocinas
mientras cocinaban los sospechosos trozos de carne en delicados y deliciosos
platillos tanto regionales como extranjeros para alimentar a los cortesanos de
Crucifixia, a sus damas de honor, amantes secretas y de silencio pagado,
representantes de otros reinos y los altos y supremos clérigos de Cuatro Cruces.
~ III ~
En la penumbra de la negra mazmorra dentro de la
cual había seis ataúdes baratos, pequeños y mal armados, dentro, las osamentas
de varios ejecutados que aguardaban su traslado hacia la sucia morada eterna
del cementerio profano.
- Huesos, ésta carne no será para las alimañas sepulcrales
sino las seculares.
A los lados de la pétrea entrada a las mazmorras
había dos huecos inquietantes, estrechos y con rocas filosas en su circunferencia
exterior y base, ambos cerrados con barrotes gruesos de hierro oxidado por entre
los que se asomaban largos y semidescarnadas falanges suplicantes.
De las entrañas de aquél pozo brotaban sollozos
desesperados y ahogados; histéricas risitas enfermas y roncas; rezos sofocados
y enrevesados; suplicas entrecortadas y sibilantes; oraciones proferidas por
almas torturadas.
Siniestras rezanderas de ultratumba, obscuras y medias
enloquecidas prisioneras en aquella claustrofóbica galería de horrores.
- ¡Cállense ya! - chilló agudamente la Baronesa.
- ¡Las privaste de su carne y vida! - sollozó
una de las prisioneras. - ¡Déjanos rezar por ellas!
- Son ajusticiadas... - bufó Crucifixia. - ¡Yo
misma las condené!
- ¡¡No eres nadie para condenarlas!!
Crucifixia se acercó al pozo-jaula rechinando
los dientes, fúrica, encendió una tea que estaba sobre el pozo y rebuscó entre
sus ropajes. Al poco sacó una caja pequeña y una llave de bronce, en la caja
llevaba sus más queridos accesorios de belleza, unas fauces postizas y afiladas
que le servían en sus momentos más frenéticos de rabia. Todos los colmillos de
la dentadura postiza eran de fieras terribles, salvajes y carnívoras.
Se las colocó y con la llave abrió la reja que
sellaba el pozo y, con mano poderosa, Crucifixia tomó de los cabellos a la
prisionera y la sacó con rabia de aquél encierro, la infeliz tenía quebradas
todas las articulaciones y mostraba una palidez que contaba historias de largos
encierros.
- ¡¿Ves esto, insensata?! - espetó la Baronesa
mostrándole a su cautiva una cruz enjoyada y estilizada con relieves primorosos
y un brillo hipnótico. - ¡Es la Cruz de los Corazones Puros! ¡Esto dice que soy
la Portavoz de Dios! ¡Así que si digo que a esas paganas meretrices están siendo
violadas por demonios con atizadores al rojo vivo en las pozas infernales
puedes tener seguro que así es!
Crucifixia estaba lívida, abrió las fauces
llenas de colmillos y se lanzó contra la desvalida prisionera, los salvajes
gruñidos y gritos de furia de la enloquecida Baronesa atronaron en la noche
mientras devoraba a su desvalida víctima. Los berridos desquiciados y
escalofriantes de la chica retumbaron por los corredores de las mazmorras de
Cultellus.
Durante infinitos y agónicos minutos, el sonido
de la carne al ser desgarrada de los huesos, el grotesco rascar de uñas, las
suplicas, los gritos y sollozos, así como los sonidos de carroña,
regurgitaciones y eructos obscenos de la Baronesa fuesen la sinfonía de réquiem
de la prisionera.
Al final, la enloquecida Crucifixia, satisfecha
y bañados de sangre salía de aquél lóbrego corredor. Caminó en la penumbra de
aquél profano lugar de muerte hasta llegar a una de sus crípticas salas
favorita. El triángulo rojo, un sitio diseñado para su blasfemo y morboso
placer y entretenimiento, tres Zekkes bestializados y encadenados tiraban de
sus bridas, luciendo dentelladas que Crucifixia les habría procurado.
Crucifixia solía usar fauces armadas con
colmillos de varios tipos de especies animales salvajes, armada de ellas
comenzaba a entregarse a excesos donde mezclaba el oscuro placer de la violación
y el del canibalismo en sus más recientes Ars Noires.
~ IV ~
Varias Zekkes se concentraban resguardando la
entrada a la cueva de provisiones, Crucifixia era especialmente delicada con estas
cuestiones.
Examinó las canales colgadas de ganchos, había
carne de sobra para su soirée nocturna; Crucifixia podía jactarse de que sus
reuniones epicúreas eran verdaderos festines dionisíacos, regios licores y
delicados vinos regaban los platillos, tanto típicos de la región de Cuatro
Cruces, los exóticos platos orientales con sus místicas especias hasta los más
novedosos y revolucionarios estilos de la buona e novelle cuisine diseñados en
la urbanidad de la Citté. Todos preparados y sazonados con salsas exquisitas
para deleitar a los cerdos epicúreos.
Examinó las canales y las halló magnas, listas
para ser preparadas por las Zekkes asignadas como cocineras.
La Baronesa ya podía escuchar las alabanzas de
los fratellum milenaristas convidados, sus condestables y alcaldes la
ensalzarían por haber cedido el terreno de su Pantheon para el descanso de
locos, suicidas, vagos, rateros, prostitutas, enemigos de estado, brujos,
vampiros y demás procesados por hechicerías y prácticas paganas.
- Hice de los indeseables seres útiles a la
sociedad... - chilló enloquecida y desencajada estallando en una incontenible
risa demente y brujeríl.
En algunas marmitas sebosas y ennegrecidas por
el hollín Crucifixia hervía las carnes de los desdichados ejecutados para
ablandarlas y facilitar su separación del hueso, varios cuerpos más colgaban
cabeza abajo de ganchos y cadenas rajados en canal.
Rejuvenecida y pagada de sí, Crucifixia salió al
camino oculto hacia Cultellus, el sendero estaba en tinieblas, pero la Baronesa
avanzaba con pie seguro entre los árboles y arbustos, sobre guijarros, marismas
y troncos empantanados. Aquél aire vaporoso comenzó a marearla, las estrellas
brillaban mirándola fríamente desde la lejanía, la miraban desde la obscuridad
infinita.
Se congratuló consigo misma mientras
mentalmente detallaba los últimos estilizados arabescos rojos en su elegante
fiesta caníbal.
~ V ~
Los carruajes elegantes y hermosamente
estilizados iban siendo acomodados ordenadamente en el patio del Castello de la
Baronesa Crucifixia Cultellus, Primma Condenatrix y mecenas de la Iglesia
Milenarista. En dichos carruajes resplandecían áureos y plateados escudos
señoriales de ilustre renombre. Concejales de las villas, príncipes vecinos,
jueces de la Citté, voivodas del bajo oriente, nobles del norte, clérigos,
obispos y superioras de la orden de Dolia y, por supuesto, los coros citaristas
de la escuela de canto sacro que Crucifixia había levantado a golpes de su oro,
la crema y nata del imperio. Desde el poderoso Condestable Autrée-Millé hasta
la reputada cabeza de la familia más influyente del feudo; Adelaide Motrésors.
Toda la nobleza se había personado en aquél cotillón.
La Baronesa Crucifixia Cultellus no cabía de
felicidad, como había esperado e imaginado, todos alababan su selección del
menú de aquella noche y, con buena curiosidad, la inquirían acerca de la exótica,
dulce y delicada carne y el porqué de tan inigualable sabor, sonriendo,
Crucifixia les prometía enviarles cortes selectos d aquella carne a las
propiedades de los curiosos, ya que ella la obtenía de habilidosos aunque
arruinados matarifes a los que Crucifixia solía apoyar ocasionalmente con
propinas generosas, merced de las cuales, siempre tenía carne de calidad de
sobra.
Y entonces, el Abad de Flammewelt, un gordo
gorrón, gran bebedor de vino y caníbal ignaro, le comentó que algunas
personitas estaban interesadas en conocerla y que, ardían en deseos de entrar a
sus servicios. Decía aquello mientras el piadoso y enrojecido cura masticaba un
trozo de muslo a la plancha con salsa de tomatillo verde.
- Dudo que alguno de mis ilustres convidados
"ardan" en deseos por entrar a mi servicio, ya que, pese a que me
agrada ejercitar la piedad y justicia, mi severidad e intolerancia hacia las
tonterías me vuelven exigente con los detalles más mínimos y sencillos.
- Verá... - dijo el cura dando un trago a su
áurea copa de vino. - Mi querida Baronesa, han dejado dos chiquillos, un doncel
y una ninfeta para ser exacto, ambos a mi cuidado. Nuestros orfanatos están
llenos y no podemos albergarlos, además, son ya lo suficientemente mayorcitos
para servirle en alguna labor que usted les imponga.
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